Fronteras y amores en El Tarajal

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La Guardia Civil aguarda la llegada a nado de inmigrantes en El Tarajal el día de la tragedia

Si la fe mueve montañas, otros sentimientos, como el amor, no se detienen ante barreras con vocación infranqueable. Fronteras como las que separan la vida y la muerte, por ejemplo. Ahí está para demostrarlo el romántico episodio de Isabel de Segura y Juan de Marcilla, los amantes turolenses de esa ciudad que también existe, según afirman sus pobladores, y que este año se apresura a celebrar por todo lo grande el 800 aniversario del conmovedor desenlace de sus famosos enamorados. Hasta una ópera anda preparando para la ocasión el compositor Javier Navarrete, que en 2007 saltó a la fama gracias a su nominación al Oscar por su banda sonora al filme de Guillermo del Toro El laberinto del fauno. Sigue leyendo

Donald Trump se despide del IVAM

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Varias propuestas del artista brasileño Cildo Meireles en la exposición Fake del IVAM

Resulta tentador imaginar que las ocurrentes declaraciones de Kellyanne Conway se idearon en Valencia. Y no me atrevería a afirmar que no fue así. Porque la calificación como “hechos alternativos” que la asesora de Donald Trump aplicó a la versión manipulada que el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, dio sobre el número de asistentes a la toma de posesión de su jefe, son sin duda el colofón perfecto a la exposición Fake que esta semana será clausurada en el IVAM. La muestra nos plantea una seductora reflexión sobre las relaciones siempre ambiguas entre lo verdadero y lo falso, sobre las traicioneras intenciones de la verosimilitud, sobre la verdad como construcción social. En última instancia, como destaca Jorge Luis Marzo en el catálogo, nos interroga sobre nuestra propia inclinación al autoengaño.

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¿Cuántas violaciones se han evitado con la muerte de un niño?

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El rapto de las sabinas (1874) de Francisco Pradilla

Los sucesos de Colonia marcan un antes y un después a la hora de afrontar la cuestión de los refugiados. Nos lo dicen los medios serios, los políticos de Estado, los ponderados y ecuánimes interesados en marcar una supuesta equidistancia entre un discurso ultraderechista que se frota las manos ante la prueba definitiva de la invasión bárbara y una supuesta izquierda ingenua e incapaz de superar el mito del buen salvaje roussoniano. De hecho, la limitada y ponderada repercusión que el caso ha tenido en los medios más progresistas, parece dejar al descubierto su desorientación ante unos hechos que no entraban en el guion previsto, cuando no venir confirmar el viejo dicho de que quien calla otorga.

La llegada masiva de refugiados e inmigrantes, nos dicen, está detrás de la ola de agresiones sexuales registradas en la ciudad alemana durante las celebraciones del fin de año. Siguen habiendo muchas zonas oscuras. Las últimas cifras hablan de 379 denuncias, de las que dos serían por violación o intento de ella. Los otros casos serían por otras agresiones sexuales como tocamientos. Pero al parecer, en el cómputo total se han incluido también otro tipo de delitos como lesiones o robos, lo que dificulta saber el número real de casos. En cualquier caso, la idea fuerza del binomio violencia sexual/refugiados se presenta como incuestionable.

 Aunque entre la treintena de detenidos por estos sucesos hay al menos dos alemanes y un estadounidense, el vínculo con el extranjero árabe o norteafricano se proyecta como confirmación de los peligros que se anunciaban. Tal vez muchos de estos agresores también compartan su afición, por ejemplo, por la canción melódica, sin embargo esta conexión parece irrelevante para el caso. Porque como todo el mundo sabe hay conexiones lógicas y relevantes, que nos permitan comprender las cosas, y otras secundarias e irrelevantes que solo persiguen marear la perdiz.

Un ejemplo. Estos días también hemos conocido la noticia de que entre 1953 y 1992, entre 600 y 700 niños sufrieron malos tratos y al menos 50 de ellos padecieron agresiones sexuales en el coro de la catedral de Ratisbona, que durante buena parte de esos años fue dirigida por Georg Ratzinger, hermano del ex papa Benedicto XVI. Pero a nadie se le ocurriría plantear la necesidad de someter a una vigilancia especial o endurecer la legislación hacia los sacerdotes católicos. Eso solo buscaría marear la perdiz.

También se consideraría una demagogia de mal gusto, repudiar públicamente a los aficionados a la tauromaquia porque decenas de mujeres sufrieran acosos y agresiones sexuales durante las celebraciones de San Fermín. El pasado año se recibieron al menos 24 denuncias, incluida una por un  intento de violación en los baños de un bar donde clientes y empleados permanecieron pasivos pese a saber lo que sucedía. La misma pasividad general, por cierto, que mostraron los cientos de viandantes que pasaron junto a los intentos de abuso sexual –por parte de extranjeros y españoles- registrados por  una joven actriz que fingía estar borracha y desorientada en pleno centro de Madrid para grabar en video la reacción de aquellos que se le acercaban con la supuesta intención de ayudada.

Como a nadie se le ocurriría responsabilizar al Príncipe Azul por el beso dado a la Bella Durmiente aprovechándose de su letargo, de la costumbre de robar besos durante los carnavales de Rio de Janeiro o Salvador de Bahía. Solo en esta última ciudad se registraron 450 de estas agresiones el pasado año, no pocas veces acompañadas por empujones, estirones de pelo, forzamientos. Y del mismo modo, nadie en su sano juicio abogaría por realizar un estricto seguimiento de los maridos y compañeros sentimentales,o poner trabas al matrimonio por la nimiedad estadística destacada por la Organización Mundial de la Salud, según la cual el 25% de las mujeres han sufrido en alguna ocasión agresiones sexuales de sus propias parejas.

Algunos y algunas, los más supuestamente críticos, hasta se atreverán a decir que detrás de este tipo de agresiones no se esconden los cuentos tradicionales, ni la tauromaquia, ni la iglesia católica, ni, por supuesto, los refugiados. Insistirán en señalar que lo que hay es una visión de la mujer como objeto del deseo a satisfacer, pasiva, sin voluntad, incapaz de entender su propia sexualidad, empeñada en decir no cuando quisiera gritar sí. Que en el fondo, aparece la sombra de una idea de la mujer (o el niño) como alguien inferior, objeto sobre el que ejercer el correctivo de la autoridad desde una firme convicción de poder. Que no se trata de refugiados, extranjeros, toreros, curas o sambistas, sino del viejo sudor machista que sigue empapando buena parte de nuestras sociedades hasta en sus ropas más elegantes y selectas.

Pero son, como muy pronto nos advertirá alguno de esos sesudos escritores que basan sus argumentos en la fealdad de las mujeres, ganas de marear la perdiz. Una prueba más, replicarán desde Facebook, de la dogmática inclinación de los de siempre a no ver la realidad: que detrás de lo sucedido en Colonia solo hay unos bárbaros dispuestos a violar a nuestras mujeres. Claro que si su certeza es tan firme, habría que pedirles que afronten con crudeza todas las preguntas, abiertamente, sin tapujos políticamente correctos: ¿Cuántas agresiones sexuales se han evitado gracias a los 3.771 aspirantes a refugiado que se tragó el Mediterráneo el pasado año? ¿Cuántas violaciones se han impedido con los tres primeros niños ahogados de este año? Por desgracia, me aterra pensar que algunos ya lo están calculando.

El pánico del autoestopista decapitado

Cada vez es menos habitual encontrarse con autoestopistas en la carretera. No es nada extraño dado que, también, cada vez son menos, si acaso queda alguno, los dispuestos a aceptar su anónima compañía de viaje. Nuestra coraza de antiempatía hace tiempo que transformó en criminales en potencia a los pocos desventurados que todavía confían a la salida de una ciudad o de un peaje de autopista, en la comprensiva amabilidad de un conductor sensible ante el cansancio acumulado en su pulgar extendido. Por lo común, la desconfianza se apodera de nosotros cada vez que vemos a alguien observándonos fijamente tras un improvisado cartel de cartón con una dirección escrita, mientras nuestro automóvil pasa raudo a su lado.

Claro que tampoco extraña la situación contraria, cuando el miedo acumulado en el desesperado viajero supera su cansancio y le hace desistir de solicitar ayuda al sospechoso conductor que le mira de reojo desde la ventanilla del coche cuando le adelanta. Y por desgracia no faltan motivos para este otro temor. El último caso que nos ha conmocionado ha sido la brutal agresión sufrida por un autoestopista que pretendía cruzar de costa a costa unos Estados Unidos que para el infeliz se convirtieron en una pesadilla peor que el Estado Islámico. No sabía que el infierno le estaba aguardando en una carretera solitaria de Pensilvania, ni el horror que acumularía los momentos previos a que sus salvajes agresores dejaran en una calle nocturna de Filadelfia su indefenso cuerpo decapitado.

La víctima no era, obviamente, Jack Kerouac o un nostálgico admirador de la Generación Beat con alma de vagabundo. Había nacido el Canadá y antes de partir de Boston con la esperanza de llegar San Francisco, ya había recorrido las carreteras de su patria, Alemania y Holanda. Era, pues, un viajero experimentado. Pero, sin embargo, en su pecho no habitaba el menor latido de aventura. De hecho, para ser sinceros, en su pecho no latía la aventura, ni el corazón, ni nada de nada. Su nombre era HitchBOT y era un robot fabricado por unos investigadores de Ontario interesados por conocer cómo reaccionan los humanos cuando se encuentran este tipo de criaturas mecánicas en soledad.

Obviamente, el resultado de la investigación no ha podido ser más desalentador. Ahora está por ver si el fatal desenlace pudo tener alguna relación con el caso del trabajador muerto en una planta alemana de la Volkswagen después de ser atacado por un autómata. De confirmarse este extremo, la decapitación de HitchBOT podría ser el inicio de una escalada que nos conduciría inevitablemente a la guerra abierta contra los replicantes, como la vaticinada hace década por Ridley Scott en Blade Runner, cuya segunda parte nos llegará el próximo verano de la mano del realizador Denis Villeneuve.

Sí, definitivamente, saber si los autómatas han comenzado a despertar de sus sueños con ovejas eléctricas y debemos estar preparados para tan implacable guerra, es la única incógnita con cierto interés que nos deja la frustrada aventura del simpático HitcBOT. Lo otro, esa doble frialdad de miedo y desesperación que invade los caminos, no es ninguna novedad pues, como ya dijimos, nos era bien conocida. No era necesario el presupuesto invertido en el diseño y construcción de un robot trotamundos. Como mucho hubiese bastado echar un vistazo a nuestro alrededor, o preguntarles con científica indiferencia a alguno de los rescatados en el último naufragio frente a las estivales playas, o al próximo moribundo asfixiado clandestinamente en una maleta para tratar de pasar la aduana sin vida que declarar, o a aquel que vomita con la boca reseca tras correr desorientado junto al túnel de Calais, o a eso otro que se desgarra la carne en la cuchillas de una valla junto al monte Gurugú.

Claro que, por otro lado, siempre es mejor un experimento científico. No es cuestión de fiarse de lo que te cuente el primer indocumentado. Al fin y al cabo, el director general del Cuerpo Nacional de Policía, Ignacio Cosidó, nos advertía prudentemente que todo lo que está pasando no hace más que confirmar que todos esos individuos deambulando por nuestras tierras son una amenaza. Hasta puede que lo que el aplicado funcionario no se atreva a decirnos para no provocarnos el pánico es que tan sospechosas criaturas son, en realidad, los verdaderos replicantes.

Publicado en Eldiario.es y Nueva Tribuna

El club de los pirómanos bomberos

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Hay lógicas difíciles de entender, pero lógicas, al fin y al cabo. Como la que guiaba el comportamiento de ese vecino de Daimiel, recientemente detenido por la Guardia Civil como responsable de la ola de incendios forestales sufrida en el último mes por aquel municipio castellano. El supuesto pirómano provocaba los fuegos para, inmediatamente después, enfundarse su traje de voluntario, encender las sirenas del vehículo de Protección Civil y partirse el alma junto a los bomberos en las tareas de sofocar las llamas. A primera vista podrá parecer una reacción absurda, pero admitamos que en cualquier caso su lógica es aplastante: de qué sirve un voluntario si no tiene la oportunidad de demostrar su altruismo.

Lo cierto es que se trata de un hecho más extendido de lo que pensamos. Y se detecta en esferas institucionales a las que nadie osaría colocar el sambenito de chalado irrecuperable que sin duda muchos aplicarán al incendiario amateur de Daimiel. Así, por ejemplo, es un secreto a voces el afán con que las grandes compañías farmacéuticas han transformado en enfermedades psicosomáticas todos los percances biográficos que nos acontecen día a día. La angustia por la pérdida del empleo  pierde de este modo los perfiles socioeconómicos para convertirse en una alteración de la autoestima, fácilmente diagnosticable y tratable con la dosis apropiada de diazepam, al igual que la acumulación de microtrabajos basura no es más que un elemental cuadro de ansiedad solucionable con el tratamiento adecuado de trankimazin.

 Parecido comportamiento demuestran los responsables económicos europeos cuando insisten en perseverar en una filosofía que les confirma como discípulos aventajados de Milton Friedman y Nerón, a partes iguales. Lo hemos visto con el último capítulo (hasta el próximo, claro) de la crisis griega. Ylo volvemos a ver más cerca de nosotros en la intransigencia con que Cristóbal Montoro exige al País Valenciano que prosiga la senda del recorte perpetuo para controlar su endeudamiento. Todo, claro, sin cuestionar, ni en el Peloponeso ni en el Cabanyal, unas estructuras productivas, fiscales y financieras que solo conducen al callejón sin salida de un hipotecamiento eterno que justifique, como no, nuevos ajustes.

Y lo mismo podría decirse de la decisión del PP de promover como candidato a las próximas elecciones catalanas a un personaje como Xabier García Albiol. ¡Qué justificación mejor para las voces de alarma democráticafrente al avance del populismo chavista que designar como cabeza de lista a un xenófobo! ¡Qué mejor modo de evitar la deriva independentista que ensalzar a un líder territorial más rancio que una caja de polvorones de posguerra! Un aparente sinsentido que, sin embargo, es considerado digno de alabanza por la recién estrenada presidenta del PP Valenciano Isabel Bonig. La entusiasta thatcheriana de la Valld’Uixó, considera la verborrea racista del catalán no es más que una muestra de ese “mensaje directo” que tanto gusta al pueblo, esa vehemencia que brota de las convicciones.

En última instancia, este tipo de comportamientos no anda muy alejado de aquella otra tendencia según la cual el asesino mostraría una irresistible atracción a regresar al lugar del crimen. La pena es que, a diferencia de lo que ha ocurrido con el pirómano castellano, sean pocos los criminales apresados cuando retornan al espacio del delito. Y eso que en muchos casos ese lugar no es otro que despachos oficiales  ubicados en edificios públicos de sencilla localización en el desmantelado mapa del Estado del Bienestar. Eso sí, por fortuna nunca nos faltará un buen chute de benzodiacepina, con el que sobrellevar el triste espectáculo de los pirómanos bomberos.

Solo nos queda la blasfemia

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El 6 de enero de 1929, antes de entrar en los cines Ursulines de París, Luis Buñuel tuvo la precaución de llenarse de piedras los bolsillos. De este modo, esperaba contener la posible reacción del público que iba a asistir esa noche al estreno de Un perro andaluz. El cineasta aragonés tuvo suerte y, lejos de agredirle, el público salió entusiasmado con las provocaciones surrealistas que ideara junto a Salvador Dalí. Sin embargo, ignoro si un año más tarde Buñuel tuvo que hacer uso de aquellas piedras cuando grupos ultraconservadores asaltaron la sala en Montmartre donde se proyectaba su segundo filme, La edad de oro. El escándalo fue tal que gobiernos democráticos como el francés o el norteamericano tuvieron que intervenir: prohibieron la película durante más de cincuenta años.

Estos días, el brutal ataque contra la redacción de Charlie Hebdo me ha hecho recordar aquellas vicisitudes del genio de Calanda. También el alto precio que a menudo se debe pagar por la provocación. Porque si el discurso dialéctico se dirige a la inteligencia del interlocutor, la provocación tiene por destino sus entrañas. Y si el primero aspira a despertar una reflexión-deseo que no siempre logra ante el habitual letargo social-, la segunda no duda en recurrir incluso al zarandeo de la irreverencia y la blasfemia para desatar una reacción que cuestione la indiferencia. A veces, esa reacción es un terremoto en nuestra conciencia que nos cuestiona nuestros pensamientos. En otros, por desgracia, es una bomba en un cine, una prohibición o un disparo a bocajarro.

Yo, lo admito, siento una tierna predilección por los blasfemos y los irreverentes como Buñuel. En este sentido, por ejemplo, la famosa fotografía de la guerra civil en el que unos milicianos posan en actitud de fusilar una imagen de Jesucristo, paradigma de la intolerancia contra la religión para algunos, a mí siempre me ha parecido una poética y sublime forma de reivindicar la libertad humana. Dios no ha muerto como pensaba Nietzsche, nos libramos de él para decidir nuestro destino. Luego descubrí que el catecismo había sido sustituido por el consenso de Washington, pero eso es otra historia.

Se me replicará, claro,que desde mi mundano ateísmo es muy fácil la pose blasfema ante las creencias ajenas. Al fin y al cabo, es cierto que, al menos por ahora, no encuentro nada que sea capaz de ofenderme si alguien cuestiona la única transcendencia que, siguiendo al sabio de Javier Krahe, se me ocurre esperar de esta vida: el cromosoma. Aunque eso no es cierto del todo. Y es que, sin duda, no son pocas las cosas que me incomodan íntimamente, algo de lo que –me temo- no nos libramos nadie.

Pongamos un ejemplo. Cuando Charlie Hebdo presenta en su portada a un musulmán exclamando que el Corán es una mierda porque no detiene las balas que le disparan los militares golpistas egipcios, tengo una sensación ambivalente. La irreverencia religiosa me provoca una sonrisa, pero el recuerdo de los miles de muertos que acumula Oriente Medio, con no poca responsabilidad occidental, me genera una irresistible sensación de indignación. Hablamos de provocar. Pues, bueno, provoquemos: ¿Son capaces de imaginar una revista que, en los años duro de ETA, hubiera sacada en su portada “vaya mierda de Constitución que no te salva del tiro en la nuca”?  En cualquier caso, no es preciso recurrir a la imaginación. Solo unos días después de la multitudinaria manifestación de París en homenaje a las víctimas y defensa de la libertad de expresión, el humorista Dieudonné era detenido por bromea con… el atentado a Charlie Hebdo.

Este último hecho, debería servir para recordarnos quelo que está encima de la mesa no es un problema de libertad de expresión, o al menos no lo es en su vertiente más importante. Es por encima de todo un problema político. El humorista, el artista o el intelectual, con más o menos fortuna y con más o menos buen gusto, señala los problemas y contradicciones de la sociedad. Pero no los resuelve. Esa es una labor que deberán afrontar los gobiernos, políticos y la movilización de la sociedad en su conjunto. En el caso que nos ocupa, eso pasa por –en mi modesta opinión- asumir que el Islam ni es ni ha sido históricamente algo ajeno a Europa, como se insiste en presentar. También por replantearse definitivamente nuestras relaciones con los pueblos de la otra orilla del Mediterráneo y Oriente Medio. Obviamente, la comunidad musulmana, europea y oriental, deberá reflexionar por su parte sobre el auge de sus sectores más reaccionarios y especialmente de ese salafismo sunní que tanto nos espanta en Occidente cuando se presenta con el kalashnikov en la mano, pero al que nuestros gobiernos no dudan en rendirle pleitesía cuando se encarna en petrodólares saudíes.

Por desgracia veopocos motivos para el optimismo. Especialmente cuando no dejamos de ver como los problemas de fondo son raudamente eliminados de la agenda política en ese lapso temporal que va de un coche bomba a otro, en una patética estrategia para desactivar el terrorismo. Eso y la perseverancia enfermiza (¿fanática?) con que los responsables políticos insisten en las mismas recetas de las últimas décadas: es significativo que al calor de la indignación por el atentado haya pasado desapercibido el regreso de las tropas españolas a Irak. Y del mismo modo, las inclinaciones fascistas que amplios sectores sociales están asumiendo en Europa, son motivos para el pesimismo. Como también es preocupante ese continuo recurso a recortar las libertades impulsado por los gobiernos en unos casos para controlar las protestas, en otros para no verse desbordados por el racismo y la xenofobia social.

Recortar las libertades… para defender la libertad. Es el rio revuelto de los pescadores tramposos. Lo pudimos comprobar en la manifestación de París al ver entre los compungidos asistentes –pero a distancia de la plebe, eso sí- al Netenyahu, genocida de Gaza o el Sarkozy que llamaba chusma a las adolescentes –en buena parte musulmanes- que protestaban 2005 contra la marginación impuesta en la periferia y que no dudó en incendiar los suburbios de París en su camino al Eliseo.Hubo muchos más. No es extraño que Willen, uno de los históricos dibujantes de Charlie Hebdo, no dudase al afirmar que vomitaría sobre muchos de los “amigos” que le habían salida a la revista tras la masacre. Es lo que pasa cuando las paradojas alcanzan ya el estadio de la esquizofrenia. Recortar libertades, para frenar a la ultraderecha y el salafismo. Reivindicar la libertad de expresión deteniendo a Dieudonné.

Hace ya mucho tiempo, Voltaire, en su defensa de la libertad, dicen que esgrimió una frase que se haría famosa: “Rechazo tus ideas, pero daría la vida para defender tu derecho a decirlas”. Hoy, visto lo visto, me temo que aquello no fue más que un triste chiste. Menos mal que nos queda la blasfemia.