La memoria olvidada

Alfons Cervera
Alfons Cervera, autor de “Yo no voy a olvidar porque otros quieran”.

Nos dice el Diccionario de la Real Academia en su primera acepción de la palabra memoria que esta vendría definida por la facultad psíquica que nos permite retener y recordar el pasado. También nos recuerda en otra que para la filosofía escolástica se trata de una de las potencialidades del alma. En total, el diccionario contempla catorce acepciones y, aunque en alguna de ellas no faltan referencias indirectas a significados que superan la básica relación entre una persona y el pasado, lo cierto es que la academia restringe nuestra relación con el ayer al mero ámbito del individuo.

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El pestilente recuerdo de Moby Dick

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Lola López, Pep Ricart y Miguel Lázaro en la representación de “Ultramarins”. Foto Jordi Pla.

El 29 de diciembre de 1954 tenía lugar en el varadero de la Compañía Carbonera de Las Palmas una extraña botadura. No se trataba ni de un buque mercante, ni de un navío de guerra. Lo que la señorita Amalia Guillén, la inevitable hija del gobernador civil para este tipo de acto, bautizó aquel día estampando una botella de champán contra su casco era una ballena. Y no una cualquiera, no. Era La Ballena Blanca, un artificial monstruo marino construido sobre la estructura de un viejo barco-aljibe para dar vida a la mítica Moby Dick, cuyas últimas escenas estaba filmando por entonces John Huston junto a la costa canaria. Con ella y la tranquilidad de las aguas del archipiélago, Huston, Gregory Peck y el resto del equipo confiaban en poder finalizar el rodaje después de que sus dos “ballenas” anteriores, impulsadas por la fuerza de los temporales, se hubiesen dado a la fuga en mares más bravíos como los galeses. Sigue leyendo

Palabras traicioneras, monstruos y balas de plata

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Jorge Fernández Díaz condecorando la imagen de una virgen policía

Las palabras siempre nos delatan, por eso sus afirmaciones, sus negaciones, sus lapsus, sus equivocaciones, sus rodeos y hasta sus ocultaciones suelen ser material impagable para los psicoanalistas. Para protegernos de sus indiscreciones e inclinaciones traicioneras nos vemos obligados a situarnos siempre alertas, a la defensiva, procurando un difícil equilibrismo entre pensar lo que decimos y decir lo que pensamos. Un trabajo complicado, porque al primer descuido las palabras pronunciadas o escritas terminan mostrando nuestras desnudeces por mucho pudor que nos produzca mostrarlas o a pesar de nuestros vanos intentos por esconderlas. Sigue leyendo

Bienvenidos al Apocalypstick

APOCALYPSTICK!!!!

El Apocalipsis ya está aquí. Nos lo profetizó hace años Fernando Arrabal, aunque entonces causó más revuelo la borrachera de chinchón con la que el dramaturgo acudió al plató de televisión, que su premonitorio anuncio milenarista. El Apocalipsis ya está aquí solo que somos incapaces de reconocerlo porque nos llegó no con los tétricos perfiles dibujados por san Juan en el Libro de las Revelaciones, sino con los labios pintados de carmín encendido. Es, en fin, el Apocalipsis travestido en aquel Apocalypstick que allá por los años 70 del siglo pasado nos cantara la bella Jane Birkin con su sensual voz de Lolita.

Apocalypstick. En el subsuelo del número 6 de la calle Merlin de Atenas, la Gestapo y la SS torturaron hasta el borde de la muerte a cientos de miembros de la resistencia durante la ocupación alemana de Grecia. Muchos de ellos, en su mayoría comunistas, terminaron cruzando ese tenue borde que, entre electrodos en los genitales, tenazas y cuerpos descoyuntados, separaba su dolor de la nada. Hoy sobre aquel espacio siniestro se levanta uno de los principales establecimientos donde la  cadena de cosméticos Hondos Center vende la más variada gama de tonalidades en lápices de labios. A la entrada del local, la espectacular silueta de Claudia Schiffer recortada en cartón seduce la mirada de los paseantes y potenciales compradores. Cerca de ella, una pared disimula el pequeño monumento que intentaba recordar a las víctimas, devueltas de este modo a los subsuelos del olvido.

 Subsuelos, fondos, profundidades. Según la Organización Mundial para las Migraciones unas 2.373 personas han sido tragadas por las aguas marinas intentado alcanzar territorio europeo. Al menos 23 de esos náufragos aspiraban a llegar a una costa española. Sobre sus cuerpos hinchados y sus esqueletos roídos por los peces y los cangrejos, pasarán al cabo del año más 30 millones de alegres turistas ataviados con informales bermudas o elegantes vestidos con los que disfrutar del anochecer en la cubierta de su crucero. Cientos de ellos, tal vez miles, aprovecharán la breve escala griega para, tras una apretada visita a la Acrópolis, hacer esas compras apresuradas en la que no será extraño encontrar algún pintalabios de vivos colores despreocupadamente adquirido tal vez en una anónima tienda de la calle Merlin.

Sí, el Apocalypstick gusta de estas azarosas conexiones mucho más que del estruendoso sonido de las trompetas de Jericó. Por eso, posiblemente también esté cerca el día en que se reconviertan los Centro de Internamiento de Extranjeros en franquicias para la venta de cosméticos y perfumes, afrutados aromas con los que disimular el mal olor que nos envuelve. Una pestilente atmósfera que ninguna corriente de aire fresco se atreve a limpiar. Porque aquí no se mueve la más mínima brisa. Si el fin del mundo de nuestros antepasados era presentido como destrucción y caos, hecatombe en movimiento, en suma, el moderno Apocalypstick se nos presenta como absoluta inmovilidad, limbo, parálisis, el paisaje perfecto del desánimo.

Es por ello que el navegante extranjero y clandestino debe saber que no hallará más destino en su travesía que el fondo marino. O en el mejor de los casos, ese no lugar por excelencia que es la tierra de nadie. Y por eso también era tan imprescindible reducir las esperanzas griegas al cajón de las desilusiones, para que el ciudadano europeo de bien asuma cuanto antes que no puede esperar más mañana que un inacabable ayer suspendido: ni un pasado añorado ni un futuro anhelado. Una inmediatez detenida en esta crisis perpetua y sin salida. Eso sí, a diferencia del náufrago, si su comportamiento es correcto, podrá tener el consuelo de afrontar su destino congelado con una sonrisa en su rostro también congelada. Y los labios bellamente pintados:

Rouge de vamp ou de vampire

C’est avec ce crayon que s’inscrit mon délire

Apocalypstick

Apocalypstick

Publicado en Eldiario.es

Foto creative commons: Richard Schatzberger

Los impostores: de Mad Men a Mauthausen

DC9 El juego de aparentar ser quien no eres resulta fascinante. No se trata de alcanzar una mayor o menor destreza en el artificio del disfraz o la caracterización, sino sobre todo de lograr una perfecta transmutación psicológica que te permita presentarte ante los demás e incluso ante ti mismo como otra persona. Quienes lo logran suelen caminar por afilados bordes de abismo, generando a su alrededor un vértigo que les hace irresistibles, como ocurre por ejemplo con el seductor de Don Draper, personaje clave para entender el éxito de una serie como Mad Men.

No es extraño por ello que un escritor como Javier Cercas, empeñado en ser la plasmación literaria, reconciliadora e edulcorada, en suma oficial de nuestro pasado reciente, recurra a uno de estos personajes en su última novela, El impostor. Si en Soldados de Salamina focalizó el interés del lector en ese joven soldado republicano capaz de tener frente a su enemigo una santificada piedad que todavía están esperando las miles de calaveras esparcidas por las cunetas, sin que ello estremezca mucho la pluma del autor; en su segundo libro, Anatomía de un instante, Cercas nos confirmó lo que ya nos venía diciendo el Telediario de la 1: que Juan Carlos de Borbón, el mismo que unos años antes posaba junto al Caudillo en la Plaza de Oriente respaldando los últimos tiros de gracia del franquismo, era el salvador de la democracia.

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Curiosamente, este hecho hubiese permitido al novelista presentar al monarca como a un impostor moralmente bueno, un demócrata convencido obligado por la Historia a representar ante Franco una personalidad autoritaria que en realidad no era la suya. Sin embargo, no lo hizo, tal vez temeroso de posibles malentendidos, dadas las inevitables connotaciones peyorativas del término. Una sabia prudencia que, sin embargo, Cercas no tuvo en cuanta al proyectar ese apelativo de impostor sobre el entorno de las víctimas. Es así como en su última novela nos acerca a la historia real de Enric Marco Batlle, un pretendido superviviente de Mauthausen que sin embargo jamás pisó un campo de concentración. De este modo, el mismo escritor que certificó la veracidad incuestionable del relato oficial de la Transición, nos alerta de las trampas y tramposos que se esconden tras las historias de los vencidos y derrotados.

En cualquier caso, me viene ahora a la mente esta novela de Cercas, no porque ande pendiente de los últimos capítulos de Mad Men, sino después de ver al ministro de Asuntos Exteriores José Manuel García-Margallo y su sentido homenaje a los 7.532 republicanos españoles internados en el campo de Mauthausen, de donde 4.816 de ellos no lograron salir con vida el día de una liberación cuyo 70 aniversario se conmemoraba esta pasada semana. Y me preguntaba también dónde pensaría el consagrado escritor que estaría la impostura durante aquella jornada: ¿en la presencia del miembro de un gobierno y un partido capaz de sumarse a las celebraciones por la derrota del fascismo en la II Guerra Mundial pero genéticamente imposibilitado para condenar institucionalmente un régimen que se impuso a sangre y fuego con el apoyo ideológico y militar de Hitler y Mussolini?. O por el contrario, la actitud cínica y engañosa, ¿recaería a juicio de Cercas en aquellos que se desgañitaban ondeando banderas tricolores que cuestionaban el idílico relato de un amor fraternal recuperado súbitamente sobre el pozo sin fondo de una gran fosa común?

Pero bueno poco importan estos dilemas. Con todo voy a creer, al igual que seguramente hará Cercas, que detrás del gesto del ministro no está la farsa de Enric Marco sino su más sentida sinceridad. Voy a considerar que en el semblante firme de Margallo durante su estancia en aquel espacio de ignominia y muerte, lo que aflora es una insufrible lucha interior entre su espíritu de firmes convicciones antifascistas y ese papel de impostor que las circunstancias le obligan a encarnar cada vez que no puede condenar los cuarenta años de sangría liderados por el Generalísimo. Es tanta mi fe que incluso no dudo en que algún día el ciudadano Juan Carlos de Borbón nos sorprenderá a todos pidiéndonos perdón por aparentar aquel apoyo al dictador. Al fin y al cabo ya lo hizo por un elefante y una aventura erótica por tierras africanas, por eso ¿cómo va a negarse a disculparse por tanta matanza?

Publicado en: Eldiario.es

La ilusión de los tiempos congelados

Ben Sansum, en el patio de su casa

Vivimos tiempos de intemperie. Y la intemperie resulta tan dura que todo el mundo anda buscando algún refugio. Ben Sansum, por ejemplo, descubrió ese cobijo en un año, 1946. Aunque en aquella lejana fecha ni siquiera había nacido, este inglés de 36 años ha hecho de su afán por congelar allí el calendarioel verdadero sentido de su vida. Es así como ha logrado convertir su casa junto al cementerio de Cambridgeshire, en un espacio de tiempo detenidodonde todo, hasta el más mínimo detalle, remite a la atmósfera de los años cuarenta: su ropa, sus muebles, su música, hasta su retrete.

En realidad, elegir el momento en que quieres que el mundo se pare tiene muchas ventajas. La cotidianidad se transforma en una escenografía donde lo inesperado se convierte en una anécdota, cuando no en un simple fallo subsanable con unos retoques en el decorado. Ben Sansum ha renunciado a las redes sociales y la televisión por cable, aunque se permita la herejía de un moderno frigorífico camuflado tras una trasnochada cortinilla. A cambio consigue tener prácticamente todo lo imprevisible bajo controlentre las cuatro paredes de su hogar. Incluso puede alardear de saber el año en que le encontrará la muerte: 1946.

En realidad estos espacios y geografías flotando en los tiempos inmóviles no son nada nuevo. Los cuentos que nos hacían dormir ya nos hablaban de lugares encantados donde los relojes detenían su palpitar y nunca faltó algún poeta para cantar aquel paisaje entre ruinas donde Cronos parecía haber decidido dejar de devorar a sus hijos. Lo mismo sentimos en ciudades como La Habana, donde resulta difícil pasear sin embriagarse con su belleza vintage de sueños gastados y agotados Dodges del 49 transitando sus bulliciosas callejuelas.

Claro que no siempre la parálisis de los calendarios nos transmite esa sensación placentera de la evocación. Israel, lo estamos comprobando estos días, decidió vivir en el Antiguo Testamento, en la determinación miserable de los doce hijos de Jacob, elegidos por un Yahvé destructor y hambriento por lanzar su ira y su cólera contra un pueblo palestino desangrado de jóvenes sin futuro, ancianos sin presente y niños sin ayer.

Tampoco España ha sido inmune a esta utopía de los almanaques. O distopía. En 1936, el país fue conducido a golpe de bayoneta y escapulario hasta los esplendores idealizados del Siglo de Oro, para acabar con la boca llena de tierra en alguna cuneta y un sabor a rancho rancio y sacristía que duraría cuarenta años. Luego, cuando el Caudillo tuvo a bien agonizar bajo la atenta mirada del equipo médico habitual, el país decidió petrificar el imaginario en una santificada Transición de reyes justicieros frente a golpistas de vodevil, banda sonora de Alaska y los Pegamoides y entrada triunfal en Europa.

Todo parecía ir bien pese a las guerras sucias del norte, nuestras aventuras bélicas en la OTAN, la reconversión de los viejos obreros demodé, la ceguera ante el rastro de una lejana dictadura o la masacre de trenes en Atocha. Felices, podíamos entregarnos a la modernidad de sabernos protagonistas de una película de Almodovar y hasta vitorear las aventuras americanas de una Telefónica, oportunamente privatizada para la rapiña, o de un Banco Santander diestramente conducido por Emilio Botín, el hombre que supo hacer de su apellido corsaria vocación.

Luego estallaría la madre de todas las burbujas. Los bancos se quedaron con nuestras casas, perdimos nuestros empleos y, de paso, se evaporaron nuestros derechos. Los sindicalistas volverían a la cárcel y los fascistas serían de nuevo absueltos por formalismos legales. En sus comparecencias ectoplásmicas, el presidente del gobierno nos invitaría a felicitarnos ante cualquier empleo basura o por esas débiles recuperaciones macroeconómicas que permiten aplicar futuros recortes sociales manteniendo con vida al paciente.

Así aquel idílico tiempo detenido adquirió de golpe este inusitado movimiento que nos arrastra por el torbellino de los desagües. Pese a ello no faltan bienintencionados ni cabrones que, frente a la indignación o los referéndums, insisten en alabar los tiempos anclados 1978. Y eso que los héroes de entonces hace tiempo que experimentaron una especie de crisálida invertida que les transformó de jóvenes progresistas en asesores de multinacionales, de próceres de la patria -grande o chica- en defraudadores y corruptos, de rey de los cuentos en villano.

Es lo que tiene no ser previsor. Ben Sansum lo supo a tiempo y por eso compró su frigorífico moderno. Porque por mucho que se intente congelar el tiempo, si no mimas los detalles o tienes un buen frigorífico, hasta las viejas mentiras se te acabarán pudriendo.

Publicado en eldiario.es