El payaso de McDonals’s o el entierro de la democracia

thang-he

Florencia no quiere que el payaso de McDonald’s se pasee por la Piazza del Duomo. Y es que el gigante de la comida rápida desentona con sus colores rojizos de kétchup junto a la majestuosidad renacentista de su catedral, de modo que su alcalde, Dario Nardello, ha decidido denegar la autorización para instalar uno de estos populares establecimientos en plena joya urbanística, arquitectónica y turística de la capital toscana. El ayuntamiento justifica la medida con una normativa que impide la apertura de locales que no ofrezcan a sus clientes productos típicos de la región. Un argumento que no parece haber convencido demasiado a la multinacional norteamericana que, según informa el diario británico The Independent, ha respondido con  un contencioso reclamando 20 millones de dólares a la ciudad por los perjuicios estimados.

Sigue leyendo

Damasco, entre Ulises y el lobo feroz

bscap0899

El relato tiene en las tradiciones orales el potente poder de la cohesión. Su desarrollo fortalece los lazos entre los individuos, refuerza las identidades y articula esa misteriosa cadena que nos conduce desde las oscuridades del ayer a las incertidumbres del mañana. Por eso la fuerza del relato no puede descansar en la sorpresa, territorio de la incógnita y el desasosiego, sino en el ámbito tranquilizador de lo previsible donde todo se repite con la misma exactitud, el mismo ritmo, la misma cadencia. Eso explica por qué, aunque conozcamos todos los detalles, nunca nos defrauda volver a escuchar un millón de veces las mismas vicisitudes de Ulises en su regreso a Itaca o la habilidad con que el cazador destripó al lobo para rescatar a Caperucita.

Estas reacciones no han quedado relegadas a los tiempos mitológicos, las exóticas geografías tribales o los plácidos momentos de los cuentos infantiles para dormir. No. La balsámica propiedad de los relatos también sabe adaptarse a estos tiempos líquidos de los mass media y los oráculos 2.0. Y así hemos podido comprobarlo en la polémica que durante las últimas semanas recorre las nuevas páginas virtuales de los periódicos y ese tamtan de las redes sociales, a propósito del ataque de Estados Unidos contra Bashar al-Assad. Un ruido mediático y social que sorprende especialmente después de tanto silencio frente a una carnicería que comenzó un remoto marzo de 2011 cuando unos adolescentes escribieron “libertad” en una perdida pared de Daraa.

Silencio frente a lo que se desconoce, se escapa de nuestras coordenadas ideológicas o, simplemente, se desprecia con la indiferencia. Un mutismo ensordecedor que contrasta con la vociferante agresividad con que hoy todos parecen acercarse al drama sirio con la recobrada seguridad de saberlo integrado en las certezas de los antiguos relatos. Es así como los informativos vuelven a abrir con las historias tenebrosas de la armas de destrucción masiva, de los ataques químicos, como si hasta ahora los miles de cadáveres surgidos del golpe, el plomo o la metralla tuvieran el consuelo de una pretendida agonía limpia. Con el relato, John Kerry recupera la seguridad anhelada frente a un Oriente Medio que la invasión de Iraq hace tiempo que hizo saltar por los aires y donde todos los protagonistas de la zona se empeñan en mover ficha por iniciativa propia para mayor perplejidad norteamericana: los teocráticos monarcas del Golfo, los teocráticos republicanos de Irán, los teocráticos socios de Tel Aviv, los emergentes turcos… y, para colmo de la desfachatez, hasta los propios pueblos árabes.

El otro relato también se viste con los elegantes ropajes, aunque en este caso los trazos están más cerca de la épica realista de Deyneka que de Walt Disney. Tras años de mutismo, por fin, la amenaza de Obama les permite lanzar a los cuatro vientos de ninguna parte el rotundo: ¡ya lo sabía yo! Y de nuevo no son pocos los que se aprestan a agarrarse al incandescente clavo de salvación de la denuncia del complot imperialista, a loar la gesta del heroico pueblo que dirigido por Assad se sacrifica en la misión histórica de frenar el sionismo y construir el pretendido socialismo panarabista con el desinteresado apoyo de mandatarios progresistas como Vladimir Putin o Ali Jamenei. Y puestos a rescatar viejas narraciones, hasta se recupera sin sonrojo las sombras del troskismo que se proyectan hacia todo aquel que no comparta tan clarificador relato, convencidos de que el fantasma de Andreu Nin trabaja hoy para la CIA en Al Qaeda.

Los viejos relatos rescatados, con sus estridencias e histrionismos, nos devuelven así por las sendas ya transitadas de la realpolitk, esa que se pinta con las sencillas pinceladas del blanco o negro. Más aún, si la leyenda de la democracia de cañonera hace mucho tiempo que sobrepasó los límites del cinismo, el idealizado mito del antimperialismo también se nos presenta cargado de no pocas dosis de patetismo simplificador. En última instancia, reaccionarios y conservadores suelen ser los pescadores que salen ganando en las revueltas aguas de estas dicotomías. Elucubraciones banales que a muchos, sean del bando que sean, les llevan a pensar que en el mundo árabe sólo cabe elegir entre la barbarie islámica y la decidida y/o democrática mano dura, venga esta de la shabbiha, de los militares egipcios, de Netenyahu o de los drones yanquis.

Eso sí, mientras todos se muestras felices tras rescatar del baúl de los recuerdos los viejos cuentos, poco importan los millares de sirios muertos, torturados, desplazados, exiliados y acorralados que aspiran a una historia propia, sin renunciar a ninguna gama de colores, incluso los tonos grises del fracaso. Pobres infelices que entre tanto desgarro han terminado por olvidar que su destino estaba definido en los episodios mil veces repetidos de un antiguo relato, como las desventuras de Ulises o el arrojo de Caperucita frente a un lamentable lobo feroz.

España y el caso de Phineas Gage

La capacidad que el azar tiene para cambiar el devenir de las cosas es una de las características más llamativas –e inquietantes- de esta ruleta rusa que se ha venido en llamar la vida. Phineas Gage, por ejemplo, se levantó el 13 de septiembre de 1848 siguiendo la misma rutina que por aquellos días le llevaba hasta su trabajo a las afueras de Cavendish, como capataz en el tendido ferroviario. Sin embargo, aquel día una insignificante chispa iba a cruzarse en su biografía para convertirle, sin él sospecharlo mientras tomaba el desayuno, en todo un referente académico para la neurociencia.

Un descuido al colocar la carga explosiva que debía permitir superar unas rocas, fue el origen de aquella chispa que provocó una deflagración que, a su vez, propulsó contra su cabeza la pesada barra de hierro que Gage utilizada en su trabajo. La pieza, de un metro de longitud, le entró por la mejilla izquierda y le salió por la parte superior del cráneo, dejándole mortalmente tendido en el suelo. Sin embargo, para sorpresa de sus horrorizados compañeros, Gage se incorporó y se dirigió a ellos pidiendo ayuda. Trasladado al pueblo más próximo, su suerte quedó en las manos del doctor Harlow que atendió sus heridas y durante las semanas siguientes supervisó su milagrosa evolución. Así, pese a las graves lesiones sufridas en el córtex cerebral, dos meses más tarde recibió el alta médica que le debía permitir retomar su vida anterior. Solo que su vida no volvería a ser como antes.

Y es que tras el accidente Gage parecía otra persona. Se transformó en un ser irascible, nervioso, blasfemo incluso, que a la más mínima contrariedad discutía airadamente con sus compañeros. Se había convertido en un hombre inconstante, capaz de mudar de planes continuamente y con una extraña habilidad para elegir siempre la peor de las opciones. La transmutación fue tal que hasta su esposa acabó por abandonarlo, incapaz de reconocer en él a quien había sido su esposo hasta el día del accidente. Su caso se convertía así en una de las primeras evidencias científicas que permitían situar el origen de la sociabilidad, las emociones y el temperamento en el lóbulo frontal del cerebro, al tiempo que demostraba como lesiones graves en esa zona podían modificar la personalidad del individuo.

En realidad, pese a la extrañeza que provocó entre quienes le conocieron la evolución del comportamiento de Gage, lo realmente sorprendente hubiera sido que alguien a quien una barra de hierro le ha atravesado el cráneo no deje patente de alguna forma su malestar. Y, sin embargo, esa curiosa indiferencia es lo que parece estar ocurriendo en España desde que la chispa de Lehman Brothers nos lanzara contra nuestro cráneo social la pesada barra de la debacle del capitalismo financiero. Peor aún si pensamos que en todos estos años no ha sido una sino infinitas las barras que nos vienen destrozando en córtex de nuestro, por otra parte, raquítico estado del bienestar. La última llegó la pasada semana con nuevos recortes sanitarios, con la conversión de los subsidios por desempleo en un escupitajo de beneficencia destinado a unos excluidos que deben asumir públicamente su condición de despojo. Vigas más que barras, que se vienen a sumar a las que ya impactaron en nuestros derechos laborales, en nuestra educación pública, en los recortes a nuestros salarios, o las que se auguran contra nuestras pensiones. Sí, lo realmente extraordinario es que los españoles no estemos más irascibles de lo que hemos demostrado hasta ahora.

Phineas Gage pasó el final de sus días exhibiéndose en circos para mostrar a los aburridos habitantes de la América profunda, las cicatrices de su cabeza y la pesada barra de hierro que le cambió la vida. También como él Mariano Rajoy parece feliz en su papel de artista invitado en este nuevo circo de los horrores donde enseña con orgullo las pesadas cargas que impactan sobre nuestras cabezas, esperando con fe el aplauso sincero de los mercados. Público, en cualquier caso, insaciable y ávido de un eterno más difícil todavía, al que el presidente del gobierno español les responde encantado con nuevos saltos mortales sobre nuestros derechos y nuestros bolsillos.

Pocos años más tarde, las secuelas del accidente acabaron por llevarse la vida de Gage y hoy su cráneo junto con su emblemática barra reposan en las vitrinas de la Universidad de Harvard. Una suerte que no parece reservada para nosotros. Porque para qué engañarnos, si no le ponemos remedio ni siquiera tendremos el consuelo de pasar a la posteridad de los museos, instituciones para entonces cerradas definitivamente por los recortes en Cultura.

La enajenación de la memoria y de los gritos

Robert Fisk nos alertaba estos días en sus crónicas sobre como Siria lleva camino de revivir la destrucción del patrimonio cultural que sufrió Irak tras la invasión de 2003. Mientras algunos siguen extasiados en el espejismo de presentar esta guerra como la supuesta última barrera al imperialismo sionista, el conflicto, que arrancó el día en que un tirano decidió encarcelar a un puñado de niños que escribían contra su nombre en las paredes Homs, ha desangrado el país con más de 20.000 muertos. Una pesadilla tan insufrible como para hacer intranscendente que el fuego, la metralla y el saqueo devasten un legado que abarca desde las ruinas de Palmira, a las fortalezas de Al Madiq, desde el templo asirio de Tell Seij Hamad a los mosaicos romanos de Apamea o a la ciudadela de Salah al Din, el mítico Saladino. Y, sin embargo, tanto los cuerpos amputados en Alepo o Damasco, como lo restos históricos desvencijados por las bombas son las dos caras de una misma y bastarda moneda: la determinación de un Bashar Al-Assad, capaz de exigir con sangre y fuego a sus súbditos que renuncien al futuro, mientras contempla impasible como se arrasa el presente y el pasado de Siria.

También en Occidente el pasado parece cada vez más una materia reservada para mercaderes como los que hoy malvenden en las trastiendas de los anticuarios de Amman o Estambul los antiguos tesoros sirios. Emprendedores de las oportunidades, ansiosos por ese negocio de la desmemoria sobre el que construir las nuevas sociedades sin futuro. Al fin y al cabo, si se especula con el hambre y los ladrillos, la deuda soberana o los despojos de Bankia, nada impide que los ávidos ejecutivos financieros transformen la historia en activos inmobiliarios. Aunque no siempre con éxito. Así pasó el pasado 15 de agosto cuando la firma Williams & Williams comprobó sorprendida cómo se quedaba desierta su subasta por 250 mil dólares de la pequeña localidad de Garryowen, en el estado de Montana. Se trataba de una extensión de 3 hectáreas, con poco más que un restaurante barato, una minúscula tienda, una oficina de correos y dos vecinos. Aunque en realidad, el auténtico valor de aquel terruño provenía de que fue allí donde, en una lejana jornada de 1876, un ejército de guerreros sioux y cheyennes dirigido por Toro Sentado derrotó a las tropas del general Custer, en una jornada que pasó a la historia como la batalla de Little Big Horm. En cualquier caso, nadie aspiró a comprarla, poniendo en evidencia -una vez más- que la historia de los perdedores siempre cotiza a la baja en el mercado global de las vanidades.

Una ley económica, en cualquier caso, bien conocida por las geografías españolas, donde la memoria y el pasado fueron muy pronto productos de saldo en este supermercado de las felicidades efímeras llamado transición democrática. Tal vez por eso la recuperación del ayer ni siquiera ha aspirado a tener en España las frías previsiones de los brokers, ni a la poética romántica de los profanadores de tumbas. Aquí, entre nosotros, el fenómeno ha terminado adquiriendo los inevitables perfiles del charlatán de feria, del viajante casposo, del tipismo grotesco donde se mezclan el olor a Anís del Mono, sangre, mierda y arena de una tarde de toros. Porque el cutrerío patrio, esperpéntico y chabacano, ha terminado cuantificado el derecho a un pasado en esos 1.600 euros que los dueños de una finca situada en la salmantina localidad de Pedrotoro, reclaman por dejar exhumar los cadáveres de una decena de fusilados. Es la definitiva privatización de nuestra memoria a precios de liquidación.

Más aún, el afán por vender nuestro rastro vivido ha terminado incluyendo también a nuestra angustia. Es así como los mortales en tránsito por la vida hemos perdido hasta el recurso del grito. Nos lo enajenó el subastador de la casa Sotheby’s, Tobias Meyer, cuando tras golpear con su martillo, proyectó sobre la sala un sonoro ¡adjudicado! durante la puja de una de las cuatro versiones que Edvard Munch pintó de la distorsionada y aterrorizada figura que encarnara con su alarido el terror cotidiano del hombre moderno. Un misterioso magnate pagó por él 91 millones de euros. Algunos creen que el comprador fue Paul Allen, cofundador de Microsoft, otros especulan que fue el millonario ruso Leonard Blavatnik, mientras que no son pocos los que apuntan hacia algún inevitable jeque qatarí. En cualquier caso, toda suposición es irrelevante. Porque lo único cierto es que hace demasiado tiempo que nos dejaron desvestidos de pasado, desnudos de futuro y, además, cada día, un poco más mudos.

El “déjà vu”, la guerra y Ecclestone

Hace tiempo que la llegada de un año nuevo superó los límites del eterno retorno para asentarse en los espacios de un perpétuo déjà vu. Todo parece ya haber sido vivido antes, y mientras Ángela Merkel nos anuncia que 2012 volverá a ser un año peor que el anterior, los tambores de guerra regresan al Golfo junto a la última versión mediática de las armas de destrucción masiva, aunque esta vez los redobles se sitúen en la otra ribera del río Shatt al-Arab, en tierra persa.

Las alarmas se han disparado en esta ocasión por los supuestos planes de Mahmud Ahmadineyad para dotar al país de armas nucleares. Esa es al menos la difusa “impresión” que tienen los expertos de la Organización Internacional de la Energía Atómica. Y aunque las “impresiones”, e incluso las “evidencias”, ya resultaron un calamitoso y sangriento fiasco en Iraq, esto no ha impedido a Israel, la única potencia nuclear en la región, poner el grito en el cielo -como viene haciendo desde el Antiguo Testamento- y anunciar su intención de emprender acciones militares contra los barbaros.

Y como no podía ser de otra forma, sobre todo en época de crisis, cuando siempre viene bien recordar a la patria, los Estados Unidos del cada vez más descafeinado Barak Obama no se han quedado atrás. Así pues, tras ampliar las sanciones contra Irán, la V Flota se ha encargado de advertir al descamisado Ahmadineyad de que no está dispuesta a consentir sus bravucadas adolescentes en forma de maniobras militares junto al estratégico estrecho de Ormuz.

Una advertencia en nombre del Mundo Libre que la Navy ha lanzado desde su principal base naval en la región, Bahréin, donde estos días seguían muriendo manifestantes en las protestas contra el absolutista monarca Hamed bin Issa al Khalifa. Los muertos ya se cuentan por decenas en este país donde se le niegan los derechos al 70% de los súbditos por el delito cultural de haber nacido chiitas y no sunitas como su rey. Un país de perfiles esquivos, que desapareció de la noche a la mañana de todos los noticiarios sobre la Primavera Árabe un lejano día de marzo cuando su monarca pidió, con las bendiciones de Occidente, la entrada de las democráticas tropas de Arabia Saudí para sofocar a sangre y fuego la revuelta de la Plaza de la Perla.

Tal vez, el ruido de la sala de máquinas de los portaviones y destructores anclados en su base de Manama, haya impedido durante este tiempo a los responsables de la Armada norteamericana oír los gritos de los manifestantes. Un estruendo de motores y válvulas que quizás también acalló sin querer las recientes denuncias de la comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Navi Pillay, exigiendo la inmediata puesta en libertad de los detenidos durante las protestas y el fin de las torturas y excesos policiales, admitidos incluso por los informes encargados por el monarca.

Claro que también es verdad que el rey ya ha puesto en marcha un ambicioso plan de reformas para que esos casos no se repitan. Así, su recién nombrado ministro del Interior, Tariq al Hassan, anunciaba estos días la inminente contratación de medio millar de policías más. Pero, sobre todo, el ministro se vanagloriaba de contar con el asesoramiento de un “super cop” como John Timoney, el mismo que dirigió aquella polémica represión de las protestas en Miami contra el Tratado de Libre Comercio que el juez Richard Margolius no dudó en calificar de vergonzasa y delictiva.

En cualquier caso, también cabe la posibilidad que todo sea una cuestión de percepción. Por ejemplo, Bernie Ecclestone no termina de creerse las acusaciones de tortura que caen sobre Bahréin. “Nos han asegurado que esto no está pasando”, declaraba a The Guardian. Así que el amigo del yerno de José María Aznar espera recaudar en abril los ingresos previstos en el Gran Premio de Barheim. Y Ecclestone es un hombre bien informado. Si no que le pregunten por Francisco Camps. En fin, lo dicho, ¡cuanto déjà vu!.

El insecto perfecto de Abu Ghraib

"Abu Ghraib", serie de Fernando Botero

Introducir al prisionero en una caja de confinamiento: hasta ocho horas, si el sospechoso tiene espacio suficiente para sentarse, no más de dos, si las dimensiones del habitáculo a penas alcanzan las de un ataúd. La privación del sueño no excederá las 72 horas. Las duchas frías no superarán los 20 minutos si la temperatura del agua es inferior a 5 grados. La inmersión del cautivo en la bañera se limitará a doce segundos y su aplicación no podrá prolongarse más de dos horas en un día, ni más de treinta días seguidos.

Así de minuciosa es la descripción de los suplicios que recogen los manuales de la CIA para Iraq o Afganistán. Los instructores no sólo consiguen con ello  llevar al detenido hasta esa frontera última que le separa de la locura o de la muerte. También permiten al ejecutor, civil o militar, alejarse de la más leve incomodidad ética del torturador para identificarse como un meticuloso relojero de las angustias humanas. Incluso posibilitan ir un poco más allá"Abu Ghraib", serie de Fernando Botero, pues la lógica del martirio no se conforma  con burócratas artesanos del quebranto; necesita que el funcionario desaparezca sin dejar huella, que se metamorfosee  en “insecto perfecto”, como aquellos grises inspectores policiales que despreciaba Jean Genet.

El artrópodo se transforma así en el elemento clave de la tortura y las recomendaciones del manual son precisas al respecto: el detenido nunca debe saber si el insecto introducido en su caja de reclusión es una inofensiva oruga o una Viuda Negra, ni si su picadura es mortal o dolorosa. Para garantizar la efectividad del tormento es imprescindible que el detenido no vea la amenaza,  solo tiene que intuirla en la ceguera de su encierro, aunque la causa de su terror ni siquiera exista.  El torturador se des"Abu Ghraib", serie de Fernando Boterovanece entonces y, transmutado en obsesión, es ahora la propia víctima la encargada de aplicarse el suplicio.

El mecanismo consigue así su perfecta perversión. El modelo se reproduce con la misma eficacia en Abu Ghraib, en Bagram, en Guantánamo o en la CNN. Solo exige que el cautivo sea reducido a la invidencia, lo que hace imprescindible que, desde su detención, una capucha o una venda mantenga velada su mirada. Por eso, también, el general David Petraeus y el secretario de defensa Robert Gate han aconsejado a Barak Obama que, siguiendo las instrucciones, se custodien en secreto las fotografías del horror. Ocultarlas de la vista para anclarlas en el imaginario del ciudadano anónimo. Y una vez adheridas a los pliegues más remotos de nuestro sistema límbico, la sospecha de su existencia nos acechará como un gigantesco insecto articulado dentro de los estrechos márgenes de nuestro confinamiento cotidiano. Siempre dispuesto a saltar sobre nuestro pánico en el improbable caso de que intentáramos la fuga.