El pestilente recuerdo de Moby Dick

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Lola López, Pep Ricart y Miguel Lázaro en la representación de “Ultramarins”. Foto Jordi Pla.

El 29 de diciembre de 1954 tenía lugar en el varadero de la Compañía Carbonera de Las Palmas una extraña botadura. No se trataba ni de un buque mercante, ni de un navío de guerra. Lo que la señorita Amalia Guillén, la inevitable hija del gobernador civil para este tipo de acto, bautizó aquel día estampando una botella de champán contra su casco era una ballena. Y no una cualquiera, no. Era La Ballena Blanca, un artificial monstruo marino construido sobre la estructura de un viejo barco-aljibe para dar vida a la mítica Moby Dick, cuyas últimas escenas estaba filmando por entonces John Huston junto a la costa canaria. Con ella y la tranquilidad de las aguas del archipiélago, Huston, Gregory Peck y el resto del equipo confiaban en poder finalizar el rodaje después de que sus dos “ballenas” anteriores, impulsadas por la fuerza de los temporales, se hubiesen dado a la fuga en mares más bravíos como los galeses. Sigue leyendo

Sobre dinosaurios y saltamontes

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Uno de los “saltamontes” del filme “¿Qué sucedió entonces?” (1967) de Rod Ward Baker

El pasado nos fascina, como nos fascinaba el futuro cuando existía. Tal vez esa sugestión resida en la libertad que nos otorga el interpretarlo, el reconstruirlo y, llegado el caso, reescribirlo a nuestro antojo. Una peculiaridad que, en cierto modo, compartía -cuando existía, claro- con el futuro, que siempre se mostraba abierto a los caprichos de nuestra imaginación. Por el contrario el presente acostumbra a ser más prosaico y nuestra relación con él suele asemejarse más bien con la que mantenemos con nuestras zapatillas de andar por casa, a las que nos acostumbramos por su cotidiano calor pese a la fealdad de su diseño afelpado.

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Cañizares y el silencio

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El cardenal Cañizares, arzobispo de Valencia.

En su última película, Scorsese nos presenta el conflicto interior de un joven jesuita portugués ante el silencio de Dios frente a la cruenta persecución religiosa en el Japón del siglo XVII. Una tormentosa vivencia de la fe que el protagonista experimenta en una realidad que le resulta extraña y le supera, una lucha íntima por la redención que acabará conduciéndole a la apostasía. Filme honestamente cristiano, Silencio reivindica la humildad de una búsqueda personal de la transcendencia que cuestiona la intransigencia religiosa tanto como la soberbia fanática de una fe inquebrantable. Sigue leyendo

Pedro Sánchez y el holocausto caníbal

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Anthony Hopkins interpretando a Hannibal Lecter en “El silencio de los corderos”

Los tupiambaes eran una curiosa comunidad indígena que habitaba en el actual estado brasileño de Rio de Janeiro. Constituidos por diferentes tribus, por lo común enfrentadas pero unidas frente a la amenaza exterior, los tupiambaes se caracterizaban por integrar en su seno a los enemigos capturados. Aunque nunca dejaban de considerarlos unos extraños, el grupo se esforzaba en que el enemigo conviviera con ellos, adquiriera sus costumbres e incluso no dudaba en casarlo con alguna de sus mujeres. Pasados los años, un elegido del grupo se encargaba de matarlo y, después de que las mujeres descuartizaran su cuerpo y pasearan los miembros por el poblado, se lo comía para asumir su fuerza y transformarse así en un ser cargado de misterio y poder. Sigue leyendo

La actriz insignificante y la nieta de Mussolini

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Humphrey Bogart y Madelaine LaBeau en una escena de “Casablanca”

Los insignificantes tienen la extraña capacidad de transformarse en sublimes, aunque por lo común ni ellos mismos lo saben. Es una curiosa propiedad que puede manifestarse de repente, sin previo aviso e incluso, en ocasiones, en el momento justo. Por eso son tan peligrosos. Y por eso existe un acuerdo generalizado entre los reyes de todos los mambos sobre la necesidad de impedir, a cualquier precio, que los insignificantes no sean nada más que su imperceptible insignificancia.

Madelaine LeBeau era una actriz insignificante, resignada a interpretar papeles insignificantes. Su carrera cinematográfica apenas será recordada por encarnar insignificantes amantes. En Casablanca la artista francesa daba vida a Yvonne, el juguete roto que el personaje de Bogart, atraído por la radiante Ingrid Bergman y la llamada de la Causa, dejaba desdeñoso y olvidado por cualquier rincón del Rick’s Café. Años más tarde sería la amiguita intranscendente de un Mastroianni sumido en una crisis creativa y existencial en 8 ½ de Fellini.

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King Kong anda suelto por París

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Hollywood supo muy pronto que la cotidianidad contiene en su esencia una frágil línea para separar la placidez del horror. La conciencia de esa endeble fronteraserá una de las claves para consolidar los géneros cinematográficos. Cuando la bella Fay Wray es ofrecida en sacrificio por los aborígenes de una desconocida isla, su alarido de pavor ante la visión del gorila gigante nos remite a los códigos del cine de aventuras, cuyas peripecias se desarrollan en espacios remotos, con paisajes extremos y culturas extravagantes. Pero cuando King Kong irrumpe por las calles de Nueva York, el género se transforma en terror al ver reflejada nuestra aburrida cotidianidad en la confiada somnolencia de los pasajeros de un tren, incapaces de imaginar que solo unos fotogramas más adelante les aguarda la bestia.

Como en la película de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, la bestia nos ha sorprendido estos días por las calles de París. Y como en el clásico filme, Francia se ha apresurado a enviar sus avionescontra ella,aunque, en esta ocasión, no se encarame sobre la azotea del Empire State Building, sino que se oculta, nos dicen, en los desiertos de Siria. Sólo que esta vez, nadie está dispuesto a mostrar la más mínima compasiónpues a diferencia de King Kong, que se movía por un instinto amoroso hacia la protagonista, el actual monstruo solo aspira a devorar a la chica, encarnación autocomplaciente de nuestra cotidianidad. O al menos así lo dice el nuevo guión.

 Porque la gestión mediática y política de los acontecimientos de París tiene mucho de cinematográfica, de ese juego de géneros que veíamos en el mítico filme. Así,la amenaza sin rostro del Daesh cansada de los sacrificios rituales en exóticos escenarios difícilmente ubicables en el mapa, harta de las producciones de aventuras,aspira a dar un giro a la trama adentrándose por el género de terror y llevando la matanza a la alegre noche de París. Por su parte, François Hollande, con el aplauso incondicional de Pedro Sánchez o Albert Rivera, confía en tranquilizar al auditorio presentando al monstruo como algo ajeno, al que hay que mantener a raya incluso cuando adopta medidas de política interior como esos recortes de las libertades públicas que parecen proyectarse como elementos de un una película de acción donde son imprescindibles los agentes con licencia para matar. Pero, sobre todo, el presidente francés, como el ruso, el norteamericano y la mayoría de sus homólogos occidentales, buscan el aplauso del público recuperando el género de aventuras. De aventuras militares, por supuesto.

En todos los caso, se trata de guiones sólidos, sin cabos sueltos, con éxito asegurado. Y como en el Hollywood de los años 50, las distintas productoras velarán a conciencia porque en el trabajo no se cuele ningún cineasta que no haya superado los interrogatorios del comité de actividades antiamericanas, o antifrancesas, o antiislamistas. Incluso no faltarán voces que justifiquen lo maniqueo de sus tramas como una bienintencionada forma de evitar que el espectador se incline por propuestas cinematográficas de la factoría Le Pen. Sólo hay un problema que ninguno de ellos ha conseguido resolver hasta la fecha: que esto no es ninguna película.

El reciente informe publicado por el Institute Economics & Peace con los datos del  terrorismo global en 2014 nos da algunas pistas de ello. Por mucho que el ISIS, en su sobreactuado comunicado propio de una película de serie B, califique a Paris como “la capital de las abominaciones y de la perversión” y que con la misma teatralidad las cancillerías occidentales denuncien el odio a nuestros “valores democráticos”, lo único cierto es que si se realizase un retrato robot de la víctima potencial del terrorismo, sería la de un hombre, una mujer, un niño o una niña de Iraq, Nigeria, Afganistán, Paquistán o Siria, aunque Facebook no contemple la bandera de ninguno esos cinco países como señal de duelo tras un atentado. Desde el año 2000 han muerto en Occidente 3.659 personas,incluidas las víctimas de las Torres Gemelas, Madrid y Londres. A ellos habrá que sumar las trágicas víctimas de París. Solo el pasado año murieron en Iraq 9.929 o 9.213 en Nigeria. Durante 2014 el terrorismo segó en todo el mundo 32.685, sólo 37 de ellos murieron en algún país occidental. Mientras tanto, no faltan estos días quienes justifican por la amenaza terrorista el cierre de fronteras a quienes buscan un futuro o simplemente huyen de la carnicería.

Por otro lado, los datos evidencian que el supuesto terrorismo islámico organizado no es el principal problema de la violencia en Occidente. El 70% de las 234 muertes registradas por actos de terrorismo en Occidente entre 2006 y 2014 fueron causadas por acciones de los conocidos como lobos solitarios, asesinos aislados como Anders Behring Breivik que mató en Oslo a 77 personas. El 80% de los atentados registrados en los 38 países occidentales, incluidos los europeos, Estados Unidos, Canada o Japón, no tuvieron nada que ver con el islamismo político radical. Pese a ello, los tambores de guerra insisten en conducirnos prietas las filas hacia tierras sirias, con los mismos redobles que antes nos llevaron antes a Afganistán, Iraq o Libia y con el mismo entusiasmo que antes aplaudimos los golpes de estado en Argelia o Egipto. Demostramos así una implacable firmeza en la guerra total al terrorismo gracias a la cual hemos conseguido que el número de atentados en el mundo se incremente un 80%.

Tal vez por todo eso va siendo hora de mostrar nuestro hartazgo ante tantas películas, del mismo modo en que León Felipe mostró su cansancio ante tanto cuento. Agotados por la sangre que se acumula entre cotidianidades que aspiran a ser plácidas en Paris, en Madrid, en Londres, en Kabul, en Beirut, en Al Raqqa, en Faluya, en Basora, en Penshawar, Garawa, en Bentiu, en Fotokol, en Kudhaa y en tantos otros nombres condenados a ser escenarios de exóticos olvidos.

Publicado en Eldiario.es