De la moción de censura a la loción de ternura

fabra old

Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

Sigue leyendo

La inmortalidad

bergmanLa prueba definitiva de que la Navidad ablanda los corazones es que hasta el PP ha encontrado un hueco estos días para preocuparse por los problemas sociales. Pero no por cualquier problemilla de poca monta como la precariedad, la pobreza o las desigualdades. Esos no son más que excusas improvisadas por perroflautas para malmeter contra las acertadas recetas económicas que dios nos manda, como pedagógicamente diría nuestro presidente Rajoy. No, los populares no son amigos de andarse por las ramas y puestos a señalar problemas sociales prefieren ir a lo fundamental. A la madre de todos los problemas, vamos. Y esa no es otra que el envejecimiento de la población. Sigue leyendo

Rajoy y los monstruos

thoratocopagus-colloredo-licetus-appen-000
Grabado de los hermanos Colloreto de 1654

El Barroco fue un tiempo de excesos, de teatralidad, incluso de sobreactuación. No sorprende por ello que las crónicas nos den cuenta de la curiosidad y el interés que despertó en aquella Corte la visión de lo monstruoso, extraños seres que no eran sino pobres diablos a los que la vida no dejaba más alternativa que la de sobrevivir exhibiendo sus malformaciones o su enfermedad. Enanos, obesos, gigantes, mujeres barbudas y deformes conformaron así una desdichada legión de miserables condenados a mendigar unas monedas por las calles o, si el azar se ponía de su lado, atraer la atención del monarca y los cortesanos.

Entre ellos destacaron allá por 1629 los hermanos Lázaro y Juan Bautista Colloreto. Habían nacido en Italia. El primero era de facciones hermosas, de cabellera rubia y rizada. El segundo, por el contrario, presentaba un aspecto mortecino, sus ojos permanecían cerrados, era incapaz de oír, ver ni oler, apenas tenía movilidad, le faltaba una de las piernas, exhalaba halitosis y de su boca no cesaba de manar una desagradable espumilla. Por si fuera poco, estaba adherido a su hermano por el pecho. Este extraño caso de siameses no solo desató admiración en la Corte, sino un interesante debate teológico sobre si los Colloreto tenían una o dos almas y en consecuencia si debían de ser bautizados independientemente por cada una de ellas.

Operación Flotador

salvavidas-titanic

A todos los niños les gusta jugar al veo-veo. Y las adivinanzas. Bueno, a los niños y a los mayores. Porque desentrañar aquello que se presenta oculto es un ejercicio mucho más tentador que el pilates. Así ha sido desde aquellos tiempos inmemoriales cuando Edipo se cruzó con la enigmática Esfinge, o cuando el tozudo Champollion se empeñó en descifrar los jeroglíficos dándole vueltas a la piedra Rosetta. Por no hablar, por supuesto, de las inolvidables invitaciones que Agatha Christie y Conan Doyle nos hacían desde sus novelas para descubrir qué estaba haciendo el mayordomo en el momento del crimen.

Pero como pasa en esta vida, todo tiene su revés y el mismo trabajo que muchos invierten en tratar de desvelar lo opaco, lo ocupan otros en dificultarlo. Es así como a lo largo de la historia han surgido los redactores de la Cábala o manuscritos tan herméticos como aquel famoso de Voynech escrito en una lengua más extravagante y secreta que los élficos idiomas de Tolkien. Y de ello han hecho oficio los concienzudos criptógrafos de los más variados servicios secretos del mundo, celosos con que sus mensajes en clave permanezcan a salvo de las indiscreciones del Wikileaks de turno.

La lluvia que se nos avecina

e1389-cantando-bajo-la-lluvia3
Gene Kelly en una escena de “Cantando bajo la lluvia” (1952)

La lluvia tiene una carga dramática que nos sobrecoge. César Vallejo lo supo condensar hasta el estremecimiento con su premonitorio verso: “me moriré en París con aguacero”. Y en París también vimos a un Humphrey Bogart con las entrañas desgarradas, a los pies de la escalinata de un tren, huyendo de la invasión alemana mientras las gotas de lluvia iban borrando de una carta el adiós de una Ingrid Bergman a la que el destino, en la mítica escena de Casablanca, impedía acudir a la cita con su amante.

Palabras traicioneras, monstruos y balas de plata

medallaridicula_zps1f94d0b3
Jorge Fernández Díaz condecorando la imagen de una virgen policía

Las palabras siempre nos delatan, por eso sus afirmaciones, sus negaciones, sus lapsus, sus equivocaciones, sus rodeos y hasta sus ocultaciones suelen ser material impagable para los psicoanalistas. Para protegernos de sus indiscreciones e inclinaciones traicioneras nos vemos obligados a situarnos siempre alertas, a la defensiva, procurando un difícil equilibrismo entre pensar lo que decimos y decir lo que pensamos. Un trabajo complicado, porque al primer descuido las palabras pronunciadas o escritas terminan mostrando nuestras desnudeces por mucho pudor que nos produzca mostrarlas o a pesar de nuestros vanos intentos por esconderlas. Sigue leyendo