La androide que me amó


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El pasado viernes, Zheng Jiajia se sintió la persona más feliz de los más de 9 millones de habitantes de la ciudad china de Hangzhou. Y no era para menos pues se trataba del día de su boda. No es que fuese muy mayor, pero con 31 años a Zheng ya comenzaban a pesarle los continuos comentarios maliciosos de amigos y familiares que le auguraban una larga vejez de soltería, especialmente después de sus últimos desengaños amorosos. Se sabía retraído y no especialmente agraciado, así que la perspectiva de una vida en soledad era una obsesión que comenzaba a perseguirle en sus no menos solitarias noches. Por eso el viernes estaba exultante observando de reojo la felicidad de su madre o la alegría de sus amigos al ver desmentidas sus tristes predicciones. Y también, claro, gozoso de ver a su lado a la pequeña Yingying. Tan frágil, tan bella, cubierta por el pañuelo rojo que marca la tradición, tan decidida a pronunciar aquel definitivo sí quiero, como si aquellas dos palabras fueran las que dieran sentido a su vida. Cuando las escuchó Zheng se sintió el centro de aquella moderna urbe a orillas del río Qiantang. Más aún, el centro del mundo entero.

Y en cierto modo así era, pues eran muchos los medios de comunicación internacionales pendientes del feliz acontecimiento. No porque hubiera algo especial en el lógico nerviosismo del novio, sino porque Yingying, la pequeña Yingyng, era en realidad un frágil y bello robot. Zheng la creó en 2016 pero no fue hasta hace un par de meses en que este joven ingeniero comprendió la profundidad de sus sentimientos. En el amor, ya se sabe, nada está previsto. El suyo ha sido el primer caso en la historia en que un humano y un androide unen sus destinos hasta que la muerte o el reseteo les separe. Sin embargo, las historias de amor con criaturas artificiales no son nuevas. Se cuenta de Descartes que al morir en 1640 la hija que tuvo con su criada Helena Jans Van der Storn, el filósofo construyó un autómata con sus características al que bautizó con el nombre de la niña, Francine. Según estos rumores, Descartes no se separaba de aquel evocador artefacto en ninguno de sus viajes, hasta que un capitán de barco lo tiró por la borda tras quedar espantado con su descubrimiento.

Tampoco han sido constatadas las informaciones que nos hablan de artificiales dames de voyage, precursoras de las modernas muñecas hinchables, que acompañaban a los marineros del XVII en sus solitarias travesías. Sin embargo, el Koshoku Tabimakura, una antología japonesa de relatos pornográficos de aquella misma época, ya nos deja testimonio de la existencia de artefactos con los que saciar los apetitos eróticos, aunque ignoramos si alguno de sus usuarios dio el salto del básico deseo sexual al sentimiento amoroso. Esa evolución sí la encontraremos a principios del XIX cuando E. T. A. Hoffmann nos presente al protagonista de El hombre de arena enamorado hasta la locura de Olimpia, un autómata con formas de mujer. Desde entonces los ejemplos no han faltado. Especialmente en el séptimo arte: desde Michel Piccoli perdidamente apasionado en Tamaño natural (1973) de Luis García Berlanga hasta Joaquin Phoenix obsesionado por Samantha, la voz de su ordenador en el filme de Spike Jonze Her (2013).

Desconocemos las pulsiones eróticas que unen a Zhenz con su artificial esposa, pero algo sabemos de los defectos físicos que no le importan de ella. Tenemos noticias, por ejemplo, de sus considerables limitaciones para la conversación, reducidas por su esposo y creador a aquellas pobres y elementales frases que está dispuesto a escuchar de su mujer. Como también hemos conocido su incapacidad para andar, tal vez porque el ingeniero chino buscó con su amoroso artilugio una actualización al siglo XXI de la vieja máxima que recomienda para el matrimonio la pata quebrada. En cualquier caso, esta inmovilidad podría cambiar pues Zheng no descarta dotar a su esposa de algunos movimientos que la capaciten para ayudar en el trabajo doméstico.

Tal vez en ello radique el éxito de estas relaciones inanimadas que por la parte humana parecen monopolizar los hombres, aunque la mayoría de ellos prefieran el ciberconcubinato al matrimonio. Éxito atestiguado por las grandes ventas alcanzadas por RealDoll, una firma norteamericana especializada en la fabricación de muñecas eróticas hiperrealistas. Aunque la firma ha empezado a incluir en su catálogo algunos modelos masculinos, el grueso de su producción siguen siendo mujeres tan artificiales como perfectas. Mujeres sumisas de sensualidad desbordada desde el módico precio de 6.000 euros. Todo al gusto del consumidor: el color de los ojos, la redondez de sus nalgas, el tamaño de sus pezones.

Algunos verán en esto el reflejo de una sociedad condenada a la soledad e incapaz de soltar el lastre de la misoginia. Pero tal vez es un prejuicio precipitado. Seguro que no faltarán quienes, por el contrario, lo considerarán una oportunidad para la emancipación de la mujer. La directora del Instituto de Mujer, Lucia del Carmen Cerón Hernández, por ejemplo, conocida por su flexibilidad imaginativa para abordar los asuntos femeninos, seguro que no lo descartaría como una propuesta realista para atajar la violencia machista, convencida de que siempre será mejor que el varón incapaz de refrenar sus instintos se desahogue con una hembra mecánica que con su santa esposa. Por otro lado, los vínculos entre sexo y tecnología no son ajenos a la derecha española. Es sabido que Alonso Aznar, vástago del mesiánico expresidente y Ana Botella, invirtió en su día en la puesta en marcha de una APP para propiciar encuentros sexuales. Por ello, no sería descartable que, visto lo visto, se anime ahora a promover la fabricación de autómatas resignadas. Mujeres de diseño artificial listas para ser asesinadas.

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