La memoria olvidada

Alfons Cervera
Alfons Cervera, autor de “Yo no voy a olvidar porque otros quieran”.

Nos dice el Diccionario de la Real Academia en su primera acepción de la palabra memoria que esta vendría definida por la facultad psíquica que nos permite retener y recordar el pasado. También nos recuerda en otra que para la filosofía escolástica se trata de una de las potencialidades del alma. En total, el diccionario contempla catorce acepciones y, aunque en alguna de ellas no faltan referencias indirectas a significados que superan la básica relación entre una persona y el pasado, lo cierto es que la academia restringe nuestra relación con el ayer al mero ámbito del individuo.

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De la moción de censura a la loción de ternura

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Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

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Afrorismos republicanos

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Fatoumata Yandé, anciana Peul de BurkinaFaso. Foto: Lara Ripoll

“Es más fácil para una hormiga transportar una montaña que mover a su reina”. Con esta sabia sentencia los miembros de la etnia Mongo de la República Democrática del Congo nos recuerdan lo complicado que suele resultar hacerse oír por nuestros gobernantes y también el titánico esfuerzo que es necesario emplear para intentar cambiar las malas cosas que dependen de palacio. Titánico y demasiado a menudo infructuoso esfuerzo, añadiría.

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La androide que me amó

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El pasado viernes, Zheng Jiajia se sintió la persona más feliz de los más de 9 millones de habitantes de la ciudad china de Hangzhou. Y no era para menos pues se trataba del día de su boda. No es que fuese muy mayor, pero con 31 años a Zheng ya comenzaban a pesarle los continuos comentarios maliciosos de amigos y familiares que le auguraban una larga vejez de soltería, especialmente después de sus últimos desengaños amorosos. Se sabía retraído y no especialmente agraciado, así que la perspectiva de una vida en soledad era una obsesión que comenzaba a perseguirle en sus no menos solitarias noches. Por eso el viernes estaba exultante observando de reojo la felicidad de su madre o la alegría de sus amigos al ver desmentidas sus tristes predicciones. Y también, claro, gozoso de ver a su lado a la pequeña Yingying. Tan frágil, tan bella, cubierta por el pañuelo rojo que marca la tradición, tan decidida a pronunciar aquel definitivo sí quiero, como si aquellas dos palabras fueran las que dieran sentido a su vida. Cuando las escuchó Zheng se sintió el centro de aquella moderna urbe a orillas del río Qiantang. Más aún, el centro del mundo entero.

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Rajoy y los noruegos

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Mariano Rajoy, como buen gallego, se siente a gusto en esos territorios indeterminados en los que ni se va ni se viene. Ignoro por qué lo gallegos tienen esa peculiaridad. Tal vez sea por la acumulada inmigración sobre sus espaldas, que les hizo confiar más en los trayectos que en la dirección final de sus destinos. O su condición de habitantes del Finisterre, ese confuso espacio de encuentro entre lo que empieza y lo que termina que desorienta nuestros sentidos. Lo cierto es que, sea la causa que sea, los gallegos son así y Rajoy no iba a ser la excepción.

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El pestilente recuerdo de Moby Dick

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Lola López, Pep Ricart y Miguel Lázaro en la representación de “Ultramarins”. Foto Jordi Pla.

El 29 de diciembre de 1954 tenía lugar en el varadero de la Compañía Carbonera de Las Palmas una extraña botadura. No se trataba ni de un buque mercante, ni de un navío de guerra. Lo que la señorita Amalia Guillén, la inevitable hija del gobernador civil para este tipo de acto, bautizó aquel día estampando una botella de champán contra su casco era una ballena. Y no una cualquiera, no. Era La Ballena Blanca, un artificial monstruo marino construido sobre la estructura de un viejo barco-aljibe para dar vida a la mítica Moby Dick, cuyas últimas escenas estaba filmando por entonces John Huston junto a la costa canaria. Con ella y la tranquilidad de las aguas del archipiélago, Huston, Gregory Peck y el resto del equipo confiaban en poder finalizar el rodaje después de que sus dos “ballenas” anteriores, impulsadas por la fuerza de los temporales, se hubiesen dado a la fuga en mares más bravíos como los galeses. Sigue leyendo