Los titiriteros que manejan los hilos

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Que los titiriteros no son gente de fiar ya no los advirtió Cervantes. Uno se deja seducir facilmente por un locuaz maese Pedro, relatando con sus muñecos las peripecias de Don Gaiferos liberando a su cautiva y bella esposa Melisendra, y es incapaz de sospechar quién se esconde detrás de su sospecho parche: nada menos que Ginés de Pasamonte, también conocido como Ginesillo de Parapilla, el más bellaco de los galeotes que el infortunado Quijote tuvo a bien liberar cegado por las obligaciones que le impone la antigua orden de caballería que profesa. En suma, el villano más vil, el rufián más peligroso, aquel al que la justicia cargó con más cadenas para librar al mundo de sus felonías.

Claro que los titiriteros también tienen sus cosas buenas. Y no me refiero solo a esos momentos de holganza que nos proporcionan con las historias de sus personajes de madera, tela y cartón. Su propia condición de seres de malvivir, pícaros e inclinados a la vida disoluta les convierten en individuos muy sufridos, propicios al escarnio público, cuando no directamente idóneos para transformarse en una de esas figuras de tanto arraigo social: el chivo expiatorio. El propio Cervantes, sin ir más lejos, no tuvo ningún reparo en recurrir a ello, responsabilizando a Ginés de Pasamonte del robo de Rocinante, justificando de este modo en la segunda parte del Quijote la extraña desaparición del asno de Sancho que un lapsus narrativo del autor había dejado en el aire en el libro primero.

 Y si el inmortal escritor tuvo a bien escudarse en argumentos tan pelegrinos para tapar sus despistes a costa de la mala fama del titiritero, ¿cómo nos puede sorprender que la policía, la fiscal Carmen Monfort y el juez Ismael Moreno no encuentren sólidas las supuestas pruebas que confirman la culpabilidad de los peligrosos cómicos detenidos en Madrid? ¿Cómo es posible desconfiar de evidencias tan palpables que ponen de manifiesto los aterradores planes urgidos por ETA, Al Qaeda y la Bruja Averías para desestabilizar nuestra democracia a través de peligrosos comandos de muñecos de trapo con garrote?

En realidad, las historias de Gines de Pasamonte, maese Pedro y los titiriteros a los que se les aplicó el grado 3 en la prisión de Soto del Real, tienen tantas similitudes que uno llega a pensar que todo se trata de la primera de las actividades improvisadas por el ministro Iñigo Méndez de Vigo para conmemorar el IV Centenario de Cervantes. Cualquier cosa con tal de superar a la Pérfida Albión en las celebraciones de Shakespeare. Impresión que parecía confirmar José Fernández Díaz al introducir en esta polémica uno de los grande temas de la novela cervantina: la locura, la enajenación mental, que a juicio de este ministro de Interior destacado por su afán por condecorar vírgenes, estaría sufriendo la alcaldesa de Madrid Manuela Carmena a la vista de su actitud en todo este desaguisado.

Luego está, por supuesto, la legítima discrepancia en los gustos. No me refiero aquí a la cuestionada calidad de la controvertida obra, que al parecer no es lo más fuerte de esta historia, sino a la predilección por otro tipo de entretenimientos más elegantes. Frente a los títeres y los guiñoles, géneros humildes de harapientos buhoneros, la buena sociedad prefiere la comedia de enredo y la ópera bufa. Ya se sabe, historias más complejas de guardias civiles entrando en la calle Génova, de ex presidentes autonómicos acusando a cuñados de reyes, de flamantes ex alcaldesas atrincheradas en pisos y senados.

Además, no hay que olvidar que los títeres son espectáculos más primarios pero a la vez más peligrosos, incluso aunque no hagan apología del terrorismo. Porque a poco que uno observe la evolución de los muñecos, tarde o temprano acaba reparando en que alguien en la oscuridad u oculto tras los telones mueve sus articulaciones, provoca sus gestos grotescos. Y si a algo aspiran estos señores es a evitar por todos los medios que, por un descuido, acabe el respetable público sabiendo quienes son aquellos que manejan los hilos.

Artículo publicado en Eldiario.es

King Kong anda suelto por París

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Hollywood supo muy pronto que la cotidianidad contiene en su esencia una frágil línea para separar la placidez del horror. La conciencia de esa endeble fronteraserá una de las claves para consolidar los géneros cinematográficos. Cuando la bella Fay Wray es ofrecida en sacrificio por los aborígenes de una desconocida isla, su alarido de pavor ante la visión del gorila gigante nos remite a los códigos del cine de aventuras, cuyas peripecias se desarrollan en espacios remotos, con paisajes extremos y culturas extravagantes. Pero cuando King Kong irrumpe por las calles de Nueva York, el género se transforma en terror al ver reflejada nuestra aburrida cotidianidad en la confiada somnolencia de los pasajeros de un tren, incapaces de imaginar que solo unos fotogramas más adelante les aguarda la bestia.

Como en la película de Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, la bestia nos ha sorprendido estos días por las calles de París. Y como en el clásico filme, Francia se ha apresurado a enviar sus avionescontra ella,aunque, en esta ocasión, no se encarame sobre la azotea del Empire State Building, sino que se oculta, nos dicen, en los desiertos de Siria. Sólo que esta vez, nadie está dispuesto a mostrar la más mínima compasiónpues a diferencia de King Kong, que se movía por un instinto amoroso hacia la protagonista, el actual monstruo solo aspira a devorar a la chica, encarnación autocomplaciente de nuestra cotidianidad. O al menos así lo dice el nuevo guión.

 Porque la gestión mediática y política de los acontecimientos de París tiene mucho de cinematográfica, de ese juego de géneros que veíamos en el mítico filme. Así,la amenaza sin rostro del Daesh cansada de los sacrificios rituales en exóticos escenarios difícilmente ubicables en el mapa, harta de las producciones de aventuras,aspira a dar un giro a la trama adentrándose por el género de terror y llevando la matanza a la alegre noche de París. Por su parte, François Hollande, con el aplauso incondicional de Pedro Sánchez o Albert Rivera, confía en tranquilizar al auditorio presentando al monstruo como algo ajeno, al que hay que mantener a raya incluso cuando adopta medidas de política interior como esos recortes de las libertades públicas que parecen proyectarse como elementos de un una película de acción donde son imprescindibles los agentes con licencia para matar. Pero, sobre todo, el presidente francés, como el ruso, el norteamericano y la mayoría de sus homólogos occidentales, buscan el aplauso del público recuperando el género de aventuras. De aventuras militares, por supuesto.

En todos los caso, se trata de guiones sólidos, sin cabos sueltos, con éxito asegurado. Y como en el Hollywood de los años 50, las distintas productoras velarán a conciencia porque en el trabajo no se cuele ningún cineasta que no haya superado los interrogatorios del comité de actividades antiamericanas, o antifrancesas, o antiislamistas. Incluso no faltarán voces que justifiquen lo maniqueo de sus tramas como una bienintencionada forma de evitar que el espectador se incline por propuestas cinematográficas de la factoría Le Pen. Sólo hay un problema que ninguno de ellos ha conseguido resolver hasta la fecha: que esto no es ninguna película.

El reciente informe publicado por el Institute Economics & Peace con los datos del  terrorismo global en 2014 nos da algunas pistas de ello. Por mucho que el ISIS, en su sobreactuado comunicado propio de una película de serie B, califique a Paris como “la capital de las abominaciones y de la perversión” y que con la misma teatralidad las cancillerías occidentales denuncien el odio a nuestros “valores democráticos”, lo único cierto es que si se realizase un retrato robot de la víctima potencial del terrorismo, sería la de un hombre, una mujer, un niño o una niña de Iraq, Nigeria, Afganistán, Paquistán o Siria, aunque Facebook no contemple la bandera de ninguno esos cinco países como señal de duelo tras un atentado. Desde el año 2000 han muerto en Occidente 3.659 personas,incluidas las víctimas de las Torres Gemelas, Madrid y Londres. A ellos habrá que sumar las trágicas víctimas de París. Solo el pasado año murieron en Iraq 9.929 o 9.213 en Nigeria. Durante 2014 el terrorismo segó en todo el mundo 32.685, sólo 37 de ellos murieron en algún país occidental. Mientras tanto, no faltan estos días quienes justifican por la amenaza terrorista el cierre de fronteras a quienes buscan un futuro o simplemente huyen de la carnicería.

Por otro lado, los datos evidencian que el supuesto terrorismo islámico organizado no es el principal problema de la violencia en Occidente. El 70% de las 234 muertes registradas por actos de terrorismo en Occidente entre 2006 y 2014 fueron causadas por acciones de los conocidos como lobos solitarios, asesinos aislados como Anders Behring Breivik que mató en Oslo a 77 personas. El 80% de los atentados registrados en los 38 países occidentales, incluidos los europeos, Estados Unidos, Canada o Japón, no tuvieron nada que ver con el islamismo político radical. Pese a ello, los tambores de guerra insisten en conducirnos prietas las filas hacia tierras sirias, con los mismos redobles que antes nos llevaron antes a Afganistán, Iraq o Libia y con el mismo entusiasmo que antes aplaudimos los golpes de estado en Argelia o Egipto. Demostramos así una implacable firmeza en la guerra total al terrorismo gracias a la cual hemos conseguido que el número de atentados en el mundo se incremente un 80%.

Tal vez por todo eso va siendo hora de mostrar nuestro hartazgo ante tantas películas, del mismo modo en que León Felipe mostró su cansancio ante tanto cuento. Agotados por la sangre que se acumula entre cotidianidades que aspiran a ser plácidas en Paris, en Madrid, en Londres, en Kabul, en Beirut, en Al Raqqa, en Faluya, en Basora, en Penshawar, Garawa, en Bentiu, en Fotokol, en Kudhaa y en tantos otros nombres condenados a ser escenarios de exóticos olvidos.

Publicado en Eldiario.es

Los dueños del mundo y National Geographic

Mapamundi medieval del Beato de Liébana según la copia del Beato de Saint-Sever.

Dominar el mundo siempre ha sido un sueño de locos, que es tanto como decir una vieja aspiración de los hombres. La tentación ha seducido a lo largo de la historia con más convicción que la sibilina serpiente del paraíso, atrayendo bajo su influjo a personalidades tan dispares como la de Alejandro Magno, Julio Cesar, Napoleón o aquel siniestro austriaco de cómico bigotillo, tan aficionado a las acuarelas como a las cámaras de gas. Y eso sin contar, por supuesto, con esa gran variedad de siniestros personajes empeñados en propagar sus ambiciones criminales por todo el planeta que nos han ido dejando novelas, novelillas, tebeos y lejanas tardes de cine: los doctores Marbuse y No, Fu Manchú, Moriarti o la siniestra sombra Joker acechando Gotham City.

Luego los aspirantes a controlar las riendas internacionales comprendieron que resultaba mucho más cómodo y sobre todo efectivo coordinarse, por ejemplo, en Bilderberg que promover aparatosas invasiones que lo ponen todo perdido, por no hablar de la vergüenza que provoca a ciertas edades el tener que enfundarse ridículos disfraces de malvado de tebeo. De hecho, cuanto menos riesgo más efectivo. Bien lo sabe el magnate Rupert Murdoch que, al menos hasta la fecha, es quien más parece acercarse a la meta de controlar los hilos del mundo. Y es que en estos tiempos más que líquidos, licuados, monopolizar la representación de la Tierra es la antesala perfecta para la dominación real del mundo.

Es cierto que en eso de dominar los imaginarios Murdoch ya había hecho sus pinitos acumulando acciones de News Corp y 21st Century Fox, lo que le ha permitido entre otras nimiedades consolidar un imperio mediático que abarca de The Sun a The Times pasando por la Fox o Sky. Pero sin duda, el golpe de gracia está a punto de darlo con su última operación que le permitirá definitivamente ser el auténtico amo del mundo. Me refiero, claro está, a su operación financiera para hacerse con la mayoría de las acciones de National Geographic por un desembolso de 650 millones de euros.

La mítica revista ha ido construyendo durante 127 años la imagen del mundo, especialmente desde que en 1964 dio su salto a la televisión. Hoy Murdoch compró el privilegio de construir esa iconografía destinada a colarse por la pantalla de nuestra tablet para mostrarnos donde vivimos. Atrás queda, claro está, aquella originaria vocación de exploraciones y viajes que animó los primeras números de la revista. Eran otros tiempos, por supuesto. Porque hubo un tiempo, antes de que se inventara la industria turística, en que viajar respondía a un impulso de la curiosidad, cuando el ansia por descubrir era mayor incluso que el de partir a lugares remotos. Por eso no sorprendían casos como los de Abu Zaid, uno de los más famosos cronistas de viajes del siglo IX, que jamás abandonó su ciudad de Siraf, pero interrogó ávidamente a los marineros que llegaban a su puerto procedentes del Extremo Oriente.

Después, con la Ilustración, el viaje se transformaría en la base del conocimiento. Viajaban las personas y viajaban las ideas en forma de libros que definitivamente moldeaban una visión del mundo como la de un espacio destinado a la transformación. Hasta que un día en París estalló una revolución. En aquella jornada, la misma que instauraba la libertad, la igualdad y la fraternidad, se establecía también el cierre de fronteras para evitar el contagio. A partir de entonces, el viaje quedaba en cuarentena hasta el descubrimiento de los tour operadores, una actividad reservada solo para los ejércitos y las misiones comerciales.

De este modo, la curiosidad sería sustituida por el consumo, un incansable afán por deglutir compulsivamente las más variopintas imágenes. Una transformación que si quedó privilegiadamente registrada en algún lugar, fue en las páginas de la National Geographic. Durante años la revista que ahora regenta Murdoch nos ha suministrado durante todo este tiempo el flujo visual preciso para saciar nuestra vorágine viajera: de ágiles guepardos de la sabana a esbeltos guerreros massai del Serengueti; de los primitivos yanomanis amazónicos a la dramática sequedad del Sahel bellamente fotografiada por Sebastião Salgado.

Para entonces el ansia por conocer había dado paso al aburrimiento y del papel impreso la National Geographic había saltado a nuestros televisores durante la cotidiana somnolencia de las sobremesas. Y así intentará Murdoch que continúen las cosas, mientras sigue con interés para su cartera de negocios los últimos avances del Proyecto Morfeo promovido por Richard Marks, director de PlayStation Magic Lab, para adentrarse por los controlados paisajes de la realidad virtual. Pero hasta que podamos ingerir nuevas experiencias de un paraíso Matrix en la salita de casa convertidos en tediosos morfeos de siesta y sillón, mientras todo eso llega, el magnate australiano, como dueño del mundo, seguirá facilitándonos la dosis precisa de planeta con la que satisfacer nuestro letargo, ya sea a través de National Geographic o de cualquier otro de sus canales.

Él o algún otro aspirante a dominar el mundo. O al menos su representación, que al fin y al cabo es lo que importa. Todo administrado en su justa medida, evitando que se cuelen sin permiso personajes no invitados a la representación, a patada partida si es necesario, como puso de manifiesto en la frontera húngara la abnegada reportera Petra Laszlo para proteger nuestros sueños. Claro que siempre habrá irrecuperables que frente al planeta de Murdoch, echen en falta a otro Laszlo, aquel de nombre Víctor que, encarnado por Paul Henreid, fue capaz de estremecernos en un club en blanco y negro de Casablanca entonando las estrofas de una hermosa canción.

Artículo publicado en Eldiario.es

MadridVO y la censura bolivariana

Hubo un tiempo, ya lejano, en que los grandes personajes políticos que la Historia elegía para la posteridad tenían la virtud de pronunciar las palabras más apropiadas en el momento decisivo. Así ocurrió con el ¡No pasarán! de Pasionaria, o la sangre, sudor y lágrimas encadenados por Churchill frente a los micrófonos de la BBC. Luego las costumbres se fueron relajando y las frases solemnes cedieron el paso primero a la boutade, después a la mera ocurrencia de cuestionable ingenio y por último a la más solemne tontería. Eso sí, siempre dicha con soltura y sin el más mínimo sonrojo.

El último de los valores al alza en este mercado de las estupideces es ver quién la suelta más gorda a propósito de la MadridVO. La iniciativa del equipo de Manuela Carmena no pretende impedir a ningún periodista que escriba lo que considere oportuno, ni enviar cuadrillas de violentos chulapos y chulapas a hostigar a los redactores y directores de periódicos, radios y televisiones críticos con el gobierno de Ahora Madrid. Nada eso. La idea solo es tener una página web en la que se incluyan aquellas informaciones omitidas por los medios para elaborar sus noticias y cuya ausencia podría dar lugar a posibles interpretaciones equivocadas de la realidad. Vamos, dicho en román paladino, una web para desmentir informaciones más manipuladoras que ciertas, cuando no directamente falsas.

Pues bien, haciendo bueno el viejo deseo periodístico de evitar que la realidad te estropee un buen titular, políticos y tertulianos de bien han visto en el anuncio de la alcaldesa madrileña la oportunidad para entonar la que se consolida como la gran canción del verano y de las estaciones venideras: ¡Que tiemble la democracia! ¡Ya están aquí los bolivarianos! Porque para la gente de bien, la de verdad, lo preocupante no es que se publiquen informaciones, digamos, tergiversadas. No, lo realmente aterrador para la democracia es que la ciudadanía tenga un canal directo para contrastar la información que les venden los medios y los mentirosos queden en evidencia.

Así pues les ha faltado tiempo a todos para salir poniendo cara de circunstancia en defensa de esa sacrosanta libertad de expresión supuestamente amenazada. Es así como el portavoz socialista Miguel Ángel Carmona, se ha apresurado a exigir el cierre de MadridVO tal vez horrorizado ante el “halo de censura” que según la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE) destila la web. Por cierto, la misma asociación de la prensa que hace solo unas semanas veía como dimitía Núñez Encabo, presidente de su comisión de arbitrajes, quejas y deontología tras presionar a El País a propósito de unas informaciones publicadas sobre su hijo. Bueno, son cosas que pasan.

Pero volvamos a Carmona. Como buen demócrata, el oír la palabra censura se le han disparado todos sus resortes de resistencia. Tal vez, porque él sabe muy bien el daño que puede hacer la censura. Sin duda la reciente desaparición del maestro Javier Krahe, se lo habrá recordado al evocarle la insoportable injusticia que se cometió contra el trovador díscolo, condenado al ostracismo por criticar en sus estribillos al todopoderoso Felipe González. Ostracismo compartido, por cierto, por no pocos profesionales afectados, entre otras medidas, por la reconversión de la libertaria Radio 3 en los 40 Principales, eso sí, del buen gusto musical.

Algo parecido ha debido de pasar con Esperanza Aguirre, cuyo bochorno al ver a Mariano Rajoy compareciendo ante la prensa en una pantalla de plasma, debió de ser tan intenso que ahora considera insoportable que en MadridVO no se deje a los periodistas “posibilidad de réplica”. Es verdad que esos “profesionales” siempre podrán hacerlo en sus medios pero, como siempre vale más prevenir que curar,  Esperanza se ha apresurado a preparar una iniciativa para exigir el cierre de la web informativa. Todo mientras tomaba su desayuno y leía con indisimulada preocupación las informaciones de ABC sobre un inminente golpe de izquierdistas y separatistas para derrocar a Felipe VI.

Aguirre debe pensar que, por fortuna, hoy tenemos leyes como la de Seguridad Ciudadana que velan por nuestros derechos y nuestra sensibilidad, evitándonos, por ejemplo, el  trance de tener ver fotografiada esa violencia policial, en ocasiones tan brutalmente desagradable, como inevitable. O la bienintencionada prohibición del ministro Rafael Catalá a fotografiar políticos corruptos a las puertas del juzgado ante el riesgo de que a más de un español se le atragante al indignarse mientras come frente al televisor. Y en última instancia siempre quedará RTVE y Telemadrid para velar por la libertad y pluralidad de la información.

Lamentablemente se perdió aquel gran bastión de la transparencia y el compromiso cívico que fue Canal 9. Por desgracia, la heroica emisora valenciana, que tan buenos dividendos repartió al Bigotes y Francisco Correa durante la visita de Benedicto XVI, no fue suficiente para defender la libertad de información en aquella comunidad. Tal vez allí sí hubiera hecho falta una web que desmintiera falsas noticias. Pero falsas de verdad, no esas nimiedades que tanto molestan a la quisquillosa Carmena. Un medio que, por ejemplo, hubiera dejado bien claro a los valencianos, con la rotundidad que el momento requería, que el accidente del Metro y sus 43 muertos nunca había ocurrido.

El ring de la decadencia o la decadencia del ring

boxeadores El boxeo ya no es lo que era. El que iba a ser el gran combate del siglo ha terminado pasando con más pena que gloria. De hecho, la victoria a los puntos del avariento Floyd Mayweather sobre el evangelista filipino Manny Pacquiao será más recordada -si es que llega a serlo- por los 400 millones de dólares que generó con sus entradas y derechos de retransmisión, que por los 460 jabs que se intercambiaron ambos púgiles sobre el cuadrilátero durante los doce asaltos que se prolongó el combate. En este nuevo capitalismo del espectáculo, hace tiempo que el boxeo perdió aquella aureola que poseía cuando mezclaba en un coctel simbólico malditismo, lucha de clases, racismo y desesperanza. Y tragedia, claro, como la que se cobró la vida de Benny Kid Paret, o la de Davey Moore, cuya muerte cantara Bob Dylan. Por lo contrario, la pelea que enfrentó a Mayweather y Pacquio, ambos ya casi cuarentones, está más cerca del frío marketing de la industria audiovisual, que de la poética de cine negro que envolvía los combates de Joe Louis o Rocky Marciano, del exhibicionismo libertario de Mohamed Ali contra Joe Frazier, del choque sangriento de Tommy Hearns y Marvim Hagler, o los combates crepusculares de George Foreman, Evander Holyfield o Mike Tyson a finales del pasado siglo. Hasta la perra suerte que acompañó entre nosotros a un Urtaín o a un Poli Díaz contiene más drama que el reunido la pasada semana en el ring de Las Vegas. En cualquier caso, más allá de evocaciones o sadismos, el duelo Mayweather vs. Pacquio no pasará a la historia sobre todo porque el boxeo cada vez interesa menos. Y no creo que ello se deba a una aversión políticamente correcta hacia la violencia surgida en el seno de nuestras sociedades avanzadas, como afirman los biempensantes. Más bien creo que el boxeo ha terminado perdiendo su fuerza metafórica conforme nuestras sociedades se han ido pareciendo cada vez más a un triste combate amañado, a un vulgar tongo anunciado en el que se nos ha reservado sin consultarnos el precario papel de sparring caído en la lona. Más que alegoría, el boxeo es hoy espejo. Un espejo demasiado descarnado, al que ni Narciso quiere asomarse ante la certeza de que solo encontrará el deforme reflejo de su rostro magullado. Por otro lado, resulta difícil sentirse impresionado por la violencia desnuda de dos hombres golpeándose, cuando a nuestro alrededor la violencia se presenta desbordada en nuestras cotidianidades. Hoy sería necesario recuperar toda la sangre que empapó la arena de los circos romanos para hacernos salir de la indiferencia con que nos hemos acostumbrado a recibir la muerte. Esa que se traga los cuerpos a millares frente a las costas de Libia, Lampedusa y Gibraltar sin provocarnos el más mínimo estremecimiento. Amasijo de muertos sin cara, sin historia, sin palabras, sin siquiera ese consuelo póstumo de un espectáculo benéfico con el que recaudar fondos para sufragar el recuento de cadáveres en catástrofes naturales y otros dramas de guardar. Demasiada violencia en el mar. Y en Baltimore, o en las favelas pacificadas de Rio de Janeiro, o en los suicidados desahuciados de nuestras calles tranquilas, o en la bomba nihilista estallando en Alepo, Slaviansk, o en la mujer asesinada en cualquier casa decente. Demasiada violencia ahogándonos como para poder percibir alguna transcendencia en un intercambio de puñetazos retransmitido por pay-per-view. Sí definitivamente hace mucho que el boxeo entró en decadencia. Hoy se le ve como una pasión de otro tiempo, trasnochada, sudor viejo de gimnasio de barrio y olor a zotal. Deporte sin matices, básico, tosco y rudo, incapacitado estéticamente para transformarse en arte. Como diría el ministro Wert: si al menos tuviera un toro…

Solo nos queda la blasfemia

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El 6 de enero de 1929, antes de entrar en los cines Ursulines de París, Luis Buñuel tuvo la precaución de llenarse de piedras los bolsillos. De este modo, esperaba contener la posible reacción del público que iba a asistir esa noche al estreno de Un perro andaluz. El cineasta aragonés tuvo suerte y, lejos de agredirle, el público salió entusiasmado con las provocaciones surrealistas que ideara junto a Salvador Dalí. Sin embargo, ignoro si un año más tarde Buñuel tuvo que hacer uso de aquellas piedras cuando grupos ultraconservadores asaltaron la sala en Montmartre donde se proyectaba su segundo filme, La edad de oro. El escándalo fue tal que gobiernos democráticos como el francés o el norteamericano tuvieron que intervenir: prohibieron la película durante más de cincuenta años.

Estos días, el brutal ataque contra la redacción de Charlie Hebdo me ha hecho recordar aquellas vicisitudes del genio de Calanda. También el alto precio que a menudo se debe pagar por la provocación. Porque si el discurso dialéctico se dirige a la inteligencia del interlocutor, la provocación tiene por destino sus entrañas. Y si el primero aspira a despertar una reflexión-deseo que no siempre logra ante el habitual letargo social-, la segunda no duda en recurrir incluso al zarandeo de la irreverencia y la blasfemia para desatar una reacción que cuestione la indiferencia. A veces, esa reacción es un terremoto en nuestra conciencia que nos cuestiona nuestros pensamientos. En otros, por desgracia, es una bomba en un cine, una prohibición o un disparo a bocajarro.

Yo, lo admito, siento una tierna predilección por los blasfemos y los irreverentes como Buñuel. En este sentido, por ejemplo, la famosa fotografía de la guerra civil en el que unos milicianos posan en actitud de fusilar una imagen de Jesucristo, paradigma de la intolerancia contra la religión para algunos, a mí siempre me ha parecido una poética y sublime forma de reivindicar la libertad humana. Dios no ha muerto como pensaba Nietzsche, nos libramos de él para decidir nuestro destino. Luego descubrí que el catecismo había sido sustituido por el consenso de Washington, pero eso es otra historia.

Se me replicará, claro,que desde mi mundano ateísmo es muy fácil la pose blasfema ante las creencias ajenas. Al fin y al cabo, es cierto que, al menos por ahora, no encuentro nada que sea capaz de ofenderme si alguien cuestiona la única transcendencia que, siguiendo al sabio de Javier Krahe, se me ocurre esperar de esta vida: el cromosoma. Aunque eso no es cierto del todo. Y es que, sin duda, no son pocas las cosas que me incomodan íntimamente, algo de lo que –me temo- no nos libramos nadie.

Pongamos un ejemplo. Cuando Charlie Hebdo presenta en su portada a un musulmán exclamando que el Corán es una mierda porque no detiene las balas que le disparan los militares golpistas egipcios, tengo una sensación ambivalente. La irreverencia religiosa me provoca una sonrisa, pero el recuerdo de los miles de muertos que acumula Oriente Medio, con no poca responsabilidad occidental, me genera una irresistible sensación de indignación. Hablamos de provocar. Pues, bueno, provoquemos: ¿Son capaces de imaginar una revista que, en los años duro de ETA, hubiera sacada en su portada “vaya mierda de Constitución que no te salva del tiro en la nuca”?  En cualquier caso, no es preciso recurrir a la imaginación. Solo unos días después de la multitudinaria manifestación de París en homenaje a las víctimas y defensa de la libertad de expresión, el humorista Dieudonné era detenido por bromea con… el atentado a Charlie Hebdo.

Este último hecho, debería servir para recordarnos quelo que está encima de la mesa no es un problema de libertad de expresión, o al menos no lo es en su vertiente más importante. Es por encima de todo un problema político. El humorista, el artista o el intelectual, con más o menos fortuna y con más o menos buen gusto, señala los problemas y contradicciones de la sociedad. Pero no los resuelve. Esa es una labor que deberán afrontar los gobiernos, políticos y la movilización de la sociedad en su conjunto. En el caso que nos ocupa, eso pasa por –en mi modesta opinión- asumir que el Islam ni es ni ha sido históricamente algo ajeno a Europa, como se insiste en presentar. También por replantearse definitivamente nuestras relaciones con los pueblos de la otra orilla del Mediterráneo y Oriente Medio. Obviamente, la comunidad musulmana, europea y oriental, deberá reflexionar por su parte sobre el auge de sus sectores más reaccionarios y especialmente de ese salafismo sunní que tanto nos espanta en Occidente cuando se presenta con el kalashnikov en la mano, pero al que nuestros gobiernos no dudan en rendirle pleitesía cuando se encarna en petrodólares saudíes.

Por desgracia veopocos motivos para el optimismo. Especialmente cuando no dejamos de ver como los problemas de fondo son raudamente eliminados de la agenda política en ese lapso temporal que va de un coche bomba a otro, en una patética estrategia para desactivar el terrorismo. Eso y la perseverancia enfermiza (¿fanática?) con que los responsables políticos insisten en las mismas recetas de las últimas décadas: es significativo que al calor de la indignación por el atentado haya pasado desapercibido el regreso de las tropas españolas a Irak. Y del mismo modo, las inclinaciones fascistas que amplios sectores sociales están asumiendo en Europa, son motivos para el pesimismo. Como también es preocupante ese continuo recurso a recortar las libertades impulsado por los gobiernos en unos casos para controlar las protestas, en otros para no verse desbordados por el racismo y la xenofobia social.

Recortar las libertades… para defender la libertad. Es el rio revuelto de los pescadores tramposos. Lo pudimos comprobar en la manifestación de París al ver entre los compungidos asistentes –pero a distancia de la plebe, eso sí- al Netenyahu, genocida de Gaza o el Sarkozy que llamaba chusma a las adolescentes –en buena parte musulmanes- que protestaban 2005 contra la marginación impuesta en la periferia y que no dudó en incendiar los suburbios de París en su camino al Eliseo.Hubo muchos más. No es extraño que Willen, uno de los históricos dibujantes de Charlie Hebdo, no dudase al afirmar que vomitaría sobre muchos de los “amigos” que le habían salida a la revista tras la masacre. Es lo que pasa cuando las paradojas alcanzan ya el estadio de la esquizofrenia. Recortar libertades, para frenar a la ultraderecha y el salafismo. Reivindicar la libertad de expresión deteniendo a Dieudonné.

Hace ya mucho tiempo, Voltaire, en su defensa de la libertad, dicen que esgrimió una frase que se haría famosa: “Rechazo tus ideas, pero daría la vida para defender tu derecho a decirlas”. Hoy, visto lo visto, me temo que aquello no fue más que un triste chiste. Menos mal que nos queda la blasfemia.