MadridVO y la censura bolivariana


Hubo un tiempo, ya lejano, en que los grandes personajes políticos que la Historia elegía para la posteridad tenían la virtud de pronunciar las palabras más apropiadas en el momento decisivo. Así ocurrió con el ¡No pasarán! de Pasionaria, o la sangre, sudor y lágrimas encadenados por Churchill frente a los micrófonos de la BBC. Luego las costumbres se fueron relajando y las frases solemnes cedieron el paso primero a la boutade, después a la mera ocurrencia de cuestionable ingenio y por último a la más solemne tontería. Eso sí, siempre dicha con soltura y sin el más mínimo sonrojo.

El último de los valores al alza en este mercado de las estupideces es ver quién la suelta más gorda a propósito de la MadridVO. La iniciativa del equipo de Manuela Carmena no pretende impedir a ningún periodista que escriba lo que considere oportuno, ni enviar cuadrillas de violentos chulapos y chulapas a hostigar a los redactores y directores de periódicos, radios y televisiones críticos con el gobierno de Ahora Madrid. Nada eso. La idea solo es tener una página web en la que se incluyan aquellas informaciones omitidas por los medios para elaborar sus noticias y cuya ausencia podría dar lugar a posibles interpretaciones equivocadas de la realidad. Vamos, dicho en román paladino, una web para desmentir informaciones más manipuladoras que ciertas, cuando no directamente falsas.

Pues bien, haciendo bueno el viejo deseo periodístico de evitar que la realidad te estropee un buen titular, políticos y tertulianos de bien han visto en el anuncio de la alcaldesa madrileña la oportunidad para entonar la que se consolida como la gran canción del verano y de las estaciones venideras: ¡Que tiemble la democracia! ¡Ya están aquí los bolivarianos! Porque para la gente de bien, la de verdad, lo preocupante no es que se publiquen informaciones, digamos, tergiversadas. No, lo realmente aterrador para la democracia es que la ciudadanía tenga un canal directo para contrastar la información que les venden los medios y los mentirosos queden en evidencia.

Así pues les ha faltado tiempo a todos para salir poniendo cara de circunstancia en defensa de esa sacrosanta libertad de expresión supuestamente amenazada. Es así como el portavoz socialista Miguel Ángel Carmona, se ha apresurado a exigir el cierre de MadridVO tal vez horrorizado ante el “halo de censura” que según la Federación de Asociaciones de la Prensa de España (FAPE) destila la web. Por cierto, la misma asociación de la prensa que hace solo unas semanas veía como dimitía Núñez Encabo, presidente de su comisión de arbitrajes, quejas y deontología tras presionar a El País a propósito de unas informaciones publicadas sobre su hijo. Bueno, son cosas que pasan.

Pero volvamos a Carmona. Como buen demócrata, el oír la palabra censura se le han disparado todos sus resortes de resistencia. Tal vez, porque él sabe muy bien el daño que puede hacer la censura. Sin duda la reciente desaparición del maestro Javier Krahe, se lo habrá recordado al evocarle la insoportable injusticia que se cometió contra el trovador díscolo, condenado al ostracismo por criticar en sus estribillos al todopoderoso Felipe González. Ostracismo compartido, por cierto, por no pocos profesionales afectados, entre otras medidas, por la reconversión de la libertaria Radio 3 en los 40 Principales, eso sí, del buen gusto musical.

Algo parecido ha debido de pasar con Esperanza Aguirre, cuyo bochorno al ver a Mariano Rajoy compareciendo ante la prensa en una pantalla de plasma, debió de ser tan intenso que ahora considera insoportable que en MadridVO no se deje a los periodistas “posibilidad de réplica”. Es verdad que esos “profesionales” siempre podrán hacerlo en sus medios pero, como siempre vale más prevenir que curar,  Esperanza se ha apresurado a preparar una iniciativa para exigir el cierre de la web informativa. Todo mientras tomaba su desayuno y leía con indisimulada preocupación las informaciones de ABC sobre un inminente golpe de izquierdistas y separatistas para derrocar a Felipe VI.

Aguirre debe pensar que, por fortuna, hoy tenemos leyes como la de Seguridad Ciudadana que velan por nuestros derechos y nuestra sensibilidad, evitándonos, por ejemplo, el  trance de tener ver fotografiada esa violencia policial, en ocasiones tan brutalmente desagradable, como inevitable. O la bienintencionada prohibición del ministro Rafael Catalá a fotografiar políticos corruptos a las puertas del juzgado ante el riesgo de que a más de un español se le atragante al indignarse mientras come frente al televisor. Y en última instancia siempre quedará RTVE y Telemadrid para velar por la libertad y pluralidad de la información.

Lamentablemente se perdió aquel gran bastión de la transparencia y el compromiso cívico que fue Canal 9. Por desgracia, la heroica emisora valenciana, que tan buenos dividendos repartió al Bigotes y Francisco Correa durante la visita de Benedicto XVI, no fue suficiente para defender la libertad de información en aquella comunidad. Tal vez allí sí hubiera hecho falta una web que desmintiera falsas noticias. Pero falsas de verdad, no esas nimiedades que tanto molestan a la quisquillosa Carmena. Un medio que, por ejemplo, hubiera dejado bien claro a los valencianos, con la rotundidad que el momento requería, que el accidente del Metro y sus 43 muertos nunca había ocurrido.

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