Fronteras y amores en El Tarajal

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La Guardia Civil aguarda la llegada a nado de inmigrantes en El Tarajal el día de la tragedia

Si la fe mueve montañas, otros sentimientos, como el amor, no se detienen ante barreras con vocación infranqueable. Fronteras como las que separan la vida y la muerte, por ejemplo. Ahí está para demostrarlo el romántico episodio de Isabel de Segura y Juan de Marcilla, los amantes turolenses de esa ciudad que también existe, según afirman sus pobladores, y que este año se apresura a celebrar por todo lo grande el 800 aniversario del conmovedor desenlace de sus famosos enamorados. Hasta una ópera anda preparando para la ocasión el compositor Javier Navarrete, que en 2007 saltó a la fama gracias a su nominación al Oscar por su banda sonora al filme de Guillermo del Toro El laberinto del fauno. Sigue leyendo

Donald Trump se despide del IVAM

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Varias propuestas del artista brasileño Cildo Meireles en la exposición Fake del IVAM

Resulta tentador imaginar que las ocurrentes declaraciones de Kellyanne Conway se idearon en Valencia. Y no me atrevería a afirmar que no fue así. Porque la calificación como “hechos alternativos” que la asesora de Donald Trump aplicó a la versión manipulada que el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, dio sobre el número de asistentes a la toma de posesión de su jefe, son sin duda el colofón perfecto a la exposición Fake que esta semana será clausurada en el IVAM. La muestra nos plantea una seductora reflexión sobre las relaciones siempre ambiguas entre lo verdadero y lo falso, sobre las traicioneras intenciones de la verosimilitud, sobre la verdad como construcción social. En última instancia, como destaca Jorge Luis Marzo en el catálogo, nos interroga sobre nuestra propia inclinación al autoengaño.

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Los dueños del mundo y National Geographic

Mapamundi medieval del Beato de Liébana según la copia del Beato de Saint-Sever.

Dominar el mundo siempre ha sido un sueño de locos, que es tanto como decir una vieja aspiración de los hombres. La tentación ha seducido a lo largo de la historia con más convicción que la sibilina serpiente del paraíso, atrayendo bajo su influjo a personalidades tan dispares como la de Alejandro Magno, Julio Cesar, Napoleón o aquel siniestro austriaco de cómico bigotillo, tan aficionado a las acuarelas como a las cámaras de gas. Y eso sin contar, por supuesto, con esa gran variedad de siniestros personajes empeñados en propagar sus ambiciones criminales por todo el planeta que nos han ido dejando novelas, novelillas, tebeos y lejanas tardes de cine: los doctores Marbuse y No, Fu Manchú, Moriarti o la siniestra sombra Joker acechando Gotham City.

Luego los aspirantes a controlar las riendas internacionales comprendieron que resultaba mucho más cómodo y sobre todo efectivo coordinarse, por ejemplo, en Bilderberg que promover aparatosas invasiones que lo ponen todo perdido, por no hablar de la vergüenza que provoca a ciertas edades el tener que enfundarse ridículos disfraces de malvado de tebeo. De hecho, cuanto menos riesgo más efectivo. Bien lo sabe el magnate Rupert Murdoch que, al menos hasta la fecha, es quien más parece acercarse a la meta de controlar los hilos del mundo. Y es que en estos tiempos más que líquidos, licuados, monopolizar la representación de la Tierra es la antesala perfecta para la dominación real del mundo.

Es cierto que en eso de dominar los imaginarios Murdoch ya había hecho sus pinitos acumulando acciones de News Corp y 21st Century Fox, lo que le ha permitido entre otras nimiedades consolidar un imperio mediático que abarca de The Sun a The Times pasando por la Fox o Sky. Pero sin duda, el golpe de gracia está a punto de darlo con su última operación que le permitirá definitivamente ser el auténtico amo del mundo. Me refiero, claro está, a su operación financiera para hacerse con la mayoría de las acciones de National Geographic por un desembolso de 650 millones de euros.

La mítica revista ha ido construyendo durante 127 años la imagen del mundo, especialmente desde que en 1964 dio su salto a la televisión. Hoy Murdoch compró el privilegio de construir esa iconografía destinada a colarse por la pantalla de nuestra tablet para mostrarnos donde vivimos. Atrás queda, claro está, aquella originaria vocación de exploraciones y viajes que animó los primeras números de la revista. Eran otros tiempos, por supuesto. Porque hubo un tiempo, antes de que se inventara la industria turística, en que viajar respondía a un impulso de la curiosidad, cuando el ansia por descubrir era mayor incluso que el de partir a lugares remotos. Por eso no sorprendían casos como los de Abu Zaid, uno de los más famosos cronistas de viajes del siglo IX, que jamás abandonó su ciudad de Siraf, pero interrogó ávidamente a los marineros que llegaban a su puerto procedentes del Extremo Oriente.

Después, con la Ilustración, el viaje se transformaría en la base del conocimiento. Viajaban las personas y viajaban las ideas en forma de libros que definitivamente moldeaban una visión del mundo como la de un espacio destinado a la transformación. Hasta que un día en París estalló una revolución. En aquella jornada, la misma que instauraba la libertad, la igualdad y la fraternidad, se establecía también el cierre de fronteras para evitar el contagio. A partir de entonces, el viaje quedaba en cuarentena hasta el descubrimiento de los tour operadores, una actividad reservada solo para los ejércitos y las misiones comerciales.

De este modo, la curiosidad sería sustituida por el consumo, un incansable afán por deglutir compulsivamente las más variopintas imágenes. Una transformación que si quedó privilegiadamente registrada en algún lugar, fue en las páginas de la National Geographic. Durante años la revista que ahora regenta Murdoch nos ha suministrado durante todo este tiempo el flujo visual preciso para saciar nuestra vorágine viajera: de ágiles guepardos de la sabana a esbeltos guerreros massai del Serengueti; de los primitivos yanomanis amazónicos a la dramática sequedad del Sahel bellamente fotografiada por Sebastião Salgado.

Para entonces el ansia por conocer había dado paso al aburrimiento y del papel impreso la National Geographic había saltado a nuestros televisores durante la cotidiana somnolencia de las sobremesas. Y así intentará Murdoch que continúen las cosas, mientras sigue con interés para su cartera de negocios los últimos avances del Proyecto Morfeo promovido por Richard Marks, director de PlayStation Magic Lab, para adentrarse por los controlados paisajes de la realidad virtual. Pero hasta que podamos ingerir nuevas experiencias de un paraíso Matrix en la salita de casa convertidos en tediosos morfeos de siesta y sillón, mientras todo eso llega, el magnate australiano, como dueño del mundo, seguirá facilitándonos la dosis precisa de planeta con la que satisfacer nuestro letargo, ya sea a través de National Geographic o de cualquier otro de sus canales.

Él o algún otro aspirante a dominar el mundo. O al menos su representación, que al fin y al cabo es lo que importa. Todo administrado en su justa medida, evitando que se cuelen sin permiso personajes no invitados a la representación, a patada partida si es necesario, como puso de manifiesto en la frontera húngara la abnegada reportera Petra Laszlo para proteger nuestros sueños. Claro que siempre habrá irrecuperables que frente al planeta de Murdoch, echen en falta a otro Laszlo, aquel de nombre Víctor que, encarnado por Paul Henreid, fue capaz de estremecernos en un club en blanco y negro de Casablanca entonando las estrofas de una hermosa canción.

Artículo publicado en Eldiario.es

Bienvenidos al Apocalypstick

APOCALYPSTICK!!!!

El Apocalipsis ya está aquí. Nos lo profetizó hace años Fernando Arrabal, aunque entonces causó más revuelo la borrachera de chinchón con la que el dramaturgo acudió al plató de televisión, que su premonitorio anuncio milenarista. El Apocalipsis ya está aquí solo que somos incapaces de reconocerlo porque nos llegó no con los tétricos perfiles dibujados por san Juan en el Libro de las Revelaciones, sino con los labios pintados de carmín encendido. Es, en fin, el Apocalipsis travestido en aquel Apocalypstick que allá por los años 70 del siglo pasado nos cantara la bella Jane Birkin con su sensual voz de Lolita.

Apocalypstick. En el subsuelo del número 6 de la calle Merlin de Atenas, la Gestapo y la SS torturaron hasta el borde de la muerte a cientos de miembros de la resistencia durante la ocupación alemana de Grecia. Muchos de ellos, en su mayoría comunistas, terminaron cruzando ese tenue borde que, entre electrodos en los genitales, tenazas y cuerpos descoyuntados, separaba su dolor de la nada. Hoy sobre aquel espacio siniestro se levanta uno de los principales establecimientos donde la  cadena de cosméticos Hondos Center vende la más variada gama de tonalidades en lápices de labios. A la entrada del local, la espectacular silueta de Claudia Schiffer recortada en cartón seduce la mirada de los paseantes y potenciales compradores. Cerca de ella, una pared disimula el pequeño monumento que intentaba recordar a las víctimas, devueltas de este modo a los subsuelos del olvido.

 Subsuelos, fondos, profundidades. Según la Organización Mundial para las Migraciones unas 2.373 personas han sido tragadas por las aguas marinas intentado alcanzar territorio europeo. Al menos 23 de esos náufragos aspiraban a llegar a una costa española. Sobre sus cuerpos hinchados y sus esqueletos roídos por los peces y los cangrejos, pasarán al cabo del año más 30 millones de alegres turistas ataviados con informales bermudas o elegantes vestidos con los que disfrutar del anochecer en la cubierta de su crucero. Cientos de ellos, tal vez miles, aprovecharán la breve escala griega para, tras una apretada visita a la Acrópolis, hacer esas compras apresuradas en la que no será extraño encontrar algún pintalabios de vivos colores despreocupadamente adquirido tal vez en una anónima tienda de la calle Merlin.

Sí, el Apocalypstick gusta de estas azarosas conexiones mucho más que del estruendoso sonido de las trompetas de Jericó. Por eso, posiblemente también esté cerca el día en que se reconviertan los Centro de Internamiento de Extranjeros en franquicias para la venta de cosméticos y perfumes, afrutados aromas con los que disimular el mal olor que nos envuelve. Una pestilente atmósfera que ninguna corriente de aire fresco se atreve a limpiar. Porque aquí no se mueve la más mínima brisa. Si el fin del mundo de nuestros antepasados era presentido como destrucción y caos, hecatombe en movimiento, en suma, el moderno Apocalypstick se nos presenta como absoluta inmovilidad, limbo, parálisis, el paisaje perfecto del desánimo.

Es por ello que el navegante extranjero y clandestino debe saber que no hallará más destino en su travesía que el fondo marino. O en el mejor de los casos, ese no lugar por excelencia que es la tierra de nadie. Y por eso también era tan imprescindible reducir las esperanzas griegas al cajón de las desilusiones, para que el ciudadano europeo de bien asuma cuanto antes que no puede esperar más mañana que un inacabable ayer suspendido: ni un pasado añorado ni un futuro anhelado. Una inmediatez detenida en esta crisis perpetua y sin salida. Eso sí, a diferencia del náufrago, si su comportamiento es correcto, podrá tener el consuelo de afrontar su destino congelado con una sonrisa en su rostro también congelada. Y los labios bellamente pintados:

Rouge de vamp ou de vampire

C’est avec ce crayon que s’inscrit mon délire

Apocalypstick

Apocalypstick

Publicado en Eldiario.es

Foto creative commons: Richard Schatzberger

El pánico del autoestopista decapitado

Cada vez es menos habitual encontrarse con autoestopistas en la carretera. No es nada extraño dado que, también, cada vez son menos, si acaso queda alguno, los dispuestos a aceptar su anónima compañía de viaje. Nuestra coraza de antiempatía hace tiempo que transformó en criminales en potencia a los pocos desventurados que todavía confían a la salida de una ciudad o de un peaje de autopista, en la comprensiva amabilidad de un conductor sensible ante el cansancio acumulado en su pulgar extendido. Por lo común, la desconfianza se apodera de nosotros cada vez que vemos a alguien observándonos fijamente tras un improvisado cartel de cartón con una dirección escrita, mientras nuestro automóvil pasa raudo a su lado.

Claro que tampoco extraña la situación contraria, cuando el miedo acumulado en el desesperado viajero supera su cansancio y le hace desistir de solicitar ayuda al sospechoso conductor que le mira de reojo desde la ventanilla del coche cuando le adelanta. Y por desgracia no faltan motivos para este otro temor. El último caso que nos ha conmocionado ha sido la brutal agresión sufrida por un autoestopista que pretendía cruzar de costa a costa unos Estados Unidos que para el infeliz se convirtieron en una pesadilla peor que el Estado Islámico. No sabía que el infierno le estaba aguardando en una carretera solitaria de Pensilvania, ni el horror que acumularía los momentos previos a que sus salvajes agresores dejaran en una calle nocturna de Filadelfia su indefenso cuerpo decapitado.

La víctima no era, obviamente, Jack Kerouac o un nostálgico admirador de la Generación Beat con alma de vagabundo. Había nacido el Canadá y antes de partir de Boston con la esperanza de llegar San Francisco, ya había recorrido las carreteras de su patria, Alemania y Holanda. Era, pues, un viajero experimentado. Pero, sin embargo, en su pecho no habitaba el menor latido de aventura. De hecho, para ser sinceros, en su pecho no latía la aventura, ni el corazón, ni nada de nada. Su nombre era HitchBOT y era un robot fabricado por unos investigadores de Ontario interesados por conocer cómo reaccionan los humanos cuando se encuentran este tipo de criaturas mecánicas en soledad.

Obviamente, el resultado de la investigación no ha podido ser más desalentador. Ahora está por ver si el fatal desenlace pudo tener alguna relación con el caso del trabajador muerto en una planta alemana de la Volkswagen después de ser atacado por un autómata. De confirmarse este extremo, la decapitación de HitchBOT podría ser el inicio de una escalada que nos conduciría inevitablemente a la guerra abierta contra los replicantes, como la vaticinada hace década por Ridley Scott en Blade Runner, cuya segunda parte nos llegará el próximo verano de la mano del realizador Denis Villeneuve.

Sí, definitivamente, saber si los autómatas han comenzado a despertar de sus sueños con ovejas eléctricas y debemos estar preparados para tan implacable guerra, es la única incógnita con cierto interés que nos deja la frustrada aventura del simpático HitcBOT. Lo otro, esa doble frialdad de miedo y desesperación que invade los caminos, no es ninguna novedad pues, como ya dijimos, nos era bien conocida. No era necesario el presupuesto invertido en el diseño y construcción de un robot trotamundos. Como mucho hubiese bastado echar un vistazo a nuestro alrededor, o preguntarles con científica indiferencia a alguno de los rescatados en el último naufragio frente a las estivales playas, o al próximo moribundo asfixiado clandestinamente en una maleta para tratar de pasar la aduana sin vida que declarar, o a aquel que vomita con la boca reseca tras correr desorientado junto al túnel de Calais, o a eso otro que se desgarra la carne en la cuchillas de una valla junto al monte Gurugú.

Claro que, por otro lado, siempre es mejor un experimento científico. No es cuestión de fiarse de lo que te cuente el primer indocumentado. Al fin y al cabo, el director general del Cuerpo Nacional de Policía, Ignacio Cosidó, nos advertía prudentemente que todo lo que está pasando no hace más que confirmar que todos esos individuos deambulando por nuestras tierras son una amenaza. Hasta puede que lo que el aplicado funcionario no se atreva a decirnos para no provocarnos el pánico es que tan sospechosas criaturas son, en realidad, los verdaderos replicantes.

Publicado en Eldiario.es y Nueva Tribuna

El ring de la decadencia o la decadencia del ring

boxeadores El boxeo ya no es lo que era. El que iba a ser el gran combate del siglo ha terminado pasando con más pena que gloria. De hecho, la victoria a los puntos del avariento Floyd Mayweather sobre el evangelista filipino Manny Pacquiao será más recordada -si es que llega a serlo- por los 400 millones de dólares que generó con sus entradas y derechos de retransmisión, que por los 460 jabs que se intercambiaron ambos púgiles sobre el cuadrilátero durante los doce asaltos que se prolongó el combate. En este nuevo capitalismo del espectáculo, hace tiempo que el boxeo perdió aquella aureola que poseía cuando mezclaba en un coctel simbólico malditismo, lucha de clases, racismo y desesperanza. Y tragedia, claro, como la que se cobró la vida de Benny Kid Paret, o la de Davey Moore, cuya muerte cantara Bob Dylan. Por lo contrario, la pelea que enfrentó a Mayweather y Pacquio, ambos ya casi cuarentones, está más cerca del frío marketing de la industria audiovisual, que de la poética de cine negro que envolvía los combates de Joe Louis o Rocky Marciano, del exhibicionismo libertario de Mohamed Ali contra Joe Frazier, del choque sangriento de Tommy Hearns y Marvim Hagler, o los combates crepusculares de George Foreman, Evander Holyfield o Mike Tyson a finales del pasado siglo. Hasta la perra suerte que acompañó entre nosotros a un Urtaín o a un Poli Díaz contiene más drama que el reunido la pasada semana en el ring de Las Vegas. En cualquier caso, más allá de evocaciones o sadismos, el duelo Mayweather vs. Pacquio no pasará a la historia sobre todo porque el boxeo cada vez interesa menos. Y no creo que ello se deba a una aversión políticamente correcta hacia la violencia surgida en el seno de nuestras sociedades avanzadas, como afirman los biempensantes. Más bien creo que el boxeo ha terminado perdiendo su fuerza metafórica conforme nuestras sociedades se han ido pareciendo cada vez más a un triste combate amañado, a un vulgar tongo anunciado en el que se nos ha reservado sin consultarnos el precario papel de sparring caído en la lona. Más que alegoría, el boxeo es hoy espejo. Un espejo demasiado descarnado, al que ni Narciso quiere asomarse ante la certeza de que solo encontrará el deforme reflejo de su rostro magullado. Por otro lado, resulta difícil sentirse impresionado por la violencia desnuda de dos hombres golpeándose, cuando a nuestro alrededor la violencia se presenta desbordada en nuestras cotidianidades. Hoy sería necesario recuperar toda la sangre que empapó la arena de los circos romanos para hacernos salir de la indiferencia con que nos hemos acostumbrado a recibir la muerte. Esa que se traga los cuerpos a millares frente a las costas de Libia, Lampedusa y Gibraltar sin provocarnos el más mínimo estremecimiento. Amasijo de muertos sin cara, sin historia, sin palabras, sin siquiera ese consuelo póstumo de un espectáculo benéfico con el que recaudar fondos para sufragar el recuento de cadáveres en catástrofes naturales y otros dramas de guardar. Demasiada violencia en el mar. Y en Baltimore, o en las favelas pacificadas de Rio de Janeiro, o en los suicidados desahuciados de nuestras calles tranquilas, o en la bomba nihilista estallando en Alepo, Slaviansk, o en la mujer asesinada en cualquier casa decente. Demasiada violencia ahogándonos como para poder percibir alguna transcendencia en un intercambio de puñetazos retransmitido por pay-per-view. Sí definitivamente hace mucho que el boxeo entró en decadencia. Hoy se le ve como una pasión de otro tiempo, trasnochada, sudor viejo de gimnasio de barrio y olor a zotal. Deporte sin matices, básico, tosco y rudo, incapacitado estéticamente para transformarse en arte. Como diría el ministro Wert: si al menos tuviera un toro…