El pestilente recuerdo de Moby Dick

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Lola López, Pep Ricart y Miguel Lázaro en la representación de “Ultramarins”. Foto Jordi Pla.

El 29 de diciembre de 1954 tenía lugar en el varadero de la Compañía Carbonera de Las Palmas una extraña botadura. No se trataba ni de un buque mercante, ni de un navío de guerra. Lo que la señorita Amalia Guillén, la inevitable hija del gobernador civil para este tipo de acto, bautizó aquel día estampando una botella de champán contra su casco era una ballena. Y no una cualquiera, no. Era La Ballena Blanca, un artificial monstruo marino construido sobre la estructura de un viejo barco-aljibe para dar vida a la mítica Moby Dick, cuyas últimas escenas estaba filmando por entonces John Huston junto a la costa canaria. Con ella y la tranquilidad de las aguas del archipiélago, Huston, Gregory Peck y el resto del equipo confiaban en poder finalizar el rodaje después de que sus dos “ballenas” anteriores, impulsadas por la fuerza de los temporales, se hubiesen dado a la fuga en mares más bravíos como los galeses. Sigue leyendo

Veinte años con las tribus húngaras

hongaresa

Max Aub siempre creyó que uno es de donde estudia el bachillerato. Y no le faltaba razón pues en esos años adolescentes, cada uno va descubriéndose quién es cada cual, enfrentando las primeras esperanzas y los primeros desengaños, las primeras caricias y los primeros golpes, todo aquello, en fin, que acaba perfilando su personalidad y sentando las bases de su biografía. Por eso, el desterrado perpetuo que fue Max Aub, hijo de padre alemán y madre francesa, nacido en París, afincado en Segorbe y fallecido en México, resolvió hacerse español hasta la médula, una decisión fatal que terminó condenándole a nuevos exilios.

En mi época, por fortuna, las vivencias del bachillerato no te empujaban al destierro, pero sí te dejaban a la intemperie. Un paraje demasiado inhóspito para vivir, del que se intenta escapar buscando lugares más propicios en los que cobijarse. Uno de esos refugios fueron las librerías. En ellas aprendí a refugiarme desde aquella lejana juventud que fui forjándome entre las estanterías de El Puerto, la librería que regenta Elías Yanini en el Port de Sagunt en la que durante años acumulé café, amistades, libros, tertulias y deudas. Por desgracia, hoy al intentar recuperarlas descubro que muchas de aquellas islas no han aguantado esa impiedad de los tiempos que sociólogos y economistas prefieren denominar cambio de los hábitos de consumo.

Mi última estancia por Valencia, por ejemplo, me permitió cumplir con el ritual de aquel que acude a despedirse del amigo agonizante y pude llegar a tiempo para decir adiós a la Valdeska. Sergio, el libretero que durante más de treinta años cuidó de sus exquisitos fondos, nos consolaba a los entristecidos clientes que cruzábamos por última vez su puerta, animándonos a no caer excesivamente en la melancolía y la tristeza, invitándonos a no lamentar aquel final mucho más de lo que haríamos con aquella pastelería clausurada que alguna vez nos deleitó con sus dulzuras. Consejo sabio, pero difícil del cumplir conscientes de quedar desposeídos de uno de esos pocos oasis que aún podían reconfortarnos en mitad del desierto.

Oasis como la librería Leonardo da Vinci, que tanto me reconfortó cuando llegué a Rio de Janeiro, espacio cálido y protector en esta ciudad tan rica en matices para amarla y detestarla. Este establecimiento inaugurado por Dona Vanna hace 61 años, refugio para la intelectualidad carioca durante décadas, capaz de sobrevivir a los incendiarios desmanes de la dictadura, ha terminado asfixiado por unos tiempos cambiados por la virtualidad implacable de Amazon. Hoy, Milena Piracciani, la hija de Dona Vanna, acompaña con la ternura de quien consuela a un ser querido en su trance final, los últimos días de un establecimiento en cuyos maravillosos fondos todavía se pueden encontrar libros españoles con los precios en pesetas. Dentro de unas semanas, la veterana librería a la que dedicara sus versos Carlos Drummond, será traspasada a unos inversores de São Paulo que sólo conservarán de su histórico pasado a penas el nombre.

Pero no sólo las viejas librerías nos van dejando más solos. El tiempo también se ha encargado de ir clausurando otros espacios donde protegernos de las tempestades, especialmente implacable en estas valencianas. La Cervecería Madrid en el corazón de Valencia, las noctámbulas catatumbas del Capsa, cuando el barrio del Carmen protegido por Blanquita, todavía no había sucumbido a la modernización Rita Barberá; el familiar Pub Mediterráneo junto a la playa del Port, el Perdido Club de Jazz, aquel paraíso de luces y sombras que fueron los cines Albatros, el Espai Moma, el bar Líbano… La lista es tan extensa que resulta imposible continuarla sin rendirse al desasosiego.

Por eso, cuando algunos de estos espacios, físicos o imaginarios pero siempre compartidos, logran resistir con uñas y dientes y continuar acumulando años, notamos ese alivio que provoca el no sentirnos tan solos. La Túria y su más de medio siglo acumulado es uno de ellos. Otro, bastante más joven, tiene reminiscencias magiares, tal vez por influjo de aquel imperio austro-húngaro que tanto fascinaba a Luis García Berlanga. Se trata de la Companyia Hongaresa de Teatre que estos días conmemora sus veinte años de vida, una utopía escénica nacida en el Port de Sagunt de la voluntad dramatúrgica de Paco Zarzoso y la catalana Lluïsa Cunillé, junto a la perseverancia apasionada de la actriz Lola López. A su locura teatral le debemos ese espacio que ha terminado dando cobijo a “las tribus tristes de los húngaros”.

Tristes, de esa peculiar “tristeza húngara”, pero generosas. Porque a diferencia del país que preside el intransigente Viktor Orbvan, si algo ha caracterizado a la Hongaresa durante todo este tiempo es su generosidad para recibir exiliados. Por ella han pasado, de uno u otra forma, los más variados náufragos: Pep Ricart, Laura Useletti, Juan Ramón Soriano, Xavier Albertí, Jaime Giménez de Haro, Gonzalo Montiel, Damián López Gonçalves, Toni Sancho, Juan Mandli, Javier Quintanilla, Sonia Cejudo, Ximo Olcina, Victoria Enguídanos, Giovanna Ribes… La cámara de Jordi Pla fue recopilando las escenas de estos años que ahora ha reunido en la exposición organizada con motivo de la conmemoración de estas dos décadas de la compañía.

Con cada uno de estos años, con veintiséis espectáculos producidos, Hongaresa ha ido tejiendo una realidad hecha de palabra y gesto, de evocación y desnudez, de matices tenues más que de perfiles acentuados, de susurros desvergonzados más que gritos previsibles. Ha creado un territorio elástico y sólido a la vez, capaz de proyectarse desde las playas del Mediterráneo a las esquinas malevas de Buenos Aires, en la que sus habitantes aprendieron a soportar el frío de esa intemperie que amenaza ahí afuera, lejos las “fronteras magníficas del vino”, del calor reconfortante de la sala que se queda a oscuras cuando empieza la función, ese refugio imposible que es el teatro, ese espacio que, compartiendo complicidades con los desertores húngaros, tanto supo amar Josep Lluis Sirera.

Publicado en: Cartelera Turia

Purgatorios

Cuentan de Karol Wojtila que le obsesionaba tanto el destino de su hermana nacida sin vida, que al convertirse en Juan Pablo II hizo de la revisión de las geografías del Más Allá una de sus prioridades teológicas. Fue así como terminó convencido de la inexistencia del Limbo y persuadido de la misericordia divina para con los infantes muertos sin bautizar. Esta tortuosa reflexión le condujo, a la vez, a cuestionar ese carácter físico del Cielo, Infierno y Purgatorio que Dante había legado al imaginario cristiano con tanto detalle.
Tan generosa interpretación de la Otra Vida contrasta con el apego demostrado por Wojtila al dogma, la contrarreforma y el anticomunismo cuando de abordar los asuntos terrenales se trataba. Su sucesor heredaría de él esta línea dura frente a los supuestos pecados del hombre. Pero Joseph Ratzinger, ajeno al drama personal del polaco, no tendrá reparos en proyectar también al Otro Mundo esa actitud intransigente. Por ello, a la primera oportunidad que tuvo, Benedicto XVI nos recordó que el Infierno es algo mucho más tormentoso que esa simple idea metafísica esbozada por su antecesor.
El nuevo pontífice evitó, en cualquier caso, ser más explícito sobre esos reinos de Pedro Botero, tal vez por sus limitaciones imaginativas para anunciar realidades más espeluznantes que las que día a día se viven en Bagdad, Darfur o Kabul. Del mismo modo, tampoco adelantó pistas sobre los goces que aguardan a los elegidos en el Paraíso, aconsejado sin duda por ese afán eclesiástico por reprimir cualquier atisbo de placer que pueda hacer volar las ensoñaciones de los fieles. Pero, con todo, lo que resulta más llamativo fue el total mutismo de Benedicto XVI sobre los perfiles del Purgatorio. Y ello pese a que esa tierra de nadie entre el Cielo y el Infierno por los siglos de los siglos, no sólo es el lugar que mayor número de ánimas podría acoger en los preparativos del Juicio Final, sino que desde hace tiempo se ha convertido en la cotidianidad más parecida a nuestro presente.
En efecto, desde que Francis Fukuyama decretó el fin de la historia y los consejos de administración de las principales corporaciones hicieron suya la propuesta, la mayor parte del planeta se halla sumida en una especia de Purgatorio sin remisión, un devenir en punto muerto del que, según nos advierten, no tenemos escapatoria. No en vano, si antes se presentaba como un tránsito de purificación dolorosa en el camino al Paraíso, hoy se nos aparece como un callejón sin salida cuya única alternativa es el fuego eterno. Nos permiten esquivar el abismo del infierno, es cierto, pero a cambio de renunciar a la más remota esperanza.
Esta condena a perpetua expiación atenaza por igual a hombres y geografías. La deriva que el Líbano vive agravada estos días es, de hecho, una buena muestra de este porvenir prefigurado de parálisis. Abocado al espectro de la guerra, su única alternativa es la Nada. Esa es la decisión última de un Occidente que ha dispuesto que Hizbollah no existe, que es tanto como exigir al País de los Cedros que pierda sus cedros. Una sinrazón digna de menosprecio si no existiera el precedente, hace ahora sesenta años, de decretar la inexistencia de árabes en Palestina hasta desencadenar la Nakba, la catástrofe, evidenciando así las frágiles fronteras que siempre separan a los purgatorios del Infierno.
Una lúgubre perspectiva que incluso se siente en aquellos purgatorios por cuyos ventanales parece percibirse cercano el aroma del Paraíso. Almacenes de almas en pena esperando una incógnita, como en las frías alambradas de Guantánamo donde los condenados visten con mono naranja el púdico hedor de su desesperanza. El espacio indefinido se convierte así en aséptica necrópolis donde almacenar al disidente, real o imaginado, al que se arrebata la certeza última del asesinado hasta dejarlo aterido por su nueva condición de no-vivo. Hibernación del molesto, que Europa, siempre atenta a las tendencias del otro lado del Atlántico, se apresura a reconvertir en salas de espera para esos 8 millones de visitantes con carencias burocráticas donde aguardar el retorno por la vía administrativa a sus infiernos personales.
Una realidad de letargo que termina por adherirse a la geografía íntima de nuestras pieles. Así el purgatorio se transforma en nuestra sombra, helando nuestras reacciones, imposibilitando nuestras respuestas, dejándonos sin estímulos. Hieráticos terminamos aceptando nuestra condición de congelados tras convencernos de que nuestra vida pende de un hilo, como si fuésemos arañas o ahorcados. Eso sí, con la banda sonora de los anuncios televisivos de fondo y los ladridos del cancerbero a lo lejos para recordarnos qué nos aguarda si osamos aflojar el nudo de nuestra soga.
Por todo ello Benedicto XVI evita hablarnos del Purgatorio en sus sermones, porque hacerlo sería tanto como situarnos frente al espejo de nuestras renuncias. Y para ese ejercicio de desnudar los falsos resortes de nuestra resignación es más útil Karl Marx que las Sagradas Escrituras. O ir al teatro. Sentarse en la butaca y dejarse envolver por una poética del purgatorio como la recreada en su obra por el dramaturgo Francisco Zarzoso, que se transforma en El mal de Holanda en toda una radiografía del engaño: purgatorio envuelto con colores del paraíso, pero en cuyo interior se destapa un infierno representado en tres actos. Allí, en la penumbra de la sala, podemos llegar a imaginar cómo no hay infierno ni purgatorio al que no le llegue su telón final, por muy eterno con que se nos imponga.