De la moción de censura a la loción de ternura

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Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

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Rus y los dedos ágiles del prestidigitador

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Aunque su integración entre los arcanos del tarot le haya otorgado un cierto halo de transcendencia, lo cierto es que si algo caracteriza a la figura del prestidigitador es su carácter mundano. Hieronymus van Aeken Bosch, más conocido como El Bosco, supo captarlo en una de sus primeras obras conservada hoy en un museo de Saint Germain-en-Laye. Se trata de un pequeño óleo sobre madera donde en una escena costumbrista un mago ambulante hace aparecer un pequeño sapo de la boca de uno de los parroquianos que miran su función. Absorto en la sorpresa del supuesto prodigio, el iluso espectador se convierte entonces en víctima fácil del cómplice del prestidigitador, hábil en las artes de hacer desaparecer las bolsas ajenas.

Detrás del prestidigitador no hay ningún milagro por muchas palomas que salgan de su chistera. Ni siquiera cuando atraviesa con sables la cesta de mimbres donde se acurruca una bella mujer, o cuando con afiladas cuchillas divide la caja en la que poco antes se introdujo la misma temeraria ayudante. Todas esas extravagantes proezas esconden siempre un truco, un artificio, un ágil movimiento de manos capaz de cambiar los naipes ante la mirada más inquisitiva. Y aunque el público contenga la respiración durante la actuación o estalle en aplausos al acabar el número, lo cierto es que todos son conscientes de la falsedad. Porque en el fondo lo que provoca admiración no es el supuesto hecho maravilloso en el que nadie cree, sino constatar en cada representación la misma destreza del mago para engañarnos impunemente delante de nuestras propias narices.

Es por ello que el truco se convierte en el secreto mejor guardado del prestidigitador, su más valioso tesoro. Por el contrario, si el azar, la especial agudeza visual de algún presente o la mera ineptitud del artista permiten desvelar el enigma, la fascinación desaparece de la sala de golpe, se evapora. Peor aún, el público, conocedor de sus artimañas, no perdonará al mago desenmascarado que haya perdido su capacidad para engañarle y le hará pagar con desprecio su nueva condición de embaucador al descubierto.

Algo de ese temor escénico debió planear sobre los pensamientos de Alberto Fabra cuando el otro día se citó con torpe discreción en un restaurante con Alfonso Rus. Y es que la aparición de las supuestas grabaciones realizadas por el ex alto cargo de la Diputación Marcos Benavent, aportadas por Esquerra Unida a la Fiscalía Anticorrupción, amenazaban con poner al descubierto unas artimañas que parecían convertir el latrocinio en una nueva especialidad de prestidigitador de feria. Tras conocerse su contenido, el público –e inminente votante– pierde la admiración ante un mago incapaz ya de transformar con la sola agilidad de sus manos un pañuelo de colores en un ramo de flores artificiales. Ahora, para el espectador sus dedos veloces han perdido la magia y se han convertido en los avariciosos apéndices siempre bajo sospecha del tahúr o el usurero, contando monedas y billetes en una presentida segunda parte del cuadro de El Bosco.

No es extraño, pues, que el nerviosismo cunda en la que hasta hace poco era considerada la mejor academia de prestidigitadores, con sede en Valencia en la calle Quart. Aunque tampoco sería descabellado pensar que, al final, todo se consiga encauzar con un nuevo golpe de birlibirloque. De hecho, si el buen mago sabe ejercitar su número a la perfección, el sublime es capaz de convertir un tropiezo en una nueva oportunidad que reconduzca el espectáculo y le libre de una lluvia de tomates sobre el escenario. En realidad, no sería la primera vez que lo consiguen: en el Caso Naseiro ya lograron hacer desaparecer comprometedoras grabaciones de Zaplana y sus lucrativos planes políticos, dejando boquiabiertas hasta las miradas más incrédulas. Esta misma semana, sin ir más lejos, extraños prestidigitadores lograban evaporar 366 millones de euros de las fianzas exigidas a Rodrigo Rato, José Luis Olivas y el resto de implicados en la chapuza de Bankia, mientras la varita mágica de fiscalía desintegraba el delito fiscal que hasta hace poco presentaba como una sólida evidencia en el suculento caso de los donativos ilegales cobrados por el PP.

Maestros del abracadabra incluso han sido capaces de sacarse de la manga un partido nuevo como Ciudadanos, con la misma soltura con que hasta ahora hacían surgir conejitos blancos de un sombrero de copa. Así que ya no será ninguna sorpresa si vuelven a sorprendernos. Al fin y al cabo, ya nos lo había advertido el argentino Raúl González Tuñón en aquel poema dedicado a un prestidigitador con nombre de marca de whisky: Truco mágico, ilusión,/ -canción, baraja y paloma-/ que todo en broma se toma

Y mientras aplaudimos el nuevo truco, alguien nos vuelve a arrebatar la bolsa en la que guardamos nuestro dinero y nuestras menguadas esperanzas.

Publicado en: Eldiario.es

Nada por aquí, nada por allá

Máquina trilera del artista sueco Per Helldorff.
Máquina trilera del artista sueco Per Helldorff.

Lo admito. De niño la actuación del mago me fascinaba. El prestidigitador, implacable vestido de frac,  se remangaba ostentosamente para mostrar que no ocultaba nada entre sus ropas. Luego, litúrgicamente, repetía aquello de “nada por aquí, nada por allá”. Para entonces mi imaginación ya estaba desatada y nunca me sentía defraudado por el prodigio que se producía ante mí. Y eso que en el fondo se trataba de portentos más bien tontos, como sacar moneda de la nariz de alguien, hacer surgir una paloma o un conejo blanco del fondo de una chistera o, en el mejor de los casos, lograr que un bella ayudante desapareciera dentro de alguna extraña caja, no sin antes haberla despedazado en tres partes sin motivo aparente.

En realidad creo que la capacidad de hacer aparecer y desaparecer las cosas ante las miradas más incrédulas, es tan intensa que nadie queda inmune a su hechizo. Incluso en sus versiones más toscas, sucias y canallas. Esto explica, por ejemplo, la inmutable pervivencia de los trileros. Porque, pese a los avances en la teoría del bosón de Higgs o las más increíbles propuestas surgidas de Silicon Valley,  lo cierto es que nunca faltarán cándidos viandantes dispuestos a dejarse tentar por los cantos de sirena de un pícaro invitándoles a adivinar dónde está la bolita mientras sus manos ejecutan una vertiginosa coreografía de cubiletes sobre una mesa de cartón. Y siempre la bolita terminará desapareciendo ante sus ojos tan inevitablemente como el dinero de su ilusa apuesta.

La atracción por este juego que nos aguarda por las esquinas de Nueva York o Madrid, es tal que ha terminado dando sentido a nuestras sociedades postindustriales. Porque se equivocan quienes comparan las modernas economías con un casino ávido de colmar con ganancias a la banca. No. Hace tiempo que superamos esa fase superior del capitalismo para adentrarnos en este particular reino de trileros donde eso sí los timadores se nos presentan vistiendo las mejores galas de emprendedores.

Jenaro García, el ya expresidente de Gowex, ha sido uno de los últimos expertos surgidos en esto del arte de birlibirloque económico. Sus habilidades con el movimiento de cubiletes dejó extasiados a los apasionados por las serpientes bursátiles, hasta que estupefactos descubrieron que una vez más la bolita desaparecía y con ella se evaporaban cientos de millones de pequeños inversores. El resultado de las auditorías a la empresa de wifi acabarían así asemejándose a la vieja fórmula del prestidigitador: nada por aquí, nada por allá.

Tampoco sorprende su historia si pensamos que lo que ha caracterizado la Marca España es su capacidad para generar trileros. Vamos, que acumulamos escuela como vienen demostrando los directivos de Pescanova con su habilidad para volatilizar millones con la misma gracia con que la pequeña esfera parece pasar de un cubilete a otro hasta perderse en la ausencia. Por no hablar de la facilidad con que la banca española ha sabido pasar la factura de sus bolitas a las arcas pública. O la aportación de Enrique Bañuelos, ese gran maestro de la logia trilera que tras agotar su capacidad de encantamiento por los callejones de Astroc ahora vuelve a interpelar a los paseantes por la esquinas de Barcelona World con su seductor “¿dónde está la bolita?”.

Aunque para bolita esquiva la que en las últimas semanas le ha crecidoa la Generalitat Valenciana. Si Eduardo Zaplana con su bronceado irredento transmitía la imagen perfecta del embaucador de oro, al final fue Francisco Camps quien con su estética de monaguillo ataviado por Forever Young, acabó destapándose como un genio de la trapacería. Su empeño en aplicar las prácticas de la empresa privada a la gestión pública le llevaron a hacer desaparecer 2.600 millones de euros –hasta ahora- de las cuentas públicas con un sencillo y ágil movimiento de muñecas. Aunque su jugada maestra llegó sin siquiera proponérselo, al desaparecer del escenario antes de que Bruselas descubriera el engaño, para dejar al iluso Alberto Fabra con el rostro desencajado y los cubiletes acusadores en la mano. Ni Houldini lo hubiera hecho mejor.

Publicado en eldiario.es

Las tijeras

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Las tijeras van camino de convertirse en una seña de identidad valenciana tan arraigada como el murciélago de la senyera, las fallas, la paella, el all i pebre, la mascletà o la corrupción. No podía ser de otra forma después de que los habitantes de estas eternas tierras perplejas, lleven tanto tiempo habituados a la presencia entre ellos de esta herramienta fría y cortante. Porque su introducción no es nueva, su llegada al imaginario comenzó hace ya mucho tiempo de forma subrepticia desde unas extrañas antenas situadas en Burjassot.
Porque el primer artilugio recortador que sorprendió gratamente a los valencianos fue ese que durante siglos ha venido simbolizando el afán del poder por salvar a sus súbditos de las males influencias. Fueron esas tijeras censoras convertidas en reinas y señoras de Radio Televisión Valenciana las que marcaron el camino que luego otras se encargarían de seguir. Y lo hicieron con una elegancia difícil de superar, evitando siempre el torpe recurso del tajo mutilador, tan vulgar, tosco y evidente. En su lugar, recurrieron al arte de la omisión, esto es: evitar siempre que las cámaras y micrófonos recogieran alguna menudencia no prevista en el guión. En suma, instaurando ese recurso tan sutil que consiste en omitir cualquier cosa que pudiera afear  ese gran ninot con diseño de Santiago Calatrava, en que se pretendía convertir el ex País Valencià. 
Luego llegaron otras tijeras no menos maestras. Fueron, claro esta, las de José Tomás y tantos otros virtuosos del dedal y la puntada que dejaron constancia de su artesana destreza en las trastiendas de Milano o Forever Young. Cortes delicados, suaves, siguiendo milimétricamente las azuladas líneas dejadas por el jaboncillo de marcar en su curvo discurrir por la sisa. Auténticas piezas de arte que solo unas miradas expertas como las de Francisco Camps o Ricardo Costa podían apreciar en toda su belleza. Un deleite que no se podían contener en compartir. Porque detrás de la generosa mano de Francisco Correa o el “amiguito del alma” Álvaro Pérez, no había mayor interés que colaborar con el ex Molt Honrable para educar a los valencianos, hasta hacer de ellos sensibles observadores capaces de valorar y disfrutar con los frutos del delicado oficio de la costura.
Sin embargo, ha sido ahora con la subida de Alberto Fabra a este trono de las vanidades autonómicas, cuando los habitantes de esta millor terreta del mon han sido capaces de apreciar las maravillas que esta modesta herramienta es capaz de generar cuando es diestra la mano que la guía. Porque el nuevo presidente del  Consell se ha impuesto con una determinación casi religiosa el trabajo de aplicar las tijeras sobre nuestras miserias más arraigadas. Se engañan quienes piensen que detrás de los recortes aprobados se esconden las presiones del Deutsche Bank por cobrar sus usureros intereses. No. Los firmes cortes lanzados por Fabra solo buscan devolvernos a la buena senda de la modestia, una virtud que inevitablemente pasa por la renuncia al bienestar mundano. Y  a los malos pensamientos, como esos que llevan a algunos a pedir que los ricos paguen, envidiosos de su éxito.
En definitiva, el  Consell se ha propuesto la difícil misión de convencer a los habitantes de este ex País de que su reino no es de este mundo. Por lo pronto, tras tantas décadas de tijeras, los nuevos tijeretazos parecen haber encontrado a una población resignada a su condición de cordero, capaz de ofrecer mansamente el lomo para la esquila de la poca lana que les queda. Es cierto que en el rebaño siempre quedan algunas ovejas negras. Pero no importa. Esas, por el momento, están muy bien vigiladas por los lobos.