De la moción de censura a la loción de ternura

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Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

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Adiós a la mayoría silenciosa

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“La mayoría silenciosa” (1972), collage de Antonio Berni

Los extremistas son como los gafes, sólo que con alevosía. Si el gafe es capaz de desatar el desastre a su alrededor de forma involuntaria, el extremista lo hace con regodeo, llevado por una diabólica inclinación a la maldad. Para ello no duda en organizar algaradas callejeras escudándose en las más peregrinas reivindicaciones que ignoran ese mínimo sentido común que nos recuerda que siempre ha habido altos y bajos, listos y tontos, pobres y ricos, o nos aconseja con bondadosa sabiduría la conveniencia de actuar –por nuestro bien– como dios manda.

Ello es así porque el caos y la anarquía es el hábitat natural del extremista. Por eso su perfidia resulta tan enrevesada que cuando los azares sociológicos les permiten arañar algún espacio de poder, o simplemente aspirar a hacerlo, maniobran con maquiavélica inquina para mantener encendida desde sus despachos la llama del desorden, como está haciendo Ada Colau en el entrañable barrio de Gracia de Barcelona. O lo que todavía es peor: llevados por sus más perversas y enfermizas inclinaciones manipulan, tensionan y crispan hasta lo indecible para obligar a la gente de bien a ser ellos mismos quienes se echen a la calle violentando su natural inclinación al silencio

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El 20D y la democracia de cuerpos ausentes

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Los candidatos de 20D vistos por Mariscal

Cuarenta años de dictatorial democracia orgánica llevaron a algunos a defender la necesidad de una democracia inorgánica como forma de legitimar la idílica transición. Paradójicamente, eso no empujó a cuestionar el cuerpo delcaduco régimen que agonizó rodeado del equipo médico habitual. Al contrario, ministros del caudillo se transformaron en próceres de la patria desde los nuevos gobiernos o desde la oposición; vividores que amasaron su fortuna al calor del estraperlo o en berlanguianas cacerías, mutaron en legítimos emprendedores, o fríos policías lograron aplacar los gritos de sus torturados con la camaleónica evolución, del gris al azul, pasando por el marrón, de sus uniformes. No, lo que acabó siendo incorpóreo fue la misma democracia, se inmaterializó, perdió su masa muscular crítica. Y fue así como, a cambio de una justa dosis de modernidad, consumismo y desencanto, acabamos resignándonos a una democracia de cuerpos ausentes.

Por eso, la inclinación al plasma de Mariano Rajoy lejos de ser una perversión democrática no hace más que confirmar la lógica de este modelo. La desmaterialización del discurso político transformó en algo natural que el todavía presidente del gobierno arrancase su precampaña hablando de fútbol en la COPE, y que desde la espontánea colleja que propinó entonces a su vástago por ridiculizar sus comentarios sobre el deporte rey, no haya vuelto a recuperar protagonismo hasta ser ridículamente golpeado por un adolescente hincha de fútbol. En la democracia de cuerpos ausentes queda excluida la política en beneficio del balompié.

En el fondo, la pugna entre candidatos se reduce a una lucha a muerte por ocupar una parte de espacio en ese mismo plasma que se le critica a Rajoy. Aunque para ello haya que hacer lo quesea. Albert Rivera inició su carrera para convertirse en un líder mediático posando desnudo. Pedro Sánchez si hace falta salta en parapente o se hace concursante de Gran Hermano, mientras que Pablo Iglesias encandila a la audiencia susurrando canciones melódicas al oído de María Teresa Campos. El debate político se transforma en un casting perpetuo para protagonistas de telenovela, en el que los candidatos, como los actores porno, deben estar dispuestos a hacer cualquier cosa que les pidan: si hay que decir “indecente”, se dice; si hay que replicar “ruiz”, se replica; si Prisa propone tutear al contrincante, se le tutea; si Atresmedia exige que traten de usted al rival, se le trata.

Pero de todos los cuerpos ausentes que esta campaña ha puesto de manifiesto, el más llamativo ha sido, claro, el cuerpo del delito: la economía. Y lo ha sido mediante el recurso de poner en primer plano los cuerpos de otros delitos más intranscendentes, aunque más efectivos para el espectáculo: las acusaciones por un Bárcenas que sintomáticamente ya se han encargado de convertir en personaje cinematográfico, por un Chaves haciendo malabarismos con los ERE, por el oro de Caracas o por la contabilidad de Ciudadanos. Pero de la economía, eso tan insignificante que determinará nuestros derechos sociales, nuestros servicios públicos, nuestra salud, nuestra educación, nuestras políticas de igualdad (o desigualdad), de todo eso, nada.

También en este caso el guion viene escrito. El argumento fue perfilado en octubre por el comisario de Economía, Pier Moscovici, cuando propuso dejar estos temas para después del show electoral. Especialmente cuando se trata de asuntos poco vistosos para el formato televisivo, como nuevas vuelta de tuerca a la reforma laboral o la puesta en marcha de más recortes en 2016 por valor de 10.000 millones de euros. Y si el guionista elimina esa parte de los diálogos, el cuerpo de actores no tiene más remedio que acatarlo. Como mucho el socialista Jordi Sevilla adelantó la intención de su partido de negociar con Bruselas la aplicación de los nuevos ajustes, que es algo así como pedirle a tu agresor una muestra de cariño antes de violarte. Pero Pablo Iglesias, más pragmático, precavido para que no le recuerden sus abrazos con Tsipras, optó obedientemente por relegar a segundo plano los asuntos económicos de su campaña, como ponen de manifiesto los estudios de campaña de CecuboGroup.

Porque claro, si no aceptas el guion, el director te expulsa del reparto. Por eso, en esta democracia de cuerpos ausentes era normal que el realizador dejara fuera de escena a Alberto Garzón. Y por eso mismo no sorprende que el malagueño haya terminado protagonizando los pocos momentos corpóreos de la campaña, alcanzado su punto álgido encaramado a una fuente para dirigirse a una multitud que no pudo oírle en el teatro La Latina de Madrid. Por cierto, Garzón no es el único cuerpo forzado a la invisibilidad de Unidad Popular-Izquierda Unida. Especialmente dramático resulta el caso de su candidata al Senado por Madrid, Jaldía Abubakra, a la que las autoridades israelíes le impiden regresar a España. Por desgracia, Palestina acumula décadas de experiencias en cuerpos ausentes.

En cualquier caso, la campaña ya llega a su fin. Y aunque algunos presentaron la cita del 20D como el momento crucial para conquistar los cielos, hoy, entre aluviones de sondeos, encuestas y previsiones, pocos se atreven a mantenerlo. Algo, sin embargo, que no le quita importancia para los que esperamos que ese día podamos subir un primer escalón de una escalera al cielo a la que debemos quitar la ñoñería que le cantaba Led Zeppelin. Porque lo más importante se ese día es, sencillamente, que se trata de la antesala del día 21 y tantos otros. Todos ellos resultarán cruciales si quienes realmente quieran dotar de carnalidad a nuestra resentida democracia, quienes aspiren a confirmarla como una herramienta colectiva para transformar nuestras realidades, estén en la lista que estén e independientemente de los resultados que cada cual alcance este 20D, si todos, en fin, evitamos repetir los errores tantas veces repetidos. Para ello bastará con recordar que no llegaremos demasiado lejos si insistimos en continuar acumulando imprescindibles cuerpos ausentes.

Viajeros de otra dimensión

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En 1951 millones de espectadores se quedaron sobrecogidos en las butacas de los cines escuchando el alegato pacifista que, en plena Guerra Fría, les dirigía desde la entrada a su platillo volante el humanoide Klaatu acompañado por su robot Gort, de sobrecogedora presencia pese a su inocente acabado. Sin duda, Robert Wise supo explotar en su filme Ultimátum a la tierra una de las claves que explican, por ejemplo, el éxito milenario del cristianismo: la irresistible predisposición de muchos humanos a esperar que alguien caído del cielo nos ilumine trayéndonos la buena nueva.

Ignoro qué provoca mayor atracción, si el mensajero en sí o la perspectiva de que exista otro planeta, espacio o dimensión desconocida al que aferrarnos. Lo cierto es que estas creencias han sido clave no solo para la historia de las religiones o del cine fantástico, sino también para el fecundo terreno de las leyendas urbanas. Aquí, posiblemente, uno de los casos más famoso fue el de Rudolf Fenz, un extravagante paseante que en junio de 1950 habría surgido de la nada en plena 5ª Avenida de Nueva York, con tanta fatalidad que esta súbita aparición le situó delante de un coche que lo atropelló causándole la muerte. Lo curioso del caso es que el hombre, que aparentaba unos 30 años de edad, no solo iba impecablemente vestido a la moda de 1876, sino que en realidad era un tipo desaparecido aquel año cuando salió a dar un paseo que, sin proponérselo, le condujo hasta un misterioso túnel del tiempo.

Obviamente, la historia de Fenz es falsa. En realidad se trata de Rudolph Fentz, un personaje del cuento I’m scared que el novelista Jack Finney publicó en septiembre de 1951 en la revista Collier’s. Sin embargo, ello no impidió que en la década de los 70 el supuesto caso Fenz se convirtiera en una de las pruebas irrefutables esgrimidas por los defensores de la existencia de dimensiones desconocidas. Incluso hoy en día no faltan quienes presentan como reales sus ficticias cabriolas espacio-temporales, poniendo así de manifiesto esa irresistible atracción por los aparecidos, nos traigan o no la buena nueva.

En España el fenómeno de los inesperados visitantes, tan ligado a nuestro catolicismo tredentino, se ha visto intensificado desde que la troika nos abdujo hasta las enigmáticas esferas de los ajustes y la crisis. Solo que en lugar de llegar el platillos voladores o de irrumpir de improviso en la calle Colón de Valencia, nuestros aparecidos tienen la particularidad de sorprendernos en las citas electorales. También es cierto que en la mayoría de los casos han irrumpido en nuestras cotidianidades políticas catapultados no desde territorios desconocidos, sino desde las prosaicas latitudes de los círculos mediáticos.

El primero en materializarse sorpresivamente fue Pablo Iglesias. Llegó justo cuando las calles estaban demasiado llenas de manifestantes como para dejar hueco alguno a viajeros del tiempo a los que nadie había invitado. También cayó de sopetón sobre los sondeos de opinión cuando estos eran más propicios para el rojerío patrio de toda la vida. Ahora, desarmada las expectativas de IU, con la inestimable colaboración de no pocos de sus militantes, y preocupados por la incidencia de su discurso anticasta, no pocos de los que ayer no dudaban en transformar al líder de Podemos en una especie de Klaatu sideral, perroflauta y con coleta, se apresuran en desacreditarlo con la misma convicción, presentándolo como un leyenda urbana tan inconsistente como Rudolf Fenz.

Eso sí, aprovechando la estela de indefinición ideológica dejada por Iglesias, los dueños de la gran güija mediática han optado por cubrirse las espaldas y lanzarnos un nuevo aparecido, más presentable, con imagen de buen hijo de tendero y sin veleidades bolivarianas. Es así como surge (o, más bien, resurge) de pronto Albert Rivera que hasta ahora no era más que un caído del cielo de provincias. Hoy, aquel joven que no dudó en aparecer en pelota picada para defender la unidad de esa Españña, con doble eñe como gritaría un cabo chusquero, se ha convertido en el antisistema de casa bien que el país necesita en estos tiempos extraños de bipartidismo cansado.

El reverso de estas súbitas apariciones está, claro es, en las desapariciones. Porque junto a los caídos del cielo comienzan también a ser habituales quienes se evaporan por la senda que conduce al limbo de los infelices. Un agujero negro de atracción irresistible que tras las recientes elecciones andaluzas parece empeñado en succionar las enjutas firmezas de Rosa Díez. La misteriosa energía se ha cobrado su primera víctima por tierras valencianas, al menos por el momento, con la renuncia de Toni Cantó a su acta de diputado y a su candidatura a la Generalitat. La incógnita ahora es saber si el actor también hará gala en política de esas Siete vidas que tanta popularidad le dieron en televisión y finalmente conseguirá hallar la puerta misteriosa a esa otra dimensión que hoy se llama Ciudadanos.

En cualquier caso, Cantó no está solo frente al enigma del futuro político. Por lo pronto, los comicios en Andalucía mantienen abiertas no pocas incertidumbres. ¿Quién será el próximo en desintegrarse en los confines del misterio sin nombre? ¿La autocomplaciente Susana Díaz o el perseverante Pedro Sánchez? ¿Mariano Rajoy o María Dolores de Cospedal? Demasiados misterios los que nos caen del cielo.

Publicado en: Eldiario.es

La abuela de Cervantes y la estrategia del PP

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Éramos pocos y parió la abuela. Y no me refiero a la irrupción de Podemos y Ciudadanos en el parlamento andaluz, que también. Me refiero, claro está, a doña Elvira de Cortinas, abuela de Miguel de Cervantes, en quien ahora los investigadores parecen poner toda su esperanza para identificar los restos del escritor entre ese acertijo de huesos hallado en el convento de las Trinitarias de Madrid. Los responsables de la pesquisa confían poder seguir en ella el rastro de ADN que les conduzca hasta la osamenta del manco universal para así poder certificarla, catalogarla y, finalmente, incluirla en la oferta turística de la Corte del Reino.

Es así como el bueno de Cervantes, de cuya segunda parte del Quijote se conmemora este año el cuarto centenario, parece condenado a seguir pendiente de pruebas que atestigüen hasta su descanso de polvo carcomido. Si antaño la familia de Cervantes ya tuvo que recurrir a certificados de limpieza de sangre que disiparan sospechas judaizantes, hoy a su cadáver le exigen la legitimación científica que corrobore su limpieza de muerto ilustre. Para ello, al igual que la Dorotea logró rescatar en Sierra Morena al caballero de la Triste Figura con la ayuda de la Princesa Micomicona, el equipo de forenses espera poder transformar las pruebas genéticas en una convincente Princesa Mitocondriana que atraiga a la luz el desgastado esqueleto.

Con todo, Cervantes no es el único que anda estos días pendiente de certificados de limpieza de sangre que acrediten su autenticidad y su honra. Todo el sistema político español parece en los últimos tiempos obsesionado en mostrar una pureza renovadora que vaya más allá del simple enjuague. Si en un primer momento algunos consideraron que para ello sería suficiente el prelavado unas primarias, la apisonadora social de la crisis y la irrupción de Podemos ha terminado por obligarles a perseguir el oxímoron de buscar candidatos libres de contaminación política.

La obsesión fue tal que, como es conocido, el candidato socialista a la alcaldía de Madrid, Antonio Miguel Carmona, llegó a recordarle durante un debate a Juan Carlos Monedero su fugaz militancia en el PSOE en un intento de desacreditar al profesor de ciencias políticas. Precisamente fue en Madrid donde esta estrategia tuvo su concreción más espectacular en el golpe de timón con el que Pedro Sánchez lanzó por la borda a Tomás Gómez para aupar hasta el puente de mando a un Ángel Gabilondo entre cuyas principales virtudes se incluía su no militancia en el partido. Luego el testigo lo retomó Ximo Puig en el antiguo reino y ex País Valenciano. Es así como los socialistas valencianos han lanzado a los puestos de cabeza aspirantes a diputados que el electorado no identifique con el pecado del político profesional como los escritores Fernando Delgado y Carmen Amoraga, la exrectora de la Universitat Jaume I Eva Alcón.

El fenómeno afectó incluso a Izquierda Unida que tras el despropósito de sus crisis internas y las salidas de Tania Sánchez y Mauricio Valiente ha terminado por confiar en el bueno de Luis García Montero para mantener el tipo dignamente en Madrid. Por su parte, tanto Pablo Iglesias como Albert Rivera no han dejado de subrayar precisamente su perfil de no políticos, su condición de formaciones inmaculadas, arcángeles anunciadores de un nuevo reino de Dios que no será de izquierdas ni de derechas, ni rojo ni azul, sino aquel que en otro tiempo un nazareno nacido en Belén profetizó que no iba a ser de este mundo.

La gran excepción a estas inclinaciones que podrían convertir España en una nueva república platónica, a la vista del número de intelectuales y académicos que pueblan las candidaturas, es el PP. Frustradas en Cuba las opciones de Ángel Carromero para convertirse en el rostro joven y renovador de los populares para medirse con Iñigo Errejón, el PP ha optado por aferrarse a la tradición española de las familias de bien. Y como tal se siente liberado de tener que presentar prueba alguna que confirme su condición de “derechas de la toda la vida”. Los rostros acartonados de Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre, Rita Barberá o las mantillas de Cospedal ya lo certifican generosamente.

Paradójicamente, el resultado de las elecciones andaluzas ha venido a reafirmarles en esta estrategia. Al fin y al cabo, si Susana Díaz ha salido indemne de los ERE, no es descabellado para ellos sortear el tsunami de Bárcenas, Gürtel y la crisis. Por lo pronto, los tres han demostrado ser maestros en el arte de surfear entre tiburones. Y en última instancia, siempre se podrá culpar de todo a Venezuela o a Grecia.