La memoria olvidada

Alfons Cervera
Alfons Cervera, autor de “Yo no voy a olvidar porque otros quieran”.

Nos dice el Diccionario de la Real Academia en su primera acepción de la palabra memoria que esta vendría definida por la facultad psíquica que nos permite retener y recordar el pasado. También nos recuerda en otra que para la filosofía escolástica se trata de una de las potencialidades del alma. En total, el diccionario contempla catorce acepciones y, aunque en alguna de ellas no faltan referencias indirectas a significados que superan la básica relación entre una persona y el pasado, lo cierto es que la academia restringe nuestra relación con el ayer al mero ámbito del individuo.

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El pestilente recuerdo de Moby Dick

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Lola López, Pep Ricart y Miguel Lázaro en la representación de “Ultramarins”. Foto Jordi Pla.

El 29 de diciembre de 1954 tenía lugar en el varadero de la Compañía Carbonera de Las Palmas una extraña botadura. No se trataba ni de un buque mercante, ni de un navío de guerra. Lo que la señorita Amalia Guillén, la inevitable hija del gobernador civil para este tipo de acto, bautizó aquel día estampando una botella de champán contra su casco era una ballena. Y no una cualquiera, no. Era La Ballena Blanca, un artificial monstruo marino construido sobre la estructura de un viejo barco-aljibe para dar vida a la mítica Moby Dick, cuyas últimas escenas estaba filmando por entonces John Huston junto a la costa canaria. Con ella y la tranquilidad de las aguas del archipiélago, Huston, Gregory Peck y el resto del equipo confiaban en poder finalizar el rodaje después de que sus dos “ballenas” anteriores, impulsadas por la fuerza de los temporales, se hubiesen dado a la fuga en mares más bravíos como los galeses. Sigue leyendo

El llanto de Moby Dick por las víctimas del Metro

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Beatriz Garrote en un acto de familiares de víctimas del accidente del Metro en Valencia

El explorador y aventurero norteamericano Jeremiah N. Reynolds zarpó en 1829 del puerto de Nueva York con el objetivo de alcanzar la Antartida. De entre las muchas historias recopiladas a lo largo de su periplo destacó una recogida durante su viaje de regreso frente a las costas chilenas. Era la noticia de un extraño cachalote blanco aparecido junto a la isla de La Mocha, acosado durante treinta años por los balleneros hasta sucumbir al arpón de uno de ellos. Reynolds relataría esta historia en 1832 en su artículo Mocha Dick o el cachalote blanco del Pacífico.

No resulta sorprendente que la gran ballena blanca apareciera precisamente en los alrededores de esta pequeña isla situado junto a la región de Biombí. De hecho, La Mocha era ya bien conocida por su condición de escala obligada para estos grandes cetáceos en sus travesías oceánicas. Era tal el número de animales que se congregaba en sus aguas que atraídos por el fenómeno los indígenas de la zona, los lafkenches, consideraron la zona un lugar sagrado desde donde las almas de los muertos partían en su viaje al más allá a lomos de una ballena. Sigue leyendo

El influjo de Cervantes

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Francisco Reiguera en una imagen del filme inacabado de Orson Wells “Don Quijote”

Si es bien conocido que la realidad supera a la ficción, hoy sabemos también que ésta puede llegar a imponerse incluso sobre las conmemoraciones literarias. Así lo estamos pudiendo constatar estos días en que los 400 años de la muerte de Shakespeare han pillado a los ingleses debatiéndose entre el ser o no ser de Unión Europea, del mismo modo que a los españoles la misma celebración por la muerte del autor del Quijote nos ha sorprendido más cervantinos que nunca.

Cervantinos, más que quijotescos. Porque la riqueza de matices en la obra de Cervantes es mucho más que el tópico reduccionista de ese loco soñador que supuestamente se esconde en el alma de todo español, si es que esa inmaterial esencia de la personalidad existe. Y es que detrás de las aventuras de Alonso Quijano no late el obnubilado afán de luchar contra molinos de viento, sino una compleja reflexión en torno a la realidad y la ficción, la identidad, la creación, la teatralidad, el fingimiento, los deseos, el individuo y la sociedad, en fin, la vida.

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Veinte años con las tribus húngaras

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Max Aub siempre creyó que uno es de donde estudia el bachillerato. Y no le faltaba razón pues en esos años adolescentes, cada uno va descubriéndose quién es cada cual, enfrentando las primeras esperanzas y los primeros desengaños, las primeras caricias y los primeros golpes, todo aquello, en fin, que acaba perfilando su personalidad y sentando las bases de su biografía. Por eso, el desterrado perpetuo que fue Max Aub, hijo de padre alemán y madre francesa, nacido en París, afincado en Segorbe y fallecido en México, resolvió hacerse español hasta la médula, una decisión fatal que terminó condenándole a nuevos exilios.

En mi época, por fortuna, las vivencias del bachillerato no te empujaban al destierro, pero sí te dejaban a la intemperie. Un paraje demasiado inhóspito para vivir, del que se intenta escapar buscando lugares más propicios en los que cobijarse. Uno de esos refugios fueron las librerías. En ellas aprendí a refugiarme desde aquella lejana juventud que fui forjándome entre las estanterías de El Puerto, la librería que regenta Elías Yanini en el Port de Sagunt en la que durante años acumulé café, amistades, libros, tertulias y deudas. Por desgracia, hoy al intentar recuperarlas descubro que muchas de aquellas islas no han aguantado esa impiedad de los tiempos que sociólogos y economistas prefieren denominar cambio de los hábitos de consumo.

Mi última estancia por Valencia, por ejemplo, me permitió cumplir con el ritual de aquel que acude a despedirse del amigo agonizante y pude llegar a tiempo para decir adiós a la Valdeska. Sergio, el libretero que durante más de treinta años cuidó de sus exquisitos fondos, nos consolaba a los entristecidos clientes que cruzábamos por última vez su puerta, animándonos a no caer excesivamente en la melancolía y la tristeza, invitándonos a no lamentar aquel final mucho más de lo que haríamos con aquella pastelería clausurada que alguna vez nos deleitó con sus dulzuras. Consejo sabio, pero difícil del cumplir conscientes de quedar desposeídos de uno de esos pocos oasis que aún podían reconfortarnos en mitad del desierto.

Oasis como la librería Leonardo da Vinci, que tanto me reconfortó cuando llegué a Rio de Janeiro, espacio cálido y protector en esta ciudad tan rica en matices para amarla y detestarla. Este establecimiento inaugurado por Dona Vanna hace 61 años, refugio para la intelectualidad carioca durante décadas, capaz de sobrevivir a los incendiarios desmanes de la dictadura, ha terminado asfixiado por unos tiempos cambiados por la virtualidad implacable de Amazon. Hoy, Milena Piracciani, la hija de Dona Vanna, acompaña con la ternura de quien consuela a un ser querido en su trance final, los últimos días de un establecimiento en cuyos maravillosos fondos todavía se pueden encontrar libros españoles con los precios en pesetas. Dentro de unas semanas, la veterana librería a la que dedicara sus versos Carlos Drummond, será traspasada a unos inversores de São Paulo que sólo conservarán de su histórico pasado a penas el nombre.

Pero no sólo las viejas librerías nos van dejando más solos. El tiempo también se ha encargado de ir clausurando otros espacios donde protegernos de las tempestades, especialmente implacable en estas valencianas. La Cervecería Madrid en el corazón de Valencia, las noctámbulas catatumbas del Capsa, cuando el barrio del Carmen protegido por Blanquita, todavía no había sucumbido a la modernización Rita Barberá; el familiar Pub Mediterráneo junto a la playa del Port, el Perdido Club de Jazz, aquel paraíso de luces y sombras que fueron los cines Albatros, el Espai Moma, el bar Líbano… La lista es tan extensa que resulta imposible continuarla sin rendirse al desasosiego.

Por eso, cuando algunos de estos espacios, físicos o imaginarios pero siempre compartidos, logran resistir con uñas y dientes y continuar acumulando años, notamos ese alivio que provoca el no sentirnos tan solos. La Túria y su más de medio siglo acumulado es uno de ellos. Otro, bastante más joven, tiene reminiscencias magiares, tal vez por influjo de aquel imperio austro-húngaro que tanto fascinaba a Luis García Berlanga. Se trata de la Companyia Hongaresa de Teatre que estos días conmemora sus veinte años de vida, una utopía escénica nacida en el Port de Sagunt de la voluntad dramatúrgica de Paco Zarzoso y la catalana Lluïsa Cunillé, junto a la perseverancia apasionada de la actriz Lola López. A su locura teatral le debemos ese espacio que ha terminado dando cobijo a “las tribus tristes de los húngaros”.

Tristes, de esa peculiar “tristeza húngara”, pero generosas. Porque a diferencia del país que preside el intransigente Viktor Orbvan, si algo ha caracterizado a la Hongaresa durante todo este tiempo es su generosidad para recibir exiliados. Por ella han pasado, de uno u otra forma, los más variados náufragos: Pep Ricart, Laura Useletti, Juan Ramón Soriano, Xavier Albertí, Jaime Giménez de Haro, Gonzalo Montiel, Damián López Gonçalves, Toni Sancho, Juan Mandli, Javier Quintanilla, Sonia Cejudo, Ximo Olcina, Victoria Enguídanos, Giovanna Ribes… La cámara de Jordi Pla fue recopilando las escenas de estos años que ahora ha reunido en la exposición organizada con motivo de la conmemoración de estas dos décadas de la compañía.

Con cada uno de estos años, con veintiséis espectáculos producidos, Hongaresa ha ido tejiendo una realidad hecha de palabra y gesto, de evocación y desnudez, de matices tenues más que de perfiles acentuados, de susurros desvergonzados más que gritos previsibles. Ha creado un territorio elástico y sólido a la vez, capaz de proyectarse desde las playas del Mediterráneo a las esquinas malevas de Buenos Aires, en la que sus habitantes aprendieron a soportar el frío de esa intemperie que amenaza ahí afuera, lejos las “fronteras magníficas del vino”, del calor reconfortante de la sala que se queda a oscuras cuando empieza la función, ese refugio imposible que es el teatro, ese espacio que, compartiendo complicidades con los desertores húngaros, tanto supo amar Josep Lluis Sirera.

Publicado en: Cartelera Turia

Viajeros de otra dimensión

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En 1951 millones de espectadores se quedaron sobrecogidos en las butacas de los cines escuchando el alegato pacifista que, en plena Guerra Fría, les dirigía desde la entrada a su platillo volante el humanoide Klaatu acompañado por su robot Gort, de sobrecogedora presencia pese a su inocente acabado. Sin duda, Robert Wise supo explotar en su filme Ultimátum a la tierra una de las claves que explican, por ejemplo, el éxito milenario del cristianismo: la irresistible predisposición de muchos humanos a esperar que alguien caído del cielo nos ilumine trayéndonos la buena nueva.

Ignoro qué provoca mayor atracción, si el mensajero en sí o la perspectiva de que exista otro planeta, espacio o dimensión desconocida al que aferrarnos. Lo cierto es que estas creencias han sido clave no solo para la historia de las religiones o del cine fantástico, sino también para el fecundo terreno de las leyendas urbanas. Aquí, posiblemente, uno de los casos más famoso fue el de Rudolf Fenz, un extravagante paseante que en junio de 1950 habría surgido de la nada en plena 5ª Avenida de Nueva York, con tanta fatalidad que esta súbita aparición le situó delante de un coche que lo atropelló causándole la muerte. Lo curioso del caso es que el hombre, que aparentaba unos 30 años de edad, no solo iba impecablemente vestido a la moda de 1876, sino que en realidad era un tipo desaparecido aquel año cuando salió a dar un paseo que, sin proponérselo, le condujo hasta un misterioso túnel del tiempo.

Obviamente, la historia de Fenz es falsa. En realidad se trata de Rudolph Fentz, un personaje del cuento I’m scared que el novelista Jack Finney publicó en septiembre de 1951 en la revista Collier’s. Sin embargo, ello no impidió que en la década de los 70 el supuesto caso Fenz se convirtiera en una de las pruebas irrefutables esgrimidas por los defensores de la existencia de dimensiones desconocidas. Incluso hoy en día no faltan quienes presentan como reales sus ficticias cabriolas espacio-temporales, poniendo así de manifiesto esa irresistible atracción por los aparecidos, nos traigan o no la buena nueva.

En España el fenómeno de los inesperados visitantes, tan ligado a nuestro catolicismo tredentino, se ha visto intensificado desde que la troika nos abdujo hasta las enigmáticas esferas de los ajustes y la crisis. Solo que en lugar de llegar el platillos voladores o de irrumpir de improviso en la calle Colón de Valencia, nuestros aparecidos tienen la particularidad de sorprendernos en las citas electorales. También es cierto que en la mayoría de los casos han irrumpido en nuestras cotidianidades políticas catapultados no desde territorios desconocidos, sino desde las prosaicas latitudes de los círculos mediáticos.

El primero en materializarse sorpresivamente fue Pablo Iglesias. Llegó justo cuando las calles estaban demasiado llenas de manifestantes como para dejar hueco alguno a viajeros del tiempo a los que nadie había invitado. También cayó de sopetón sobre los sondeos de opinión cuando estos eran más propicios para el rojerío patrio de toda la vida. Ahora, desarmada las expectativas de IU, con la inestimable colaboración de no pocos de sus militantes, y preocupados por la incidencia de su discurso anticasta, no pocos de los que ayer no dudaban en transformar al líder de Podemos en una especie de Klaatu sideral, perroflauta y con coleta, se apresuran en desacreditarlo con la misma convicción, presentándolo como un leyenda urbana tan inconsistente como Rudolf Fenz.

Eso sí, aprovechando la estela de indefinición ideológica dejada por Iglesias, los dueños de la gran güija mediática han optado por cubrirse las espaldas y lanzarnos un nuevo aparecido, más presentable, con imagen de buen hijo de tendero y sin veleidades bolivarianas. Es así como surge (o, más bien, resurge) de pronto Albert Rivera que hasta ahora no era más que un caído del cielo de provincias. Hoy, aquel joven que no dudó en aparecer en pelota picada para defender la unidad de esa Españña, con doble eñe como gritaría un cabo chusquero, se ha convertido en el antisistema de casa bien que el país necesita en estos tiempos extraños de bipartidismo cansado.

El reverso de estas súbitas apariciones está, claro es, en las desapariciones. Porque junto a los caídos del cielo comienzan también a ser habituales quienes se evaporan por la senda que conduce al limbo de los infelices. Un agujero negro de atracción irresistible que tras las recientes elecciones andaluzas parece empeñado en succionar las enjutas firmezas de Rosa Díez. La misteriosa energía se ha cobrado su primera víctima por tierras valencianas, al menos por el momento, con la renuncia de Toni Cantó a su acta de diputado y a su candidatura a la Generalitat. La incógnita ahora es saber si el actor también hará gala en política de esas Siete vidas que tanta popularidad le dieron en televisión y finalmente conseguirá hallar la puerta misteriosa a esa otra dimensión que hoy se llama Ciudadanos.

En cualquier caso, Cantó no está solo frente al enigma del futuro político. Por lo pronto, los comicios en Andalucía mantienen abiertas no pocas incertidumbres. ¿Quién será el próximo en desintegrarse en los confines del misterio sin nombre? ¿La autocomplaciente Susana Díaz o el perseverante Pedro Sánchez? ¿Mariano Rajoy o María Dolores de Cospedal? Demasiados misterios los que nos caen del cielo.

Publicado en: Eldiario.es