De la moción de censura a la loción de ternura

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Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

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Rajoy y los monstruos

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Grabado de los hermanos Colloreto de 1654

El Barroco fue un tiempo de excesos, de teatralidad, incluso de sobreactuación. No sorprende por ello que las crónicas nos den cuenta de la curiosidad y el interés que despertó en aquella Corte la visión de lo monstruoso, extraños seres que no eran sino pobres diablos a los que la vida no dejaba más alternativa que la de sobrevivir exhibiendo sus malformaciones o su enfermedad. Enanos, obesos, gigantes, mujeres barbudas y deformes conformaron así una desdichada legión de miserables condenados a mendigar unas monedas por las calles o, si el azar se ponía de su lado, atraer la atención del monarca y los cortesanos.

Entre ellos destacaron allá por 1629 los hermanos Lázaro y Juan Bautista Colloreto. Habían nacido en Italia. El primero era de facciones hermosas, de cabellera rubia y rizada. El segundo, por el contrario, presentaba un aspecto mortecino, sus ojos permanecían cerrados, era incapaz de oír, ver ni oler, apenas tenía movilidad, le faltaba una de las piernas, exhalaba halitosis y de su boca no cesaba de manar una desagradable espumilla. Por si fuera poco, estaba adherido a su hermano por el pecho. Este extraño caso de siameses no solo desató admiración en la Corte, sino un interesante debate teológico sobre si los Colloreto tenían una o dos almas y en consecuencia si debían de ser bautizados independientemente por cada una de ellas.

La lluvia que se nos avecina

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Gene Kelly en una escena de “Cantando bajo la lluvia” (1952)

La lluvia tiene una carga dramática que nos sobrecoge. César Vallejo lo supo condensar hasta el estremecimiento con su premonitorio verso: “me moriré en París con aguacero”. Y en París también vimos a un Humphrey Bogart con las entrañas desgarradas, a los pies de la escalinata de un tren, huyendo de la invasión alemana mientras las gotas de lluvia iban borrando de una carta el adiós de una Ingrid Bergman a la que el destino, en la mítica escena de Casablanca, impedía acudir a la cita con su amante.

Los calzonzillos socialistas

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Felipe González reflexionando sobre el futuro del socialismo

El azar hace curiosas combinaciones. Esta vez ha querido que la misma semana hayan coincidido el estreno de El hombre de las mil caras de Alberto García y la mayor crisis en el PSOE que se recuerda. Una casualidad que permite enlazar los dos momentos más bochornosos de la historia de este partido: evocar las fotos de Roldán en calzoncillos mientras se ejecutaba el golpe chusquero ideado por Felipe González, Susana Díaz y Juan Luis Cebrián contra el acorralado Pedro Sánchez.

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Pedro Sánchez y el holocausto caníbal

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Anthony Hopkins interpretando a Hannibal Lecter en “El silencio de los corderos”

Los tupiambaes eran una curiosa comunidad indígena que habitaba en el actual estado brasileño de Rio de Janeiro. Constituidos por diferentes tribus, por lo común enfrentadas pero unidas frente a la amenaza exterior, los tupiambaes se caracterizaban por integrar en su seno a los enemigos capturados. Aunque nunca dejaban de considerarlos unos extraños, el grupo se esforzaba en que el enemigo conviviera con ellos, adquiriera sus costumbres e incluso no dudaba en casarlo con alguna de sus mujeres. Pasados los años, un elegido del grupo se encargaba de matarlo y, después de que las mujeres descuartizaran su cuerpo y pasearan los miembros por el poblado, se lo comía para asumir su fuerza y transformarse así en un ser cargado de misterio y poder. Sigue leyendo

Palabras traicioneras, monstruos y balas de plata

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Jorge Fernández Díaz condecorando la imagen de una virgen policía

Las palabras siempre nos delatan, por eso sus afirmaciones, sus negaciones, sus lapsus, sus equivocaciones, sus rodeos y hasta sus ocultaciones suelen ser material impagable para los psicoanalistas. Para protegernos de sus indiscreciones e inclinaciones traicioneras nos vemos obligados a situarnos siempre alertas, a la defensiva, procurando un difícil equilibrismo entre pensar lo que decimos y decir lo que pensamos. Un trabajo complicado, porque al primer descuido las palabras pronunciadas o escritas terminan mostrando nuestras desnudeces por mucho pudor que nos produzca mostrarlas o a pesar de nuestros vanos intentos por esconderlas. Sigue leyendo