King Kong anda suelto por París

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Hollywood supo muy pronto que la cotidianidad contiene en su esencia una frágil línea para separar la placidez del horror. La conciencia de esa endeble fronteraserá una de las claves para consolidar los géneros cinematográficos. Cuando la bella Fay Wray es ofrecida en sacrificio por los aborígenes de una desconocida isla, su alarido de pavor ante la visión del gorila gigante nos remite a los códigos del cine de aventuras, cuyas peripecias se desarrollan en espacios remotos, con paisajes extremos y culturas extravagantes. Pero cuando King Kong irrumpe por las calles de Nueva York, el género se transforma en terror al ver reflejada nuestra aburrida cotidianidad en la confiada somnolencia de los pasajeros de un tren, incapaces de imaginar que solo unos fotogramas más adelante les aguarda la bestia.

Como en la película de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, la bestia nos ha sorprendido estos días por las calles de París. Y como en el clásico filme, Francia se ha apresurado a enviar sus avionescontra ella,aunque, en esta ocasión, no se encarame sobre la azotea del Empire State Building, sino que se oculta, nos dicen, en los desiertos de Siria. Sólo que esta vez, nadie está dispuesto a mostrar la más mínima compasiónpues a diferencia de King Kong, que se movía por un instinto amoroso hacia la protagonista, el actual monstruo solo aspira a devorar a la chica, encarnación autocomplaciente de nuestra cotidianidad. O al menos así lo dice el nuevo guión.

 Porque la gestión mediática y política de los acontecimientos de París tiene mucho de cinematográfica, de ese juego de géneros que veíamos en el mítico filme. Así,la amenaza sin rostro del Daesh cansada de los sacrificios rituales en exóticos escenarios difícilmente ubicables en el mapa, harta de las producciones de aventuras,aspira a dar un giro a la trama adentrándose por el género de terror y llevando la matanza a la alegre noche de París. Por su parte, François Hollande, con el aplauso incondicional de Pedro Sánchez o Albert Rivera, confía en tranquilizar al auditorio presentando al monstruo como algo ajeno, al que hay que mantener a raya incluso cuando adopta medidas de política interior como esos recortes de las libertades públicas que parecen proyectarse como elementos de un una película de acción donde son imprescindibles los agentes con licencia para matar. Pero, sobre todo, el presidente francés, como el ruso, el norteamericano y la mayoría de sus homólogos occidentales, buscan el aplauso del público recuperando el género de aventuras. De aventuras militares, por supuesto.

En todos los caso, se trata de guiones sólidos, sin cabos sueltos, con éxito asegurado. Y como en el Hollywood de los años 50, las distintas productoras velarán a conciencia porque en el trabajo no se cuele ningún cineasta que no haya superado los interrogatorios del comité de actividades antiamericanas, o antifrancesas, o antiislamistas. Incluso no faltarán voces que justifiquen lo maniqueo de sus tramas como una bienintencionada forma de evitar que el espectador se incline por propuestas cinematográficas de la factoría Le Pen. Sólo hay un problema que ninguno de ellos ha conseguido resolver hasta la fecha: que esto no es ninguna película.

El reciente informe publicado por el Institute Economics & Peace con los datos del  terrorismo global en 2014 nos da algunas pistas de ello. Por mucho que el ISIS, en su sobreactuado comunicado propio de una película de serie B, califique a Paris como “la capital de las abominaciones y de la perversión” y que con la misma teatralidad las cancillerías occidentales denuncien el odio a nuestros “valores democráticos”, lo único cierto es que si se realizase un retrato robot de la víctima potencial del terrorismo, sería la de un hombre, una mujer, un niño o una niña de Iraq, Nigeria, Afganistán, Paquistán o Siria, aunque Facebook no contemple la bandera de ninguno esos cinco países como señal de duelo tras un atentado. Desde el año 2000 han muerto en Occidente 3.659 personas,incluidas las víctimas de las Torres Gemelas, Madrid y Londres. A ellos habrá que sumar las trágicas víctimas de París. Solo el pasado año murieron en Iraq 9.929 o 9.213 en Nigeria. Durante 2014 el terrorismo segó en todo el mundo 32.685, sólo 37 de ellos murieron en algún país occidental. Mientras tanto, no faltan estos días quienes justifican por la amenaza terrorista el cierre de fronteras a quienes buscan un futuro o simplemente huyen de la carnicería.

Por otro lado, los datos evidencian que el supuesto terrorismo islámico organizado no es el principal problema de la violencia en Occidente. El 70% de las 234 muertes registradas por actos de terrorismo en Occidente entre 2006 y 2014 fueron causadas por acciones de los conocidos como lobos solitarios, asesinos aislados como Anders Behring Breivik que mató en Oslo a 77 personas. El 80% de los atentados registrados en los 38 países occidentales, incluidos los europeos, Estados Unidos, Canada o Japón, no tuvieron nada que ver con el islamismo político radical. Pese a ello, los tambores de guerra insisten en conducirnos prietas las filas hacia tierras sirias, con los mismos redobles que antes nos llevaron antes a Afganistán, Iraq o Libia y con el mismo entusiasmo que antes aplaudimos los golpes de estado en Argelia o Egipto. Demostramos así una implacable firmeza en la guerra total al terrorismo gracias a la cual hemos conseguido que el número de atentados en el mundo se incremente un 80%.

Tal vez por todo eso va siendo hora de mostrar nuestro hartazgo ante tantas películas, del mismo modo en que León Felipe mostró su cansancio ante tanto cuento. Agotados por la sangre que se acumula entre cotidianidades que aspiran a ser plácidas en Paris, en Madrid, en Londres, en Kabul, en Beirut, en Al Raqqa, en Faluya, en Basora, en Penshawar, Garawa, en Bentiu, en Fotokol, en Kudhaa y en tantos otros nombres condenados a ser escenarios de exóticos olvidos.

Publicado en Eldiario.es

Vomito luego exito

Ilustración: Evelio Gómez
Ilustración: Evelio Gómez

Juntar palabras para intentar contar algo siempre provoca desasosiego. Primero es la desazón frente al reto de hilvanar ideas, de articular las frases adecuadas. Luego la incertidumbre de saber quién podrá leer lo escrito, incluso la angustia al pensar que tal vez ese lector ni exista. Imagino que estas preocupaciones son compartidas también por aquellos que por sus ocupaciones se ven obligados a realizar intervenciones públicas. Y por eso mismo, estoy convencido de que al trascender la muerte de trece inmigrantes ahogados cuando intentaban entrar en Ceuta, el presidente autonómico de esta ciudad africana, Juan Vivas, meditó profundamente sus palabras antes de asegurar en una entrevista radiofónica que la guardia civil que recibió con material antidisturbios a los potenciales cadáveres “en ningún caso (lo hizo) con intención de hacer daño, ni a los inmigrantes”.

Quiero pensar que Vivas tiene razón. Que los guardias que competían con las fuerzas marroquíes en controlar la situación, en ningún momento pretendían herir a los jóvenes africanos. Al contrario, ellos y sus colegas de la respetable monarquía alauí solo buscaban protegerlos de los elementos disparando para alejar las olas que agotaban sus pocas fuerzas, arremetiendo contra los peñascos que magullaban sus miembros, dispersando las algas que buscaban ahogar su aliento, embistiendo con sus escudos contra los peces y cangrejos que pretendían morder sus delicadas carnes. E imagino la frustración de los miembros de la benemérita al comprobar que sus esfuerzos fueron en vano y no pudieron impedir la muerte de estos trece infelices, o los que aún puedan llegar a la costa acunados por el tétrico ir y venir de las mareas.

Puede que Vivas tenga razón y que detrás del drama no se esconda más que la letal conjunción de imprudencia e ignorancia, propia de gentes llegadas de tierras remotas y retrasadas. Imprudentes empeñados en desdeñar las preventivas concertinas que pretendían mantenerlos a salvo de las malas intenciones de las olas, los peñascos traicioneros, las algas asesinas y los mordiscos inmisericordes de los cangrejos y los boquerones. Ignorancia de mentalidades atrasadas que responden con violencia primitiva ante la presencia de unos uniformados con órdenes de protegerlos y que en su cortedad de entendimiento llegan a percibir como seres malignos y quién sabe si hasta demoniacos.

Seguro que todos estos elementos fueron analizados sosegadamente por el presidente autónomo ceutí antes de realizar sus declaraciones. Porque de lo contrario solo quedaría otra posible explicación para sus palabras: que considerase que las mismas estaban a la altura del nivel intelectual de su receptor, esto es, del ciudadano medio que escucha la radio. Y en ese caso solo podríamos pensar que para Juan Vivas la capacidad de raciocinio de quienes le escuchan, potenciales votantes de su partido, es nula, que todos nosotros no somos más que una panda de imbéciles, retrasados, deficientes, lelos, estúpidos, anormales dignos de ser incluidos en algún tratado frenológico de Césare Lombroso.

Y puede que de nuevo tenga razón. Porque muy bajo debemos haber caído si nuestra mirada permanece impasible ante el naufragio de cuerpos hinchados que recibe la playa. Aunque eso sí, en esta ocasión resulta por completo inútil que busquemos palabras que permitan dar forma a nuestras sensaciones, a nuestro horror. No. Para afrontar la tragedia, o las palabras meditadas de tanto responsable político, resulta inútil recurrir al diccionario en busca del léxico preciso y la conjunción adecuada. Eso habrá que dejarlo para un segundo más tarde. Porque la primera reacción mínimamente humana tras lo sucedido solo puede ser una: vomitar. Y si es posible que nuestro vómito inunde sus despachos.

Mandela y las concertinas

Nelson Mandela.
Nelson Mandela.

Mandela ha muerto. El símbolo, el preso, el terrorista, el libre, el hombre. Mandela ha muerto tras meses de angustia postergada. Libertad postergada. Las bellas estrofas de N’Kosi Sikelei desplazaron al hombre blanco de los despachos de gobierno para afianzarlo en los consejos de administración de un nuevo Johannesburgo emergente dentro del complaciente club de los BRIC. La matanza de Soweto es ya un capítulo olvidado en la gran historia de la ignominia africana. La masacre de los mineros de Marikini un episodio reciente pero olvidado ya antes de escribir.

Mandela ha muerto y las plañideras oficiales ya entonan su llanto. Los cronistas del papel couché se aprestan a borrar su historia, sus convicciones, su determinación. Todavía está fresca la decisión de Washington de eliminar su nombre de la lista de terroristas. Ahora, controlado el peligro de su libertad y la del pueblo sudafricano, los jefes de gobierno entonarán sus loas al personaje que las cadenas de televisión  inmortalizarán transformado en un venerable anciano de sonrisa beatífica, camisas estampadas y conciertos en directo de Sting y Paul Simon. El anhelo de justicia y puño en alto serán eliminados oportunamente o, en el mejor de los casos, presentados como una muestra de la ingenuidad juvenil. O un nefasto influjo del pérfido radicalismo de Wennie.

Mandela ha muerto pero su memoria será reivindicada por todos. Hasta por el mismo Partido Popular que hace solo unas semanas votaba en el ayuntamiento de Toledo en contra de que la calle 18 de Julio cambiara su vergonzante nombre por el del hombre que contribuyó a desmontar el sistema del apartheid. Hoy, muerto el difunto, las cosas cambian y los mensajes institucionales se llenarán con bonitas palabras de diálogo, moderación. Y mayúsculas, grandes mayúsculas, esas tan recurrentes cuando se quieren ocultar tantos caminos que siguen pendientes de ser andados.

Mandela ha muerto. Hasta el ministro Jorge Fernández Díaz honrará su memoria. Y nos recordará aquellos tiempos superados de segregación racial mientras sigue desplegando concertinas por la frontera africana, cortantes barreras que pongan a cada uno en su sitio. Pero no por racismo, sino para evitar males mayores. Que nadie haga denuncias demagógicas antes de tiempo, críticas simplistas o insinuaciones fuera de lugar como la comisaria europea de Interior Cecilia Halmstrom. Si las vallas con cuchillas son usadas para proteger las propiedades privadas, nos destaca el ministro, ¿por qué no van a poder aprovecharse para defender nuestro territorio? España, una vez más, concebida como un cortijo.

Mandela ha muerto. Y mientras las concertinas siguen cortando la carne negra. Frenando la sucia presencia de la injusticia a las puertas de nuestras casas. Buscando desesperadamente con cada corte, con cada miembro herido, impedir que se cuele en nuestras pesadillas algún peligroso individuo de piel enlutada y determinación firme, como la que durante toda una vida tuvo el líder sudafricano. Alguien que llegue a pensar que los sueños de Mandela, o los de Malcom X, o los de Thomas Sankara, o los de Martin Luther King no eran bellos espejismos oníricos, sino proyectos por los que pelear. Alguien que pudiera atreverse a creer que, a pesar de todo: Mandela vive, la lucha sigue.

Los hombres a quienes brotan los cabrones

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Del mismo modo que algunos cefalópodos reaccionan expulsando un chorro de tinta ante la presencia de un peligro, también los seres humanos experimentamos reacciones físicas incontroladas ante determinados estímulos, no necesariamente de naturaleza erótica. Así, una sensación de melancolía es capaz despertarnos un suspiro, la visión de una película melodramática hace infructuosos todos esfuerzos en refrenar una lágrima, o la ingesta de comida picante nos sorprende una mañana con la imprevista compañía de un forúnculo.

Pero existen casos mucho más extraños. Por ejemplo, a veces, sin saber ni cómo ni porqué, a uno le brota sin querer un cabrón. Le pasó hace unos días al futbolista griego Giorgos Katidis. El joven estaba tranquilamente festejando la victoria de su equipo el AEK Atenas, cuando de repente sufrió una especie de erección imparable del brazo derecho al tiempo que los dedos de su mano se tensaban conformando un perfecto saludo romano. Y es que a Katidis, con la misma inocencia con que a otros le sale urticaria en primavera, le acababa de salir un fascista sin querer.

El fenómeno es raro, pero no nuevo, afectando de forma especial a la comunidad del balompié, tal vez por influjo de algún insecto que crece entre el césped o debido a la cal empleada para delimitar el campo. Ya le pasó en el año 2005 al delantero del Lazio Paolo Di Canio, si bien en este caso, como en el del veterano Salva Ballesta, el jugador era consciente de esa peculiaridad de su organismo para generar un fascista que, por otro lado, ni siquiera trataba de reprimir.

La curiosidad de generar cabrones, en cualquier caso, no parece limitada a lo que en argot fiscal ha venido a denominarse personas físicas, sino que también parece proclive a mostrarse en personas jurídicas. Especialmente entre aquellos colectivos que, al igual que los futbolistas, tienen tendencia a vestir algún uniforme. Es así como estos días hemos tenido ocasión de ver a una patrullera de la Guardia Civil embistiendo una patera en aguas canarias. Un “incidente” que se saldó con siete muertos y que solo puede explicarse por la irrupción de un sarpullido de cabronismo en algún punto indeterminado de la cadena de mando, el que ordenar cazar a los inmigrantes cladestinos poniendo a 700 revoluciones por minuto una embarcación que se sabía averiada.

O acceso febril de cabronismo como el extendido en la base española de Diwaniya, en Iraq, que llevó a un número indeterminado de soldados a proyectar sus pies para golpear repetidamente prisioneros inermes. Gesto, por cierto, que de nuevo vuelve a reflejar alguna extraña influencia del deporte del balompié en estos extraños comportamientos que en su día los expertos tendrán que dilucidar.

Pero, con todo, todavía hay un hecho extraño ligado a este tipo de reacciones incontroladas. Se trata de la no menos repentina ceguera que en algunas personas provoca la visión de estas anómalas conductas. Ello explica que la juez que investigó las muertes frente a las costas canarias, acabara achacando los hechos a la irresponsabilidad de la frágil embarcación que decidió quedar al pairo frente una patrullera averiada. O nos permite comprender la miopía extrema demostrada durante diez años por El País ante los maltratos en Diwaniya, a pesar de que entre las víctimas de la misma estaba Flayed al Mayali, traductor iraquí de sus propios periodistas, tal y como desesperadamente denunciaba desde 2005 el fotógrafo Gervasio Sánchez.

Claro que, todo hay que decirlo, algunos eruditos creen que esa extraña propensión a generar cabrones no es más que una leyenda urbana sin consistencia científica. Para ellos, reacciones como la de Giorgos Katidis, Paolo Di Canio o Salva Ballesta no son más que chiquilladas, gestos de provocación más relacionados con la revolución hormonal de la juventud que con la política o la neurobiología. Del mismo modo que no ven nada extraño en sucesos como los de Canarias o Diwaniya. Para ellos no existe ningún fenómeno extravagante. Como diría José María Aznar: tan solo existían unos problemas que había que solucionar. Puede que algunos les parezca una visión posiblemente algo tosca. Un razonamiento, sin duda, más propio de alguien al que, sin poder reprimirlo, le acaba de brotar un cabrón.

Nosotros, los elefantes

La pretendida confianza en España que Mariano Rajoy iba a inyectar en los esotéricos mercados que guían nuestros destinos por los desagües de la economía, comienza a dar sus frutos. Poco más de cien días de contrarreforma del PP han bastado para que el país encuentre su lugar en este mundo a la deriva: “España solo vale para flamenco y vino”. Así de rotundo lo subrayó la pasada semana el norteamericano Richard A. Boucher, secretario adjunto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), no sabemos si influido por las campañas castizas promovidas por el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte, o llevado tal vez por la misma pasión española que conquistó el espíritu de Washington Irving o Ernest Hemingway.

Las palabras del enviado de Obama han desatado un aluvión de críticas en los medios españoles. Y no les falta algo de razón a estos reproches. Porque la España actual, hay que reconocerlo, no solo es flamenco y vino. También es sainete. Su Majestad Juan Carlos I se apresuró a demostrarlo con su magistral representación de este género bufo y costumbrista con su rocambolesca cacería africana. Como si fuera el protagonista de una película fallida de John Huston, el rey jugó a ser el gran cazador blanco para terminar convertido en el cazador cazado. Pese a los intentos de su nieto Felipe Juan Froilán por convertir en tragedia del destino la desventura que parece acompañar a los Borbones en su relación con las armas de fuego, o los esfuerzos de la reina por transformar las aventuras africanas de su esposo en un melodrama de celos, Su Alteza parece empeñado en aferrarse a los límites amables de la comedia ligera donde se halla tan cómodo, como ya demostró años atrás con su batida al borracho oso Mitrofán en las frías tierras rusas.

Porque lo patético de sus andanzas por Botsuana es que el rey no se lesionó luchando a brazo partido contra las fieras, o rescatando de algún peligro a su íntima colaboradora en estas aventuras, la princesa de título comprado Corina Sayn-Wittgenstein. No, Juan Carlos I dio con su regia cadera en el suelo tras tropezar con un escalón cuando se dirigía al baño, permitiendo así que un nocturno apretón de vejiga o esfínter pusiera de manifiesto la fase de fragilidad artrósica en la que parece haber entrado irremediablemente la Corona. En realidad, las tentaciones de su emprendedor yerno Iñaki Urdangarín ya habían dejado constancia hacía tiempo de que los problemas de la monarquía española se acumulan en los retretes.

En cualquier caso, hace ya mucho tiempo que Shakespeare, al señalarnos el olor a podredumbre que emanaba de Dinamarca, nos advirtió que ni los palacios más exquisitos están exentos de fetidez. Un hedor que a estas alturas parece envolverlo todo. Algunos incluso creen encontrar en esta insoportable peste el mejor antídoto contra la revuelta, como el Ministerio del Interior británico que estos días estudia sustituir las pelotas de goma de sus antidisturbios por pestilentes proyectiles que inmovilicen entre nauseas a los resistentes. Y mientras prosiguen estas investigaciones, durante nuestro día a día seguimos recibiendo el impacto de los mercados, sus disparos certeros e inmisericordes lanzados contra nuestra nuestra inocente cotidianidad de elefantes africanos desorientados.

El primer paso


El horizonte etíope ha provocado siempre una intensa atracción que se hunde por la abisal fosa de los tiempos geológicos. Entregarse al influjo de observar aquella imaginaria línea que separa la pedregosa realidad de la tierra de la etérea presencia del cielo, llevó a los primeros habitantes de aquellas regiones a erguirse sobre sus dos patas traseras inaugurando así el nuevo caminar que daría origen al género humano. Varios millones de años después de aquellos primeros y titubeantes pasos, el joven etíope Abu Kurke Kebato logró adentrarse andando al otro lado de la frontera holandesa donde le aguardaba su esposa.

Su historia pasó desapercibida para el paleontólogo Yohannes Haile-Selassie. El investigador del Museo de Historia Natural de Cleveland y sus colaboradores acaban de hacer público el hallazgo en Etiopía de un pequeño hueso del pie perteneciente a una extraña criatura que hace unos tres millones y medio de años compaginaba la vida arbórea con las torpes caminatas a dos patas. El descubrimiento vuelve a confirmar aquella región africana como la cuna de los primeros paseos erguidos de la humanidad, evidenciados ya en la década de los 70 del pasado siglo con la sorprendente aparición de los restos de Lucy, una hembra de austrolopitecus morfológicamente bípeda, encontrados en la remota área del valle de Awash, en la región de Afar.

Posiblemente también Abu era ajeno a los últimos descubrimientos del investigador Haile-Selassie. Sin embargo aquella mañana, ya lejana, en que tomó impulso para dar el primer paso que le conduciría hasta su esposa, no podo ni imaginar que iba a condensar toda la intensidad vital acumulada en esos cuatro millones de años que le separaban de aquellos remotos seres como Lucy, con los que compartió geografía. La suma de todos esos avatares que durante milenios han marcado el devenir humano, se resumió en él algunas jornadas más tarde, el 26 de marzo del pasado año, en un Trípoli desangrado por la guerra, cuando el joven etíope se dispuso a embarcar allí junto a cuarenta y nueve hombres, veinte mujeres y dos niños en una precaria lancha de goma.

Dos semanas más tarde Abu logró de nuevo pisar tierra. Tras quince días a la deriva, el capricho de las mareas le arrastró devuelta a Libia. Sólo ocho de sus acompañantes tuvieron la fortuna de acompañarle en su frustrado regreso al continente africano. Los otros sesenta y tres náufragos fueron devorados por la muerte, el salitre y, sobre todo, la apatía. Indiferencia como la demostrada por la fragata española Méndez Núñez, que permaneció impasible a solo dos horas de distancia mientras los condenados vomitaban, gemían, agonizaban.
Ignorado en el mar hasta por la muerte y humillado, maltratado, acosado y robado en tierra libia, Abu demostró pese a todo tener la tenacidad aprendida genéticamente desde aquel remoto primer paso prehumano acontecido en su tierra. Y afrontando una segunda e incierta travesía rumbo a Europa. Casi lo consiguió. Porque al final el sarcástico éxito del naufrago se redujo a sustituir la indiferencia de la fragata española por la apatía de la burocracia holandesa: hoy el superviviente de los mares está a la espera de ser expulsado de Holanda.

Mientras llega su deportación muchos le recordarán estos días que tuvo la suerte de no se engullido por las aguas. Otros, con más misericordia, le ocultarán que su desdicha fue no atraer el interés de ningún paleontólogo que convirtiera en artículo científico las tragedias de su primer paso. Su pie no es más que eso: un pie, un cúmulo de cartílagos, nervios, huesos y carne ordenadamente dispuesto para ser pisoteado.