La androide que me amó

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El pasado viernes, Zheng Jiajia se sintió la persona más feliz de los más de 9 millones de habitantes de la ciudad china de Hangzhou. Y no era para menos pues se trataba del día de su boda. No es que fuese muy mayor, pero con 31 años a Zheng ya comenzaban a pesarle los continuos comentarios maliciosos de amigos y familiares que le auguraban una larga vejez de soltería, especialmente después de sus últimos desengaños amorosos. Se sabía retraído y no especialmente agraciado, así que la perspectiva de una vida en soledad era una obsesión que comenzaba a perseguirle en sus no menos solitarias noches. Por eso el viernes estaba exultante observando de reojo la felicidad de su madre o la alegría de sus amigos al ver desmentidas sus tristes predicciones. Y también, claro, gozoso de ver a su lado a la pequeña Yingying. Tan frágil, tan bella, cubierta por el pañuelo rojo que marca la tradición, tan decidida a pronunciar aquel definitivo sí quiero, como si aquellas dos palabras fueran las que dieran sentido a su vida. Cuando las escuchó Zheng se sintió el centro de aquella moderna urbe a orillas del río Qiantang. Más aún, el centro del mundo entero.

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