La información, el otro frente de guerra en Ucrania


Todas las guerras se libran a sangre y fuego. Pero no solo. También lo hacen a golpe de palabras, imágenes, discursos. Y es que, como destaca el catedrático de Periodismo de la Universidad Complutense de Madrid, Alejandro Pizarroso, en todo conflicto bélico, el control de la información y la propaganda se convierten en “un arma de guerra, muchas veces más eficaz que otras armas”. Por eso no es extraño que el pasado 1 de marzo, las fuerzas rusas bombardearan la torre de la televisión ucraniana en Kiev, del mismo modo que, en 2021, los misiles israelíes impactaron sobre la sede la agencia de noticias AP y del canal de televisión Al Jazeera en Gaza, o, en 1999, aviones de la OTAN lanzaron sus bombas contra las instalaciones en Belgrado de la televisión serbia.

Ese uso persuasivo de la información, destinado a minar la moral del enemigo mediante la guerra psicológica, pero también a imponer una cohesión social bélica en la retaguardia de las distintas partes implicadas, directa o indirectamente, en los conflictos, genera un campo de batalla comunicativo más sutil pero no menos peligroso que la línea del frente. Entre ambas campos de batalla, el de las explosiones y las balas y el de la información sesgada, la desinformación y la propaganda, tendrá que moverse una figura no menos clave en todo conflicto: el corresponsal de guerra.

Víctor García Guerrero, corresponsal de RTVE recién llegado de Ucrania, destaca la necesidad que el periodista tiene al desempeñar su trabajo de ser consciente de esa guerra abierta por la información. “El arma de la información está siendo utilizada por Rusia, pero también por Ucrania y sus aliados. No creo que debamos afrontar este hecho con escándalo o sorpresa, sino con naturalidad, y adoptando por tanto las medidas de precaución debidas para evitar que nuestro trabajo resulte excesivamente afectado por los intereses de los contendientes, más preocupados por ganar la guerra que por el derecho de los ciudadanos a recibir una información veraz”, señala.

Durante su labor informativa en Ucrania, García Guerrero afrontó ese contexto con “resignación y tratando de sortear las múltiples trampas que puede haber para elaborar una información veraz”. En este sentido, destaca su empeño por utilizar fuentes diversas, vinculadas a los dos contendientes, así como observadores menos marcados por sus intereses. “Eso no los convierte en objetivos, pero sí en menos sospechosos”, comenta.

Asimismo, subraya la necesidad de “poner en cuarentena” las informaciones más espectaculares, “no porque no crea que los bandos en disputa no sean capaces de brutalidades o excesos, sino porque su rival puede tener el mayor interés en mostrar al enemigo como un ser despiadado en todas las circunstancias”. En ese sentido, “procuro evitar los mensajes o informaciones con una sobrecarga de dramatismo, porque considero que hay un interés por captar mi atención o la del espectador/lector en general que no tiene por qué responder a un intento de informarle con honestidad sino de impactarle en un sentido o en otro”, afirma el periodista.

En esta pugna por controlar la información, la censura es el recurso más primario para asegurarse esa subordinación al discurso oficial de las partes implicadas. En Rusia, por ejemplo, se ha prohibido el uso de la palabra “guerra” para referirse a un conflicto que el gobierno de Vladimir Putin ha bautizado eufemísticamente como “operación especial”. También está vetado y castigado cualquier comentario o información crítico con las fuerzas armadas. Esto ha provocado la detención de miles de manifestantes contrarios a la invasión y el cierre de medios independientes. Pero las medidas represivas no se limitan al Kremlin.

En la Unión Europea se han prohibido las emisiones de los medios rusos, como la cadena Russia Today, y en Polonia permanece detenido el periodista español Pablo González, que se enfrenta a una posible condena de diez años de cárcel por un supuesto espionaje para Moscú, aunque las autoridades polacas siguen sin hacer públicas las pruebas en que basan su acusación. En Chequia, otro país de la UE y la OTAN, su fiscal general, Igor Stríz, advertía en un comunicado de que cualquier apoyo a la postura rusa puede penarse con hasta tres años de cárcel.

Pero tanto o más importante que limitar aquello que no se puede decir en la guerra de Ucrania es fijar el marco de lo que se debe decir. Es la batalla por el relato. Vladimir Putin ha desplegado para ello cuatro líneas argumentales clave: la defensa de la población rusa de las regiones de Donetsk y Luhansk; la idea de la Gran Rusia, que cuestiona la propia existencia de Ucrania; la supuesta “desnazificación” de Ucrania, que enlace con la memoria colectiva de la Gran Guerra contra el nazismo, y la expansión al este de la OTAN como desencadenante del conflicto.

Pese al carácter ultranacionalista de su discurso y los vínculos de Putin con la ultraderecha occidental, los dos últimos argumentos tienen para Moscú el valor añadido de conectar con la sensibilidad de una parte de la izquierda social europea. Por su parte, las cancillerías occidentales han optado por un discurso más simple, pero efectivo: demonizar al adversario. No es extraño, en este sentido, que el alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, Josep Borrell, resucite aquel “eje del mal”, lanzado en 2002 por George Bush tras los atentados de las Torres Gemelas, y califique como la “fuerza del mal” a la Rusia de Putin.

Ese discurso oficial hegemoniza, a juicio de Alejandro Pizarroso, la información que se está difundiendo de la guerra de Ucrania. “El inicio de la invasión me pilló en México y allí, incluso en medios norteamericanos, aunque también la información era mayoritariamente favorable a Ucrania, al menos encontrabas perspectivas críticas con la postura de Estados Unidos. Por eso, cuando llegué a España y vi cómo todos los canales europeos utilizaban incluso la misma jerga, me encontré con un grado de propaganda que me sorprendió por completo”, afirma.

En este sentido, el catedrático de la Complutense no se extraña por medidas polémicas como la prohibición de las emisiones de Russia Today: “Pensemos en los conflictos de los últimos treinta años, pensemos en Iraq o en Serbia, ¿qué nos llegaba aquí de las emisiones de Sadam Husein o Milosevic? Aquí no llegaba nada. Ahora el enemigo es Putin y toda la Unión Europea en su conjunto, y particularmente la OTAN, ha decidido no darle ninguna cancha informativa”, subraya.

Javier Valenzuela, corresponsal de El País en el Líbano y en guerra irano-iraquí de los años 80, también se muestra crítico con la decisión de prohibir las emisiones de los canales rusos. “Si la opción es censurar a quien no sigue la línea oficial y hacer propaganda en vez de informar, estamos empezando a vender nuestro alma democrática y, en consecuencia, nos estamos pareciendo cada vez más a ese monstruo que decimos combatir”, afirma. A su juicio, la situación es muy grave porque “en la guerra de Ucrania el periodismo está siendo derrotado por la propaganda”. Para Valenzuela, esa derrota se estaría materializando en dos hechos: “Por un lado, una difusión machacona de una determinada visión del conflicto y, por otro, una comercialización de la guerra como espectáculo”.

El fenómeno, en su opinión, no es nuevo. “Yo creo que la guerra del Vietnam la ganamos los periodistas frente al Pentágono y desde entonces el Pentágono y similares han ido ganando los conflictos”. En este sentido, considera que Colin Powell aprendió la lección de Vietnam y cuando empezó las guerras de Iraq inventó el mecanismo de que fuesen los militares y los gobiernos los primeros en dar la información, antes que nadie. «También en fijar el marco, antes que nadie: en Irak, Sadam Hussein es un monstruo, ahora Vladimir Putin es un monstruo. Monstruos utilizados para convertirlos en odiosos para el espectador que está cenando en su sofá y viendo el telediario”.

Pero no solo los ejércitos y los gobiernos son responsables de la forma en que se está informando de la guerra. También los propios periodistas y los medios tienen su responsabilidad. Al respecto, Javier Valenzuela destaca las diferencias entre su experiencia en Oriente Medio y la forma en que hoy se afrontan los conflictos. “En aquella época los corresponsales de guerra no éramos exhibicionistas. Para empezar íbamos sin esa parafernalia bélica de cascos y chalecos antibalas y teníamos claro que nuestros problemas para ejercer el trabajo, las amenazas, las detenciones, los tiroteos, todo eso no era noticia. Partíamos de la idea de que el corresponsal no era el protagonista sino solo un testigo de los hechos”, destaca. Por el contrario, “ahora creo que estamos en los tiempos del narcisismo, del exhibicionismo y de Instagram, y el corresponsal es en sí un espectáculo teatral que se pone en escena”.

También el tipo de cobertura que los medios dan a los conflictos ha cambiado, según Valenzuela: “No tendíamos a dramatizar, nuestro objetivo era contar los hechos y no conseguir pornografía emocional de madres huyendo con niños en brazos. Además, tú no ibas a cubrir nada si antes no habías leído unos cuantos libros y las mejores crónicas, artículos y reportajes sobre ese conflicto y ese país. El periodista procuraba estar muy documentado sobre las causas y antecedentes del conflicto. No se le limitaba a la instantaneidad siempre espantosa de la guerra, no buscaba esa teatralidad y esa pornografía emocional, sino que intentaba explicar a sus lectores las causas y las consecuencias de ese espanto”.

Un distanciamiento del periodista con el que coincide Víctor García Guerrero. Algo que, en su opinión, obliga al corresponsal a mantener un equilibrio entre su implicación personal ante la dura realidad que le envuelve y su labor como informador. “Es en estas circunstancias cuando más importante y necesario resulta buscar ese equilibrio”, comenta. “Eso no significa ser neutro ante los crímenes de guerra, por ejemplo. Todo lo contrario. Y precisamente para darles el valor que tienen, y para que se haga justicia cuando corresponda, no creo que se deba caer en un tipo de periodismo que considere que todo lo que hace determinado contendiente es un crimen de lesa humanidad, pues eso lo que hace justamente es banalizar el delito”. Por ello, destaca que la implicación personal y profesional del corresponsal debe ser siempre “con la veracidad de la información, con la realidad humana y social que vemos y con el espíritu crítico ante unos poderes, cuyo objetivo, por encima de cualquier otra consideración, es ganar la guerra o, al menos, no perderla”.


Publicado en El Salto

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: