Adiós a las armas


Todas las guerras comienzan con un primer disparo y terminan con un desfile. La mayoría de las veces, ese epílogo toma la forma de una marcha marcial, de un  estruendo castrense de botas anunciando que el final de la batalla dio paso a un tiempo de victoria. Pero en otras ocasiones, el adiós a las armas se transforma en una explosión de besos y flores, de alegría desbordada por las calles y plazas, de liberación compartida.

La renuncia a las armas anunciada por ETA esta semana supone la conclusión del último conflicto armado que perduraba en Europa. Tras esta decisión, los grandes partidos de Estado se apresuraron a improvisar cánticos sobre la victoria de la democracia, arengas sobre el  fracaso de los violentos. Sin embargo, tras tan complacientes proclamas ningún desfile puso colofón a esta larga guerra, ni las calles se llenaron de civiles abrazos y carcajadas de felicidad. Por el contrario, fueron decenas de miles de los supuestos derrotados quienes dejaron constancia de su presencia por las aceras y avenidas de Bilbao. Un hecho nada banal que refleja las paradojas de un conflicto que se ha prolongado durante casi medio siglo, plagado de intransigencias compartidas que todavía deben ser resueltas.

Asumir la existencia de las víctimas será una de las primeras tareas por resolver. De todas las víctimas. Los medios oficiales reiteran estos días los más de 800 fallecidos a manos de la banda armada. Pero las estadísticas del sufrimiento suelen omitir otros 500 ciudadanos muertos. Son las víctimas de la represión estatal o paraestatal desde tiempos del franquismo. Igualmente, será preciso admitir como injustificable la angustia sufrida por cientos de personas que se presentían  objetivo de un disparo en la nuca, de una bomba lapa en los bajos del coche. Pero ese padecimiento no debe relativizar ni menospreciar el experimentado por otros cientos de personas detenidas pese a no pertenecer a ETA, la mayoría puestos en libertad sin cargos tras pasar días incomunicados en comisarías y cuarteles, algunos de funestos recuerdos para los derechos humanos. Ni considerar simples anécdotas para la democracia la clausura de periódicos, o la limitación de los derechos y libertades de miles de ciudadanos, o la vigencia de una doctrina Parot, auténtico estado de excepción penitenciario. Asumir toda esta capacidad de generar sufrimiento en el otro, sea quien sea ese otro, será tarea ineludible para avanzar con firmeza en los nuevos capítulos de la paz.

Porque la paz no es una bonita foto fija para la posteridad. Es, ante todo, un complejo y difícil proceso en  construcción. Confundirla con la ausencia de conflicto es un error nada inocente y, a estas alturas, imperdonable. Porque la realidad es por definición contradicción y conflicto, por mucho que algunos traten de ocultarlo tras supuestos absolutos intemporales, sean estos la patria vasca o la democracia. Ni una ni otra existen como entelequia.  Solo podemos vivirlas en el aquí y el ahora, como una construcción colectiva y necesariamente inacabada. Que esa construcción sea integradora y real es el anhelo que debería guiar los pasos que comenzamos a andar esta semana.

La tentación por dejarnos seducir ante posturas retóricas y numantinas es, pues, el mayor peligro que tendremos que afrontar. Evitarlo nos mantendrá a salvo de los salvadores irredentos de cualquier patria que, seguro, nos saldrán al paso. Pero, también nos protegerá de aquellos mezquinos que durante todos estos años han hecho de la existencia de los bárbaros la legitimación y coartada de sus mediocridades. El camino no será fácil, pero es urgente e ineludible atreverse a andarlo. Solo así puede que alcancemos un día en que al adentrarnos por las plazas y calles de nuestras ciudades, nos encontremos con la hermosa sorpresa de encontrarlas desbordadas de risas y besos festejando la paz.

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