De la moción de censura a la loción de ternura

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Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

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El último mito del siglo XX

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Los mitos tienen el poder de adherirse a nosotros con una dureza irresistible. Tampoco debe sorprendernos; al fin y al cabo, están hechos con el mismo material que aquel Halcón Maltés de Bogart: los sueños. Fidel Castro era uno de estos mitos. Por eso su muerte nos estremece. Coherente con su condición mítica, Fidel se marcha el mismo día en que, sesenta años antes, el entonces joven guerrillero  embarcaba decidido a impulsar la revolución cubana. Solo que hoy el timón del Granma llega conducido por la mano de Caronte. Sigue leyendo

Rajoy y los monstruos

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Grabado de los hermanos Colloreto de 1654

El Barroco fue un tiempo de excesos, de teatralidad, incluso de sobreactuación. No sorprende por ello que las crónicas nos den cuenta de la curiosidad y el interés que despertó en aquella Corte la visión de lo monstruoso, extraños seres que no eran sino pobres diablos a los que la vida no dejaba más alternativa que la de sobrevivir exhibiendo sus malformaciones o su enfermedad. Enanos, obesos, gigantes, mujeres barbudas y deformes conformaron así una desdichada legión de miserables condenados a mendigar unas monedas por las calles o, si el azar se ponía de su lado, atraer la atención del monarca y los cortesanos.

Entre ellos destacaron allá por 1629 los hermanos Lázaro y Juan Bautista Colloreto. Habían nacido en Italia. El primero era de facciones hermosas, de cabellera rubia y rizada. El segundo, por el contrario, presentaba un aspecto mortecino, sus ojos permanecían cerrados, era incapaz de oír, ver ni oler, apenas tenía movilidad, le faltaba una de las piernas, exhalaba halitosis y de su boca no cesaba de manar una desagradable espumilla. Por si fuera poco, estaba adherido a su hermano por el pecho. Este extraño caso de siameses no solo desató admiración en la Corte, sino un interesante debate teológico sobre si los Colloreto tenían una o dos almas y en consecuencia si debían de ser bautizados independientemente por cada una de ellas.

La lluvia que se nos avecina

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Gene Kelly en una escena de “Cantando bajo la lluvia” (1952)

La lluvia tiene una carga dramática que nos sobrecoge. César Vallejo lo supo condensar hasta el estremecimiento con su premonitorio verso: “me moriré en París con aguacero”. Y en París también vimos a un Humphrey Bogart con las entrañas desgarradas, a los pies de la escalinata de un tren, huyendo de la invasión alemana mientras las gotas de lluvia iban borrando de una carta el adiós de una Ingrid Bergman a la que el destino, en la mítica escena de Casablanca, impedía acudir a la cita con su amante.

Pedro Sánchez y los ataúdes coreanos

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Fotograma de “La obsesión” (1962), filme de Roger Corman basado en un relato de Poe

Definitivamente la mayoría de los partidos aspiran a que la próxima campaña electoral se desarrolle fuera de España. El PP pretende que la confrontación se produzca en el hiperespacio, un lugar vacío, similar a las pantallas de plasma donde Mariano Rajoy se encuentra tan a gusto flotando entre esos buenos datos estadísticos que paradójicamente condenan a los españoles a nuevos recortes al dictado de Bruselas, o nuevas vueltas de tuerca en los derechos laborales como las que reclama el Banco de España. Por su parte, Albert Rivera se entrega a fondo para que la campaña se focalice en Venezuela donde el perverso Nicolás Maduro conspira para hacerse con el trono de España.

Esta postura de los neoliberales pata negra es comprensible dado su empeño en mantener a la ciudadanía en realidades paralelas, lo más alejadas posible de una cotidianidad de palo y tente tieso económico, político y social. Sorprende mucho más, sin embargo, comprobar el entusiasmo con que el aspirante socialista a la supervivencia –perdón, a la presidencia– se empeña en llevar la campaña hacia latitudes coreanas. Obviamente, Pedro Sánchez no está pensando en el régimen de Pionyang, donde el entrañable Kim-Jong-un debe estar a punto de engrosar las filas de supuestos financiadores de Unidos Podemos. No, el líder socialista parece moverse más bien influenciado por algunas de las nuevas prácticas que hacen estragos en Corea de Sur.

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Adiós a la mayoría silenciosa

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“La mayoría silenciosa” (1972), collage de Antonio Berni

Los extremistas son como los gafes, sólo que con alevosía. Si el gafe es capaz de desatar el desastre a su alrededor de forma involuntaria, el extremista lo hace con regodeo, llevado por una diabólica inclinación a la maldad. Para ello no duda en organizar algaradas callejeras escudándose en las más peregrinas reivindicaciones que ignoran ese mínimo sentido común que nos recuerda que siempre ha habido altos y bajos, listos y tontos, pobres y ricos, o nos aconseja con bondadosa sabiduría la conveniencia de actuar –por nuestro bien– como dios manda.

Ello es así porque el caos y la anarquía es el hábitat natural del extremista. Por eso su perfidia resulta tan enrevesada que cuando los azares sociológicos les permiten arañar algún espacio de poder, o simplemente aspirar a hacerlo, maniobran con maquiavélica inquina para mantener encendida desde sus despachos la llama del desorden, como está haciendo Ada Colau en el entrañable barrio de Gracia de Barcelona. O lo que todavía es peor: llevados por sus más perversas y enfermizas inclinaciones manipulan, tensionan y crispan hasta lo indecible para obligar a la gente de bien a ser ellos mismos quienes se echen a la calle violentando su natural inclinación al silencio

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