La fallera monárquica y los protocolos

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Ilustración de Esther Méndez para el libro “La fallera calavera” de Enric Aguilar

Los disgustos, como los problemas, nunca llegan solos. Hace unos días nos despertábamos sobresaltados al conocer que los norteamericanos son racistas. Es verdad que día sí y día también nos desayunábamos con la noticia de algún policía de aquel país que decidía freír a tiros a alguno de sus compatriotas negros (o afrodescendiente, como dicen los políticamente correctos que ignoran que todo el género humano procede de África). Pero, bueno, achacábamos el caso a un exceso de celo profesional del agente ante la sospechosa actitud del ciudadano en cuestión de situarse delante del cañón de su pistola ignorante de que el tiro al blanco sí distingue colores. Hizo falta que eligieran a Trump para sacarnos de nuestro error. Qué disgusto.

Pero, como ya he dicho, estas decepciones nunca llegan solas. Así que ahora, justo cuando la Unesco tiene que decidir si reconoce a las Fallas como Patrimonio de la Humanidad, nos sorprenden unas recomendaciones de la Junta Central Fallera a las Falleras Mayores y su corte de honor que parecen más redactadas por el jefe de protocolo de Boko Haram que por una entidad cívica de un país democrático. Las fallas son machistas, qué disgusto. Sigue leyendo

De la erótica del poder al cariño sin sexo

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Lamina del siglo XIX del álbum atribuido a los hermanos Bécquer “Los borbones en pelota”

Erotismo y poder siempre han ido de la mano. Y viceversa. Fundidos en eso que se vino en llamar la erótica del poder, su huella la podemos rastrear en las páginas de la historia desde mucho antes de que las más estremecedoras pulsiones encarnadas en el matrimonio Underwood afrontaran su cuarta temporada televisiva en House of cards. La erecta sombra del cetro dejó tórridos momentos en los legendarios abrazos de Marco Antonio y Cleopatra, en el onanista tañer de su lira de Nerón frente a una Roma en llamas, o en los juegos tabaquísticos de Bill Clinton y su becaria por los rincones calenturientos de la Casa Blanca.

En España esos lazos entre erotismo y poder siempre han tenido un perfil contradictorio, si exceptuamos la maestría lujuriosa de los Borja, claro. Sin duda, a ello no ha sido ajeno el peso de la religión, empeñada en encerrar las alegrías de la carne en el baúl enmohecido de la represión y las frustraciones: Felipe V y su dependencia enfermiza del catre y el confesionario es, sin duda, su mejor ejemplo. El resultado fue que, por lo general, entre nuestros mandatarios el eros perdió pronto esa atracción sublime y transcendental próxima al misterio y la muerte que analizara Bataille, para adoptar ese perfil más rústico del reprimido y obsesionado compulsivo que en los años 70 tomaría forma cinematográfica en el landismo.

Se consolidó así un erotismo de doble moral y comedia verde, más pendiente de acumular trofeos de cama o pajar que de filosofías transcendentales sobre el sexo y el poder. Ahí está como muestra el paroxismo sexual del esperpéntico Príncipe Carlos, el loco hijo de Felipe II que apunto estuvo de descalabrarse al caer aparatosamente cuando perseguía a una muchacha por los pasillos de palacio. O la colección de amantes e hijos bastardos que regalaría a la historia Felipe IV. O las libidinosas aficiones de Isabel II satirizadas por los hermanos Bécquer. Sin olvidar la cinefilia de Alfonso XIII, que encargaba películas porno para su disfrute privado; ni los profundos conocimientos demostrados por Miguel Primo de Rivera sobre la realidad prostibularia madrileña; ni, por supuesto, episodios más recientes como el que acabó, con la sensual noche africana como fondo, con alguna cadera rota y un elefante muerto.

Junto a este erotismo grotesco y de vodevil, el poder en España también ha conservado otras formas sicalípticas más rancias y descarnadas, herederas directa de un derecho de pernada que perduró en estas tierras en los testiculares antojos de señoritos y caciques. Una brutal tradición que se habría mantenido hasta nuestros días en no pocos poderes menores empeñados en aprovechar su particular vara de mando para arrancar caricias a la fuerza. Es el caso de Vicente Sanz, que encontró en su sillón de directivo el mejor argumento seductor para exigirles alguna “chupaeta” a sus trabajadoras de Radio Televisión Valenciana. O la supuesta generosidad del recién reelegido presidente del PP de Ourense, José Manuel Baltar, para ofrecer trabajo a cambio de sexo que ahora anda investigando la justicia.

Por suerte se trata de casos aislados ya que hoy lo que realmente impera en las esferas del poder español no es el sexo sino el amor. Basta con echar una ojeada a los periódicos para comprobar cómo nuestros gobernantes y mandatarios se han entregado a tal derroche de cariño que algunos hasta podrían considerar ñoño. El primero en dejar patente su limpieza de sentimientos fue el ex presidente de la Generalitat Francisco Camps cuando no pudo reprimir su sincero “te quiero un huevo” a su buen amigo El Bigotes. Muy pronto seguiría su ejemplo el mismísimo Mariano Rajoy, que no dudaría en mostrar públicamente sus emociones más íntimas hacia Alfonso Rus al proclamar a los cuatro vientos un castizo: “¡te quiero, coño!”.

La última muestra de estas puras inclinaciones la hemos tenido la pasada semana al conocerse los SMS enviados por la reina Letizia a Javier López tras divulgarse algunos deslices de su “compi yogui”, entre otros, los cometidos con las ‘black’ tarjetas de Caja Madrid. Frente a las debilidades humanas, la altura de miras que se espera de la monarquía, la comprensión sincera, el apoyo fiel de amigo: “Nos conocemos, nos queremos, nos respetamos”, dejará escrito la reina.

El poder se desprende así en España de cualquier tentación erótica, para entregarse a sus súbditos en una suerte de abrazo colectivo, limpio e ingenuo hasta la cursilería. Puro amor, sin bajas pasiones. En él no hay cabida para sucias perversiones, como aquella afición a la lluvia dorada achacada sin fundamento a un destacado representante del cuarto poder. Hoy, por el contrario, el poder se presenta inmaculado, inocente, incapaz del vicio más infantil. Y eso que no faltarán desconfiados impenitentes que quieran ver en expresiones como “lo demás, merde” la prueba irrefutable de la supuesta coprofilia a la que nos tienen sometidos los de arriba.

Publicado en eldiario.es

Felipe VI y la nueva España S.A.

En otro tiempo se decía que España era una unidad de destino en lo Universal. La definición resultaba tan rimbombante, ridícula y pretenciosa que para poderla aplicar sus defensores necesitaron impulsar una escabechina alabada estos días por el párroco de Los Jerónimos, añorante de aquellos cuarenta años que  nos salvaron del caos a golpe de penas de muerte. Pese a los desvaríos del cura ultramontano, por suerte, los tiempos han cambiado, aunque no se haya mejorado mucho eso de definir qué es España. Ahora esta cascada piel de toro ya no es percibida como una “unidad de destino”, sino como una moderna empresa.

El encargado de acuñar esta nueva definición ha sido, nada más y nada menos, que Felipe VI quien no sabemos si en coherencia solicitará una modificación constitucional que convierta su actual cargo de rey en presidente del consejo de administración de esta S.A. llamada España. El Borbón hizo esta aportación al debate sobre la esencia patria durante la entrega del premio Reino de España al empresario catalán José Ferrer Sala, presidente de honor del Grupo Freixenet. Aunque también hay que reconocer que la idea tampoco sorprende mucho ya que este nuevo Estado-empresa parece la figura más acorde con el vigente modelo de Europa de los mercados intransigentes.

Con todo, el cambio en la concepción del país no deja de ser clarificador del mundo en el que nos encontramos. De hecho, resulta cuanto menos significativo que procediendo de una institución como la monarquía, basada en las herencias de sangre, el apuesto monarca no haya preferido comparar el país con una gran familia. Habría podido así defender una unidad nacional basada en los lazos del amor y la solidaridad, incluso la complicidad, intergeneracional. No en vano, la familia sigue siendo para miles de españoles el verdadero guardián del Estado de Bienestar con el que sobrevivir en estos tiempos de espectacular recuperación económica.

Pero, por lo visto, a Felipe VI el único modelo familiar que le resulta aplicable a este país es el de esas sagas empresariales como las de Ferrer Sala. O los Botín. O, como no, los valencianos Roig. Tal vez, sea así porque estima que este es el lenguaje que mayor simpatía puede despertar en Artur Mas. Sea como sea, lo que parece fuera de duda es que para nuestro virtuoso rey la meta es que España sea como Mercadona, una entrañable empresa familiar donde quepamos todos, aunque en ocasiones la competencia y las condiciones del mercado nos obliguen a tomar medidas difíciles, pero necesarias. De hecho, la misma Casa Real ha enfocado su modernización con criterios empresariales más próximos a la aplicación de un ERE, con la prejubilación de Juan Carlos I y la rescisión de contrato a su hermana Cristina. Y lo ha hecho con tanto éxito aparente que hasta Pablo Iglesias se lo reconocía en un reciente artículo.

Con todo, la tesis empresarial de Felipe de Borbón tiene la virtud de poner las cosas en su sitio y poder entenderlas en su justa medida, sin demagógicas interpretaciones. Ahora sabemos que, por ejemplo, no hay motivo de preocupación si el último informe de la Caixa nos dice que 840.000 niños españoles vive en un estado crónico de pobreza, ni cuando el Instituto Nacional de Estadística constata que el 29% de la población sufre la  amenaza de la exclusión social (el 34,7% si viven en el País Valenciano). Al contrario, deberíamos de felicitarnos al comprobar el éxito con que la nueva corporación España está afrontando los planes de ajuste en los gastos de funcionamiento. La cuenta de resultados no miente y el país remonta el vuelo. Bien hacen en recordárnoslo desde el gobierno, ante tanto manipulador que insiste en confundir torticeramente  a los españoles intentando presentar lo que es una buena empresa como si de un injusto reino se tratara.

Las cosas de la ignorancia

Hasta hoy sabíamos que la ignorancia era atrevida. Ahora, además, hemos descubierto que la ignorancia también puede ser deliberada. En realidad era algo que ya veníamos sospechando, pero nos lo ha confirmado el juez José Castro con su auto por el que imputa a la infanta Cristina por haber trincado su parte en el caso Nóos a través de la empresa Aizóon que tenía a medias con Iñaki Urdangarín, el duque Empalmao.

El magistrado se muestra así poco dado a los sentimentalismos y no se ha dejado impresionar por el amor que la hija de ese ex rey necesitado de urgente aforamiento judicial, sentía por su esposo, un amor tan ciego como la confianza que le profesaba en todo lo que fuera engordar sus bienes gananciales con euros a costa del erario público. Y es que para Castro los malabarismos de Nóos eran tan descarados que nadie con un “nivel intelectivo medio” podría haber dejado de sospechar.

Algo de eso también le ha terminado pasando al europarlamentario de IU, Willy Meyer, que pese a su probado nivel intelectivo medio jamás llegó a sospechar que su inocente fondo de pensión se gestionaba a través de una Sicav desde Luxemburgo, uno de esos paraísos fiscales que tanto denostaba. Si Cristina estaba cegada por amor, en Meyer su entrega a la causa del proletariado velaba su mirada crítica para las menudencias de sus asuntos económicos. Su ceguera le obliga ahora a dimitir para evitar que el escándalo afecte a su organización, ya bastante desconcertada tras la irrupción de Podemos.

A diferencia del ya ex eurodiputado de izquierdas, los representantes españoles en Bruselas del PP y del PSOE no parecen tener esos remordimientos por sus vinculaciones con el capitalismo de casino. Incluida la candidata socialista Elena Valenciano que durante la campaña electoral se ufanaba de su intención de combatir a los paraísos fiscales con el mismo tesón con que Sherlock Holmes perseguía al malvado profesor Moriarty. Claro que también es justo reconocer que Valenciano condicionó esa lucha a que los socialdemócratas ganaran las elecciones, algo que obviamente no ocurrió. Así que los socialdemócratas han optado por un Plan B que pasa por votar al candidato conservador Jean-Claude Junkers y silbar mirando hacia otro lado mientras su dinero viaja a Luxemburgo.

Seguro que más de uno considerará que ese tipo de actuaciones en políticos que gozan de un nivel intelectivo medio, son un ejercicio de incoherencia, cuando no de cinismo. Pero se equivocan por malpensados. Al menos con los socialistas. Porque aunque lo parezcan, estas aparentes contradicciones no lo son. Lo explicaba recientemente Eduardo Madina, la nueva esperanza blanca tras la renuncia de Susana Díaz a obrar el milagro de rescatar al PSOE de la melancolía. El político vasco nos iluminó al dejarnos claro que no es partidario de cuestionar la monarquía porque antes que republicano, el socialista es un partido comprometido con “producir convivencia”.

Lo que no terminó de explicarnos Madina es si en su opinión quienes reclaman un referéndum sobre la monarquía están poniendo en peligro la convivencia en este país. O por el contrario, lo que piensa  es que la convivencia estaría amenazada porque los monárquicos no aceptarían bajo ningún concepto una república nacida de las urnas. Así que no estaría nada mal que el aspirante a secretario general del PSOE nos aclarara exactamente qué es lo que piensa. Aunque tal vez, a lo mejor ya lo ha hecho bien claro y lo que pasa es que nosotros, pobres infelices, no alcanzamos un nivel intelectivo medio.

El joven rey y las mazmorras

Llegar a ser rey no es trabajo fácil. Por eso resultan ingenuas algunas críticas republicanas que hacen depender las coronaciones de simples derechos natalicios. No, llegar a ser rey es mucho más complejo que una simple combinación de ADN, aunque sea tan caprichosa y extravagante como para transformar en azul la sangre del individuo encargado de tomar el cetro y la corona. Todo es mucho más complejo ya que a todo monarca que se precie se le exige que sea capaz de dotar a su reinado de alguno de los elementos característicos de los reyes de los cuentos o las tragedias. Si los primeros son más propios de las latitudes monaquescas, entre nosotros siempre han predominado los segundos.

El abdicante Juan Carlos I es un buen ejemplo. Su empeño por recuperar el trono perdido por su abuelo le llevaron a seguir la estela de las principales figuras monárquicas de todos los tiempos, especialmente al rey de Oros y al de Copas. Incluso la ascendencia francesa de los borbones le animó a buscar referentes en otras barajas y apasionarse con las aptitudes dinásticas del rey de Corazones. Pero no fue esto lo que le aupó a la Historia. Ni sus heroicidades del 23F loadas por Javier Cercas, ni siquiera su precisión a la hora de abatir osos borrachos en las estepas rusas y elefantes en Botswana. Todo esto son nimiedades comparado con el verdadero esfuerzo titánico que tuvo que realizar hasta alcanzar el trono: matar a su hermano, traicionar a su padre y abrazar a un tirano. Toda una obra maestra a la altura de uno de los personajes del mejor Shakespeare.

De hecho, fue tanta la habilidad demostrada por nuestro saliente rey, que el inminente Felipe VI lo va a tener muy complicado, no solo por las algaradas republicanas callejeras sino, sobre todo, por la necesidad de encontrar aquellos elementos propios de un rey que legitimen su mandato. Aunque por lo pronto, el futuro rey, sin duda ayudado por el buen consejo de Doña Leticia y el buen hacer de su chambelán Mariano Rajoy, parece que ya ha encontrado un elemento capaz de dotar a su reinado esa impronta que le de personalidad más allá de los tan alabados como efímeros “aires nuevos” que aseguran que trae. Ese elemento tan típicamente propio de un rey que se precie no es otro, en fin, que la mazmorra.

Y es que en esta nueva etapa que sus súbditos se preparan a iniciar bajo la paternal autoridad del joven rey, los españoles se preparan a recuperar la cárcel como un concepto propio de su cotidianidad. Es cierto que no han faltado precedentes. Y ahí está para abalarlo casos como el de Arnaldo Otegi, preso desde hace años por el imperdonable delito de intentar construir la paz. Pero si hasta ahora se podían cerrar periódicos y encarcelar personas amparándose en la nebulosa justificación del entorno terrorista, a partir de este momento ni eso es necesario.

El nuevo reinado que nos espera permite sin sonrojos retirar 60.000 ejemplares de El Jueves, sin mayores explicaciones, del mismo modo que abre la posibilidad para que cualquier ciudadano pueda acabar en una mazmorra por ese tweet apresurado o por la mala ocurrencia de salir a la calle, como les ha pasado a Carlos Cano y Carmen Bajo, condenados a tres años, por su soberbia de atreverse a reclamar. O al rapero Pablo Hasel que pasará dos años en prisión por una mala rima.

Y la lista no deja de crecer. Sin duda es un motivo de satisfacción. Al menos, tenemos el consuelo de saber que en estos tiempos de recortes y renuncias, el joven monarca llega al trono con afán democratizador. Aunque por el momento lo único que se democratice sean las mazmorras.

Felipe VI y la reina Leticia, una corona que sigue arrastrando muchas sombras.
Felipe VI y la reina, una corona que  arrastra muchas sombras.

Sobre el destino y otras fatalidades

"Edipo y la Esfinge" de Gustave Moreau
“Edipo y la Esfinge” de Gustave Moreau

Explicar el porvenir, comprender el origen de nuestras dichas y desdichas, o dar sentido a lo que nos está pasando ha sido, desde el origen de los tiempos, una de las grandes obsesiones de los mortales. Es así como han ido surgiendo no solo distintas explicaciones, sino también diferentes personalidades de acuerdo a la lógica empleada para afrontar las incertidumbres de la vida. De este modo, para algunos, la predestinación contiene las claves capaces de iluminar lo que está por acontecer. Al menos eso es lo que pensaban quienes como Sófocles sentaron las bases de la tragedia griega. Para ellos, una lógica oculta y misteriosa, solo conocida por el oráculo de Delfos e intuida por el ciego Tiresias, guía el triste destino que empuja a Edipo a matar a Layo, su padre, y a terminar compartiendo lecho de amante con Yocasta, su madre. La vida se convierte así en un extravagante antojo de las Moiras que juegan con el hilo de la existencia con el mismo delirio con que guían a las naves de Ulises en su regreso a Ítaca.

Para otros, sin embargo, los desenlaces biográficos vienen marcados por la sospecha, más determinante cuanto más luctuoso y trágico es su final. Su discurso se articula a partir de la defenestración de la víctima que, en última instancia, por alguna razón oculta, no dejará de ser responsable último de su triste destino. Quienes así piensan suelen estar lejos de las sublimes regiones de la poesía, para poblar los lodazales de la complicidad o, incluso, el estercolero vital de los mezquinos. Manuel González Capón, alcalde de la lucense localidad de Baralla y diputado provincial del PP, nos daba estos días un buen ejemplo de esta siniestra comunidad, al mostrar su convicción en que algún pecado sospechado se encontraría detrás de los miles de condenados por Franco, capaz de dar sentido a la detonación final que segó sus vidas.

No faltan, igualmente, quienes conciben el provenir como una carrera de obstáculos, solo superable sobre las alas de la traición. Es el caso de algún cercano y adúltero monarca, cuya ensalzada biografía consiste en aferrarse al trono y el dinero a costa de renegar de su padre (conscientemente, lejos de la ciega fatalidad edípica) y jurar pragmática lealtad por igual tanto a un Caudillo por la gracia de Dios, como un pueblo soberano. Estos profesionales de la perfidia -como los pícaros que exhiben sus tullidos miembros para despertar la misericordia- contarán con las páginas de papel cuché para proyectar sus muñones de ambición transformados en pretendido carisma con el que incitar la devoción de sus súbditos.

Tampoco es extraño encontrar en las altas esferas de la sociedad a quienes presentan el mañana como esa cándida esperanza que nos aguarda tras un incierto horizonte en caduco tecnicolor. Ahí se encuentra el ámbito de los cínicos, aquellos que como el FMI o Mariano Rajoy nos auguran un despertar feliz siempre que accedamos a despojemos de nuestros egoístas derechos, renunciemos a nuestros míseros salarios o comprendamos, por fin, que ser despedidos es el paso necesario e imprescindible para mañana encontrar trabajo.

Por último está el resto de los mortales. Son aquellos que no se enfrentan a los enigmas existenciales de la Esfinge, sino a los cotidianos problemas de cada día. Son los que ya están hartos de sospechas, cansados de tantos cómplices, mezquinos, traidores y cínicos. Por el contrario, ellos carecen de explicaciones acabadas, de bellas teorías o retorcidas creencias, pues no tienen tiempo para elucubraciones. Y por eso mismo, aunque todavía no lo sepan, son los únicos que tienen el destino en sus manos.