De la moción de censura a la loción de ternura

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Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

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Yo también quisiera indignarme

Ilustración de Evelio Gómez
Ilustración de Evelio Gómez

Miles de españoles y españolas desearían poder indignarse porque la sentencia de la Corte Europea de Derechos Humanos deja libres a los asesinos de sus seres queridos después de haber cumplido una condena legal. Pero no pueden. De hecho, miles de españoles y españolas se conformarían con haber visto juzgados alguna vez a los verdugos de sus padres, tíos o abuelos, pero nunca los vieron. Incluso algunos se conformarían con que los criminales admitieran su drama y pidieran perdón. O, más aún, miles de españoles y españolas se conformarían con saber dónde están enterradas sus madres, tías o abuelas. Pero no lo saben o no pueden buscarlas.

No pueden porque aquellos asesinos, que empezaron a matar en 1936 y no dejaron de hacerlo de forma oficial hasta 1975 (y extraoficialmente algunos años más tarde), nunca fueron condenados, ni juzgados, ni pidieron perdón, ni identificaron los lugares donde yacen sus millares de víctimas con el rostro desencajado por el tiro de gracia. Tragarse todo ese dolor, después de haber soportado todo aquel terror, fue el sacrificio máximo que se exigió a esos millares de españoles y españolas en nombre de una concordia cívica sobre la que levantar una escuálida y amnésica democracia.

Paradójicamente, los mismos que calificaron de modélica transición aquella abnegación de los perdedores de la guerra civil y de todas las víctimas del franquismo, los mismos que se niegan a condenar la dictadura, con una altanería que en Italia o Alemania podría acabar en los tribunales, se encargan hoy de azuzar el resentimiento a propósito de la sentencia que anula la doctrina Parot. Poco importa para ellos que los asesinos hayan sido juzgados y hayan cumplido con creces su condena legal, ni que ETA haya entrado en la irreversible senda de la desaparición, ni que la izquierda abertzale reafirme día a día su apuesta por la vía política, ni que Arnaldo Otegi –encarcelado sin haber cometido un solo delito de sangre y dirigente clave en el cambio de rumbo del entorno abertzale- haya pedido perdón a la víctimas.

En realidad poco importan para algunos, ni tan siquiera, las víctimas. Ellas, como las víctimas del franquismo, o las de los GAL, el 11M o las del crimen de Alcacer, tienen todo el derecho individual a sentir rabia, indignación, resentimiento e, incluso, odio en sus entrañas. Pero cuando esos sentimientos, humanamente comprensibles, se convierten en material prefabricado para carnaza en el rio revuelto de los pescadores oportunistas, el resultado es nauseabundo. Y es que lamentablemente para la derecha española, política y mediática, las víctimas de ETA se han convertido en el salvavidas democrático al que aferrarse y ocultar su, en el mejor de los casos, ambigua relación con cuarenta años de dictadura. Peor aún, la violencia de ETA les ha permitido durante estos años legitimar las contradicciones mezquinas de la propia transición al proyectar y equiparar éticamente como “victimas del terrorismo” a Melitón Manzanas, Carrero Blanco o Ricardo Saéz de Ynestrillas con Miguel Angel Blanco, Manuel Broseta o Ernest Lluch. Así, unas veces como reclamo ideológico y otras como reclamo electoral, las víctimas pueden acabar, cegadas por su dolor, siendo víctimas de su victimismo.

Hace ya casi cuarenta años miles de españoles y españolas tuvieron que aceptar una condena de olvido a cambio de un proyecto de convivencia en paz. Hoy no esperan ver juzgados a los asesinos de sus seres queridos, ni confían en que el Gobierno extradite a los torturadores que reclama la justicia argentina. Solo aspiran a poder reivindicar con orgullo la memoria de sus muertos –asesinados por defender o aspirar a construir un régimen democrático- y, si es posible, enterrar sus huesos en una tumba digna. Las llamadas víctimas del terrorismo nunca han sido olvidadas por el estado ni la mayoría de la sociedad democrática, han visto juzgados y sentenciados a los responsables de su duelo y nadie cuestiona su derecho a la memoria. De ellos depende si quieren aportar su dolor para, como ocurrió entonces, construir esa nueva sociedad democrática que este país necesita con urgencia.

Cuatro años sin más muertos y el adiós a las armas definitivo de ETA supone una oportunidad irrenunciable para asentar las bases democráticas de un nuevo país integrador que todos los habitantes de estas tierras, viejas y castigadas, tanto necesitamos en estos tiempos de zozobra. En cualquier caso, ellos tienen derecho a no participar de este viaje que podemos iniciar colectivamente. Eso sí, a quienes no podremos perdonar nunca es a todos aquellos que pretenden utilizar su luto para frustrar nuestras esperanzas.

Perdónalos porque no saben lo que hacen

Hasta el rey está dispuesto a pedir perdón para poder seguir cazando
Hasta el rey está dispuesto a pedir perdón para poder seguir cazando

Muchas cosas iban a cambiar desde el día en que, según cuentan, alguien que afirmaba ser el hijo de Dios pronunció en su trance de muerte aquellas palabras: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Antes, Yhavé -el presunto Padre- podía permitirse el lujo de desahuciar del paraíso sin contemplaciones a una pareja de infelices por sucumbir a la inocente tentación de comer una manzana. O divertirse exigiendo a Abraham que matase a su hijo, sin tener que excusarse luego cuando le reconociera que solo era una broma. Pero el dia en que Jesús -el supuesto Hijo- dicen que dijo lo que dijo, ese día todo cambio al colarse el perdón en la psicología humana y en la Historia. Perdón en su doble virtud, la que reconoce la humildad de quien lo reclama y la que corona con la grandeza de la generosidad la frente de quien lo concede.

El impacto de este síndrome del perdón, como lo podríamos llamar, se ha dejado sentir con especial incidencia, por motivos obvios, en los países de tradición cristiana y en especial los católicos. Lo podemos comprobar en España, donde los siglos de cilicio y sacristía nos han dejado esta inclinación moralista a la indulgencia con la que evitamos el duro y laico ejercicio de la crítica y la autocrítica. Frente a la asunción de responsabilidades, en fin, resulta mucho más reconfortante creernos merecedores del perdón, o dispuestos a concederlo, si pensamos como el presunto Mesías que el pecador no sabía(mos) lo que hacía(mos).

La iniciativa de un grupo de militantes socialistas de grabar un video solicitando la clemencia social es una buena muestra de ello. Se trata sin duda una propuesta bienintencionada, surgida de la más absoluta buena fe, con la que quieren demostrar su arrepentimiento ante el supuesto viraje ideológico de Zapatero y su gobierno, desbordados por una crisis que, afirman, no supieron calibrar. Sin embargo, el video no muestra la misma compunción por la deriva política que el PSOE venía arrastrando desde mucho antes, desde aquellos lejanos tiempos del OTAN, de entrada no, a las patadas en la puerta de la Ley Corcuera o a las incitaciones al enriquecimiento de Carlos Solchaga. Sin pequeños detalles como estos parecería que la pesadilla neoliberal hubiera llegado a la socialdemocracia española como un batacazo inesperado, el mismo que llevó a San Pablo a abrazar la nueva fe tras caerse del caballo.

No menos sintomática es, igualmente, esa insistencia en vincular cualquier posible superación de la violencia en Euskadi a la sincera humillación de la izquierda abertzale pidiendo público perdón. En este sentido, algunos destacan las gestos de Pernando Barrena o Ornaldo Otegi mostrando su pesar por el sufrimiento causado desde sus filas, por sus palabras u omisiones, a las víctimas de la violencia de ETA. Gestos insuficientes para otros, la fiel infanteria de Mayor Oreja e Intereconomía, siempre dispuestos a no descansar hasta ver como los 276.989 votantes de Sortu demuestren su arrepentimiento flagelo en mano y, si es posible, entre rejas. Un rigor de los sectores de la derecha española, incluso los supuestamente más moderados, que paradójicamente constrasta con su rotunda negativa a pedir perdón por los cientos de miles de fusilados, encarcelados, represaliados y exiliados que generó su Glorioso Movimiento Nacional del 18 de julio, ese de cuya herencia tan orgullosos todavía se sienten.

Tal vez por eso, el PP trata de compensar su rechazo a condenar el franquismo con una entusiasta inclinación a otorgar el perdón. Gesto misericordioso que, obviamente, es sabiamente dirigido a quien realmente se lo merece. No a los intransigentes abertzales, claro. Ni a los extremistas antisistema capaces de arruinar con el desespero de una pedrada la nerviosa confianza de los mercados financieros. No, para el gobierno de Mariano Rajoy la absolución de los pecados queda reservada -lo estamos viendo en cada Consejo de Ministros- para los policías torturadores, los empresarios defraudadores o los prevaricadores inmobiliarios. Ya se sabe, pobres infelices que si en algún momento cayeron en la tentación fue, sencillamente, porque no sabían lo que hacían.

¿Y para el resto? Pues, bueno, para el resto, si no logran demuestrar suficiente aflicción, el comisario Igusquiza se encarga de entrenar a sus chicos de las Unidades de Intervención de la Policía. Con rigor y dureza, para que sepan estar a la altura de las circunstancias.

De elecciones, cifras y cucarachas

La ontología política suele distinguir tres tipos de categorías: la verdad, la mentira y las estadísticas. Estas últimas conforman una realidad viscosa, maleable, en la que la cuantificación se encarga de adaptar matemáticamente la cotidianidad a las formas más caprichosas y extravagantes aunque siempre, eso sí, proporcionales a las necesidades inmediatas de quien contrata el análisis y al analista.

Un fenómeno similar ocurre habitualmente con la interpretación de los resultados electorales, todo un arte cercano a la interpretación de la Cábala, capaz de transformar los resultados más variopintos en éxitos o fracasos amparados por la lógica implacable de la Ley d’Hont. De este modo, Mariano Rajoy puede mostrarse feliz por considerar que la pérdida de 135.493 votos gallegos es la muestra inequívoca del respaldo a sus políticas. O Alfredo Pérez Rubalcaba –con el permiso de Carmen Chacón o Tomás Gómez– podrá presentar los 230.817 votantes que a ritmo de muñeira dijeron adiós con el corazón al pragmatismo socialiberal, en un mensaje del que la ejecutiva de turno se encargará de tomar nota en espera de que pase el temporal.

Con todo, son pocos los que parecen preocuparse por estos desaparecidos, ciudadanos desertores de las filas de los partidos de bien, que huyen hasta las líneas enemigas de la disidencia nacionalista o se sumergen en la realidad ectoplásmica de la abstención y el voto blanco o nulo que en la cita gallega la nada despreciable cifra de 908.560 almas en pena. De hecho, su abandono silencioso casi es recibido casi como agua de mayo por los expertos en demoscopia.

De hecho, para los expertos resultan más impertinentes las presencias que las ausencias. Fastidios numéricos como esos 279.989 irresponsables capaces de votar a Bildu en lugar de mostrar su alivio porque Orlando Otegui siga en prisión. O anomalías aritmética como esos 1,9 millones de despistados mamíferos bípedos de entre 15 y 29 años que actualmente pululan por las calles españolas pavoneándose de ser la generación ni-ni, responsables según los últimos estudios de un gasto anual de 15.700 millones de euros.

Claro, que en este último caso tampoco hay que precipitarse en las valoraciones. Antes habría que poder determinar cuántos de ellos no son obedientes súbditos capaces de aportar su granito estadístico y electoral a los buenos resultados del gobierno. No en vano, para los avanzados alumnos de la Escuela de Chicago que están terminando de tapiar el callejón sin salida de nuestro Estado social, su perfil no deja se ser potencialmente interesante cuando se transforma en un ni protesta, ni molesta: una legión de desheredados felices de tragar los sapos y culebras de los recortes, capaces de seguir aguantando con docilidad ciega el siguiente sacrificio. En realidad, para los pupilos póstumos de Milton Friedman, el ciudadano ideal sería aquel decidido a emular la determinación de Edward Archbold.

Este joven vecino de Deerfield Beach, en Florida, supo intuir la afición de su amigo por las serpientes en una oportunidad de negocio seguro. Si lograba ganar la serpiente pitón que ofrecía una tienda de mascotas, podría vendérsela a su amigo pro más de 800 dólares libres de impuestos. Para ello sólo tenía que superar la sencilla prueba fijada por el establecimiento: comer el mayor número de cucarachas y gusanos vivos posibles, todos de buena calidad, obtenidos en los mejores criaderos. Y Archbold se entregó al reto con la ilusión de quien persigue una quimera, convirtiendo su proeza en una fiesta jaleada por quienes acudieron a contemplarla.

Hasta que, por fin, tras lograr alzarse con la victoria y disponerse a recoger el preciado ofidio, las primeras arcadas comenzaron a luchar por superar la barrera de su boca. Luego se desplomó ante la mirada atónita de quienes poco antes le vitoreaban para, poco después, terminar muriendo entre vómitos y espasmos. Una defunción que, en cualquier caso, pasó  desapercibida a los elaboradores de estadísticas y analistas electorales que, oportunamente, consiguieron omitirla en su siguiente informe.

Adiós a las armas

Todas las guerras comienzan con un primer disparo y terminan con un desfile. La mayoría de las veces, ese epílogo toma la forma de una marcha marcial, de un  estruendo castrense de botas anunciando que el final de la batalla dio paso a un tiempo de victoria. Pero en otras ocasiones, el adiós a las armas se transforma en una explosión de besos y flores, de alegría desbordada por las calles y plazas, de liberación compartida.

La renuncia a las armas anunciada por ETA esta semana supone la conclusión del último conflicto armado que perduraba en Europa. Tras esta decisión, los grandes partidos de Estado se apresuraron a improvisar cánticos sobre la victoria de la democracia, arengas sobre el  fracaso de los violentos. Sin embargo, tras tan complacientes proclamas ningún desfile puso colofón a esta larga guerra, ni las calles se llenaron de civiles abrazos y carcajadas de felicidad. Por el contrario, fueron decenas de miles de los supuestos derrotados quienes dejaron constancia de su presencia por las aceras y avenidas de Bilbao. Un hecho nada banal que refleja las paradojas de un conflicto que se ha prolongado durante casi medio siglo, plagado de intransigencias compartidas que todavía deben ser resueltas.

Asumir la existencia de las víctimas será una de las primeras tareas por resolver. De todas las víctimas. Los medios oficiales reiteran estos días los más de 800 fallecidos a manos de la banda armada. Pero las estadísticas del sufrimiento suelen omitir otros 500 ciudadanos muertos. Son las víctimas de la represión estatal o paraestatal desde tiempos del franquismo. Igualmente, será preciso admitir como injustificable la angustia sufrida por cientos de personas que se presentían  objetivo de un disparo en la nuca, de una bomba lapa en los bajos del coche. Pero ese padecimiento no debe relativizar ni menospreciar el experimentado por otros cientos de personas detenidas pese a no pertenecer a ETA, la mayoría puestos en libertad sin cargos tras pasar días incomunicados en comisarías y cuarteles, algunos de funestos recuerdos para los derechos humanos. Ni considerar simples anécdotas para la democracia la clausura de periódicos, o la limitación de los derechos y libertades de miles de ciudadanos, o la vigencia de una doctrina Parot, auténtico estado de excepción penitenciario. Asumir toda esta capacidad de generar sufrimiento en el otro, sea quien sea ese otro, será tarea ineludible para avanzar con firmeza en los nuevos capítulos de la paz.

Porque la paz no es una bonita foto fija para la posteridad. Es, ante todo, un complejo y difícil proceso en  construcción. Confundirla con la ausencia de conflicto es un error nada inocente y, a estas alturas, imperdonable. Porque la realidad es por definición contradicción y conflicto, por mucho que algunos traten de ocultarlo tras supuestos absolutos intemporales, sean estos la patria vasca o la democracia. Ni una ni otra existen como entelequia.  Solo podemos vivirlas en el aquí y el ahora, como una construcción colectiva y necesariamente inacabada. Que esa construcción sea integradora y real es el anhelo que debería guiar los pasos que comenzamos a andar esta semana.

La tentación por dejarnos seducir ante posturas retóricas y numantinas es, pues, el mayor peligro que tendremos que afrontar. Evitarlo nos mantendrá a salvo de los salvadores irredentos de cualquier patria que, seguro, nos saldrán al paso. Pero, también nos protegerá de aquellos mezquinos que durante todos estos años han hecho de la existencia de los bárbaros la legitimación y coartada de sus mediocridades. El camino no será fácil, pero es urgente e ineludible atreverse a andarlo. Solo así puede que alcancemos un día en que al adentrarnos por las plazas y calles de nuestras ciudades, nos encontremos con la hermosa sorpresa de encontrarlas desbordadas de risas y besos festejando la paz.

Las cortas piernas de la democracia

Arnaldo Otegi no tiene quien le escriba.  Manuel Fraga, por el contrario, sí. De ello se encarga José Bono, el presidente más católico, apostólico y romano del Congreso que ha surgido de la bancada autoproclamada socialista. No es una casualidad que el castizo político castellano alabe la figura del incorrupto gallego y considere mezquino no reconocer al ex ministro franquista como “un gran español y un hombre de bien”. Como tampoco es casualidad que a Otegi le acaben condenando a diez años de cárcel, junto con Rafa Díez Usabiaga, Sonia Jacinto, Arkaitz Rodríguez y Mirem Zabaleta, poniendo así piedras en el camino a un proceso de normalización política en Euzkadi que parecía incuestionable.

Algunos preferirán achacar el reconocimiento a Fraga a las inclinaciones casposas del ex presidente de Castilla-La Mancha, excepción que confirmaría la regla de un PSOE que pretende encarnar desde la década de los 80 la imagen de una España moderna mediante un coctel de progresismo que combina unas gotas de Europa con un chorreón de Alianza Atlántica, unas cucharadas de social-liberalismo y unas rodajas de movida madrileña. En realidad, la monarquía bipartidista surgida de la Transición lleva en su esencia este sincero agradecimiento a los herederos políticos de la dictadura, después de que aquellos jóvenes socialistas optaran en Suresnes por dejar de ser ambas cosas y convertirse en hombres de Estado. Por ello, no es extraño que un intelectual como Gregorio Peces Barba, a quien El País presenta como exponente de la “socialdemócrata” en el partido, no dudara hace solo unos día en arremeter desde las páginas de ese mismo periódico contra el movimiento 15M, al tiempo que rechazaba las críticas a personajes como Martín Villa, responsable político, junto con Fraga, del ametrallamiento de obreros en Vitoria en el año 76.

Detrás de estos comportamientos se esconden, en definitiva, las limitaciones democráticas del vigente sistema político, ése cuyo espíritu encarna un cada vez más viejo monarca, que en su juventud no dudaba en fotografiarse junto al Caudillo cada vez a que alguna sentencia de muerte desataba la indignación internacional. Un sistema asentado sobre una derecha que, más allá del rédito electoral del discurso antiETA, ha buscado en los últimos tiempos convertir a una genérica noción de “víctima del terrorismo” en una carta de presentación liberal, que supla sus carencias antifranquistas y su distanciamiento del pensamiento democrático republicano español. Una apuesta ideológica a la que se ha sumado sin muchas matizaciones un partido socialista acomplejado y ausente en gran media de la lucha por las libertades en los tiempos difíciles de la dictadura. Por eso, mientras los defensores de la firmeza democrática contra los “violentos” rechazan con grandes palabras la pretendida equiparación entre víctimas y verdugos, su defensa sin matices termina otorgando el mismo rango moral a Manuel Broseta que  al torturador Melitón Manzanas, a Ernest Lluch o Miguel Ángel Blanco que al golpista Ricardo Sáez de Ynestrillas.

Esta es, sin duda, una de las principales razones por la que le resulta insoportable a la derecha española la perspectiva de una salida negociada capaz de superar las causas que generaron la violencia en Euskadi. Un reto que pasaría por considerar inadmisible el más mínimo sufrimiento humano por causas políticas, con independencia del bando donde se halle quien lo padezca. Pero que también debería  asumir la perspectiva de avanzar hacia un modelo democrático donde cualquier opción política pueda ser no solo legalmente defendida sino, también, efectivamente si la mayoría social así lo estima. Una paz que solo así podría aspirar a convertirse en un gran homenaje colectivo a todas las víctimas del conflicto. Un objetivo que hasta esta semana parecía estar a solo un pequeño paso, como el que en su día se atrevieron a dar sin complejos ingleses e irlandeses, sudafricanos blancos y negros,  y tantos otros.

Por desgracia la derecha sociológica española sigue espantada ante esa perspectiva y se empeña en seguir defendiendo los límites de un sistema político nacido con muy cortas piernas democráticas. No es extraño, pues, que cuando el fantasma de ETA parecía alejarse de la vida política vasca, los tribunales se empeñen en resucitarlo condenando a prisión a los dirigentes de la izquierda abertzale que más han apostado por dejar atrás la violencia. La misma judicatura, por cierto, que consideraron delictivo investigar los crímenes del franquismo.