Patrimonio de la Humanidad

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Valencia, como París, fue una fiesta. Y no era para menos. La noticia llegaba de Addis Abeba y corría por el Cap i Casal con más fuerza que la riuà del 57: la Unesco declaraba a las Fallas todo un Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Así que, por fin, nuestra atávica fiesta del fuego alcanzaba la misma categoría que la cerveza belga, el merengue dominicano, la cultura charra mexicana o la rumba cubana, de luto esta última por la muerte de Fidel e imposibilitada por ello de dar rienda suelta a la alegría como en las calles valencianas. O si se prefiere, a la altura del Misterio de Elx, el Tribunal de las Aguas o la Mare de Deu de la Salut de Algemesí, patrimonios patrios anteriormente admitido que, en cualquier caso, difícilmente están tan arraigados en el ADN de esta tierra de las flores, de la luz y del amor como la algarabía que envuelve a nuestras fiestas de Sant Josep.

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La fallera monárquica y los protocolos

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Ilustración de Esther Méndez para el libro “La fallera calavera” de Enric Aguilar

Los disgustos, como los problemas, nunca llegan solos. Hace unos días nos despertábamos sobresaltados al conocer que los norteamericanos son racistas. Es verdad que día sí y día también nos desayunábamos con la noticia de algún policía de aquel país que decidía freír a tiros a alguno de sus compatriotas negros (o afrodescendiente, como dicen los políticamente correctos que ignoran que todo el género humano procede de África). Pero, bueno, achacábamos el caso a un exceso de celo profesional del agente ante la sospechosa actitud del ciudadano en cuestión de situarse delante del cañón de su pistola ignorante de que el tiro al blanco sí distingue colores. Hizo falta que eligieran a Trump para sacarnos de nuestro error. Qué disgusto.

Pero, como ya he dicho, estas decepciones nunca llegan solas. Así que ahora, justo cuando la Unesco tiene que decidir si reconoce a las Fallas como Patrimonio de la Humanidad, nos sorprenden unas recomendaciones de la Junta Central Fallera a las Falleras Mayores y su corte de honor que parecen más redactadas por el jefe de protocolo de Boko Haram que por una entidad cívica de un país democrático. Las fallas son machistas, qué disgusto. Sigue leyendo

El llanto de Moby Dick por las víctimas del Metro

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Beatriz Garrote en un acto de familiares de víctimas del accidente del Metro en Valencia

El explorador y aventurero norteamericano Jeremiah N. Reynolds zarpó en 1829 del puerto de Nueva York con el objetivo de alcanzar la Antartida. De entre las muchas historias recopiladas a lo largo de su periplo destacó una recogida durante su viaje de regreso frente a las costas chilenas. Era la noticia de un extraño cachalote blanco aparecido junto a la isla de La Mocha, acosado durante treinta años por los balleneros hasta sucumbir al arpón de uno de ellos. Reynolds relataría esta historia en 1832 en su artículo Mocha Dick o el cachalote blanco del Pacífico.

No resulta sorprendente que la gran ballena blanca apareciera precisamente en los alrededores de esta pequeña isla situado junto a la región de Biombí. De hecho, La Mocha era ya bien conocida por su condición de escala obligada para estos grandes cetáceos en sus travesías oceánicas. Era tal el número de animales que se congregaba en sus aguas que atraídos por el fenómeno los indígenas de la zona, los lafkenches, consideraron la zona un lugar sagrado desde donde las almas de los muertos partían en su viaje al más allá a lomos de una ballena. Sigue leyendo

Los Reyes Magos y los infiernos de Dante

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De entre todas las figuras villanas de la historia, los más pérfidos de todos los pérfidos, siempre serán los traidores. Tanta es la animadversión que despiertan que Dante no dudó en situarlos en la zona más profunda del noveno círculo del Infierno, la más alejada del Cielo, donde surgiendo de entre los hielos se nos representa la figura de Lucifer, el primer traidor de la historia. Allí, quien fuera el ángel más hermoso acabó, tras renegar de Dios, convertido en un ser monstruoso de tres rostros en cuyas bocas tritura a los mayores felones: Judas Iscariote, el traidor de Cristo, el Rey de Reyes, y Marco Junio Bruto y Cayo Casio Longino, los conjurados para dar muerte al gran emperador de todos los tiempos, Julio Cesar.

La lista de los traidores es, en cualquier caso, interminable. En ella encontramos desde Robert Ford, el amigo despiadado que asesinó por la espalda al mítico Jesse James, hasta la pobre Malinche a la que acusarían de propagar una maldición con sus caricias regaladas a Hernán Cortés. Listado que no ha cesado de incrementarse hasta formar una genealogía de la traición que llegaría hasta el mismísimo Darth Vader, cuya debilidad por el lado oscuro le llevó a traicionar el poder de la Fuerza.

 En todos los casos, la reacción que nos provocan estos deleznables personajes es la misma: un insufrible desagrado, una repulsa comparable a la que nos producen esas sustancias viscosas, blandas y pegajosas. No es extraño que en Cuba se acuñara el término gusano para definir a los desertores de la revolución, aunque estos fueran no pocas veces más construcciones del propio régimen, que pérfidos y peligrosos.
Este repelente gusano de la traición no ha sido ajeno a estas tierras españolas. La rancia historiografía franquista se encargó incluso de encumbrar como villano por excelencia al pobre conde Don Julián, en cuya supuesta traición estaría el origen de la no menos supuesta tragedia de la llegada musulmana a la península. Exageraciones al margen, lo cierto es que la figura del traidor ha sido un recurrente recurso tanto para una izquierdona demasiado inclinada a tomar el Gulag como referente de análisis, como, sobre todo, para una derechona siempre dispuesta a que arda Troya si es preciso cada vez que se cuestiona alguno de sus pretendidos eternos valores, ya sea la unidad de España o la receta de la paella.

Pero la traición de las traiciones, como ya vimos en Dante y nos confirmaron Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas, es y será siempre la traición al rey. Por eso no me ha sorprendido la polémica que estos días se ha desatado por la recepción del alcalde de Valencia, Joan Ribó, a las tres Magas de gener y la recuperada cabalgata infantil republicana. O la controversia desatada por las reinas magas anunciadas por la alcaldesa madrileña Manuela Carmena ante la mirada atónita de la gente de bien.

¡Anatema!, se oye por las esquinas. Y no es para menos. La reacción era totalmente previsible. Este país aguanta recortes, restricciones a las libertades, una sanidad y una educación pública en desguace, la enésima precarización laboral o hasta el cambio climático. Pero una traición a las tradiciones más sagradas, nunca. A menos que sea el Corte Inglés quien transforme el Día de Difuntos en Halloween para poder vender máscaras y calabazas, aunque eso, claro, es otra cosa.

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En cualquier caso, resulta ingenua la inocencia de aquellos que se extrañan por este rasgar de vestiduras, como el protagonizado por Isabel Bonig, que tan impávida se mantuvo todos estos años mientras el PP dilapidaba el dinero público. “Pero nunca faltó para los Reyes Magos”, seguro que se apresuraría a corregir la dirigente de los populares valencianos. Es cierto, ¡qué sería de nosotros sin Reyes Magos! La propia democracia que disfrutamos no deja de presentarse para la derecha como el regalo generoso que nos trajo Juan Carlos, el más mago de todos los reyes hasta que un elefante y una rubia se cruzaron en su camino.

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Felipe VI, su sucesor hoy en el trono, sabe bien que los españoles no podemos vivir sin reyes magos. Por eso, no dudó en escenificar su discurso de Nochebuena como si fuera una genuina recepción de Gaspar, Melchor y Baltasar en la que cada ciudadano nos preparábamos para ser sentados sobre sus rodillas y recibir nuestro scalextric y nuestra Nancy, para el niño y la niña, no vayan a crearse traumas innecesarios, mientras los catalanes se resignaban al carbón por haber sido traviesos y desobedientes. Luego, finalizado el trabajo, el buen monarca montará a lomos de un simpático camello y cabalgará hasta los remotos reinos de Arabia. Hasta es posible que allí pase excitantes veladas en el desierto escuchando las historias que le cuente otro buen rey, amigo como pocos de las tradiciones y sabio en el difícil arte de cortar por lo sano todas las traiciones.

Artículo publicado en Eldiario.es

Rita Barberá o la España hecha viñeta

Hay ocasiones en que sin saber cómo la realidad se transforma en una viñeta, ese cuadro congelado y bidimensional en el que el dibujante reúne sus trazos para contarnos una historia. A veces con ayuda de la fotografía. Es lo que ocurrió un día de 1985 cuando Hans Runeson dirigió el objetivo de su cámara hacia una mujer regordeta que en una postura algo grotesca lanzaba un certero bolsazo contra el cogote de uno de los neonazis que aquella jornada desfilaban por la localidad sueca de Växjö.

La mujer era Danuta Danielsson, una polaca que plasmó en aquel impulso su indignación ante una exhibición fascista que le revivió el horror acumulado en un campo de concentración. Su gesto, inmortalizado por Runeson, lejos de tener una sublimación heroica, logra extraer toda su fuerza precisamente de esa apariencia caricaturesca en la que la protagonista se ve engrandecida por su propia e inofensiva pequeñez frente al marcial paso del cabeza rapada. En ella solo nos parece ver a un inocente personaje de cómic, como aquella doña Sinforosa de la familia Ulises que a mediados de la década de los años cuarenta del pasado siglo, apareciera en el mítico TBO de la mano de Marino Benajam.

También Rita Barberá nos recuerda a doña Sinforosa. Puede que hasta de una forma todavía más intensa puesto que su afamado bolso Vuitton está más próximo al afán de promoción social que caracterizaban al personaje de Benajam que la rabia antifascista de la señora Runeson. Además, si para la buena Danuta su conversión en figura caricaturesca fue un hecho nunca buscado, en el caso de la alcaldesa de Valencia esa transformación parece ser un objetivo perseguido con empeño.

De hecho, todos los actos de Rita Barberá destilan (con perdón de la expresión) esa obsesión por llegar a ser un dibujo de TBO trasnochado: desde la patética proclamación del caloret fallero hasta su reciente y vergonzante tururú a las víctimas del Metro desde el balcón del ayuntamiento. Bufonas actitudes que solo se explican por un incontenible deseo de convertirse en caricatura, en monigote de una historieta infantil. Aspiración, además, que parece contagiar también a más de un responsable del PP como hemos podido ver estos días con los dibujos animados con que José Antonio Monago arremete contra los andaluces, o en las evocaciones al Naranjito de ese personaje de TBO por antonomasia que es Rafael Hernando.

Por todo ello, parece que los populares tienen puestas todas sus esperanzas electorales en que España se convierta en una gigantesca viñeta. Obviamente, no con ese sentido crítico que Aleix Salo imprimió a su Españistán, sino con un aroma más rancio, a caja florecida de polvorones, con un trazo brusco y tradicionalista a lo Flechas y Pelayos. Por eso, los populares cierran filas con la alcaldesa valenciana riéndole las gracias de su ignorancia, con la fidelidad incondicional de un sacristán de pueblo.

Tal vez, vistas algunas encuestas, el ejemplo de Rita Barberá continúe propagándose en un PP dispuesto a hacer bandera de la incultura. Y hasta puede que un día de estos oigamos a Cristobal Montoro reivindicar sus políticas de austeridad frente al “bujero” del déficit público, si es que el éxito de la fórmula se mantiene. Quizás para entonces ya habrán alcanzado el objetivo de convertir este país en un casposo tebeo de posguerra, donde los españoles volverán a ser desahuciados y precarizados Carpantas soñando con pollos asados al cobijo de algún puente. Por lo pronto ya han dado un paso crucial al transfigurar a Bárcenas en todo un personaje de Mortadelo y Filemón.

De espías y arte por tierras valencianas

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El mundo del arte, en sus más variadas facetas, nunca ha dejado de depararnos misterios, sin necesidad de los recursos mercadotécnicos de Dan Brown. La historia de Anthony Blunt, por ejemplo, siempre me ha resultado fascinante y tierna a la vez. Su erudición artística le permitió durante años estar al frente de la pinacoteca de la reina Isabel de Inglaterra, hasta que un día de 1962 los servicios secretos británicos descubrieron su condición de comunista, espía para la Unión Soviética y homosexual, tres cualidades no muy bien vistas en los ambientes tories que solía frecuentar.

Blunt pertenecía a una selecta red de espionaje que Moscú tejió en los años 30 captando jóvenes y prometedores universitariosmarxistas, procedentes de la flor y nata de la sociedad. Entre ellos estaba también el no menos seductor Harold Kim Philby, corresponsal en España de The Times durante la guerra civil, a quien Franco llegó incluso a condecorar sin imaginar que en realidad pasaba información al Kremlim y que su misión incluía la orden de, si encontraba la ocasión, asesinarle. Kim, como otros de sus compañeros, acabó exiliándose a la Unión Soviética años más tarde, tras ser descubierto por los agentes de Su Graciosa Majestad. Otros, sin embargo, al ser desenmascarados optaron para salvar el pellejopor transformarse en agentes dobles.

 El refinado Anthony Blunt fue uno de los que sedejó llevar por la debilidad y se transformó en delator. Un oprobio que al menos le permitió  seguir disfrutando con las bellas pinturas del Palacio de Buckingham y las discretas caricias de algún joven muchacho, consuelo nada despreciable para una vida siempre corta. Y así fue hasta 1979 Margaret Thatcher cuando decidió romper el pacto de silencio que existía y desveló su nombre como espía comunista. La vida del viejo Blunt se desmoronaba. La reina le despedía de palacio y le retiraba todos los cargos concedidos por sus servicios, incluido el título de lord. Pocos años después, este hombre que acabó siendo traidor a su patria, a sus ideales y a sus camaradas, moría entre el olvido y el desprecio.

Descarto que detrás de los recientes registros y detenciones realizados en el Palau de les Arts vaya a surgir alguna historia de la talla de Blunt. En las tierras valencianas hace tiempo que se abandonaron las selectas conspiraciones  protagonizadas por los Borja, para conformarse con meras maquinaciones marrulleras de tres al cuarto. Hasta en la alta cultura se ha producido esta renuncia, donde lo sublime acabó dejando paso a ese espíritu de cortijo de tan larga tradición en la derecha española (con discípulos adelantados también en la izquierda, todo sea dicho). Hoy podría hacerse una inigualable Museo del Patetismo con las aportaciones realizadas por Consuelo Ciscar en el IVAM o por Helga Schmidt en el palacio de la ópera. De hecho, resulta imposible contener el bochorno al comprobar cómo quienes llegaron al poder rasgándose las vestiduras por la intervención en el teatro romano de Sagunto, han terminado convirtiendo el inconcluso proyecto de Grassi en un ejercicio de inocencia frente al alud de despropósitos acumulado en forma de ciudades rimbombantemente bautizadas de la Luz, del Teatro, o de las Artes y la Ciencia. Al final, todo se ha desmoronado como un castillo de naipes, o como vulgares piezas de un trencadís de Calatrava.

Perdamos pues la esperanza de encontrar algún personaje sorprendente detrás de estas ruinas. Allí solo quedará los despojos finales de la casquería disfrazada de como alta cultura del despilfarro. Por eso, pese a los grandes esfuerzos de Alberto Fabra por desenmascarar a su topo, nunca tendremos el consuelo de encontrarnos con un Anthony Blunt, un villano con la altura moral suficiente como para llegar a ser traidor, espía, comunista y maricón.

Publicado en Eldiario.es

Ilustración: Evelio Gómez