La Wikipedia, el horror y el olvido

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Retablo de Isenheim, realizado por Matthias Grünewald a principios del siglo XVI.

La brutalidad nos fascina y nos espanta a la vez. Esa contradictoria reacción nos provoca una atracción hipnótica y explica la importancia que la crueldad desempeña en los ritos religiosos. La iconografía del catolicismo, por ejemplo, fue configurando su santoral con la acumulación de martirios, decapitaciones, degollaciones, descuartizamientos y la más variada gama de tormentos. La representación misma de su inspirador divino, Jesucristo, es recordada por su sufrimiento final, por el azote ultrajante, por las espinas rasgando su frente, por los huesos descoyuntados en la cruz o el hierro penetrando el costado. El impacto de esas imágenes es tal que nos sojuzga, como muy bien aprendió una jerarquía eclesiástica que prefirió legitimar su autoridad recurriendo más a este imaginario del dolor que destacando el regocijo colectivo de aspirar al reparto de los panes y los peces, convertir el agua en vino, o maravillarnos con la prodigiosa capacidad de andar sobre los mares.

Sin embargo, esa compleja relación que mantenemos con la barbarie hace que igual que en unas ocasiones su presencia se instala imborrable en nuestra mente, en otras su impacto resulta tan insufrible que optamos por extirparla de la memoria. Nos adentramos entonces por el espacio de las amnesias disociativas con que nuestro inconsciente nos protege de los traumas del pasado, o esos desmayos preventivos que nuestro organismo provoca para rescatarnos del sufrimiento. Si un cúmulo de respuestas químicas y psicológicas nos permite comprender por qué unas veces nuestra experiencia individual del dolor nos conduce al recuerdo mientras que en otras ocasiones nos empuja al olvido, cuando la experiencia es colectiva, esa dicotomía nos empuja a los enigmáticos territorios del control social de la memoria y el olvido.

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Carnet de identidad de Cláudia Silva Ferreira

El 16 de marzo de 2014, Cláudia Silva Ferreira giró una esquina en el suburbio de Madureira, en Rio de Janeiro, y se encontró con la muerte. Una pareja de policías efectuó varios disparos contra ella al confundirla con un supuesto traficante. Conscientes del error, los agentes procedieron a evacuar a la moribunda Cláudia. Para ello introdujeron su bulto agonizante en el maletero del vehículo policial, cerraron el capó y se dirigieron supuestamente a un centro hospitalario. Durante el trayecto, el maletero se abrió y el cuerpo de Claudia quedó colgando durante cientos de metros, arrastrada sobre un asfalto ardiente que le arrancaba la piel y desgarraba su carne. La imagen dantesca desataba el horror entre los automovilistas sorprendidos por la dantesca escena que algunos rescatarían con su celular para alimentar el monstruo insaciable de Youtube.

Al cumplirse dos años de aquellos hechos, Priscila Neri quiso rendir homenaje a la mujer asesinada y mantener vivo el recuerdo de este caso de violencia policial. Para ello , esta brasileña residente en Nueva York encendió su ordenador y comenzó a escribir el martirio de Cláudia para que quedase recogido en ese nuevo santoral que es la Wikipedia. Su aspiración chocó, sin embargo, con los criterios de otros usuarios que consideraban que la biografía de aquella mujer carecía de la relevancia suficiente como para incluirse en la plataforma y vetaron su presencia. La alternativa planteada por algunos para superar el veto pasaba por borrar el protagonismo de la víctima, cosificándolo como relato: “Cláudia Silva Ferreira” sería expulsada de Wikipedia donde sólo podría regresar reconvertida en “caso de Cláudia Silva Ferreira”.

Y es cierto, Cláudia Silva Ferreira fue una mujer irrelevante, que cuidaba de cuatro hijos y otros tantos sobrinos, que un día fue a comprar pan y se cruzó con la muerte. Demasiado poco para ser recordado. Incluso su muerte resulta vulgar y común en los espacios de su existencia, donde el nerviosismo de policías, bandas y milicias transforman su fatal presencia en una compañía tan cotidiana como la pobreza. Al fin y al cabo, el mundo está lleno de Cláudias. O de pequeños como Aylan Kurdi que simplemente mueren sobre las olas del Mediterráneo. O como despedazados anónimos en el parque Gulshan-e-Iqbal de Lahore. Millares de insignificantes hombres, mujeres y niños, sin el valor necesario para erigir una nueva iglesia en su nombre o ser dignos de una hagiografía. Tan banales que no son merecedores de una entrada en la Wikipedia, ni si quiera a título póstumo.

Artículo publicado en eldiario.es

Entre la relatividad y la deriva

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Hace cien años Albert Einstein nos confirmaba que el tiempo y el espacio eran relativos al depender ambas variables de las caprichosas relaciones mantenidas con la velocidad. Aquel mismo año de 1915, otro científico, el meteorólogo y geofísico alemán Alfred Wegener también formulaba en su libro El origen de los continentes y los océanos la teoría de la deriva continental que venía a explicar esa extraña coincidencia entre los perfiles continentales que no había pasado desapercibida a numerosos sabios que, sin embargo, no habían acertado hasta entonces en encontrar una respuesta al fenómeno.

Relatividad y deriva. El azar ha querido reunir en un mismo aniversario la conmemoración de ambos descubrimientos. Un encuentro doblemente destacable pues a la importancia científica de ambas teorías, se suma la capacidad explicativa de estos tiempos tan relativos y la deriva en que nos ha tocado vivir. Porque relatividad y deriva son en buena medida la plasmación de lo que nos rodea, de estos tiempos licuados, donde las inercias parecen marcar la marcha de los acontecimientos a ambos lados del Mediterráneo con la misma implacable fuerza que separa las masas continentales y con la misma relatividad insensible de quien observa el movimiento de los objetos dando sentido a los tiempos de cada caso.

 Es la relatividad que, por ejemplo, hace oscilar la materia política de la condena implacable a la condescendiente preocupación, como la mostrada estos días por Bruselas ante las detenciones de Can Dundar y Erdem Gül, director y editor respectivamente del diario opositor turco Cumhuriyet. Ambos fueron encarcelados a principios de noviembre después de que su periódico sacara a la luz un video en que se veía un camión cargado de armamentos siendo escoltados por la seguridad turca. Su destino: grupos armados sirios, entre los que se incluía el Frente al Nusra vinculado a Al Qaeda. Detenciones, en cualquier caso, dignas de relativizar: al fin y al cabo este tipo de hechos son normales en la Turquía de Erdogán, tal vez hasta una costumbre del país a la vista de que ya son más de un centenar de periodistas detenidos durante su mandato. Raras tradiciones, como rara es la habilidad del presidente turco para generar aguas revueltas –y a menudo sangrientas– en las que pescar a costa de la oposición democrática y la minoría kurda.

Como moderada es la reacción de las cancillerías occidentales ante la inminente ejecución de Asharaf Fayad, poeta palestino condenado a muerte por su supuesta apostasía del Islam. La sentencia no ha partido de ningún recóndito y tenebroso cuartel general del Daesh. El veredicto fatal cuya cuenta atrás ya está en marcha, surgió de un tribunal de Arabia Saudí, paradójicamente el que analizó su recurso a una primera condena a 800 latigazos y cuatro años de cárcel. Fayad ve como el misericordioso tribunal sustituye los azotes por la horca. Castigo de nuevo relativo procediendo de un régimen tan relativo por antonomasia como el saudí, capaz de conjugar al mismo tiempo la Edad Media y su amistad –calculada en tantos por cien, según algunas malas lenguas– con la democrática monarquía española.

Relatividad condescendiente con el integrismo otomano, con el wahabismo intransigente del feudalismo arábigo; relatividad implacable con el musulmán de la periferia de nuestras ciudades, con el que huye de la barbarie. Relatividad, en fin, de doble uso, como la última cabriola política con la que hoy pretenden que odiemos y anhelemos al mismo tiempo a Bashar al-Asad. Y junto a todas las relativas relatividades, la deriva, la inercia que empuja las políticas europeas hacia el otro lado del Mediterráneo, marcadas por la fuerza aburrida del continuismo, como continentes zozobrando sin más destino seguro que el hundimiento final, como Atlántidas de la desesperanza.

King Kong anda suelto por París

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Hollywood supo muy pronto que la cotidianidad contiene en su esencia una frágil línea para separar la placidez del horror. La conciencia de esa endeble fronteraserá una de las claves para consolidar los géneros cinematográficos. Cuando la bella Fay Wray es ofrecida en sacrificio por los aborígenes de una desconocida isla, su alarido de pavor ante la visión del gorila gigante nos remite a los códigos del cine de aventuras, cuyas peripecias se desarrollan en espacios remotos, con paisajes extremos y culturas extravagantes. Pero cuando King Kong irrumpe por las calles de Nueva York, el género se transforma en terror al ver reflejada nuestra aburrida cotidianidad en la confiada somnolencia de los pasajeros de un tren, incapaces de imaginar que solo unos fotogramas más adelante les aguarda la bestia.

Como en la película de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, la bestia nos ha sorprendido estos días por las calles de París. Y como en el clásico filme, Francia se ha apresurado a enviar sus avionescontra ella,aunque, en esta ocasión, no se encarame sobre la azotea del Empire State Building, sino que se oculta, nos dicen, en los desiertos de Siria. Sólo que esta vez, nadie está dispuesto a mostrar la más mínima compasiónpues a diferencia de King Kong, que se movía por un instinto amoroso hacia la protagonista, el actual monstruo solo aspira a devorar a la chica, encarnación autocomplaciente de nuestra cotidianidad. O al menos así lo dice el nuevo guión.

 Porque la gestión mediática y política de los acontecimientos de París tiene mucho de cinematográfica, de ese juego de géneros que veíamos en el mítico filme. Así,la amenaza sin rostro del Daesh cansada de los sacrificios rituales en exóticos escenarios difícilmente ubicables en el mapa, harta de las producciones de aventuras,aspira a dar un giro a la trama adentrándose por el género de terror y llevando la matanza a la alegre noche de París. Por su parte, François Hollande, con el aplauso incondicional de Pedro Sánchez o Albert Rivera, confía en tranquilizar al auditorio presentando al monstruo como algo ajeno, al que hay que mantener a raya incluso cuando adopta medidas de política interior como esos recortes de las libertades públicas que parecen proyectarse como elementos de un una película de acción donde son imprescindibles los agentes con licencia para matar. Pero, sobre todo, el presidente francés, como el ruso, el norteamericano y la mayoría de sus homólogos occidentales, buscan el aplauso del público recuperando el género de aventuras. De aventuras militares, por supuesto.

En todos los caso, se trata de guiones sólidos, sin cabos sueltos, con éxito asegurado. Y como en el Hollywood de los años 50, las distintas productoras velarán a conciencia porque en el trabajo no se cuele ningún cineasta que no haya superado los interrogatorios del comité de actividades antiamericanas, o antifrancesas, o antiislamistas. Incluso no faltarán voces que justifiquen lo maniqueo de sus tramas como una bienintencionada forma de evitar que el espectador se incline por propuestas cinematográficas de la factoría Le Pen. Sólo hay un problema que ninguno de ellos ha conseguido resolver hasta la fecha: que esto no es ninguna película.

El reciente informe publicado por el Institute Economics & Peace con los datos del  terrorismo global en 2014 nos da algunas pistas de ello. Por mucho que el ISIS, en su sobreactuado comunicado propio de una película de serie B, califique a Paris como “la capital de las abominaciones y de la perversión” y que con la misma teatralidad las cancillerías occidentales denuncien el odio a nuestros “valores democráticos”, lo único cierto es que si se realizase un retrato robot de la víctima potencial del terrorismo, sería la de un hombre, una mujer, un niño o una niña de Iraq, Nigeria, Afganistán, Paquistán o Siria, aunque Facebook no contemple la bandera de ninguno esos cinco países como señal de duelo tras un atentado. Desde el año 2000 han muerto en Occidente 3.659 personas,incluidas las víctimas de las Torres Gemelas, Madrid y Londres. A ellos habrá que sumar las trágicas víctimas de París. Solo el pasado año murieron en Iraq 9.929 o 9.213 en Nigeria. Durante 2014 el terrorismo segó en todo el mundo 32.685, sólo 37 de ellos murieron en algún país occidental. Mientras tanto, no faltan estos días quienes justifican por la amenaza terrorista el cierre de fronteras a quienes buscan un futuro o simplemente huyen de la carnicería.

Por otro lado, los datos evidencian que el supuesto terrorismo islámico organizado no es el principal problema de la violencia en Occidente. El 70% de las 234 muertes registradas por actos de terrorismo en Occidente entre 2006 y 2014 fueron causadas por acciones de los conocidos como lobos solitarios, asesinos aislados como Anders Behring Breivik que mató en Oslo a 77 personas. El 80% de los atentados registrados en los 38 países occidentales, incluidos los europeos, Estados Unidos, Canada o Japón, no tuvieron nada que ver con el islamismo político radical. Pese a ello, los tambores de guerra insisten en conducirnos prietas las filas hacia tierras sirias, con los mismos redobles que antes nos llevaron antes a Afganistán, Iraq o Libia y con el mismo entusiasmo que antes aplaudimos los golpes de estado en Argelia o Egipto. Demostramos así una implacable firmeza en la guerra total al terrorismo gracias a la cual hemos conseguido que el número de atentados en el mundo se incremente un 80%.

Tal vez por todo eso va siendo hora de mostrar nuestro hartazgo ante tantas películas, del mismo modo en que León Felipe mostró su cansancio ante tanto cuento. Agotados por la sangre que se acumula entre cotidianidades que aspiran a ser plácidas en Paris, en Madrid, en Londres, en Kabul, en Beirut, en Al Raqqa, en Faluya, en Basora, en Penshawar, Garawa, en Bentiu, en Fotokol, en Kudhaa y en tantos otros nombres condenados a ser escenarios de exóticos olvidos.

Publicado en Eldiario.es

Solo nos queda la blasfemia

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El 6 de enero de 1929, antes de entrar en los cines Ursulines de París, Luis Buñuel tuvo la precaución de llenarse de piedras los bolsillos. De este modo, esperaba contener la posible reacción del público que iba a asistir esa noche al estreno de Un perro andaluz. El cineasta aragonés tuvo suerte y, lejos de agredirle, el público salió entusiasmado con las provocaciones surrealistas que ideara junto a Salvador Dalí. Sin embargo, ignoro si un año más tarde Buñuel tuvo que hacer uso de aquellas piedras cuando grupos ultraconservadores asaltaron la sala en Montmartre donde se proyectaba su segundo filme, La edad de oro. El escándalo fue tal que gobiernos democráticos como el francés o el norteamericano tuvieron que intervenir: prohibieron la película durante más de cincuenta años.

Estos días, el brutal ataque contra la redacción de Charlie Hebdo me ha hecho recordar aquellas vicisitudes del genio de Calanda. También el alto precio que a menudo se debe pagar por la provocación. Porque si el discurso dialéctico se dirige a la inteligencia del interlocutor, la provocación tiene por destino sus entrañas. Y si el primero aspira a despertar una reflexión-deseo que no siempre logra ante el habitual letargo social-, la segunda no duda en recurrir incluso al zarandeo de la irreverencia y la blasfemia para desatar una reacción que cuestione la indiferencia. A veces, esa reacción es un terremoto en nuestra conciencia que nos cuestiona nuestros pensamientos. En otros, por desgracia, es una bomba en un cine, una prohibición o un disparo a bocajarro.

Yo, lo admito, siento una tierna predilección por los blasfemos y los irreverentes como Buñuel. En este sentido, por ejemplo, la famosa fotografía de la guerra civil en el que unos milicianos posan en actitud de fusilar una imagen de Jesucristo, paradigma de la intolerancia contra la religión para algunos, a mí siempre me ha parecido una poética y sublime forma de reivindicar la libertad humana. Dios no ha muerto como pensaba Nietzsche, nos libramos de él para decidir nuestro destino. Luego descubrí que el catecismo había sido sustituido por el consenso de Washington, pero eso es otra historia.

Se me replicará, claro,que desde mi mundano ateísmo es muy fácil la pose blasfema ante las creencias ajenas. Al fin y al cabo, es cierto que, al menos por ahora, no encuentro nada que sea capaz de ofenderme si alguien cuestiona la única transcendencia que, siguiendo al sabio de Javier Krahe, se me ocurre esperar de esta vida: el cromosoma. Aunque eso no es cierto del todo. Y es que, sin duda, no son pocas las cosas que me incomodan íntimamente, algo de lo que –me temo- no nos libramos nadie.

Pongamos un ejemplo. Cuando Charlie Hebdo presenta en su portada a un musulmán exclamando que el Corán es una mierda porque no detiene las balas que le disparan los militares golpistas egipcios, tengo una sensación ambivalente. La irreverencia religiosa me provoca una sonrisa, pero el recuerdo de los miles de muertos que acumula Oriente Medio, con no poca responsabilidad occidental, me genera una irresistible sensación de indignación. Hablamos de provocar. Pues, bueno, provoquemos: ¿Son capaces de imaginar una revista que, en los años duro de ETA, hubiera sacada en su portada “vaya mierda de Constitución que no te salva del tiro en la nuca”?  En cualquier caso, no es preciso recurrir a la imaginación. Solo unos días después de la multitudinaria manifestación de París en homenaje a las víctimas y defensa de la libertad de expresión, el humorista Dieudonné era detenido por bromea con… el atentado a Charlie Hebdo.

Este último hecho, debería servir para recordarnos quelo que está encima de la mesa no es un problema de libertad de expresión, o al menos no lo es en su vertiente más importante. Es por encima de todo un problema político. El humorista, el artista o el intelectual, con más o menos fortuna y con más o menos buen gusto, señala los problemas y contradicciones de la sociedad. Pero no los resuelve. Esa es una labor que deberán afrontar los gobiernos, políticos y la movilización de la sociedad en su conjunto. En el caso que nos ocupa, eso pasa por –en mi modesta opinión- asumir que el Islam ni es ni ha sido históricamente algo ajeno a Europa, como se insiste en presentar. También por replantearse definitivamente nuestras relaciones con los pueblos de la otra orilla del Mediterráneo y Oriente Medio. Obviamente, la comunidad musulmana, europea y oriental, deberá reflexionar por su parte sobre el auge de sus sectores más reaccionarios y especialmente de ese salafismo sunní que tanto nos espanta en Occidente cuando se presenta con el kalashnikov en la mano, pero al que nuestros gobiernos no dudan en rendirle pleitesía cuando se encarna en petrodólares saudíes.

Por desgracia veopocos motivos para el optimismo. Especialmente cuando no dejamos de ver como los problemas de fondo son raudamente eliminados de la agenda política en ese lapso temporal que va de un coche bomba a otro, en una patética estrategia para desactivar el terrorismo. Eso y la perseverancia enfermiza (¿fanática?) con que los responsables políticos insisten en las mismas recetas de las últimas décadas: es significativo que al calor de la indignación por el atentado haya pasado desapercibido el regreso de las tropas españolas a Irak. Y del mismo modo, las inclinaciones fascistas que amplios sectores sociales están asumiendo en Europa, son motivos para el pesimismo. Como también es preocupante ese continuo recurso a recortar las libertades impulsado por los gobiernos en unos casos para controlar las protestas, en otros para no verse desbordados por el racismo y la xenofobia social.

Recortar las libertades… para defender la libertad. Es el rio revuelto de los pescadores tramposos. Lo pudimos comprobar en la manifestación de París al ver entre los compungidos asistentes –pero a distancia de la plebe, eso sí- al Netenyahu, genocida de Gaza o el Sarkozy que llamaba chusma a las adolescentes –en buena parte musulmanes- que protestaban 2005 contra la marginación impuesta en la periferia y que no dudó en incendiar los suburbios de París en su camino al Eliseo.Hubo muchos más. No es extraño que Willen, uno de los históricos dibujantes de Charlie Hebdo, no dudase al afirmar que vomitaría sobre muchos de los “amigos” que le habían salida a la revista tras la masacre. Es lo que pasa cuando las paradojas alcanzan ya el estadio de la esquizofrenia. Recortar libertades, para frenar a la ultraderecha y el salafismo. Reivindicar la libertad de expresión deteniendo a Dieudonné.

Hace ya mucho tiempo, Voltaire, en su defensa de la libertad, dicen que esgrimió una frase que se haría famosa: “Rechazo tus ideas, pero daría la vida para defender tu derecho a decirlas”. Hoy, visto lo visto, me temo que aquello no fue más que un triste chiste. Menos mal que nos queda la blasfemia.

Yo también quisiera indignarme

Ilustración de Evelio Gómez
Ilustración de Evelio Gómez

Miles de españoles y españolas desearían poder indignarse porque la sentencia de la Corte Europea de Derechos Humanos deja libres a los asesinos de sus seres queridos después de haber cumplido una condena legal. Pero no pueden. De hecho, miles de españoles y españolas se conformarían con haber visto juzgados alguna vez a los verdugos de sus padres, tíos o abuelos, pero nunca los vieron. Incluso algunos se conformarían con que los criminales admitieran su drama y pidieran perdón. O, más aún, miles de españoles y españolas se conformarían con saber dónde están enterradas sus madres, tías o abuelas. Pero no lo saben o no pueden buscarlas.

No pueden porque aquellos asesinos, que empezaron a matar en 1936 y no dejaron de hacerlo de forma oficial hasta 1975 (y extraoficialmente algunos años más tarde), nunca fueron condenados, ni juzgados, ni pidieron perdón, ni identificaron los lugares donde yacen sus millares de víctimas con el rostro desencajado por el tiro de gracia. Tragarse todo ese dolor, después de haber soportado todo aquel terror, fue el sacrificio máximo que se exigió a esos millares de españoles y españolas en nombre de una concordia cívica sobre la que levantar una escuálida y amnésica democracia.

Paradójicamente, los mismos que calificaron de modélica transición aquella abnegación de los perdedores de la guerra civil y de todas las víctimas del franquismo, los mismos que se niegan a condenar la dictadura, con una altanería que en Italia o Alemania podría acabar en los tribunales, se encargan hoy de azuzar el resentimiento a propósito de la sentencia que anula la doctrina Parot. Poco importa para ellos que los asesinos hayan sido juzgados y hayan cumplido con creces su condena legal, ni que ETA haya entrado en la irreversible senda de la desaparición, ni que la izquierda abertzale reafirme día a día su apuesta por la vía política, ni que Arnaldo Otegi –encarcelado sin haber cometido un solo delito de sangre y dirigente clave en el cambio de rumbo del entorno abertzale- haya pedido perdón a la víctimas.

En realidad poco importan para algunos, ni tan siquiera, las víctimas. Ellas, como las víctimas del franquismo, o las de los GAL, el 11M o las del crimen de Alcacer, tienen todo el derecho individual a sentir rabia, indignación, resentimiento e, incluso, odio en sus entrañas. Pero cuando esos sentimientos, humanamente comprensibles, se convierten en material prefabricado para carnaza en el rio revuelto de los pescadores oportunistas, el resultado es nauseabundo. Y es que lamentablemente para la derecha española, política y mediática, las víctimas de ETA se han convertido en el salvavidas democrático al que aferrarse y ocultar su, en el mejor de los casos, ambigua relación con cuarenta años de dictadura. Peor aún, la violencia de ETA les ha permitido durante estos años legitimar las contradicciones mezquinas de la propia transición al proyectar y equiparar éticamente como “victimas del terrorismo” a Melitón Manzanas, Carrero Blanco o Ricardo Saéz de Ynestrillas con Miguel Angel Blanco, Manuel Broseta o Ernest Lluch. Así, unas veces como reclamo ideológico y otras como reclamo electoral, las víctimas pueden acabar, cegadas por su dolor, siendo víctimas de su victimismo.

Hace ya casi cuarenta años miles de españoles y españolas tuvieron que aceptar una condena de olvido a cambio de un proyecto de convivencia en paz. Hoy no esperan ver juzgados a los asesinos de sus seres queridos, ni confían en que el Gobierno extradite a los torturadores que reclama la justicia argentina. Solo aspiran a poder reivindicar con orgullo la memoria de sus muertos –asesinados por defender o aspirar a construir un régimen democrático- y, si es posible, enterrar sus huesos en una tumba digna. Las llamadas víctimas del terrorismo nunca han sido olvidadas por el estado ni la mayoría de la sociedad democrática, han visto juzgados y sentenciados a los responsables de su duelo y nadie cuestiona su derecho a la memoria. De ellos depende si quieren aportar su dolor para, como ocurrió entonces, construir esa nueva sociedad democrática que este país necesita con urgencia.

Cuatro años sin más muertos y el adiós a las armas definitivo de ETA supone una oportunidad irrenunciable para asentar las bases democráticas de un nuevo país integrador que todos los habitantes de estas tierras, viejas y castigadas, tanto necesitamos en estos tiempos de zozobra. En cualquier caso, ellos tienen derecho a no participar de este viaje que podemos iniciar colectivamente. Eso sí, a quienes no podremos perdonar nunca es a todos aquellos que pretenden utilizar su luto para frustrar nuestras esperanzas.

Damasco, entre Ulises y el lobo feroz

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El relato tiene en las tradiciones orales el potente poder de la cohesión. Su desarrollo fortalece los lazos entre los individuos, refuerza las identidades y articula esa misteriosa cadena que nos conduce desde las oscuridades del ayer a las incertidumbres del mañana. Por eso la fuerza del relato no puede descansar en la sorpresa, territorio de la incógnita y el desasosiego, sino en el ámbito tranquilizador de lo previsible donde todo se repite con la misma exactitud, el mismo ritmo, la misma cadencia. Eso explica por qué, aunque conozcamos todos los detalles, nunca nos defrauda volver a escuchar un millón de veces las mismas vicisitudes de Ulises en su regreso a Itaca o la habilidad con que el cazador destripó al lobo para rescatar a Caperucita.

Estas reacciones no han quedado relegadas a los tiempos mitológicos, las exóticas geografías tribales o los plácidos momentos de los cuentos infantiles para dormir. No. La balsámica propiedad de los relatos también sabe adaptarse a estos tiempos líquidos de los mass media y los oráculos 2.0. Y así hemos podido comprobarlo en la polémica que durante las últimas semanas recorre las nuevas páginas virtuales de los periódicos y ese tamtan de las redes sociales, a propósito del ataque de Estados Unidos contra Bashar al-Assad. Un ruido mediático y social que sorprende especialmente después de tanto silencio frente a una carnicería que comenzó un remoto marzo de 2011 cuando unos adolescentes escribieron “libertad” en una perdida pared de Daraa.

Silencio frente a lo que se desconoce, se escapa de nuestras coordenadas ideológicas o, simplemente, se desprecia con la indiferencia. Un mutismo ensordecedor que contrasta con la vociferante agresividad con que hoy todos parecen acercarse al drama sirio con la recobrada seguridad de saberlo integrado en las certezas de los antiguos relatos. Es así como los informativos vuelven a abrir con las historias tenebrosas de la armas de destrucción masiva, de los ataques químicos, como si hasta ahora los miles de cadáveres surgidos del golpe, el plomo o la metralla tuvieran el consuelo de una pretendida agonía limpia. Con el relato, John Kerry recupera la seguridad anhelada frente a un Oriente Medio que la invasión de Iraq hace tiempo que hizo saltar por los aires y donde todos los protagonistas de la zona se empeñan en mover ficha por iniciativa propia para mayor perplejidad norteamericana: los teocráticos monarcas del Golfo, los teocráticos republicanos de Irán, los teocráticos socios de Tel Aviv, los emergentes turcos… y, para colmo de la desfachatez, hasta los propios pueblos árabes.

El otro relato también se viste con los elegantes ropajes, aunque en este caso los trazos están más cerca de la épica realista de Deyneka que de Walt Disney. Tras años de mutismo, por fin, la amenaza de Obama les permite lanzar a los cuatro vientos de ninguna parte el rotundo: ¡ya lo sabía yo! Y de nuevo no son pocos los que se aprestan a agarrarse al incandescente clavo de salvación de la denuncia del complot imperialista, a loar la gesta del heroico pueblo que dirigido por Assad se sacrifica en la misión histórica de frenar el sionismo y construir el pretendido socialismo panarabista con el desinteresado apoyo de mandatarios progresistas como Vladimir Putin o Ali Jamenei. Y puestos a rescatar viejas narraciones, hasta se recupera sin sonrojo las sombras del troskismo que se proyectan hacia todo aquel que no comparta tan clarificador relato, convencidos de que el fantasma de Andreu Nin trabaja hoy para la CIA en Al Qaeda.

Los viejos relatos rescatados, con sus estridencias e histrionismos, nos devuelven así por las sendas ya transitadas de la realpolitk, esa que se pinta con las sencillas pinceladas del blanco o negro. Más aún, si la leyenda de la democracia de cañonera hace mucho tiempo que sobrepasó los límites del cinismo, el idealizado mito del antimperialismo también se nos presenta cargado de no pocas dosis de patetismo simplificador. En última instancia, reaccionarios y conservadores suelen ser los pescadores que salen ganando en las revueltas aguas de estas dicotomías. Elucubraciones banales que a muchos, sean del bando que sean, les llevan a pensar que en el mundo árabe sólo cabe elegir entre la barbarie islámica y la decidida y/o democrática mano dura, venga esta de la shabbiha, de los militares egipcios, de Netenyahu o de los drones yanquis.

Eso sí, mientras todos se muestras felices tras rescatar del baúl de los recuerdos los viejos cuentos, poco importan los millares de sirios muertos, torturados, desplazados, exiliados y acorralados que aspiran a una historia propia, sin renunciar a ninguna gama de colores, incluso los tonos grises del fracaso. Pobres infelices que entre tanto desgarro han terminado por olvidar que su destino estaba definido en los episodios mil veces repetidos de un antiguo relato, como las desventuras de Ulises o el arrojo de Caperucita frente a un lamentable lobo feroz.