La actriz insignificante y la nieta de Mussolini


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Humphrey Bogart y Madelaine LaBeau en una escena de “Casablanca”

Los insignificantes tienen la extraña capacidad de transformarse en sublimes, aunque por lo común ni ellos mismos lo saben. Es una curiosa propiedad que puede manifestarse de repente, sin previo aviso e incluso, en ocasiones, en el momento justo. Por eso son tan peligrosos. Y por eso existe un acuerdo generalizado entre los reyes de todos los mambos sobre la necesidad de impedir, a cualquier precio, que los insignificantes no sean nada más que su imperceptible insignificancia.

Madelaine LeBeau era una actriz insignificante, resignada a interpretar papeles insignificantes. Su carrera cinematográfica apenas será recordada por encarnar insignificantes amantes. En Casablanca la artista francesa daba vida a Yvonne, el juguete roto que el personaje de Bogart, atraído por la radiante Ingrid Bergman y la llamada de la Causa, dejaba desdeñoso y olvidado por cualquier rincón del Rick’s Café. Años más tarde sería la amiguita intranscendente de un Mastroianni sumido en una crisis creativa y existencial en 8 ½ de Fellini.

Su destino actoral era pasar desapercibida, ser sacada de la historia del cine con la misma indiferencia con que Bogart la cogía del brazo y ordenaba a su camarero que la sacara de la barra del bar donde Yvonne ahogaba su mal de amores en el filme de Curtiz. Sin embargo, dos fugaces primeros planos iban a cambiarlo todo en la famosa escena donde, espoleados por la determinación del valiente líder de la resistencia, los clientes del Rick’s Café entonaban La Marsellesa y ahogaban los cánticos nazis de los oficiales alemanes. En el primero, de sus vidriosos ojos brotan dos lágrimas de emoción acompañando las estrofas del himno. En el segundo, al finalizar el canto, sus temblorosos labios explotan en un “¡Vive le France!” y culminan con un “¡Vive le democratie!” con el que deja constancia de su determinación pese a que para entonces el realizador ya la ha devuelto fuera de plano. Solo fueron unos pocos segundos, los precisos para que la insignificancia se transformara en el sublime rostro de la resistencia.

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Madelaine LaBeau

Hace unas semanas la LeBeau moría muy cerca de nosotros, en Estepona. Tenía 92 años y era el último miembro vivo del equipo de Casablanca. Desaparecía justo un 1 de Mayo, la fecha simbólica en que los insignificantes reivindicaban su presencia hasta que los reyes del mambo decidieron convertirla en puente festivo que les devolviera a la insignificancia. No sorprende por ello que su fallecimiento no fuera conocido hasta varias semanas más tarde, como ocurre con tantos cadáveres nimios acostumbrados a pasar desapercibidos.

Paradójicamente, ese retraso ha hecho que la noticia de su muerte nos llegue por los mismos días en que destacados líderes fascistas ultiman un encuentro que tienen programado celebrar en Valencia el 21 de mayo. Está previsto que 200 personas participen en esta negra cita, entre ellas Edda Negri Mussolini, la nieta del Duce que durante la guerra ordenara bombardear junto a la Luftwaffe y los aviones franquistas estas mismas tierras valencianas. Un trabajo fácil para aquellos pilotos que desde los cielos apenas podían percibir a sus víctimas como lo que eran, pequeños puntos insignificantes destripados por las calles de Valencia, Xàtiva o Sagunto.

Lejos de un encuentro de nostálgicos, los participantes en este congreso fascista llegarán a Valencia reforzados con el avance electoral de la ultraderecha por las liberales latitudes europeas. Pero sobre todo legitimados por unos supuestos líderes europeos que no dudan en asumir su discurso excluyente y racista, en enarbolar la bandera del miedo o en amordazar libertades con la menor excusa, sea esta la crisis de los refugiados, la amenaza terrorista o la lógica del mercado. La consecuencia es que mientras Europa se tiñe de negro, los gabinetes ministeriales, los partidos con vocación de Estado y los consejos de administración de las grandes corporaciones se apresuran a gritar espantados: ¡qué vienen los rojos!

Soportamos así demasiada vergüenza a nuestras espaldas. Y nada indica que la cosa vaya a cambiar. Al contrario, la próxima campaña electoral amenaza con llevar esta tendencia hasta el paroxismo. Tal vez por eso hoy echamos especialmente de menos aquellos primeros planos de Madeleine LeBeau, aquel fugaz momento en que conquistamos la sublime dignidad de los insignificantes.

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