La androide que me amó

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El pasado viernes, Zheng Jiajia se sintió la persona más feliz de los más de 9 millones de habitantes de la ciudad china de Hangzhou. Y no era para menos pues se trataba del día de su boda. No es que fuese muy mayor, pero con 31 años a Zheng ya comenzaban a pesarle los continuos comentarios maliciosos de amigos y familiares que le auguraban una larga vejez de soltería, especialmente después de sus últimos desengaños amorosos. Se sabía retraído y no especialmente agraciado, así que la perspectiva de una vida en soledad era una obsesión que comenzaba a perseguirle en sus no menos solitarias noches. Por eso el viernes estaba exultante observando de reojo la felicidad de su madre o la alegría de sus amigos al ver desmentidas sus tristes predicciones. Y también, claro, gozoso de ver a su lado a la pequeña Yingying. Tan frágil, tan bella, cubierta por el pañuelo rojo que marca la tradición, tan decidida a pronunciar aquel definitivo sí quiero, como si aquellas dos palabras fueran las que dieran sentido a su vida. Cuando las escuchó Zheng se sintió el centro de aquella moderna urbe a orillas del río Qiantang. Más aún, el centro del mundo entero.

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La cal viva y las estadísticas

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Los números se han convertido en una de esas presencias tan cotidianas que al final ni siquiera deparamos en ellos. Forman parte inseparable de nuestras rutinas, como el sonido de los teléfonos móviles, los atascos de hora punta y los paraguas en días de lluvia. Nos esperan en los más insospechados lugares: en la clave de nuestra tarjeta de crédito, en la combinación de una lotería, en nuestro distrito postal, en el precio del quilo de las patatas o en las informaciones sobre la devaluación de yuan. Pero, sobre todo, los números son cómodos de llevar, maleables como la arcilla en manos del alfarero y fáciles de acumular como las fechas de los cumpleaños.

Sí, definitivamente, los números son cómodos, llevaderos y, en cierto modo, hasta nos reconfortan con su frialdad comedida. Por lo pronto -y no es poco- resultan mucho más amables que una palada de cal viva en nuestros ojos. Si el número nos evoca la regularidad de lo previsible y en consecuencia controlable, aunque sea por el dudoso recurso de la manipulación estadística, la cal nos remite a una paradójica dualidad: por un lado, nos evoca los placenteros paisajes encalados de los pueblos del sur; por el otro, la tenebrosa asepsia blanca a la muerte cuando adquiere dimensiones industriales en la fosa común de un pueblo apestado, en Auschwitz o al final de una batalla.

El horror acumulado en ese necrológico uso de la cal explica por qué los medios de comunicación se han apresurado a sacar los cuerpos de Marina y Laura del brutal quemazón de la cal, para acomodarlos respetuosamente en el ámbito de los guarismos. Se trata, además, de una decisión adoptada en la mayoría de los casos con la mejor de las intenciones, tomada con el afán de impulsar una reflexión crítica y serena sobre la violencia machista, puede que incluso hasta una movilización social, tratando de proteger al mismo tiempo a las víctimas de la mirada morbosa, devolviendo a sus cuerpos la dignidad que les arrebató tan indigna muerte.

Es así como Marina y Laura se convierten en el húmedo pozo donde fueron halladas junto al río Huécar, en dos nuevas cifras al registro de mujeres asesinadas. Una lista implacable a la que se levan sumando nuevos números en un goteo viscoso que acumula al menos 25 en lo que va de año, cerca de 790 en la última década. Cifras absolutas susceptibles de ser divididas en series, moldeadas en tablas estadísticas, representadas en gráficas de apiladas columnas o prolongadas líneas. Iconografías aritméticas homologables a partir de ese momento a tantas otras que desde los informativos del televisor nos tienen al tanto de la actualidad con los últimos datos de la evolución del índice del paro, la venta de coches o los precios  del mercado inmobiliario.

La acumulación de dígitos permite indirectamente domesticar al otro protagonista de la historia de violencia: el monstruo. El asesino despiadado cuyo incomprensible comportamiento nos aterroriza pero, al mismo tiempo, nos alivia también al constatar cómo el matemático rigor de las estadísticaslo encarcela en la celda de la excepción, frente a unas mayorías confirmadas en la regla de una supuesta normalidad. Y junto al bárbaro, el infeliz, ese asesino transformado pobre desgraciado en el que solo una acumulación de desesperaciones pudo llevar a hacer lo que hizo, como evidenciaría su decisión última de quitarse él mismo la vida. De este modo, víctima y victimario quedan equiparados, como ha ocurrido en la localidad de Serra donde su ayuntamiento terminó decretando una jornada de luto por los dos.

Con todo ello, tras la ritual concentración de repulsa, al final todo vuelve a la normalidad para una sociedad que se siente  estadísticamente liberada de cualquier responsabilidad en estas muertes. Y así, un día a alguien se le ocurrirá decir que si la muerta es una puta debería quedar fuera de las estadísticas. O mostrará su indignación ante el agravio que sufren los hombres asesinados por sus parejas. O nos recordará a Otelo para enseñarnos cómo siempre hubo crímenes provocado por la sinrazón de las pasiones. Pero sobre todo, lo que nunca faltarán serán bienintencionadas personas que, sinceramente consternados por estas muertes, no dudarán en denunciar la brutalidad del machismo. Eso sí, inmediatamente después nos aclararán que ellos no son feministas porque, como bien sabe el sentido común, tan malo es un extremo como el otro. Es lo que pasa cuando nos limpian con cal viva las estadísticas.

Publicado en Eldiario.es y Nueva Tribuna