Cañizares y el silencio


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El cardenal Cañizares, arzobispo de Valencia.

En su última película, Scorsese nos presenta el conflicto interior de un joven jesuita portugués ante el silencio de Dios frente a la cruenta persecución religiosa en el Japón del siglo XVII. Una tormentosa vivencia de la fe que el protagonista experimenta en una realidad que le resulta extraña y le supera, una lucha íntima por la redención que acabará conduciéndole a la apostasía. Filme honestamente cristiano, Silencio reivindica la humildad de una búsqueda personal de la transcendencia que cuestiona la intransigencia religiosa tanto como la soberbia fanática de una fe inquebrantable.

Ignoro si el cardenal Cañizares ha visto ya esta película basada en la novela homónima de Shusako Endo. Y debería, ya que no resulta difícil imaginarlo con el mismo dolor de conciencia que sufre el jesuita ante una realidad hostil empeñada en poner a prueba la firmeza de sus creencias. Claro que aquí terminan las coincidencias. Porque a diferencia del personaje de ficción, el arzobispo de Valencia prefiere sofocar el silencio de Dios con el estruendoso ruido mediático de sus anuncios del apocalipsis.

La última ocasión ha sido a propósito de las directrices de la Generalitat para que todos los centros educativos, incluidos los concertados y religiosos, tomen las medidas necesarias para normalizar la integración de los alumnos transexuales. Tras esta medida, y pese a admitir las buenas intenciones de quienes la defienden, al cardenal le ha faltado tiempo para salir al paso de la Maldad inherente a las teorías de género y la irremediable destrucción de la familia que conllevan estas, a su juicio, diabólicas doctrinas.

Supongo que Cañizares se habrá documentado antes de lanzar tales afirmaciones y que como mínimo habrá consultado el catecismo de Joseph Ratzinger. Y que tal vez es este tiempo absorto de estudio el que le impide leer con un mínimo de distanciamiento lo que ocurre fuera de las puertas del Arzobispado. O simplemente ojear los datos estadísticos que le llegan de los registros de sus parroquias y que le recuerdan que sólo 808 parejas valencianas se casaron por la iglesia de los 4519 matrimonios celebrados en 2016. Un pobre 17,9% del total, por debajo incluso de la media del 22% registrada en esta España antaño martillo de herejes. O tal vez sí conocía esta información, pero a su fe le reconfortaba pensar que las estadísticas, como a las balas, las carga el Diablo.

Lo cierto es que los matrimonios, y en especial aquellos como Dios o Cañizares mandan, tienen cada vez menos que ver con la familia. Si es que alguna vez lo tuvieron. Porque lo que nos advierten los sociólogos es que lo que prima en ellos es la conveniencia. Un interés que ha ido mudando con el tiempo, de modo que si hace sólo unas décadas el matrimonio era la vía socialmente reconocida de acceso a la sexualidad (y también al adulterio, claro), hoy se le percibe más bien como un simple trámite administrativo con el que regularizar la situación de los hijos, realizar la declaración de Hacienda conjunta, compartir hipoteca o tener acceso a una Seguridad Social que la precariedad laboral nos arrebata.

La prueba más irrefutable de ello es que el día de la boda ha dejado de ser el más feliz de nuestras vidas. Su lugar en la colección de momentos inolvidables lo ocupa ahora el viajar, según un estudio realizado por Booking, el servicio de contratación de hoteles por internet. Aunque en realidad, buscar la felicidad en otro lugar distinto al de nuestra difícil y dura cotidianidad tampoco es nada nuevo pues, no en vano, la Iglesia lleva más de dos mil años prometiéndonosla en el otro mundo. Pero ya se sabe, los tiempos cambian como bien sabe el Papa Francisco. Por eso, no sería descartable que pronto Scorsese nos sorprendiera con una película sobre la espiritualidad redentora en los vuelos de low cost. Ni tampoco que cualquier día Cañizares amenace con la excomunión a los lectores de la Lonely Planet.

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