La androide que me amó

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El pasado viernes, Zheng Jiajia se sintió la persona más feliz de los más de 9 millones de habitantes de la ciudad china de Hangzhou. Y no era para menos pues se trataba del día de su boda. No es que fuese muy mayor, pero con 31 años a Zheng ya comenzaban a pesarle los continuos comentarios maliciosos de amigos y familiares que le auguraban una larga vejez de soltería, especialmente después de sus últimos desengaños amorosos. Se sabía retraído y no especialmente agraciado, así que la perspectiva de una vida en soledad era una obsesión que comenzaba a perseguirle en sus no menos solitarias noches. Por eso el viernes estaba exultante observando de reojo la felicidad de su madre o la alegría de sus amigos al ver desmentidas sus tristes predicciones. Y también, claro, gozoso de ver a su lado a la pequeña Yingying. Tan frágil, tan bella, cubierta por el pañuelo rojo que marca la tradición, tan decidida a pronunciar aquel definitivo sí quiero, como si aquellas dos palabras fueran las que dieran sentido a su vida. Cuando las escuchó Zheng se sintió el centro de aquella moderna urbe a orillas del río Qiantang. Más aún, el centro del mundo entero.

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El Papa, la masturbación y la próstata

principaldecliveHace ya 27 años que el cineasta canadiense Denys Arcand estrenó El declive del imperio americano, una intimista y sincera aproximación a esta agonía social que arrastramos desde hace décadas. Con su humor incisivo e inteligente, la película –y su continuidad en Las invasiones bárbaras (2003)- sigue conservando buena parte de su vigencia. Así lo prueban muchos de sus diálogos, como aquel en el que uno de sus personajes afirmaba: “El Papa no tendría derecho a hablar de otra cosa que no fuera masturbación o próstata”. Me viene hoy a la memoria esta escena a propósito de la insistencia con que la Iglesia Católica, Apostólica y Romana se empeña –pese al pregonado celibato- en seguir colándose en nuestras camas.

Aunque, claro, tampoco resulta extraña esta obsesión neurótica del clero por la sexualidad si pensamos en el papel extravagante que se le otorga al eros en las Escrituras. De hecho, las perversiones de Sade se quedan en cuentos infantiles al comprobar cómo la figura central de la doctrina católica, Jesús, se nos presenta como el fruto no solo de un encuentro adúltero aprovechando el sueño inocente de José, sino de toda una relación zoofílica. Eso sí moderada por la inocencia de una paloma (¿o sería palomo? ¿O estaríamos ante un caso de lesbianismo animalístico?), evitando así la voluptuosidad pagana de Zeus, capaz de transformarse en toro por los favores íntimos de Europa.

Esta freudiana obsesión por el sexo ajeno retorna estos días con especial virulencia en España. Ahí están las arremetidas del cardenal de Madrid Antonio María Rouco para que el ministro de Justicia Alberto Ruiz Gallardón deje a las mujeres sin capacidad para decidir su libre maternidad; o se impida el derecho a vivir legalmente en pareja con quien se quiera, con independencia de qué tenga entre las piernas tu amante. Ataques cardenalicios reforzados por ese gran monologuista que es el obispo de Alcalá de Henáres. Porque estos días, Juan Antonio Reig también nos ha desvelado cómo detrás del aborto o el matrimonio gay se esconde una conspiración marxista que, frustrado su anhelo de revolución social, habría encontrado en la revolución sexual una nueva oportunidad para sus planes destructivos.

En cualquier caso, esta fijación erótica no es monopolio del clero español, ni en general de la Iglesia de Roma. En Catar, por ejemplo, la peculiar moralidad islámica del emirato llevó al presidente de la Fifa Joseph Blatter a recomendar a los deportistas y aficionados homosexuales que viajen al país en 2022 para asistir al Mundial de Fútbol, que se abstengan de toda actividad sexual. Consejo del que, pese a su conocida heterosexualidad, debería tomar buena nota Iñaki Urdangarín para evitar esos juegos de palabras sobre su condición de duque empalmado, si finalmente su carrera profesional le acaba conduciendo a esos confines tan alejados de los juzgados de Palma.

Como no es menor, por ejemplo, la obcecación demostrada por el pastor evangelista brasileño Marco Feliciano, para quien, por cierto, los católicos –incluyendo, supongo el obispo Reig- no dejan de ser unos libertinos “entregados a la prostitución”. Este simpático religioso, que además es diputado y preside la comisión parlamentaria de Derechos Humanos, se siente llamado a combatir la “dictadura gay” que, en su opinión, atenaza Brasil.

En fin, resulta llamativa esta insistencia de las más variadas iglesias a colarse en la cama ajena y, desde la abstinencia, dar sermones sobre lo que ignora. El Papa solo debería hablar de masturbación y próstata, afirmaba el personaje de Arcand. “Es lo que conoce”, le comentaban en la escena. “También sabe de bancos”, replicaba en el diálogo… pero eso ya lo dejaremos para otro día.

La urgente caligrafía de lo imposible

Ignoro si en chino cantonés existe una máxima similar a nuestro convencimiento de que nunca es tarde si la dicha es buena. En cualquier caso, ese debió de ser el pensamiento que rondó por la cabeza del anciano calígrafo Quian Jian el día que comunicó a su familia su decisión de transformarse a sus 84 años en la bella Yiling. Su historia ha transcendido estos días a los periódicos con esos tintes morbosos que suelen caracterizar a los relatos sexuales en las secciones de sociedad. Y, sin embargo, su decisión se ha convertido, sin duda, en una de las pocas noticias esperanzadoras que hallamos en unos medios convertidos a golpe de crisis e informes de Standard and Poor’s en una especia de obituario social cotidiano.

Posiblemente, Yiling nunca leyó los trabajos de Judith Butler, ni está al tanto de la producción teórica de Beatriz Preciado. De hecho, es más que probable que nunca haya oído hablar de la teoría queer. Sin embargo, el ancestral arte de la caligrafía le enseñó a descubrir que la belleza de los pictogramas no tenía otro origen que no fuera el trazo firme y preciso que iba componiendo su mano. Una belleza construida a fuerza de voluntad, trabajando el movimiento de los dedos para que ningún temblor involuntario desviara el pincel, calibrando la tinta precisa que asegurara la ausencia de borrones indeseados. Y esa misma meticulosidad caligráfica dedicó Qujian Jian a la realización de su más delicado trabajo: la construcción de Yiling.

Para ello, el calígrafo decidió primero, hace más de treinta años, llevar pelucas y vestirse con ropas lo suficientemente ambiguas que le permitieran liberarse de una indumentaria que reafirmaba una sexualidad social que él cuestionaba. Después, al cumplir los 60 años, comenzó a tomar hormonas que le permitieran acercar las formas de su cuerpo a la percepción de su propia automirada. Finalmente, en 2009, envió una carta a sus superiores y compañeros de trabajo para comunicarles la liberación de su nueva identidad como mujer, anhelada desde que tenía tres años. Ahora, aunque mantiene sus temores ante la decisión de dar un último paso quirúrgico, Yiling ha tomado las riendas de su identidad y, con el respaldo de su esposa, proyecta sin tapujos al mundo su identidad.

La lucha de Quian Jian por liberar a Yiling es tal vez el mejor referente que podamos tener en estos tiempos marcados por el determinismo asfixiante de la angustia. Desde hace décadas el capitalismo realmente existen se ha vanagloriado del fracaso de cualquier alternativa posible, presumiendo del monopolio de una supuesta libertad y asegurando que las pesadillas más atroces se escondidas detrás de las pretensiones de igualdad.

Hoy ha llovido mucha hipocresía, cinismo y desesperanza desde la caída del muro de Berlín. Quienes nos advertían del final de la Historia tras el fracaso de aquel socialismo, enmudecen ahora ante el derrumbe del que nos anunciaron como el mejor de los mundos posibles. Su sistema ha fracasado y ya no sirve el complaciente consejo de que nada será mejor que esto. Ahora, solo les queda el recurso lastimero de alabar la madurez con que los ciudadanos encajamos cada vuelta de tuerca., como una vez más volvió a recordar Mariano Rajoy en su comparecencia ante la CEOE mientras Luis de Guindos solicitaba oficialmente la colonización financiera de España.

Por ello, hemos llegado al punto de buscar lo nuevo. No será fácil. Tendremos que recurrir a la firmeza de las cuencas mineras, recordar los antiguas resistencia de las fábricas, redescubrirlas con la imaginativa mirada de los jóvenes que toman las plazas. Y aprender a escribirla con perseverancia y paciencia, aunque tengamos que desechar muchos papeles emborronados por el camino. Aprender a diseñar sus contornos con la misma meticulosidad y belleza con que Quian Jian compuso su mejor caligrafía.

Europa y los pingüinos necrófilos

George Murray Levick jamás sospechó que en la gélida región de Tierra Adelia iba a encontrar uno de los descubrimientos más tórridos de la zoología. El científico y explorador llegó hasta aquella región de la Antártida como miembro de la expedición que entre 1910 y 1913 dirigió el capitán Robert Falcon Scott, una aventura polar que acabó costándole la vida a Scott y a buena parte de su tripulación. Sin embargo, no fueron las brutales ventiscas durante los meses de aislamiento lo que más impactó a Levick. Ni siquiera la experiencia de ver a sus camaradas consumirse por los estragos del frío y el hambre. No, lo que más espantó a su moralista y victoriana mirada fue la visión de las costumbres sexuales de los pingüinos.

Con todo, su espíritu científico –no exento de cierto voyerismo- parece que pudo más en él que su repulsión. Lo cierto es que es Levick fue describiendo con todo lujo de detalles los hábitos eróticos de los pingüinos. De hecho, su estudio ocuparía buena parte de su tiempo mientras esperaba ser rescatado, durante el verano antártico de 1911-1912. En su cuaderno fue describiendo prácticas que consideraba moralmente inadmisibles como la homosexualidad, o comportamientos tiránicos por parte de grupos de machos como violaciones y acosos pedófilos a las crías. Pero la perversión que resultó más insoportable para sus ojos fue el hábito de copular con cadáveres de hembras, al confundir algunos machos la hierática quietud de aquellos cuerpos con la sumisión a sus deseos eróticos.

Sin embargo, el puritanismo acabó pesando más en el doctor Levick que su afán divulgativo. Por eso el científico omitió estos escabrosos episodios sicalípticos en su obra La Historia Natural de los pingüinos de Adelia. Sus hallazgos quedaron así solo reservados a un selecto número de eruditos, para los que editó el reservado folleto Los hábitos sexuales de los pingüinos de Adelia. De hecho, ya durante sus observaciones en la Antártida, el científico tuvo la prevención de escribir sus anotaciones más delicadas en griego, para que los escabrosos detalles quedaran velados para la curiosidad de los no preparados.

Ahora, el Museo de Historia Natural de Londrés ha sacado a la luz aquel cuaderno y lo ha incluido en una exposición sobre la expedición de Scott. Se confirma de este modo esa ley implacable que tan bien conoce aquel que haya intentado alguna vez guardar un secreto: todo en esta vida se acaba sabiendo. Por eso, tal vez, la historia de los pingüinos que escandalizaron a Levick se asemeja hoy tanto al desenlace agónico que parece estar hundiendo en los últimos tiempos a una Europa en la zozobra.

Si durante décadas el científico inglés luchó por ocultar al mundo los escarceos con la crueldad que estos simpáticos pájaros ataviados de frac escondían, también nuestros gobernantes y economistas se afanaron durante años en proyectar solo la cara amable del proyecto europeo que hoy se desmorona. Y ello a pesar de que no fueron pocas las voces que alertaban del espejismo neoliberal que se escondía tras del proyecto consagrado por Maastricht, donde se asentaban definitivamente las bases de la desregulación y los recortes sociales. El Viejo Continente asumía así como un nuevo dogma de fe la nueva economía de casino que permitió enriquecerse por igual a especuladores inmobiliarios del Mediterráneo y especuladores financieros nórdicos que durante estos años prestaban dinero para jugar en la divertida ruleta del ladrillo o en la perversa ruleta rusa del mercado de alimentos.

Hoy, con su disfraz de pingüino, los hombres de negro vienen a poner al descubierto todo lo que trataron de ocultarnos. Fieles a sus instintos, esperan de nosotros la sumisión precisa para consumar así la violación de nuestros derechos sociales, económicos y políticos. Los más perversos incluso nos aconsejaran que para evitar el sufrimiento lo mejor es quedarnos muy quietos, como si ya estuviésemos muertos.

Viaje a ninguna parte 2.0

El gran sueño del abuelo de Ling Yifan era dar la vuelta al mundo, conocer todos los países, pasear por todas las ciudades. Un deseo que, por fin, el anciano ha visto convertido en realidad, justo ahora, cuando aguarda en la cama de un hospital la llegada de su último instante. Todo gracias a su nieta que la pasada semana decidió publicar en un microblog su retrato y el relato de aquella ilusión. Para sorpresa de la joven, aquel mensaje fue reenviado en pocas horas por más de 90 mil internautas. En los días siguientes la pantalla de su ordenador en Beijing comenzó a llenarse con más de 10 mil fotografías llegadas de todas las partes del mundo. Todas mostraban el mismo rostro sereno de su abuelo y como fondo los más variopintos lugares.

Ahora el anciano espera el mordisco último del cáncer que le corroe mientras contempla las miles de imágenes que vinculan las facciones de su cara con todos esos lugares que tanto quiso conocer. Geografías soñadas solo alcanzadas tras renunciar a su materialidad, a su física consistencia. De hecho, viejo y enfermo, ha tenido incluso que renunciar a sí mismo. Por ello ni siquiera sabemos su nombre, ni cuando nació, a quién amó, si traicionó a un hermano o si, quizás, fue él el traicionado. Su historia, que tal vez ya haya acabado a estas horas, quedará así para siempre difuminada, sin esperanza de ser recordada, reducida a la fugaz existencia de un trending topic, un instante de realidad 2.0 como antesala para  toda una posteridad de olvido.

Claro que hace ya mucho tiempo que el artificio se ha convertido en la más real de las experiencias que nos envuelven. O tal vez siempre fue así, desde que los primeros temores de la humanidad o aquellos deseos que llevaron a los primeros muertos de nuestra especie a dibujar extrañas formas en las paredes de las cavernas más profundas. Después vendrían los relatos mitológicos y los paraísos artificiales. O aquellos mareoramas que permitían recorrer el mundo en barco sin salir del Paris de 1900, o las agencias de viajes que transformaron la cartografía de nuestras ensoñaciones en una mercancía asequible a cómodos plazos.

Hoy, con todo, nos sentimos más cómodos en estos espacios de palpable intangibilidad que en las inestables incertidumbres de carne y hueso. Nos lo recordaba recientemente Santiago Alba Rico cuando reflexionaba sobre ese mapa de los deseos de Tokio que ha llevado a sus habitantes a entregarse con entusiasmo al onanismo de artificio, evitando de este modo la incomodidad de buscar el placer compartido en la piel del otro. Experimentar limpiamente, sin suciedad, ni molestias. El mismo afán de asepsia que ha llevado a Philippe Starck y David Edwards ha presentar los más variados inhaladores capaces de acercar en efímeras dosis las sensaciones de una tarta de chocolate, una taza de te o una pequeña borrachera sin tener que pagar el peaje de unos kilos de más, la suciedad de nuestros dientes o la más impertinente resaca.

Sentir sin sufrir. Gozar sin acariciar, ni ser rozado. Ver, sin mirar. Esa es nuestra aspiración. Hasta, tal vez, acabar percibiendo nuestra propia vida como esa colección de imágenes ficticiamente reales que el venerable abuelo de Ling Yifan  ve pasar ante sus ojos con curiosidad y extrañeza. Nuestro rostro neutro fotografiado junto a unos padres desconocidos, al lado de una amante ignorada, en un trabajo invisible, acosado por un policía sin perfiles, interrogado por un juez difuminado, acompañado por un banquero sin cara, enterrado por unos sepultureros sin mirada.