Pecados de Navidad

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La Navidad, como toda fiesta religiosa que se precie, es tiempo propicio para el pecado. Pecado bienintencionado, por supuesto. Ahí están, por ejemplo, esos 90.000 euros pagados por el Hospital Provincial de Castelló a las empresas de la trama Gürtel para montar el belén de nada menos que 800 piezas. Una cifra sin duda anecdótica dentro de los casi 33 millones de euros que se embolsaron del centro hospitalario las empresas investigadas, e insignificante para el conjunto de la mordida gestionada por los chicos de Correa. Pero en cualquier caso un detalle nada menor que viene a recordarnos que la Navidad es ese tiempo de ilusiones en el que la sonrisa de un niño no tiene precio.

Como tampoco lo tiene alcanzar esa tranquilidad de conciencia que da poner un pobre en la mesa durante estas fechas tan señaladas que ya están a la vuelta de la esquina. Nos lo enseñó el maestro Berlanga con su Plácido y hoy la globalización realmente existente se encarga de mantener vigente su espíritu gracias a su incansable democratización de la pobreza. Porque si la santificada Teresa de Calcuta nos advertía que la pobreza es una bendición de Dios, deberemos admitir, aunque le pese a nuestro agnóstico escepticismo, que el mundo en el que vivimos está más bendecido que nunca.

Por suerte, la escala de las penurias y las desigualdades ha alcanzado niveles tan elevados que ha sido posible transformar a los pobres en estadística. De este modo, los ricos de hoy en día pueden promover su caridad con criterios macroeconómicos, sin la necesidad de pasar el mal trago de tener que rozarse con el harapo. Es ese filantrocapitalismo, que tan bien retratan Antonio Ariño y Joan Romero en su libro La secesión de los ricos, consistente en desmantelar en estado del bienestar, eludir impuestos, reconvertir los paraísos perdidos de Milton en paraísos fiscales y declarar caduca cualquier pretensión de justicia social, al tiempo que se crean fundaciones desde las que instaurar la ley suprema de la caridad globalizada.

En esto Bill Gates es un aventajado. Pero no está solo. Mark Zuckerberg también nos iluminaba hace poco desde la cumbre Asia Pacífico celebrada en Lima, sobre la tan necesaria sensibilidad social. Para el mediático multimillonario solo existe una solución para acabar con las desigualdades en el mundo: la conectividad. Y es que para el todopoderoso fundador de Facebook los problemas sociales del planeta no se superan con anticuadas políticas redistributivas, sino con propuestas cuya sencillez es tan extrema que no habíamos reparado en ellas. Como abrirse un perfil en Facebook, por ejemplo, que permita a todos los pobres sentirse integrados junto a los 2.700 millones de personas que ya forman parte de su red social, mientras aumentan la cuenta de beneficios de Zuckerberg y, de paso, se sienten protagonistas compartiendo en el ciberespacio fotografías de ese entrañable gatito que luego podrán comerse tan ricamente si no encuentran nada mejor que llevarse a la boca.

En fin, que se acerca la Navidad y por unos días somos un poco mejores. Hasta en nuestros pecados. O pecadillos. Como cuando tomamos esa copa de más durante la inevitable cena de empresa en la que nos sentimos mucho más unidos a nuestros compañeros sin la necesidad de pagar la trasnochada y engorrosa cuota de un sindicato. Supongo que esa camaradería fraternal es la que perseguía Víctor Sahuquillo cuando cargaba algún que otro gin tonic a la contabilidad de Divalterra, la empresa de la diputación de Valencia heredera de la inolvidable Imelsa.  Un calor humano sin cabida en esas normativas de las que el directivo asegura haber sido ignorante y que ahora le obligan a retornar el coste de aquellas inocentes copas cuya repercusión mediática ha terminado provocándole mayores dolores de cabeza que una mala resaca. Repercusión, por cierto, que no tuvieron en algunos de esos medios la sangría de épocas pasadas. El olvido editorial parece ser otro de los pecadillos que traen las luces navideñas.

Como consuelo a su desafortunado desliz, puede que Sahuquillo se encuentre en la próxima cena con la fugaz sorpresa de algún regalo inesperado. Uno de esos presentes baratos que acostumbran a ofrecer esos amigos invisibles cuyo anonimato nos libra de la obligación de saludar al día siguiente al entrar al trabajo. Es una de las ventajas que tienen estas familiares fiestas de amigos incorpóreos, pecados disimulados y pobreza estadística. Aunque por desgracia no faltará tampoco la tradición de aquel sabiondo de turno que a la segunda copa se empeñe en fastidiarnos el turrón y los villancicos con la moralina de la hipocresía del mundo. Aguafiestas de consigna fácil: miserables de todos los países, uníos… en Facebook.

Artículo publicado en eldiario.es

Patrimonio de la Humanidad

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Valencia, como París, fue una fiesta. Y no era para menos. La noticia llegaba de Addis Abeba y corría por el Cap i Casal con más fuerza que la riuà del 57: la Unesco declaraba a las Fallas todo un Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Así que, por fin, nuestra atávica fiesta del fuego alcanzaba la misma categoría que la cerveza belga, el merengue dominicano, la cultura charra mexicana o la rumba cubana, de luto esta última por la muerte de Fidel e imposibilitada por ello de dar rienda suelta a la alegría como en las calles valencianas. O si se prefiere, a la altura del Misterio de Elx, el Tribunal de las Aguas o la Mare de Deu de la Salut de Algemesí, patrimonios patrios anteriormente admitido que, en cualquier caso, difícilmente están tan arraigados en el ADN de esta tierra de las flores, de la luz y del amor como la algarabía que envuelve a nuestras fiestas de Sant Josep.

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Operación Flotador

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A todos los niños les gusta jugar al veo-veo. Y las adivinanzas. Bueno, a los niños y a los mayores. Porque desentrañar aquello que se presenta oculto es un ejercicio mucho más tentador que el pilates. Así ha sido desde aquellos tiempos inmemoriales cuando Edipo se cruzó con la enigmática Esfinge, o cuando el tozudo Champollion se empeñó en descifrar los jeroglíficos dándole vueltas a la piedra Rosetta. Por no hablar, por supuesto, de las inolvidables invitaciones que Agatha Christie y Conan Doyle nos hacían desde sus novelas para descubrir qué estaba haciendo el mayordomo en el momento del crimen.

Pero como pasa en esta vida, todo tiene su revés y el mismo trabajo que muchos invierten en tratar de desvelar lo opaco, lo ocupan otros en dificultarlo. Es así como a lo largo de la historia han surgido los redactores de la Cábala o manuscritos tan herméticos como aquel famoso de Voynech escrito en una lengua más extravagante y secreta que los élficos idiomas de Tolkien. Y de ello han hecho oficio los concienzudos criptógrafos de los más variados servicios secretos del mundo, celosos con que sus mensajes en clave permanezcan a salvo de las indiscreciones del Wikileaks de turno.

Adiós a la mayoría silenciosa

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“La mayoría silenciosa” (1972), collage de Antonio Berni

Los extremistas son como los gafes, sólo que con alevosía. Si el gafe es capaz de desatar el desastre a su alrededor de forma involuntaria, el extremista lo hace con regodeo, llevado por una diabólica inclinación a la maldad. Para ello no duda en organizar algaradas callejeras escudándose en las más peregrinas reivindicaciones que ignoran ese mínimo sentido común que nos recuerda que siempre ha habido altos y bajos, listos y tontos, pobres y ricos, o nos aconseja con bondadosa sabiduría la conveniencia de actuar –por nuestro bien– como dios manda.

Ello es así porque el caos y la anarquía es el hábitat natural del extremista. Por eso su perfidia resulta tan enrevesada que cuando los azares sociológicos les permiten arañar algún espacio de poder, o simplemente aspirar a hacerlo, maniobran con maquiavélica inquina para mantener encendida desde sus despachos la llama del desorden, como está haciendo Ada Colau en el entrañable barrio de Gracia de Barcelona. O lo que todavía es peor: llevados por sus más perversas y enfermizas inclinaciones manipulan, tensionan y crispan hasta lo indecible para obligar a la gente de bien a ser ellos mismos quienes se echen a la calle violentando su natural inclinación al silencio

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Rita, la familia y la mantequilla

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Marlon Brando y María Schneider en El último tango en París (1972) de Bertolucci

Más allá de por alguna que otra invasión, los españoles siempre hemos estado pendientes de la frontera con Francia fundamentalmente por dos motivos: el exilio o la vendimia. Ambos mantenían plena vigencia a principios de los 70, sin embargo una tercera razón vino a sumárseles por aquellos años. Se trataba de las peregrinaciones cinéfilas a Perpignan en busca de aires más liberales donde ver aquellos filmes que la censura franquista consideraba no aptos para nuestra mirada tutelada todavía por el nacionalcatolicismo.

Si un título concreta las fantasías eróticas de los peregrinos del celuloide de aquellos años, ese es, sin lugar a dudas, el mítico Último tango en París que Bernardo Bertolucci estrenaba allá por 1972. Y si una escena se quedó grabada para siempre en sus retinas fue aquella en que un degradado y perdido Marlon Brando aprovechaba la potencialidad lubricante de la mantequilla para someter a la carnosa Maria Schneider a una práctica de sexoanal que por estas tierras se consideraba más bien enfermiza. Pero el impacto de la secuencia no se debía sólo a sus imágenes tórridas, sino que se veía intensificado por el corrosivo discurso sobre la familia que Brando obligaba a repetir a la joven mientras la forzaba: “santa institución ideada para inculcar la virtud entre los salvajes. Santa familia, iglesia de buenos ciudadanos donde los niños son torturados hasta que mienten por primera vez…”.

 Por aquellos años, la posibilidad de ver algo así en un cine español era tan utópica como soñar con la legalización del partido comunista. Considerada uno de los pilares del régimen, la familia ocuparía un papel importante en el imaginario español de aquellos años gracias a otra película. Se trataba de La gran familia (1962), un filme dirigido por Fernando Palacios y guión de Pedro Masó, donde el gran Alberto Closas y Amparo Soler Leal encarnaban a una nueva clase media que aspiraba a dejar atrás las sombras de la posguerra y a modernizar las costumbres. Eso sí, siempre dentro de un casto y católico orden. Y eso, por supuesto, no pasaba precisamente por alterar los usos de la mantequilla. Con secundarios de lujo como José Luis López Vázquez o Pepe Isbert, la película tendría tal éxito que daría origen a una saga que Masó intentaría prolongar hasta 1999, aunque para entonces la visión de esta institución había cambiado en el cine y la sociedad. Poco antes, un joven Fernando León de Aranoa ya nos había presentado en su Familia (1996), una reflexión más crítica, de farsa y simulacro.
No creo que Rita Barberá fuera de las primeras en cruzar la frontera para ver la película de Bertolucci. En aquella época, la joven estaba muy ocupada preparándose para su inminente coronación en 1973 como Musa del Humor, uno de los primeros cargos públicos que ocupara la futura alcaldesa de Valencia y hoy senadora atrincherada. Tampoco creo que compartiera el discurso de Brando sobre la familia. Resulta más fácil imaginarla, eso sí, emocionándose con la angustia de Pepe Isbert buscando a su extraviado nietecito Chencho y el resto de vicisitudes de esa gran familia ideada por Masó. Luego, la vida con sus caprichos quiso que la muchacha nunca fundara una propia, pero la recta educación del señor Barberá inculcó a su hija los principios firmes de la familia, la más natural de las instituciones, una verdad tan fácil de entender como constatar que la mantequilla está hecha para el pan, o la tónica para la ginebra.

Quién le iba a decir entonces que por culpa de esa sagrada unió, acabaría hoy en el punto de mira de sus enemigos políticos e incluso, cómo imaginarlo, de algún irresponsable juez. Obviamente, no es responsabilidad de la familia de Rita, por supuesto, sino de la de María José Alcón, otra mujer de bien que tampoco se perdió ninguno de las películas de Masó y que se hubiera horrorizado con las palabras de Brando sodomizando a la descarriada Schneider. Una mujer, en fin, convencida de que en los momentos difíciles sólo se puede confiar en la familia. Y a ella se dirigió desorientada después de que desde el partido se le pidiera jugar al birlibirloque con billetes de 500 euros. “Han hecho una trampa en el partido… ¿No lo entiendes, cariño?… corrupción política total”, le explicaba a su hijo con la entrañable dulzura de una botiguera del barrio del Carmen disgustada porque falta dinero en la caja. “Es muy gordo todo”, le contaría a su buena hermana que siempre estuvo a su lado cuando la necesitó…

Cómo iba a sospechar Rita que estas conversaciones de familia le iban a traer tantos quebraderos de cabeza. Desquiciada anda la pobre, intentando protegerse del injusto dedo acusador de la sospecha, clamando a los cuatro vientos su inocencia, viendo como los suyos reniegan de ella con menos escrúpulos que San Pedro antes de que cantara el gallo. No es extraño, pues, que en su desespero, la destronada alcaldesa ande estos días enviando mensajes a sus renegados compañeros: “Cuidado con lo que haces”, “Te has pasado mucho”, “Eso se paga”… Pero estas cosillas pasan hasta en las mejores familias. También lo sabemos por el cine… algunas de estas familias en lugar de SMS son capaces de enviarte hasta una cabeza de caballo a los pies de tu cama.

Artículo publicado en eldiario.es

El PP y la maldición de los días cualquiera

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Michael Douglas en un fotograma de “Un Día de furia” (1993), de Joel Schumacher

Los días cualquiera tienen la extraña peculiaridad de que, cuando menos te lo imaginas, lo ponen todo patas arriba y se convierten en un día fuera de lo normal. Para lo bueno y para lo malo. Un día, por ejemplo, tropiezas con alguien en una esquina y sientes la certeza de que acabas de encontrar al amor de tu vida. Otro, por el contrario, te despiertas igual de adormecido que cada mañana pero descubres para tu sorpresa que te has convertido en un coleóptero, como le ocurrió al personaje de Kafka. Algo de esto le pasó al portavoz del PP en Les Corts valencianas, Alfredo Castelló, que sin previo aviso, sufrió una súbita metamorfosis que lo convirtió en un indignado. Eso sí, un perroflauta sin rastas ni descuidada vestimenta, sino como Dios manda, con traje de chaqueta y la raya bien peinada a la derecha.

Ocurrió la pasada semana y el relato que él mismo hizo en el Facebook de la experiencia es estremecedor: “El martes empezó como un día cualquiera… hasta que comenzaron las noticias sobre las detenciones de decenas de personas del PP por el Caso Imelsa”. Y prosigue con la pesadilla: “Tendrían que habernos visto por un agujerito a un grupo de diputados comiendo en Les Corts. Caras largas, sin hablar más que lo justo para comunicarnos nuestra decepción, nuestro estado de ánimo por los suelos y de nuevo hundidos después de que, otra vez, se haya descubierto una trama delictiva de gente del PP. De verdad, hasta los cojones”. Luego, en un artículo más extenso publicado en un medio saguntino, el indignado diputado añade cómo la noticia le fue dada por “la jefa” y cómo después el grupo parlamentario se reunió con “las jefas”, ignorando por mi parte si estos apelativos son una costumbre cariñosa o si por el contrario intentan dejar claro, por si las moscas, el principio de la obediencia debida.

 El resto del relato ya es conocido y coincide con la postura oficial defendida por la secretaria general del PP valenciano, Isabel Bonig: casos aislados, desmoralización de los honestos militantes del PP, víctimas principales de esta historia, y, por supuesto, felicitarnos todos por la eficacia de la justicia y dejar a los tribunales que actúen. La diferencia, lo que te provoca un estremecimiento emocional difícil de controlar, es su espontáneo “hasta los cojones”, expresión propia del discurso testicular de la derecha española, que en este caso se transforma en el grito liberador de un hombre sinceramente indignado. Tras leerlo, el primer impulso que uno siente es el de abrazar a Castelló, ofrecerle el hombro para el llanto y arroparlo en la cama hasta que pasen los efectos de tan funesta jornada.

El problema, claro, no es de Alfredo Castelló, ni de PP. El problema es esa extraña peculiaridad que, como ya dije, tienen los días cualquiera. Porque tras un día extraordinario siempre vuelve a aparecer un día cualquiera en el que las cosas regresan a la cotidianidad apacible, cuando las indignaciones se relajan y todo vuelve a la normalidad. Por ejemplo, estoy convencido de que Alfredo Castello cuando escuchó en la década de los noventa aquella grabación en la que el secretario provincial del PP Vicente Sanz afirmaba que estaba en política para forrarse, también pensó para sus adentros: “hasta los cojones”. Pero ese día pasó y a Sanz lo hicieron responsable de RTVV donde pudo acosar sexualmente a las trabajadoras, de modo que en aquella ocasión, Castelló en lugar de indignarse le dio por empezar su carrera política en el partido. Y lo mismo le ocurriría, supongo, el día que oyó los deseos de Eduardo Zaplana de hacerse rico. Seguro que su enfado fue mayúsculo. Pero por suerte volvieron los días cualquiera y todo volvió a la calma: el sol salía como todos los días y a Zaplana lo iban haciendo presidente del PP, presidente de la Generalitat, ministro…

Desde entonces, la cotidianidad de Alfredo Castelló se ha ido rompiendo casi por rutina ya que resulta difícil encontrar un día como otro cualquiera ante tanta detención de dirigentes, conselleres, concejales, tesoreros, indicios de financiación ilegal, cuentas B, discos duros destruidos. No quiero ni imaginarme el mal cuerpo que se le puso la mañana en que los periódicos vincularon a algunos corruptos de la trama Gürtel en la organización de su propia campaña electoral en 2007.Seguro que ese día Castelló tampoco pudo reprimirse entre sus íntimos un rotundo y castrense ¡hasta los cojones! Su indignación debió de ser tal que hasta barajó la posibilidad de exigir una transparencia total en la contabilidad del PP, una depuración absoluta de todos los cargos bajo la más mínima sospecha e incluso una refundación del partido que conjurara definitivamente cualquier sombra de corrupción, como Alianza Popular hizo en los 80 para apartar -con cuestionada eficacia, eso sí- las sombras del franquismo.

Estoy convencido de que Castelló iba a hacer todo eso para defender la honestidad de los miles afiliados. Pero por desgracia, cuando se disponía a hacerlo, resulto ser un día como otro cualquiera.

Artículo publicado en Eldiario.es