La memoria olvidada

Alfons Cervera
Alfons Cervera, autor de “Yo no voy a olvidar porque otros quieran”.

Nos dice el Diccionario de la Real Academia en su primera acepción de la palabra memoria que esta vendría definida por la facultad psíquica que nos permite retener y recordar el pasado. También nos recuerda en otra que para la filosofía escolástica se trata de una de las potencialidades del alma. En total, el diccionario contempla catorce acepciones y, aunque en alguna de ellas no faltan referencias indirectas a significados que superan la básica relación entre una persona y el pasado, lo cierto es que la academia restringe nuestra relación con el ayer al mero ámbito del individuo.

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Donald Trump se despide del IVAM

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Varias propuestas del artista brasileño Cildo Meireles en la exposición Fake del IVAM

Resulta tentador imaginar que las ocurrentes declaraciones de Kellyanne Conway se idearon en Valencia. Y no me atrevería a afirmar que no fue así. Porque la calificación como “hechos alternativos” que la asesora de Donald Trump aplicó a la versión manipulada que el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, dio sobre el número de asistentes a la toma de posesión de su jefe, son sin duda el colofón perfecto a la exposición Fake que esta semana será clausurada en el IVAM. La muestra nos plantea una seductora reflexión sobre las relaciones siempre ambiguas entre lo verdadero y lo falso, sobre las traicioneras intenciones de la verosimilitud, sobre la verdad como construcción social. En última instancia, como destaca Jorge Luis Marzo en el catálogo, nos interroga sobre nuestra propia inclinación al autoengaño.

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El payaso de McDonals’s o el entierro de la democracia

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Florencia no quiere que el payaso de McDonald’s se pasee por la Piazza del Duomo. Y es que el gigante de la comida rápida desentona con sus colores rojizos de kétchup junto a la majestuosidad renacentista de su catedral, de modo que su alcalde, Dario Nardello, ha decidido denegar la autorización para instalar uno de estos populares establecimientos en plena joya urbanística, arquitectónica y turística de la capital toscana. El ayuntamiento justifica la medida con una normativa que impide la apertura de locales que no ofrezcan a sus clientes productos típicos de la región. Un argumento que no parece haber convencido demasiado a la multinacional norteamericana que, según informa el diario británico The Independent, ha respondido con  un contencioso reclamando 20 millones de dólares a la ciudad por los perjuicios estimados.

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Rajoy y los monstruos

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Grabado de los hermanos Colloreto de 1654

El Barroco fue un tiempo de excesos, de teatralidad, incluso de sobreactuación. No sorprende por ello que las crónicas nos den cuenta de la curiosidad y el interés que despertó en aquella Corte la visión de lo monstruoso, extraños seres que no eran sino pobres diablos a los que la vida no dejaba más alternativa que la de sobrevivir exhibiendo sus malformaciones o su enfermedad. Enanos, obesos, gigantes, mujeres barbudas y deformes conformaron así una desdichada legión de miserables condenados a mendigar unas monedas por las calles o, si el azar se ponía de su lado, atraer la atención del monarca y los cortesanos.

Entre ellos destacaron allá por 1629 los hermanos Lázaro y Juan Bautista Colloreto. Habían nacido en Italia. El primero era de facciones hermosas, de cabellera rubia y rizada. El segundo, por el contrario, presentaba un aspecto mortecino, sus ojos permanecían cerrados, era incapaz de oír, ver ni oler, apenas tenía movilidad, le faltaba una de las piernas, exhalaba halitosis y de su boca no cesaba de manar una desagradable espumilla. Por si fuera poco, estaba adherido a su hermano por el pecho. Este extraño caso de siameses no solo desató admiración en la Corte, sino un interesante debate teológico sobre si los Colloreto tenían una o dos almas y en consecuencia si debían de ser bautizados independientemente por cada una de ellas.

Los peajes

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Los españoles no son conscientes de que la actual autopista no conduce a ninguna parte

Unos escasos diecinueve kilómetros separan las localidades catalanas de Montgat y Mataró. En principio, el trayecto no tiene nada de extraordinario, ni presenta alguna característica peculiar que lo diferencie de tantas otras cortas distancias como pueblos tiene España. Y sin embargo esos pocos kilómetros pasaron a la historia por haber sido elegidos por el caprichoso proceder de Franco para crear la primera autopista de pago del país. Un antojo que el próximo 23 de julio cumplirá medio siglo desde su publicación formal en el Boletín Oficial del Estado, aunque su conmemoración esté pasando tan desapercibida como el cuarto centenario de la muerte de Cervantes.

Tampoco sorprende este olvido ya que en estos cincuenta años los españoles nos hemos acostumbrado y hasta resignado a eso de ir pagando peajes. De hecho, el peaje, ese pago religioso a una empresa privada a cambio de que nos permita continuar nuestro camino, se ha convertido en una práctica tan habitual que casi ya ni reparamos en ello. Escudriñamos aburridos en nuestros bolsillos, entregamos indiferentes nuestras monedas al cobrador de la garita y esperamos apáticos a que nos levante la barrera que nos permita proseguir nuestro viaje hasta el próximo peaje. Y no me refiero sólo a las autopistas, claro.

El miedo de los perros y los lobos

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Claude Rains en una sesión de maquillaje durante la filmación de El hombre lobo (1941)

Dicen que los lobos huelen el miedo. Pero no solo el miedo presente, también el miedo presentido. De ello ha hecho virtud el magnate Georges Soros, experto en el arte de predecir las catástrofes mucho antes de que comiencen a intuirse. El viejo lobo de Wall Street abre bien sus aletas nasales, inspira con fuerza y pone toda la atención de su pituitaria en descubrir la más leve fragancia del miedo. Su rastro le permite ser el primer en detectar esa próxima crisis financiera, ese cercano hundimiento bursátil, esa calamidad económica que desata todos los temores con solo imaginarla. Entonces, sabedor de lo que los demás prefieren ignorar, Soros reorganiza sus inversiones. Y espera. Solo es cuestión de tiempo, porque cuando llegue el momento será el mejor situado para hacerse con el despojo del siguiente desastre económico, con la misma tranquilidad con que los profanadores de tumbas aguardan a las puertas de los cementerios.

Estos días el aparato olfativo de Soros está a pleno rendimiento. El magnate está agitado, nervioso, con esa excitación de las fieras cuando saben que su presa anda confiada a la simple distancia de un zarpazo. Está tan seguro de la ceguera ajena que no le importa gritar a los cuatro vientos que siente las mismas sensaciones que precedieron a la interminable crisis de 2008. Por lo pronto, según nos cuenta The Wall Street Journal, el rey de los especuladores ya se ha puesto manos a la obra y anda vendiendo parte de sus acciones a precios de saldo para comprar oro. Así que mientras el resto de animales de la selva capitalista se mantienen ignorantes del miedo que se les avecina, el viejo lobo ya se relame ante su próximo bocado. Sigue leyendo