La memoria olvidada

Alfons Cervera
Alfons Cervera, autor de “Yo no voy a olvidar porque otros quieran”.

Nos dice el Diccionario de la Real Academia en su primera acepción de la palabra memoria que esta vendría definida por la facultad psíquica que nos permite retener y recordar el pasado. También nos recuerda en otra que para la filosofía escolástica se trata de una de las potencialidades del alma. En total, el diccionario contempla catorce acepciones y, aunque en alguna de ellas no faltan referencias indirectas a significados que superan la básica relación entre una persona y el pasado, lo cierto es que la academia restringe nuestra relación con el ayer al mero ámbito del individuo.

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De la moción de censura a la loción de ternura

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Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

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Rajoy y los noruegos

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Mariano Rajoy, como buen gallego, se siente a gusto en esos territorios indeterminados en los que ni se va ni se viene. Ignoro por qué lo gallegos tienen esa peculiaridad. Tal vez sea por la acumulada inmigración sobre sus espaldas, que les hizo confiar más en los trayectos que en la dirección final de sus destinos. O su condición de habitantes del Finisterre, ese confuso espacio de encuentro entre lo que empieza y lo que termina que desorienta nuestros sentidos. Lo cierto es que, sea la causa que sea, los gallegos son así y Rajoy no iba a ser la excepción.

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El pestilente recuerdo de Moby Dick

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Lola López, Pep Ricart y Miguel Lázaro en la representación de “Ultramarins”. Foto Jordi Pla.

El 29 de diciembre de 1954 tenía lugar en el varadero de la Compañía Carbonera de Las Palmas una extraña botadura. No se trataba ni de un buque mercante, ni de un navío de guerra. Lo que la señorita Amalia Guillén, la inevitable hija del gobernador civil para este tipo de acto, bautizó aquel día estampando una botella de champán contra su casco era una ballena. Y no una cualquiera, no. Era La Ballena Blanca, un artificial monstruo marino construido sobre la estructura de un viejo barco-aljibe para dar vida a la mítica Moby Dick, cuyas últimas escenas estaba filmando por entonces John Huston junto a la costa canaria. Con ella y la tranquilidad de las aguas del archipiélago, Huston, Gregory Peck y el resto del equipo confiaban en poder finalizar el rodaje después de que sus dos “ballenas” anteriores, impulsadas por la fuerza de los temporales, se hubiesen dado a la fuga en mares más bravíos como los galeses. Sigue leyendo

La inmortalidad

bergmanLa prueba definitiva de que la Navidad ablanda los corazones es que hasta el PP ha encontrado un hueco estos días para preocuparse por los problemas sociales. Pero no por cualquier problemilla de poca monta como la precariedad, la pobreza o las desigualdades. Esos no son más que excusas improvisadas por perroflautas para malmeter contra las acertadas recetas económicas que dios nos manda, como pedagógicamente diría nuestro presidente Rajoy. No, los populares no son amigos de andarse por las ramas y puestos a señalar problemas sociales prefieren ir a lo fundamental. A la madre de todos los problemas, vamos. Y esa no es otra que el envejecimiento de la población. Sigue leyendo

Patrimonio de la Humanidad

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Valencia, como París, fue una fiesta. Y no era para menos. La noticia llegaba de Addis Abeba y corría por el Cap i Casal con más fuerza que la riuà del 57: la Unesco declaraba a las Fallas todo un Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Así que, por fin, nuestra atávica fiesta del fuego alcanzaba la misma categoría que la cerveza belga, el merengue dominicano, la cultura charra mexicana o la rumba cubana, de luto esta última por la muerte de Fidel e imposibilitada por ello de dar rienda suelta a la alegría como en las calles valencianas. O si se prefiere, a la altura del Misterio de Elx, el Tribunal de las Aguas o la Mare de Deu de la Salut de Algemesí, patrimonios patrios anteriormente admitido que, en cualquier caso, difícilmente están tan arraigados en el ADN de esta tierra de las flores, de la luz y del amor como la algarabía que envuelve a nuestras fiestas de Sant Josep.

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