De la moción de censura a la loción de ternura

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Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

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El miedo de los perros y los lobos

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Claude Rains en una sesión de maquillaje durante la filmación de El hombre lobo (1941)

Dicen que los lobos huelen el miedo. Pero no solo el miedo presente, también el miedo presentido. De ello ha hecho virtud el magnate Georges Soros, experto en el arte de predecir las catástrofes mucho antes de que comiencen a intuirse. El viejo lobo de Wall Street abre bien sus aletas nasales, inspira con fuerza y pone toda la atención de su pituitaria en descubrir la más leve fragancia del miedo. Su rastro le permite ser el primer en detectar esa próxima crisis financiera, ese cercano hundimiento bursátil, esa calamidad económica que desata todos los temores con solo imaginarla. Entonces, sabedor de lo que los demás prefieren ignorar, Soros reorganiza sus inversiones. Y espera. Solo es cuestión de tiempo, porque cuando llegue el momento será el mejor situado para hacerse con el despojo del siguiente desastre económico, con la misma tranquilidad con que los profanadores de tumbas aguardan a las puertas de los cementerios.

Estos días el aparato olfativo de Soros está a pleno rendimiento. El magnate está agitado, nervioso, con esa excitación de las fieras cuando saben que su presa anda confiada a la simple distancia de un zarpazo. Está tan seguro de la ceguera ajena que no le importa gritar a los cuatro vientos que siente las mismas sensaciones que precedieron a la interminable crisis de 2008. Por lo pronto, según nos cuenta The Wall Street Journal, el rey de los especuladores ya se ha puesto manos a la obra y anda vendiendo parte de sus acciones a precios de saldo para comprar oro. Así que mientras el resto de animales de la selva capitalista se mantienen ignorantes del miedo que se les avecina, el viejo lobo ya se relame ante su próximo bocado. Sigue leyendo

Entre el miedo a la traición y la atracción por el “ménage à trois”

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Gary Cooper, Miriam Hopkins y Frederich March en Design for living (1933) de Lubistch

La frontera entre el amor y la amistad suele ser esquiva. Se trata de una endeble barrera de convencionalismo social que sólo considera apropiado permitir la cercanía de los sentimientos siempre que se mantengan a prudencial distancia las epidermis. Ernest Lubistch abordó tan peliagudo tema en su exquisita comedia Design for living (1933). Estrenada en España como Una mujer para dos, la película presenta la estrecha amistad que une a los personajes encarnados por Miriam Hopkins, Gary Cooper y Frederich March y cómo la camaradería entre ella y los dos chicos se tambalea y entra en crisis cuando la sensualidad hace acto de presencia. Por eso la simpática rubia propondrá a sus amigos un pacto de caballeros con el que se comprometan a renunciar al amor.

Algo de esto parece estar ocurriendo estos días en la política española donde sus protagonistas parecen indecisos a la hora de elegir amigos y compañeros de cama, sin terminar de encontrar ese pacto que permita un mínimo equilibrio. John Carlin explicaba recientemente esa dificultad para el pacto por la ausencia en el diccionario castellano de un término similar al compromise inglés, carencia que el periodista achacaba a la influencia secular del catolicismo intransigente. Cierto o no, la verdad es que desde que los generales Espartero y Maroto pusieron fin a la primera guerra carlista con su abrazo de Vergara, nunca han faltado por estas tierras quien considere cualquier posible pacto como un inevitable sinónimo de traición.

Claro que la historia tampoco ha ayudado mucho a mejorar la imagen de los pactos. La Restauración, por ejemplo, el gran pacto por excelencia de la historia política española, no fue más que un chanchullo turbio entre Cánovas y Sagasta para garantizar la estabilidad de la monarquía a fuerza de implantar una democracia caciquil. Incluso el alabado consenso constitucional de 1978 fue alcanzado al precio de ocupar al mismo tiempo pódium junto con Camboya en la deleznable competición de contabilizar cadáveres enterrados en fosas clandestinas y cunetas anónimas, lo que la dotaría con una indisimulable sensación de renuncia que todavía está pendiente de superar.

En Valencia la madre de todos los pactos la suscribieron Eduardo Zaplana y Vicente González Lizondo en 1995. Fue el mítico Pacto del Pollo que dejó cautiva y desarmada durante lustros a la izquierda valenciana y convirtió al PP en una apisonadora que lo primero que se llevó por delante fue a sus socios ultramontanos, lo que volvió a confirmar el pacto como un potencial peligro para el más débil de sus firmantes. Con todo, la abducción del lizondismo blavero no fue nada comparado con la rapiña que vendría después y que sigue deparándonos titulares estos días como los de Ciegsa o Consuelo Císcar.

Tampoco por la izquierda la inclinación al acuerdo ha sido muy común desde que Marx y Bakunin comenzaron a lanzarse pullas en las reuniones de la Internacional. Si el fin de la dictadura permitió el espejismo de un acuerdo entre comunistas y socialistas para recuperar democráticamente los ayuntamientos, lo cierto es que durante décadas la suspicacia ha marcado cualquier colaboración. El miedo a ser absorbidos, a ser traicionados, han ido configurando –y no sin motivos- el amor odio que ha marcado la relación con el PSOE, primero del PCE y luego de IU. Unos temores que hoy parece despertar Podemos, el nuevo macho dominante del progresismos hispánico.

Y sin embargo, la cooperación de la izquierda ha sido históricamente su baza más constructiva. La imperfecta unión en la diversidad permitió la proclamación del 14 de abril. O los acuerdos frágiles y plagados de crueles desencuentros que posibilitaron resistir tres años a la bestia. Hoy, superada la época de los grandes relatos, confluencias sin vocación de épica están permitiendo oxigenar ciudades como Madrid, Barcelona o incluso Valencia. Hasta se ha podido superar la fría sombra dejada en este país por el Pacto del Pollo, gracias a la calidez de otro pacto, el del Botánico, que podría devolver un poco de sosiego a estas castigadas tierras.

Pero cuando la opción del pacto progresista se presentaba más seductora para recuperar una sociedad tan maltratada, un consenso mínimo regenerador que permitía incluso atisbar el desalojo de Mariano Rajoy de la Moncloa -eso sí, con un acuerdo que más que acuerdo sería un triple mortal con tirabuzón y sin red-, cuando todo se antojaba propicio en diferentes ámbitos, todo parece saltar por los aires como si la imposibilidad de un acuerdo, aunque limitado, fuera una maldición faraónica. Así, Susana Díaz se enfada con Pedro Sánchez, Pablo Iglesias boicotea a Alberto Garzón y Joan Baldoví decide irse con la música y su pretendido RH valenciano ante los supuestos desplantes de Podemos, haciendo temblar de paso los frágiles equilibrios internos en Compromís.

Tal vez por eso, la pícara Miriam Hopkins creía que lo mejor para salvar las relaciones era dejar claro a sus amigos que una cosa es la amistad y otra el amor. Por eso les propuso un pacto entre caballeros que expulsara para siempre las tentaciones eróticas entre los tres. Claro que, al mismo tiempo, la joven también sabía lo divertido y enriquecedor que puede ser un ménage à trois. Y, sobre todo, de lo que no tenía duda alguna era de que ella no era un caballero.

Artículo publicado en Eldiario.es

El 20D y la democracia de cuerpos ausentes

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Los candidatos de 20D vistos por Mariscal

Cuarenta años de dictatorial democracia orgánica llevaron a algunos a defender la necesidad de una democracia inorgánica como forma de legitimar la idílica transición. Paradójicamente, eso no empujó a cuestionar el cuerpo delcaduco régimen que agonizó rodeado del equipo médico habitual. Al contrario, ministros del caudillo se transformaron en próceres de la patria desde los nuevos gobiernos o desde la oposición; vividores que amasaron su fortuna al calor del estraperlo o en berlanguianas cacerías, mutaron en legítimos emprendedores, o fríos policías lograron aplacar los gritos de sus torturados con la camaleónica evolución, del gris al azul, pasando por el marrón, de sus uniformes. No, lo que acabó siendo incorpóreo fue la misma democracia, se inmaterializó, perdió su masa muscular crítica. Y fue así como, a cambio de una justa dosis de modernidad, consumismo y desencanto, acabamos resignándonos a una democracia de cuerpos ausentes.

Por eso, la inclinación al plasma de Mariano Rajoy lejos de ser una perversión democrática no hace más que confirmar la lógica de este modelo. La desmaterialización del discurso político transformó en algo natural que el todavía presidente del gobierno arrancase su precampaña hablando de fútbol en la COPE, y que desde la espontánea colleja que propinó entonces a su vástago por ridiculizar sus comentarios sobre el deporte rey, no haya vuelto a recuperar protagonismo hasta ser ridículamente golpeado por un adolescente hincha de fútbol. En la democracia de cuerpos ausentes queda excluida la política en beneficio del balompié.

En el fondo, la pugna entre candidatos se reduce a una lucha a muerte por ocupar una parte de espacio en ese mismo plasma que se le critica a Rajoy. Aunque para ello haya que hacer lo quesea. Albert Rivera inició su carrera para convertirse en un líder mediático posando desnudo. Pedro Sánchez si hace falta salta en parapente o se hace concursante de Gran Hermano, mientras que Pablo Iglesias encandila a la audiencia susurrando canciones melódicas al oído de María Teresa Campos. El debate político se transforma en un casting perpetuo para protagonistas de telenovela, en el que los candidatos, como los actores porno, deben estar dispuestos a hacer cualquier cosa que les pidan: si hay que decir “indecente”, se dice; si hay que replicar “ruiz”, se replica; si Prisa propone tutear al contrincante, se le tutea; si Atresmedia exige que traten de usted al rival, se le trata.

Pero de todos los cuerpos ausentes que esta campaña ha puesto de manifiesto, el más llamativo ha sido, claro, el cuerpo del delito: la economía. Y lo ha sido mediante el recurso de poner en primer plano los cuerpos de otros delitos más intranscendentes, aunque más efectivos para el espectáculo: las acusaciones por un Bárcenas que sintomáticamente ya se han encargado de convertir en personaje cinematográfico, por un Chaves haciendo malabarismos con los ERE, por el oro de Caracas o por la contabilidad de Ciudadanos. Pero de la economía, eso tan insignificante que determinará nuestros derechos sociales, nuestros servicios públicos, nuestra salud, nuestra educación, nuestras políticas de igualdad (o desigualdad), de todo eso, nada.

También en este caso el guion viene escrito. El argumento fue perfilado en octubre por el comisario de Economía, Pier Moscovici, cuando propuso dejar estos temas para después del show electoral. Especialmente cuando se trata de asuntos poco vistosos para el formato televisivo, como nuevas vuelta de tuerca a la reforma laboral o la puesta en marcha de más recortes en 2016 por valor de 10.000 millones de euros. Y si el guionista elimina esa parte de los diálogos, el cuerpo de actores no tiene más remedio que acatarlo. Como mucho el socialista Jordi Sevilla adelantó la intención de su partido de negociar con Bruselas la aplicación de los nuevos ajustes, que es algo así como pedirle a tu agresor una muestra de cariño antes de violarte. Pero Pablo Iglesias, más pragmático, precavido para que no le recuerden sus abrazos con Tsipras, optó obedientemente por relegar a segundo plano los asuntos económicos de su campaña, como ponen de manifiesto los estudios de campaña de CecuboGroup.

Porque claro, si no aceptas el guion, el director te expulsa del reparto. Por eso, en esta democracia de cuerpos ausentes era normal que el realizador dejara fuera de escena a Alberto Garzón. Y por eso mismo no sorprende que el malagueño haya terminado protagonizando los pocos momentos corpóreos de la campaña, alcanzado su punto álgido encaramado a una fuente para dirigirse a una multitud que no pudo oírle en el teatro La Latina de Madrid. Por cierto, Garzón no es el único cuerpo forzado a la invisibilidad de Unidad Popular-Izquierda Unida. Especialmente dramático resulta el caso de su candidata al Senado por Madrid, Jaldía Abubakra, a la que las autoridades israelíes le impiden regresar a España. Por desgracia, Palestina acumula décadas de experiencias en cuerpos ausentes.

En cualquier caso, la campaña ya llega a su fin. Y aunque algunos presentaron la cita del 20D como el momento crucial para conquistar los cielos, hoy, entre aluviones de sondeos, encuestas y previsiones, pocos se atreven a mantenerlo. Algo, sin embargo, que no le quita importancia para los que esperamos que ese día podamos subir un primer escalón de una escalera al cielo a la que debemos quitar la ñoñería que le cantaba Led Zeppelin. Porque lo más importante se ese día es, sencillamente, que se trata de la antesala del día 21 y tantos otros. Todos ellos resultarán cruciales si quienes realmente quieran dotar de carnalidad a nuestra resentida democracia, quienes aspiren a confirmarla como una herramienta colectiva para transformar nuestras realidades, estén en la lista que estén e independientemente de los resultados que cada cual alcance este 20D, si todos, en fin, evitamos repetir los errores tantas veces repetidos. Para ello bastará con recordar que no llegaremos demasiado lejos si insistimos en continuar acumulando imprescindibles cuerpos ausentes.

La puerta giratoria, la hoz y el uroboros

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Saturno portando la hoz y el “uroboros”. Ilustración a los comentarios de Remigio de Auxerre al tratado de Martianus Capella (s. X)

Hubo un tiempo en que la utopía comunista se presentía como colofón científicamente obligado del progreso, esa relectura ilustrada y laica de aquel teogónico camino cristiano que debía llevarnos del pecado original a la resurrección y el paraíso eterno. Luego el capitalismo posindustrial, la caída del muro de Berlín y el pensamiento posmoderno se encargaron de barrer cualquier espejismo de progreso. Y fue así como nuestro imaginario acabó sustituyendo la hoz y el martillo por la hoz y el uroboros, ese símbolo conocido ya en el antiguo Egipto en el que una serpiente o un dragón se retuerce sobre sí misma para morderse la cola, encarnando la perpetua repetición de los tiempos.

La imagen no es nueva. Saturno, la melancólica divinidad romana heredera del Cronos griego, solía representarse tanto con una hoz, emblema de su implacable paso que luego asumiría la iconografía de la Muerte en su variante de guadaña, como sosteniendo un uroboros. Incluso ya encontramos premonitoriamente reunidos ambos elementos, la hoz y el uroboros, en una de las ilustraciones del manuscrito del siglo X, conservado en Munich, en el que el benedictino Remigio de Auxerre comentaba el imaginativo tratado de las siete artes de Martianus Capella. En suma, no estamos más que ante una recuperación de aquel eterno retorno que marcó el tiempo mítico de las culturas clásicas.

 En realidad, del mismo modo que la imagen de uroboros siempre estuvo presente entre nosotros en aquella insulsa pescadilla mordiéndose la cola, sinónimo durante años de comida de hospital, tampoco la idea del eterno retorno dejó de acompañarnos por completo. Y no solo por la revisión metafísica que Nietzsche hizo en su momento, sino sobre todo porque la economía se encargó de recordárnosla periódicamente con sus oportunas crisis, tan cíclicas e interminables como la que no dejamos de sufrir. Eso sí, por el camino perdimos la belleza del antiguo relato mítico y nos vimos atados al prosaico estilo de Standard & Poor’s.

El problema fue que conforme la evidencia de ese eterno retorno se iba apoderando más y más de nuestras sociedades, más huérfanos nos sentimos de aquel relato que ordenara las cosas con algo más de sensibilidad que las frías series estadísticas de la Escuela de Chicago. Y fue así como esa visión circular y repetitiva del tiempo que regresaba desplazando al progreso, terminó por configurar un nuevo relato: el mito de la puerta giratoria. En él, no solo se materializa ese mecanismo rotatorio y vaso comunicante que pone en relación a los cargos públicos con los más destacados consejos de administración. Estas entradas tiovivo también nos permiten visualizar esa inmovilista renovación política por la que entran y salen continuamente esperanzadores nuevos líderes al final de cada ciclo, tan jóvenes como predecibles: Adolfo Suárez, Felipe González, José María Aznar… Pablo Iglesias… Albert Rivera.

El sistema es tan efectivo que hasta Pedro Sánchez lo ha asumido para dejar entrar en el selecto club de los candidatos a la ministeriable Irene Lozano dispuesta a reformar la democracia. E incluso el mecanismo tiene la ventaja de que si se aplica una determinada velocidad al giro y se inclina ligeramente el ángulo de las hojas de la puerta, este puede convertirse en una eficiente trituradora como bien está comprobando el máximo dirigente de Podemos, que a duras penas logra librarse de los tajos protegiéndose con el escudo de las ambigüedades.

Es así como buscando un nuevo relato, nos hemos tenido que conformar con un simple argumento. Porque al final las narraciones de la puerta giratoria han acabado, al menos por lo que atañe a la actualidad política, pareciéndose a la trama de una de aquellas comedias clásicas de enredo, como aquellas dirigidas por Ernst Lubitsch en las que los personajes entran y salen de escena en medio de equívocos y malentendidos. Incluso hay veces en que nos parece que las órbitas dibujadas por la puerta nos empujan al hilarante camarote de los hermanos Marx.

Pero para entonces, mientras Saturno nos observa empuñando la hoz y el uroboros, ya hemos comprendido que la cosa tiene poca gracia. Ahora sabemos que entre los personajes mareados por dar tantas vueltas en la puerta también estamos nosotros. Eso sí más cerca de los viejos mulos girando en la noria, que de los elegantes personajes de Lubitsh. Desorientados con tanto giro en las puertas del desencanto, agotados por la rotación que nos impone el mercado laboral, cansados de ese dispositivo que cada día expulsa a más personas a la pobreza sin contemplaciones, con esa implacable eficacia con que las puertas giratorias escupen a los curiosos del hall de los hoteles de lujo.

Maquíllate, maquíllate

La respuesta a la eterna pregunta de quiénes somos y hacia dónde vamos ha estado desde el origen de los tiempos ligada al maquillaje. Aunque hoy los más serios e intelectualoides lo consideren algo frívolo, lo cierto es que sin el maquillaje difícilmente hubiésemos llegado a ser otra cosa que una indefinida especie animal más. De hecho, los individuos deeso que acabaría siendo el género humano no tomaron conciencia de su identidad hasta el día en que a un anónimo neardentalhalensis le dio por aplicarse en el cuerpo algún llamativo pigmento que le diferenciara del otro y los otros.

De este modo, hoy sería posible, con mucha paciencia, eso sí, trazar el camino que nos conduciría de un dibujo esbozando elementales formas geométricas o florales pintado en la epidermis de un primitivo cazador recolector hasta las tesis soberanistas de Artur Mas o la apasionada defensa de la nación de Mariano Rajoy. De hecho, es tal la importancia del maquillaje que incluso su uso fue imprescindible no solo en nuestras primigenias relaciones con les demás, sino incluso con los seres misteriosos del más allá, como pone de relieve la presencia de los más variados aceites hallados en tumbas y estructuras funerarias.

Fue este significado transcendente la que paradójicamente acabó desviando el maquillaje hacia ámbitos más intranscendentes. Y es que los cultos dionisíacos se encargarían de trasladar al ámbito teatral el fenómeno de la apariencia, trasformando el rostro de los actores bien con el recurso de la máscara, bien con el de las pinturas. De la identidad se pasó así a la falsedad, al disimulo, incluso al disfraz y al engaño. De este modo el maquillaje dejó de ser un medio para mostrar al mundo quiénes éramos, para convertirse en una proyección de quién quisiéramos ser.

Sabiamente aplicados, los cosméticos nos ayudaran a aproximarnos a ese ideal de belleza del que tan alejados nos parece estar cuando al levantarnos por la mañana nos lavamos la cara libre de tinturas y aun somnolienta. Los colores artificiales se convertirán entonces en una especie de coraza freudiana con los que protegerse de las inclemencias de la intemperie, sean estos los tímidos coloretes de una cajera de supermercado o el expresionismo contenido en el semblante de un aspirante a formar parte de alguna selecta tribu urbana gótica.

Tanta es la importancia del maquillaje que, al final, su aplicación ha terminado incluso liberándose de su atadura a la piel humana para impregnar el cuerpo de las construcciones sociológicas. Si ya allá por el siglo XIX, Augusto Comte y Herbert Spencer fueron capaces de imaginar la sociedad como un gigantesco ser vivo, hoy ambos pensadores no dudarían en destacar que se trata de un ser vivo y, por supuesto, maquillado. Solo es necesario echar una ojeada a los titulares de actualidad para comprobar cómo se intenta cubrir con una capa de afeites prácticamente todo. Es así como Pablo Iglesias aparece obsesionado por aplicar el maquillaje necesario para disimular la menor arruga izquierdista que pueda afear su centralidad deseada; el CIS maquilla las encuestas para tranquilidad del gobierno y los responsables económicos se aplican al trabajo del maquillaje financiero en el nuevo capitalismo de casino y carnaval.

Con todo, el maquillaje aún consigue en ocasiones recuperar su cometido originario de mostrarnos quiénes somos. Entre las jóvenes japonesas, por ejemplo, está cada vez más de moda aplicarse maquillajes para transformar sus rostros en demacrados, agotados, incluso apagados. Las sombras y coloretes incrementan la intensidad de sus ojeras, la palidez de sus mejillas, el cabello se presenta grasoso y hasta los párpados son convenientemente hinchados hasta alcanzar una apariencia enfermiza. Es lo que se ha venido en llamar la moda Hangover Make up, consistente en simular una imagen de resaca perpetua tras una inacabable noche de sexo, droga y rock and roll. Es, sin duda, la metáfora más acabada de estos tiempos presentes en los que, como muy bien se encargan  de recordarnos nuestros gobernantes, la fiesta hace tiempo que se ha acabado.

Publicado en Eldiario.es