De la moción de censura a la loción de ternura

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Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

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Rajoy y los monstruos

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Grabado de los hermanos Colloreto de 1654

El Barroco fue un tiempo de excesos, de teatralidad, incluso de sobreactuación. No sorprende por ello que las crónicas nos den cuenta de la curiosidad y el interés que despertó en aquella Corte la visión de lo monstruoso, extraños seres que no eran sino pobres diablos a los que la vida no dejaba más alternativa que la de sobrevivir exhibiendo sus malformaciones o su enfermedad. Enanos, obesos, gigantes, mujeres barbudas y deformes conformaron así una desdichada legión de miserables condenados a mendigar unas monedas por las calles o, si el azar se ponía de su lado, atraer la atención del monarca y los cortesanos.

Entre ellos destacaron allá por 1629 los hermanos Lázaro y Juan Bautista Colloreto. Habían nacido en Italia. El primero era de facciones hermosas, de cabellera rubia y rizada. El segundo, por el contrario, presentaba un aspecto mortecino, sus ojos permanecían cerrados, era incapaz de oír, ver ni oler, apenas tenía movilidad, le faltaba una de las piernas, exhalaba halitosis y de su boca no cesaba de manar una desagradable espumilla. Por si fuera poco, estaba adherido a su hermano por el pecho. Este extraño caso de siameses no solo desató admiración en la Corte, sino un interesante debate teológico sobre si los Colloreto tenían una o dos almas y en consecuencia si debían de ser bautizados independientemente por cada una de ellas.

Los calzonzillos socialistas

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Felipe González reflexionando sobre el futuro del socialismo

El azar hace curiosas combinaciones. Esta vez ha querido que la misma semana hayan coincidido el estreno de El hombre de las mil caras de Alberto García y la mayor crisis en el PSOE que se recuerda. Una casualidad que permite enlazar los dos momentos más bochornosos de la historia de este partido: evocar las fotos de Roldán en calzoncillos mientras se ejecutaba el golpe chusquero ideado por Felipe González, Susana Díaz y Juan Luis Cebrián contra el acorralado Pedro Sánchez.

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Pedro Sánchez y los ataúdes coreanos

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Fotograma de “La obsesión” (1962), filme de Roger Corman basado en un relato de Poe

Definitivamente la mayoría de los partidos aspiran a que la próxima campaña electoral se desarrolle fuera de España. El PP pretende que la confrontación se produzca en el hiperespacio, un lugar vacío, similar a las pantallas de plasma donde Mariano Rajoy se encuentra tan a gusto flotando entre esos buenos datos estadísticos que paradójicamente condenan a los españoles a nuevos recortes al dictado de Bruselas, o nuevas vueltas de tuerca en los derechos laborales como las que reclama el Banco de España. Por su parte, Albert Rivera se entrega a fondo para que la campaña se focalice en Venezuela donde el perverso Nicolás Maduro conspira para hacerse con el trono de España.

Esta postura de los neoliberales pata negra es comprensible dado su empeño en mantener a la ciudadanía en realidades paralelas, lo más alejadas posible de una cotidianidad de palo y tente tieso económico, político y social. Sorprende mucho más, sin embargo, comprobar el entusiasmo con que el aspirante socialista a la supervivencia –perdón, a la presidencia– se empeña en llevar la campaña hacia latitudes coreanas. Obviamente, Pedro Sánchez no está pensando en el régimen de Pionyang, donde el entrañable Kim-Jong-un debe estar a punto de engrosar las filas de supuestos financiadores de Unidos Podemos. No, el líder socialista parece moverse más bien influenciado por algunas de las nuevas prácticas que hacen estragos en Corea de Sur.

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Entre el miedo a la traición y la atracción por el “ménage à trois”

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Gary Cooper, Miriam Hopkins y Frederich March en Design for living (1933) de Lubistch

La frontera entre el amor y la amistad suele ser esquiva. Se trata de una endeble barrera de convencionalismo social que sólo considera apropiado permitir la cercanía de los sentimientos siempre que se mantengan a prudencial distancia las epidermis. Ernest Lubistch abordó tan peliagudo tema en su exquisita comedia Design for living (1933). Estrenada en España como Una mujer para dos, la película presenta la estrecha amistad que une a los personajes encarnados por Miriam Hopkins, Gary Cooper y Frederich March y cómo la camaradería entre ella y los dos chicos se tambalea y entra en crisis cuando la sensualidad hace acto de presencia. Por eso la simpática rubia propondrá a sus amigos un pacto de caballeros con el que se comprometan a renunciar al amor.

Algo de esto parece estar ocurriendo estos días en la política española donde sus protagonistas parecen indecisos a la hora de elegir amigos y compañeros de cama, sin terminar de encontrar ese pacto que permita un mínimo equilibrio. John Carlin explicaba recientemente esa dificultad para el pacto por la ausencia en el diccionario castellano de un término similar al compromise inglés, carencia que el periodista achacaba a la influencia secular del catolicismo intransigente. Cierto o no, la verdad es que desde que los generales Espartero y Maroto pusieron fin a la primera guerra carlista con su abrazo de Vergara, nunca han faltado por estas tierras quien considere cualquier posible pacto como un inevitable sinónimo de traición.

Claro que la historia tampoco ha ayudado mucho a mejorar la imagen de los pactos. La Restauración, por ejemplo, el gran pacto por excelencia de la historia política española, no fue más que un chanchullo turbio entre Cánovas y Sagasta para garantizar la estabilidad de la monarquía a fuerza de implantar una democracia caciquil. Incluso el alabado consenso constitucional de 1978 fue alcanzado al precio de ocupar al mismo tiempo pódium junto con Camboya en la deleznable competición de contabilizar cadáveres enterrados en fosas clandestinas y cunetas anónimas, lo que la dotaría con una indisimulable sensación de renuncia que todavía está pendiente de superar.

En Valencia la madre de todos los pactos la suscribieron Eduardo Zaplana y Vicente González Lizondo en 1995. Fue el mítico Pacto del Pollo que dejó cautiva y desarmada durante lustros a la izquierda valenciana y convirtió al PP en una apisonadora que lo primero que se llevó por delante fue a sus socios ultramontanos, lo que volvió a confirmar el pacto como un potencial peligro para el más débil de sus firmantes. Con todo, la abducción del lizondismo blavero no fue nada comparado con la rapiña que vendría después y que sigue deparándonos titulares estos días como los de Ciegsa o Consuelo Císcar.

Tampoco por la izquierda la inclinación al acuerdo ha sido muy común desde que Marx y Bakunin comenzaron a lanzarse pullas en las reuniones de la Internacional. Si el fin de la dictadura permitió el espejismo de un acuerdo entre comunistas y socialistas para recuperar democráticamente los ayuntamientos, lo cierto es que durante décadas la suspicacia ha marcado cualquier colaboración. El miedo a ser absorbidos, a ser traicionados, han ido configurando –y no sin motivos- el amor odio que ha marcado la relación con el PSOE, primero del PCE y luego de IU. Unos temores que hoy parece despertar Podemos, el nuevo macho dominante del progresismos hispánico.

Y sin embargo, la cooperación de la izquierda ha sido históricamente su baza más constructiva. La imperfecta unión en la diversidad permitió la proclamación del 14 de abril. O los acuerdos frágiles y plagados de crueles desencuentros que posibilitaron resistir tres años a la bestia. Hoy, superada la época de los grandes relatos, confluencias sin vocación de épica están permitiendo oxigenar ciudades como Madrid, Barcelona o incluso Valencia. Hasta se ha podido superar la fría sombra dejada en este país por el Pacto del Pollo, gracias a la calidez de otro pacto, el del Botánico, que podría devolver un poco de sosiego a estas castigadas tierras.

Pero cuando la opción del pacto progresista se presentaba más seductora para recuperar una sociedad tan maltratada, un consenso mínimo regenerador que permitía incluso atisbar el desalojo de Mariano Rajoy de la Moncloa -eso sí, con un acuerdo que más que acuerdo sería un triple mortal con tirabuzón y sin red-, cuando todo se antojaba propicio en diferentes ámbitos, todo parece saltar por los aires como si la imposibilidad de un acuerdo, aunque limitado, fuera una maldición faraónica. Así, Susana Díaz se enfada con Pedro Sánchez, Pablo Iglesias boicotea a Alberto Garzón y Joan Baldoví decide irse con la música y su pretendido RH valenciano ante los supuestos desplantes de Podemos, haciendo temblar de paso los frágiles equilibrios internos en Compromís.

Tal vez por eso, la pícara Miriam Hopkins creía que lo mejor para salvar las relaciones era dejar claro a sus amigos que una cosa es la amistad y otra el amor. Por eso les propuso un pacto entre caballeros que expulsara para siempre las tentaciones eróticas entre los tres. Claro que, al mismo tiempo, la joven también sabía lo divertido y enriquecedor que puede ser un ménage à trois. Y, sobre todo, de lo que no tenía duda alguna era de que ella no era un caballero.

Artículo publicado en Eldiario.es

La abuela de Cervantes y la estrategia del PP

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Éramos pocos y parió la abuela. Y no me refiero a la irrupción de Podemos y Ciudadanos en el parlamento andaluz, que también. Me refiero, claro está, a doña Elvira de Cortinas, abuela de Miguel de Cervantes, en quien ahora los investigadores parecen poner toda su esperanza para identificar los restos del escritor entre ese acertijo de huesos hallado en el convento de las Trinitarias de Madrid. Los responsables de la pesquisa confían poder seguir en ella el rastro de ADN que les conduzca hasta la osamenta del manco universal para así poder certificarla, catalogarla y, finalmente, incluirla en la oferta turística de la Corte del Reino.

Es así como el bueno de Cervantes, de cuya segunda parte del Quijote se conmemora este año el cuarto centenario, parece condenado a seguir pendiente de pruebas que atestigüen hasta su descanso de polvo carcomido. Si antaño la familia de Cervantes ya tuvo que recurrir a certificados de limpieza de sangre que disiparan sospechas judaizantes, hoy a su cadáver le exigen la legitimación científica que corrobore su limpieza de muerto ilustre. Para ello, al igual que la Dorotea logró rescatar en Sierra Morena al caballero de la Triste Figura con la ayuda de la Princesa Micomicona, el equipo de forenses espera poder transformar las pruebas genéticas en una convincente Princesa Mitocondriana que atraiga a la luz el desgastado esqueleto.

Con todo, Cervantes no es el único que anda estos días pendiente de certificados de limpieza de sangre que acrediten su autenticidad y su honra. Todo el sistema político español parece en los últimos tiempos obsesionado en mostrar una pureza renovadora que vaya más allá del simple enjuague. Si en un primer momento algunos consideraron que para ello sería suficiente el prelavado unas primarias, la apisonadora social de la crisis y la irrupción de Podemos ha terminado por obligarles a perseguir el oxímoron de buscar candidatos libres de contaminación política.

La obsesión fue tal que, como es conocido, el candidato socialista a la alcaldía de Madrid, Antonio Miguel Carmona, llegó a recordarle durante un debate a Juan Carlos Monedero su fugaz militancia en el PSOE en un intento de desacreditar al profesor de ciencias políticas. Precisamente fue en Madrid donde esta estrategia tuvo su concreción más espectacular en el golpe de timón con el que Pedro Sánchez lanzó por la borda a Tomás Gómez para aupar hasta el puente de mando a un Ángel Gabilondo entre cuyas principales virtudes se incluía su no militancia en el partido. Luego el testigo lo retomó Ximo Puig en el antiguo reino y ex País Valenciano. Es así como los socialistas valencianos han lanzado a los puestos de cabeza aspirantes a diputados que el electorado no identifique con el pecado del político profesional como los escritores Fernando Delgado y Carmen Amoraga, la exrectora de la Universitat Jaume I Eva Alcón.

El fenómeno afectó incluso a Izquierda Unida que tras el despropósito de sus crisis internas y las salidas de Tania Sánchez y Mauricio Valiente ha terminado por confiar en el bueno de Luis García Montero para mantener el tipo dignamente en Madrid. Por su parte, tanto Pablo Iglesias como Albert Rivera no han dejado de subrayar precisamente su perfil de no políticos, su condición de formaciones inmaculadas, arcángeles anunciadores de un nuevo reino de Dios que no será de izquierdas ni de derechas, ni rojo ni azul, sino aquel que en otro tiempo un nazareno nacido en Belén profetizó que no iba a ser de este mundo.

La gran excepción a estas inclinaciones que podrían convertir España en una nueva república platónica, a la vista del número de intelectuales y académicos que pueblan las candidaturas, es el PP. Frustradas en Cuba las opciones de Ángel Carromero para convertirse en el rostro joven y renovador de los populares para medirse con Iñigo Errejón, el PP ha optado por aferrarse a la tradición española de las familias de bien. Y como tal se siente liberado de tener que presentar prueba alguna que confirme su condición de “derechas de la toda la vida”. Los rostros acartonados de Mariano Rajoy, Esperanza Aguirre, Rita Barberá o las mantillas de Cospedal ya lo certifican generosamente.

Paradójicamente, el resultado de las elecciones andaluzas ha venido a reafirmarles en esta estrategia. Al fin y al cabo, si Susana Díaz ha salido indemne de los ERE, no es descabellado para ellos sortear el tsunami de Bárcenas, Gürtel y la crisis. Por lo pronto, los tres han demostrado ser maestros en el arte de surfear entre tiburones. Y en última instancia, siempre se podrá culpar de todo a Venezuela o a Grecia.