Los dueños del mundo y National Geographic


Mapamundi medieval del Beato de Liébana según la copia del Beato de Saint-Sever.

Dominar el mundo siempre ha sido un sueño de locos, que es tanto como decir una vieja aspiración de los hombres. La tentación ha seducido a lo largo de la historia con más convicción que la sibilina serpiente del paraíso, atrayendo bajo su influjo a personalidades tan dispares como la de Alejandro Magno, Julio Cesar, Napoleón o aquel siniestro austriaco de cómico bigotillo, tan aficionado a las acuarelas como a las cámaras de gas. Y eso sin contar, por supuesto, con esa gran variedad de siniestros personajes empeñados en propagar sus ambiciones criminales por todo el planeta que nos han ido dejando novelas, novelillas, tebeos y lejanas tardes de cine: los doctores Marbuse y No, Fu Manchú, Moriarti o la siniestra sombra Joker acechando Gotham City.

Luego los aspirantes a controlar las riendas internacionales comprendieron que resultaba mucho más cómodo y sobre todo efectivo coordinarse, por ejemplo, en Bilderberg que promover aparatosas invasiones que lo ponen todo perdido, por no hablar de la vergüenza que provoca a ciertas edades el tener que enfundarse ridículos disfraces de malvado de tebeo. De hecho, cuanto menos riesgo más efectivo. Bien lo sabe el magnate Rupert Murdoch que, al menos hasta la fecha, es quien más parece acercarse a la meta de controlar los hilos del mundo. Y es que en estos tiempos más que líquidos, licuados, monopolizar la representación de la Tierra es la antesala perfecta para la dominación real del mundo.

Es cierto que en eso de dominar los imaginarios Murdoch ya había hecho sus pinitos acumulando acciones de News Corp y 21st Century Fox, lo que le ha permitido entre otras nimiedades consolidar un imperio mediático que abarca de The Sun a The Times pasando por la Fox o Sky. Pero sin duda, el golpe de gracia está a punto de darlo con su última operación que le permitirá definitivamente ser el auténtico amo del mundo. Me refiero, claro está, a su operación financiera para hacerse con la mayoría de las acciones de National Geographic por un desembolso de 650 millones de euros.

La mítica revista ha ido construyendo durante 127 años la imagen del mundo, especialmente desde que en 1964 dio su salto a la televisión. Hoy Murdoch compró el privilegio de construir esa iconografía destinada a colarse por la pantalla de nuestra tablet para mostrarnos donde vivimos. Atrás queda, claro está, aquella originaria vocación de exploraciones y viajes que animó los primeras números de la revista. Eran otros tiempos, por supuesto. Porque hubo un tiempo, antes de que se inventara la industria turística, en que viajar respondía a un impulso de la curiosidad, cuando el ansia por descubrir era mayor incluso que el de partir a lugares remotos. Por eso no sorprendían casos como los de Abu Zaid, uno de los más famosos cronistas de viajes del siglo IX, que jamás abandonó su ciudad de Siraf, pero interrogó ávidamente a los marineros que llegaban a su puerto procedentes del Extremo Oriente.

Después, con la Ilustración, el viaje se transformaría en la base del conocimiento. Viajaban las personas y viajaban las ideas en forma de libros que definitivamente moldeaban una visión del mundo como la de un espacio destinado a la transformación. Hasta que un día en París estalló una revolución. En aquella jornada, la misma que instauraba la libertad, la igualdad y la fraternidad, se establecía también el cierre de fronteras para evitar el contagio. A partir de entonces, el viaje quedaba en cuarentena hasta el descubrimiento de los tour operadores, una actividad reservada solo para los ejércitos y las misiones comerciales.

De este modo, la curiosidad sería sustituida por el consumo, un incansable afán por deglutir compulsivamente las más variopintas imágenes. Una transformación que si quedó privilegiadamente registrada en algún lugar, fue en las páginas de la National Geographic. Durante años la revista que ahora regenta Murdoch nos ha suministrado durante todo este tiempo el flujo visual preciso para saciar nuestra vorágine viajera: de ágiles guepardos de la sabana a esbeltos guerreros massai del Serengueti; de los primitivos yanomanis amazónicos a la dramática sequedad del Sahel bellamente fotografiada por Sebastião Salgado.

Para entonces el ansia por conocer había dado paso al aburrimiento y del papel impreso la National Geographic había saltado a nuestros televisores durante la cotidiana somnolencia de las sobremesas. Y así intentará Murdoch que continúen las cosas, mientras sigue con interés para su cartera de negocios los últimos avances del Proyecto Morfeo promovido por Richard Marks, director de PlayStation Magic Lab, para adentrarse por los controlados paisajes de la realidad virtual. Pero hasta que podamos ingerir nuevas experiencias de un paraíso Matrix en la salita de casa convertidos en tediosos morfeos de siesta y sillón, mientras todo eso llega, el magnate australiano, como dueño del mundo, seguirá facilitándonos la dosis precisa de planeta con la que satisfacer nuestro letargo, ya sea a través de National Geographic o de cualquier otro de sus canales.

Él o algún otro aspirante a dominar el mundo. O al menos su representación, que al fin y al cabo es lo que importa. Todo administrado en su justa medida, evitando que se cuelen sin permiso personajes no invitados a la representación, a patada partida si es necesario, como puso de manifiesto en la frontera húngara la abnegada reportera Petra Laszlo para proteger nuestros sueños. Claro que siempre habrá irrecuperables que frente al planeta de Murdoch, echen en falta a otro Laszlo, aquel de nombre Víctor que, encarnado por Paul Henreid, fue capaz de estremecernos en un club en blanco y negro de Casablanca entonando las estrofas de una hermosa canción.

Artículo publicado en Eldiario.es

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