Los tiempos malditos de calma chicha

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Los antiguos marinos temían a los monstruos marinos, aquellas extravagantes criaturas que les acechaban por los mares gélidos del Septentrión o esas otras, cíclopes voraces y fieros lestrigones, que amenazaban el retorno de los Ulises que surcaban las cálidas aguas mediterráneas. Pero más que el encuentro con estas improbables criaturas, los navegantes más experimentados no ocultaban su preocupación por otro peligro más implacable: la calma chicha. Su presencia lo detiene todo, el viento y las olas desaparecen para dar paso a un mar inmóvil, como una viscosidad quieta que fuerza al navío a un pairo implacable y condena a la tripulación a la desesperación de un tiempo suspendido.

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Entre la relatividad y la deriva

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Hace cien años Albert Einstein nos confirmaba que el tiempo y el espacio eran relativos al depender ambas variables de las caprichosas relaciones mantenidas con la velocidad. Aquel mismo año de 1915, otro científico, el meteorólogo y geofísico alemán Alfred Wegener también formulaba en su libro El origen de los continentes y los océanos la teoría de la deriva continental que venía a explicar esa extraña coincidencia entre los perfiles continentales que no había pasado desapercibida a numerosos sabios que, sin embargo, no habían acertado hasta entonces en encontrar una respuesta al fenómeno.

Relatividad y deriva. El azar ha querido reunir en un mismo aniversario la conmemoración de ambos descubrimientos. Un encuentro doblemente destacable pues a la importancia científica de ambas teorías, se suma la capacidad explicativa de estos tiempos tan relativos y la deriva en que nos ha tocado vivir. Porque relatividad y deriva son en buena medida la plasmación de lo que nos rodea, de estos tiempos licuados, donde las inercias parecen marcar la marcha de los acontecimientos a ambos lados del Mediterráneo con la misma implacable fuerza que separa las masas continentales y con la misma relatividad insensible de quien observa el movimiento de los objetos dando sentido a los tiempos de cada caso.

 Es la relatividad que, por ejemplo, hace oscilar la materia política de la condena implacable a la condescendiente preocupación, como la mostrada estos días por Bruselas ante las detenciones de Can Dundar y Erdem Gül, director y editor respectivamente del diario opositor turco Cumhuriyet. Ambos fueron encarcelados a principios de noviembre después de que su periódico sacara a la luz un video en que se veía un camión cargado de armamentos siendo escoltados por la seguridad turca. Su destino: grupos armados sirios, entre los que se incluía el Frente al Nusra vinculado a Al Qaeda. Detenciones, en cualquier caso, dignas de relativizar: al fin y al cabo este tipo de hechos son normales en la Turquía de Erdogán, tal vez hasta una costumbre del país a la vista de que ya son más de un centenar de periodistas detenidos durante su mandato. Raras tradiciones, como rara es la habilidad del presidente turco para generar aguas revueltas –y a menudo sangrientas– en las que pescar a costa de la oposición democrática y la minoría kurda.

Como moderada es la reacción de las cancillerías occidentales ante la inminente ejecución de Asharaf Fayad, poeta palestino condenado a muerte por su supuesta apostasía del Islam. La sentencia no ha partido de ningún recóndito y tenebroso cuartel general del Daesh. El veredicto fatal cuya cuenta atrás ya está en marcha, surgió de un tribunal de Arabia Saudí, paradójicamente el que analizó su recurso a una primera condena a 800 latigazos y cuatro años de cárcel. Fayad ve como el misericordioso tribunal sustituye los azotes por la horca. Castigo de nuevo relativo procediendo de un régimen tan relativo por antonomasia como el saudí, capaz de conjugar al mismo tiempo la Edad Media y su amistad –calculada en tantos por cien, según algunas malas lenguas– con la democrática monarquía española.

Relatividad condescendiente con el integrismo otomano, con el wahabismo intransigente del feudalismo arábigo; relatividad implacable con el musulmán de la periferia de nuestras ciudades, con el que huye de la barbarie. Relatividad, en fin, de doble uso, como la última cabriola política con la que hoy pretenden que odiemos y anhelemos al mismo tiempo a Bashar al-Asad. Y junto a todas las relativas relatividades, la deriva, la inercia que empuja las políticas europeas hacia el otro lado del Mediterráneo, marcadas por la fuerza aburrida del continuismo, como continentes zozobrando sin más destino seguro que el hundimiento final, como Atlántidas de la desesperanza.

King Kong anda suelto por París

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Hollywood supo muy pronto que la cotidianidad contiene en su esencia una frágil línea para separar la placidez del horror. La conciencia de esa endeble fronteraserá una de las claves para consolidar los géneros cinematográficos. Cuando la bella Fay Wray es ofrecida en sacrificio por los aborígenes de una desconocida isla, su alarido de pavor ante la visión del gorila gigante nos remite a los códigos del cine de aventuras, cuyas peripecias se desarrollan en espacios remotos, con paisajes extremos y culturas extravagantes. Pero cuando King Kong irrumpe por las calles de Nueva York, el género se transforma en terror al ver reflejada nuestra aburrida cotidianidad en la confiada somnolencia de los pasajeros de un tren, incapaces de imaginar que solo unos fotogramas más adelante les aguarda la bestia.

Como en la película de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, la bestia nos ha sorprendido estos días por las calles de París. Y como en el clásico filme, Francia se ha apresurado a enviar sus avionescontra ella,aunque, en esta ocasión, no se encarame sobre la azotea del Empire State Building, sino que se oculta, nos dicen, en los desiertos de Siria. Sólo que esta vez, nadie está dispuesto a mostrar la más mínima compasiónpues a diferencia de King Kong, que se movía por un instinto amoroso hacia la protagonista, el actual monstruo solo aspira a devorar a la chica, encarnación autocomplaciente de nuestra cotidianidad. O al menos así lo dice el nuevo guión.

 Porque la gestión mediática y política de los acontecimientos de París tiene mucho de cinematográfica, de ese juego de géneros que veíamos en el mítico filme. Así,la amenaza sin rostro del Daesh cansada de los sacrificios rituales en exóticos escenarios difícilmente ubicables en el mapa, harta de las producciones de aventuras,aspira a dar un giro a la trama adentrándose por el género de terror y llevando la matanza a la alegre noche de París. Por su parte, François Hollande, con el aplauso incondicional de Pedro Sánchez o Albert Rivera, confía en tranquilizar al auditorio presentando al monstruo como algo ajeno, al que hay que mantener a raya incluso cuando adopta medidas de política interior como esos recortes de las libertades públicas que parecen proyectarse como elementos de un una película de acción donde son imprescindibles los agentes con licencia para matar. Pero, sobre todo, el presidente francés, como el ruso, el norteamericano y la mayoría de sus homólogos occidentales, buscan el aplauso del público recuperando el género de aventuras. De aventuras militares, por supuesto.

En todos los caso, se trata de guiones sólidos, sin cabos sueltos, con éxito asegurado. Y como en el Hollywood de los años 50, las distintas productoras velarán a conciencia porque en el trabajo no se cuele ningún cineasta que no haya superado los interrogatorios del comité de actividades antiamericanas, o antifrancesas, o antiislamistas. Incluso no faltarán voces que justifiquen lo maniqueo de sus tramas como una bienintencionada forma de evitar que el espectador se incline por propuestas cinematográficas de la factoría Le Pen. Sólo hay un problema que ninguno de ellos ha conseguido resolver hasta la fecha: que esto no es ninguna película.

El reciente informe publicado por el Institute Economics & Peace con los datos del  terrorismo global en 2014 nos da algunas pistas de ello. Por mucho que el ISIS, en su sobreactuado comunicado propio de una película de serie B, califique a Paris como “la capital de las abominaciones y de la perversión” y que con la misma teatralidad las cancillerías occidentales denuncien el odio a nuestros “valores democráticos”, lo único cierto es que si se realizase un retrato robot de la víctima potencial del terrorismo, sería la de un hombre, una mujer, un niño o una niña de Iraq, Nigeria, Afganistán, Paquistán o Siria, aunque Facebook no contemple la bandera de ninguno esos cinco países como señal de duelo tras un atentado. Desde el año 2000 han muerto en Occidente 3.659 personas,incluidas las víctimas de las Torres Gemelas, Madrid y Londres. A ellos habrá que sumar las trágicas víctimas de París. Solo el pasado año murieron en Iraq 9.929 o 9.213 en Nigeria. Durante 2014 el terrorismo segó en todo el mundo 32.685, sólo 37 de ellos murieron en algún país occidental. Mientras tanto, no faltan estos días quienes justifican por la amenaza terrorista el cierre de fronteras a quienes buscan un futuro o simplemente huyen de la carnicería.

Por otro lado, los datos evidencian que el supuesto terrorismo islámico organizado no es el principal problema de la violencia en Occidente. El 70% de las 234 muertes registradas por actos de terrorismo en Occidente entre 2006 y 2014 fueron causadas por acciones de los conocidos como lobos solitarios, asesinos aislados como Anders Behring Breivik que mató en Oslo a 77 personas. El 80% de los atentados registrados en los 38 países occidentales, incluidos los europeos, Estados Unidos, Canada o Japón, no tuvieron nada que ver con el islamismo político radical. Pese a ello, los tambores de guerra insisten en conducirnos prietas las filas hacia tierras sirias, con los mismos redobles que antes nos llevaron antes a Afganistán, Iraq o Libia y con el mismo entusiasmo que antes aplaudimos los golpes de estado en Argelia o Egipto. Demostramos así una implacable firmeza en la guerra total al terrorismo gracias a la cual hemos conseguido que el número de atentados en el mundo se incremente un 80%.

Tal vez por todo eso va siendo hora de mostrar nuestro hartazgo ante tantas películas, del mismo modo en que León Felipe mostró su cansancio ante tanto cuento. Agotados por la sangre que se acumula entre cotidianidades que aspiran a ser plácidas en Paris, en Madrid, en Londres, en Kabul, en Beirut, en Al Raqqa, en Faluya, en Basora, en Penshawar, Garawa, en Bentiu, en Fotokol, en Kudhaa y en tantos otros nombres condenados a ser escenarios de exóticos olvidos.

Publicado en Eldiario.es

La ilusión de los tiempos congelados

Ben Sansum, en el patio de su casa

Vivimos tiempos de intemperie. Y la intemperie resulta tan dura que todo el mundo anda buscando algún refugio. Ben Sansum, por ejemplo, descubrió ese cobijo en un año, 1946. Aunque en aquella lejana fecha ni siquiera había nacido, este inglés de 36 años ha hecho de su afán por congelar allí el calendarioel verdadero sentido de su vida. Es así como ha logrado convertir su casa junto al cementerio de Cambridgeshire, en un espacio de tiempo detenidodonde todo, hasta el más mínimo detalle, remite a la atmósfera de los años cuarenta: su ropa, sus muebles, su música, hasta su retrete.

En realidad, elegir el momento en que quieres que el mundo se pare tiene muchas ventajas. La cotidianidad se transforma en una escenografía donde lo inesperado se convierte en una anécdota, cuando no en un simple fallo subsanable con unos retoques en el decorado. Ben Sansum ha renunciado a las redes sociales y la televisión por cable, aunque se permita la herejía de un moderno frigorífico camuflado tras una trasnochada cortinilla. A cambio consigue tener prácticamente todo lo imprevisible bajo controlentre las cuatro paredes de su hogar. Incluso puede alardear de saber el año en que le encontrará la muerte: 1946.

En realidad estos espacios y geografías flotando en los tiempos inmóviles no son nada nuevo. Los cuentos que nos hacían dormir ya nos hablaban de lugares encantados donde los relojes detenían su palpitar y nunca faltó algún poeta para cantar aquel paisaje entre ruinas donde Cronos parecía haber decidido dejar de devorar a sus hijos. Lo mismo sentimos en ciudades como La Habana, donde resulta difícil pasear sin embriagarse con su belleza vintage de sueños gastados y agotados Dodges del 49 transitando sus bulliciosas callejuelas.

Claro que no siempre la parálisis de los calendarios nos transmite esa sensación placentera de la evocación. Israel, lo estamos comprobando estos días, decidió vivir en el Antiguo Testamento, en la determinación miserable de los doce hijos de Jacob, elegidos por un Yahvé destructor y hambriento por lanzar su ira y su cólera contra un pueblo palestino desangrado de jóvenes sin futuro, ancianos sin presente y niños sin ayer.

Tampoco España ha sido inmune a esta utopía de los almanaques. O distopía. En 1936, el país fue conducido a golpe de bayoneta y escapulario hasta los esplendores idealizados del Siglo de Oro, para acabar con la boca llena de tierra en alguna cuneta y un sabor a rancho rancio y sacristía que duraría cuarenta años. Luego, cuando el Caudillo tuvo a bien agonizar bajo la atenta mirada del equipo médico habitual, el país decidió petrificar el imaginario en una santificada Transición de reyes justicieros frente a golpistas de vodevil, banda sonora de Alaska y los Pegamoides y entrada triunfal en Europa.

Todo parecía ir bien pese a las guerras sucias del norte, nuestras aventuras bélicas en la OTAN, la reconversión de los viejos obreros demodé, la ceguera ante el rastro de una lejana dictadura o la masacre de trenes en Atocha. Felices, podíamos entregarnos a la modernidad de sabernos protagonistas de una película de Almodovar y hasta vitorear las aventuras americanas de una Telefónica, oportunamente privatizada para la rapiña, o de un Banco Santander diestramente conducido por Emilio Botín, el hombre que supo hacer de su apellido corsaria vocación.

Luego estallaría la madre de todas las burbujas. Los bancos se quedaron con nuestras casas, perdimos nuestros empleos y, de paso, se evaporaron nuestros derechos. Los sindicalistas volverían a la cárcel y los fascistas serían de nuevo absueltos por formalismos legales. En sus comparecencias ectoplásmicas, el presidente del gobierno nos invitaría a felicitarnos ante cualquier empleo basura o por esas débiles recuperaciones macroeconómicas que permiten aplicar futuros recortes sociales manteniendo con vida al paciente.

Así aquel idílico tiempo detenido adquirió de golpe este inusitado movimiento que nos arrastra por el torbellino de los desagües. Pese a ello no faltan bienintencionados ni cabrones que, frente a la indignación o los referéndums, insisten en alabar los tiempos anclados 1978. Y eso que los héroes de entonces hace tiempo que experimentaron una especie de crisálida invertida que les transformó de jóvenes progresistas en asesores de multinacionales, de próceres de la patria -grande o chica- en defraudadores y corruptos, de rey de los cuentos en villano.

Es lo que tiene no ser previsor. Ben Sansum lo supo a tiempo y por eso compró su frigorífico moderno. Porque por mucho que se intente congelar el tiempo, si no mimas los detalles o tienes un buen frigorífico, hasta las viejas mentiras se te acabarán pudriendo.

Publicado en eldiario.es

De goles, lluvias y bombas

Bombardeos israelíes sobre las poblaciones de Gaza.
Bombardeos israelíes sobre las poblaciones de Gaza.

Premonitoriamente, el cielo de Rio de Janeiro fue invadido por tenebrosos nubarrones justo cuando el silbato del árbitro dio comienzo a lo que iba a ser la mayor hecatombe del fútbol brasileño. Es curioso el extraño proceso por el que determinados segmentos de tiempo se transforman sin proponérselo en un hecho histórico. Ayer los siete goles con los que la selección alemana acribilló la portería de Julio César fueron en un antes y un después para la historia futbolística de este país, transformando en derrota honrosa aquel trauma frente Uruguay que enmudeció el Maracaná un ya lejano 1950.

Tal vez es precisamente la lluvia la que consigue impregnar de transcendencia algunos momentos. Porque mientras la pitagórica conjunción de toques y remates de Müller, Klose, Kroos, Khedira y Schüerle lograba transformar en grotescos los sobreactuados gestos de la canarinha entonando el himno con el fervor más propio de alguien preparándose para revivir la guerra de los Canudos, mientras los rostros de los jugadores y la torcida se desencajaban estupefactos a cada estremecimiento de la red de su portería, mientras todo esto ocurría, en Rio llovía, llovía y llovía. A mares. Al final, no pocas de sus calles se transformaron en auténticos ríos, toda una metáfora para el inspirado poeta que quiso ver en ello el desbordado llanto de un país frente el sueño que se va.

Ignoro si a esa hora también llovia sobre Jan Yunis. Lo dudo. Por eso los ocho muertos –uno por cada gol marcado en el Minerão- que allí quedaron tras el bombardeo israelí nunca pasarán a la historia. Como tampoco lo harán los dos niños que hace solo unas horas quedaron convertidos en piltrafas de carne apagada entre los escombros de Shejaiya, o la mujer y el pequeño de seis que hace solo unos minutos fueron transformados en nada en las castigadas callejuelas de Zeitun. Ni el resto de destripados y achicharrados guiñapos humanos que la letal perseverancia sionista viene sembrando por milenaria tierra palestina.

Sí, hace tiempo que no llueve en Gaza. Si como sospecho el agua es capaz de hacer florecer momentos históricos, el fuego parece tener la propiedad de inundar los espacios con la rutina del olvido. Israel lo sabe e insiste en sembrar tempestades de llamas que expulsen definitivamentea Palestina de la Historia. Eso sí mientras tanto, como sobreactuados jugadores brasileños cantando el himno, clamará a los cuatro vientos mediáticos su pavor a ser lanzados al mar por la agonía de un pueblo que con algunos cohetes tan caseros e ineficaces como desesperados, se resiste a desaparecer.

Pero seamos realistas y no pidamos imposibles. Pese a la flexibilidad del hipertexto, los cibercronistas de la realidad no tienen espacio para todos y están obligados a elegir. Elegir los hechos históricos que les marca la lluvia. Y hoy es preciso escribir con la caligrafía de las epopeyas la histórica derrota de Brasil frente Alemania, mientras diluviaba a mares en las calles de Rio. Torrentes de agua que algunos vieron brotar de las lágrimas de los desconsolados brasileños. Aunque otros poetas, igual de poco imaginativos pero mucho más prosaicos, tal vez intuyan el origen de tanta agua en un manantial bien distinto: las hipócritas lágrimas de cocodrilo de un mundo que saca a los pueblos de la historia para que los muertos comunes no nos distraigan de los grandes momentos. Ay, que felicidad el día que la poesía se libre de estos demagogos.

Publicado en eldiario.es

Damasco, entre Ulises y el lobo feroz

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El relato tiene en las tradiciones orales el potente poder de la cohesión. Su desarrollo fortalece los lazos entre los individuos, refuerza las identidades y articula esa misteriosa cadena que nos conduce desde las oscuridades del ayer a las incertidumbres del mañana. Por eso la fuerza del relato no puede descansar en la sorpresa, territorio de la incógnita y el desasosiego, sino en el ámbito tranquilizador de lo previsible donde todo se repite con la misma exactitud, el mismo ritmo, la misma cadencia. Eso explica por qué, aunque conozcamos todos los detalles, nunca nos defrauda volver a escuchar un millón de veces las mismas vicisitudes de Ulises en su regreso a Itaca o la habilidad con que el cazador destripó al lobo para rescatar a Caperucita.

Estas reacciones no han quedado relegadas a los tiempos mitológicos, las exóticas geografías tribales o los plácidos momentos de los cuentos infantiles para dormir. No. La balsámica propiedad de los relatos también sabe adaptarse a estos tiempos líquidos de los mass media y los oráculos 2.0. Y así hemos podido comprobarlo en la polémica que durante las últimas semanas recorre las nuevas páginas virtuales de los periódicos y ese tamtan de las redes sociales, a propósito del ataque de Estados Unidos contra Bashar al-Assad. Un ruido mediático y social que sorprende especialmente después de tanto silencio frente a una carnicería que comenzó un remoto marzo de 2011 cuando unos adolescentes escribieron “libertad” en una perdida pared de Daraa.

Silencio frente a lo que se desconoce, se escapa de nuestras coordenadas ideológicas o, simplemente, se desprecia con la indiferencia. Un mutismo ensordecedor que contrasta con la vociferante agresividad con que hoy todos parecen acercarse al drama sirio con la recobrada seguridad de saberlo integrado en las certezas de los antiguos relatos. Es así como los informativos vuelven a abrir con las historias tenebrosas de la armas de destrucción masiva, de los ataques químicos, como si hasta ahora los miles de cadáveres surgidos del golpe, el plomo o la metralla tuvieran el consuelo de una pretendida agonía limpia. Con el relato, John Kerry recupera la seguridad anhelada frente a un Oriente Medio que la invasión de Iraq hace tiempo que hizo saltar por los aires y donde todos los protagonistas de la zona se empeñan en mover ficha por iniciativa propia para mayor perplejidad norteamericana: los teocráticos monarcas del Golfo, los teocráticos republicanos de Irán, los teocráticos socios de Tel Aviv, los emergentes turcos… y, para colmo de la desfachatez, hasta los propios pueblos árabes.

El otro relato también se viste con los elegantes ropajes, aunque en este caso los trazos están más cerca de la épica realista de Deyneka que de Walt Disney. Tras años de mutismo, por fin, la amenaza de Obama les permite lanzar a los cuatro vientos de ninguna parte el rotundo: ¡ya lo sabía yo! Y de nuevo no son pocos los que se aprestan a agarrarse al incandescente clavo de salvación de la denuncia del complot imperialista, a loar la gesta del heroico pueblo que dirigido por Assad se sacrifica en la misión histórica de frenar el sionismo y construir el pretendido socialismo panarabista con el desinteresado apoyo de mandatarios progresistas como Vladimir Putin o Ali Jamenei. Y puestos a rescatar viejas narraciones, hasta se recupera sin sonrojo las sombras del troskismo que se proyectan hacia todo aquel que no comparta tan clarificador relato, convencidos de que el fantasma de Andreu Nin trabaja hoy para la CIA en Al Qaeda.

Los viejos relatos rescatados, con sus estridencias e histrionismos, nos devuelven así por las sendas ya transitadas de la realpolitk, esa que se pinta con las sencillas pinceladas del blanco o negro. Más aún, si la leyenda de la democracia de cañonera hace mucho tiempo que sobrepasó los límites del cinismo, el idealizado mito del antimperialismo también se nos presenta cargado de no pocas dosis de patetismo simplificador. En última instancia, reaccionarios y conservadores suelen ser los pescadores que salen ganando en las revueltas aguas de estas dicotomías. Elucubraciones banales que a muchos, sean del bando que sean, les llevan a pensar que en el mundo árabe sólo cabe elegir entre la barbarie islámica y la decidida y/o democrática mano dura, venga esta de la shabbiha, de los militares egipcios, de Netenyahu o de los drones yanquis.

Eso sí, mientras todos se muestras felices tras rescatar del baúl de los recuerdos los viejos cuentos, poco importan los millares de sirios muertos, torturados, desplazados, exiliados y acorralados que aspiran a una historia propia, sin renunciar a ninguna gama de colores, incluso los tonos grises del fracaso. Pobres infelices que entre tanto desgarro han terminado por olvidar que su destino estaba definido en los episodios mil veces repetidos de un antiguo relato, como las desventuras de Ulises o el arrojo de Caperucita frente a un lamentable lobo feroz.