El pánico del autoestopista decapitado


Cada vez es menos habitual encontrarse con autoestopistas en la carretera. No es nada extraño dado que, también, cada vez son menos, si acaso queda alguno, los dispuestos a aceptar su anónima compañía de viaje. Nuestra coraza de antiempatía hace tiempo que transformó en criminales en potencia a los pocos desventurados que todavía confían a la salida de una ciudad o de un peaje de autopista, en la comprensiva amabilidad de un conductor sensible ante el cansancio acumulado en su pulgar extendido. Por lo común, la desconfianza se apodera de nosotros cada vez que vemos a alguien observándonos fijamente tras un improvisado cartel de cartón con una dirección escrita, mientras nuestro automóvil pasa raudo a su lado.

Claro que tampoco extraña la situación contraria, cuando el miedo acumulado en el desesperado viajero supera su cansancio y le hace desistir de solicitar ayuda al sospechoso conductor que le mira de reojo desde la ventanilla del coche cuando le adelanta. Y por desgracia no faltan motivos para este otro temor. El último caso que nos ha conmocionado ha sido la brutal agresión sufrida por un autoestopista que pretendía cruzar de costa a costa unos Estados Unidos que para el infeliz se convirtieron en una pesadilla peor que el Estado Islámico. No sabía que el infierno le estaba aguardando en una carretera solitaria de Pensilvania, ni el horror que acumularía los momentos previos a que sus salvajes agresores dejaran en una calle nocturna de Filadelfia su indefenso cuerpo decapitado.

La víctima no era, obviamente, Jack Kerouac o un nostálgico admirador de la Generación Beat con alma de vagabundo. Había nacido el Canadá y antes de partir de Boston con la esperanza de llegar San Francisco, ya había recorrido las carreteras de su patria, Alemania y Holanda. Era, pues, un viajero experimentado. Pero, sin embargo, en su pecho no habitaba el menor latido de aventura. De hecho, para ser sinceros, en su pecho no latía la aventura, ni el corazón, ni nada de nada. Su nombre era HitchBOT y era un robot fabricado por unos investigadores de Ontario interesados por conocer cómo reaccionan los humanos cuando se encuentran este tipo de criaturas mecánicas en soledad.

Obviamente, el resultado de la investigación no ha podido ser más desalentador. Ahora está por ver si el fatal desenlace pudo tener alguna relación con el caso del trabajador muerto en una planta alemana de la Volkswagen después de ser atacado por un autómata. De confirmarse este extremo, la decapitación de HitchBOT podría ser el inicio de una escalada que nos conduciría inevitablemente a la guerra abierta contra los replicantes, como la vaticinada hace década por Ridley Scott en Blade Runner, cuya segunda parte nos llegará el próximo verano de la mano del realizador Denis Villeneuve.

Sí, definitivamente, saber si los autómatas han comenzado a despertar de sus sueños con ovejas eléctricas y debemos estar preparados para tan implacable guerra, es la única incógnita con cierto interés que nos deja la frustrada aventura del simpático HitcBOT. Lo otro, esa doble frialdad de miedo y desesperación que invade los caminos, no es ninguna novedad pues, como ya dijimos, nos era bien conocida. No era necesario el presupuesto invertido en el diseño y construcción de un robot trotamundos. Como mucho hubiese bastado echar un vistazo a nuestro alrededor, o preguntarles con científica indiferencia a alguno de los rescatados en el último naufragio frente a las estivales playas, o al próximo moribundo asfixiado clandestinamente en una maleta para tratar de pasar la aduana sin vida que declarar, o a aquel que vomita con la boca reseca tras correr desorientado junto al túnel de Calais, o a eso otro que se desgarra la carne en la cuchillas de una valla junto al monte Gurugú.

Claro que, por otro lado, siempre es mejor un experimento científico. No es cuestión de fiarse de lo que te cuente el primer indocumentado. Al fin y al cabo, el director general del Cuerpo Nacional de Policía, Ignacio Cosidó, nos advertía prudentemente que todo lo que está pasando no hace más que confirmar que todos esos individuos deambulando por nuestras tierras son una amenaza. Hasta puede que lo que el aplicado funcionario no se atreva a decirnos para no provocarnos el pánico es que tan sospechosas criaturas son, en realidad, los verdaderos replicantes.

Publicado en Eldiario.es y Nueva Tribuna

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