¿Cuántas violaciones se han evitado con la muerte de un niño?


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El rapto de las sabinas (1874) de Francisco Pradilla

Los sucesos de Colonia marcan un antes y un después a la hora de afrontar la cuestión de los refugiados. Nos lo dicen los medios serios, los políticos de Estado, los ponderados y ecuánimes interesados en marcar una supuesta equidistancia entre un discurso ultraderechista que se frota las manos ante la prueba definitiva de la invasión bárbara y una supuesta izquierda ingenua e incapaz de superar el mito del buen salvaje roussoniano. De hecho, la limitada y ponderada repercusión que el caso ha tenido en los medios más progresistas, parece dejar al descubierto su desorientación ante unos hechos que no entraban en el guion previsto, cuando no venir confirmar el viejo dicho de que quien calla otorga.

La llegada masiva de refugiados e inmigrantes, nos dicen, está detrás de la ola de agresiones sexuales registradas en la ciudad alemana durante las celebraciones del fin de año. Siguen habiendo muchas zonas oscuras. Las últimas cifras hablan de 379 denuncias, de las que dos serían por violación o intento de ella. Los otros casos serían por otras agresiones sexuales como tocamientos. Pero al parecer, en el cómputo total se han incluido también otro tipo de delitos como lesiones o robos, lo que dificulta saber el número real de casos. En cualquier caso, la idea fuerza del binomio violencia sexual/refugiados se presenta como incuestionable.

 Aunque entre la treintena de detenidos por estos sucesos hay al menos dos alemanes y un estadounidense, el vínculo con el extranjero árabe o norteafricano se proyecta como confirmación de los peligros que se anunciaban. Tal vez muchos de estos agresores también compartan su afición, por ejemplo, por la canción melódica, sin embargo esta conexión parece irrelevante para el caso. Porque como todo el mundo sabe hay conexiones lógicas y relevantes, que nos permitan comprender las cosas, y otras secundarias e irrelevantes que solo persiguen marear la perdiz.

Un ejemplo. Estos días también hemos conocido la noticia de que entre 1953 y 1992, entre 600 y 700 niños sufrieron malos tratos y al menos 50 de ellos padecieron agresiones sexuales en el coro de la catedral de Ratisbona, que durante buena parte de esos años fue dirigida por Georg Ratzinger, hermano del ex papa Benedicto XVI. Pero a nadie se le ocurriría plantear la necesidad de someter a una vigilancia especial o endurecer la legislación hacia los sacerdotes católicos. Eso solo buscaría marear la perdiz.

También se consideraría una demagogia de mal gusto, repudiar públicamente a los aficionados a la tauromaquia porque decenas de mujeres sufrieran acosos y agresiones sexuales durante las celebraciones de San Fermín. El pasado año se recibieron al menos 24 denuncias, incluida una por un  intento de violación en los baños de un bar donde clientes y empleados permanecieron pasivos pese a saber lo que sucedía. La misma pasividad general, por cierto, que mostraron los cientos de viandantes que pasaron junto a los intentos de abuso sexual –por parte de extranjeros y españoles- registrados por  una joven actriz que fingía estar borracha y desorientada en pleno centro de Madrid para grabar en video la reacción de aquellos que se le acercaban con la supuesta intención de ayudada.

Como a nadie se le ocurriría responsabilizar al Príncipe Azul por el beso dado a la Bella Durmiente aprovechándose de su letargo, de la costumbre de robar besos durante los carnavales de Rio de Janeiro o Salvador de Bahía. Solo en esta última ciudad se registraron 450 de estas agresiones el pasado año, no pocas veces acompañadas por empujones, estirones de pelo, forzamientos. Y del mismo modo, nadie en su sano juicio abogaría por realizar un estricto seguimiento de los maridos y compañeros sentimentales,o poner trabas al matrimonio por la nimiedad estadística destacada por la Organización Mundial de la Salud, según la cual el 25% de las mujeres han sufrido en alguna ocasión agresiones sexuales de sus propias parejas.

Algunos y algunas, los más supuestamente críticos, hasta se atreverán a decir que detrás de este tipo de agresiones no se esconden los cuentos tradicionales, ni la tauromaquia, ni la iglesia católica, ni, por supuesto, los refugiados. Insistirán en señalar que lo que hay es una visión de la mujer como objeto del deseo a satisfacer, pasiva, sin voluntad, incapaz de entender su propia sexualidad, empeñada en decir no cuando quisiera gritar sí. Que en el fondo, aparece la sombra de una idea de la mujer (o el niño) como alguien inferior, objeto sobre el que ejercer el correctivo de la autoridad desde una firme convicción de poder. Que no se trata de refugiados, extranjeros, toreros, curas o sambistas, sino del viejo sudor machista que sigue empapando buena parte de nuestras sociedades hasta en sus ropas más elegantes y selectas.

Pero son, como muy pronto nos advertirá alguno de esos sesudos escritores que basan sus argumentos en la fealdad de las mujeres, ganas de marear la perdiz. Una prueba más, replicarán desde Facebook, de la dogmática inclinación de los de siempre a no ver la realidad: que detrás de lo sucedido en Colonia solo hay unos bárbaros dispuestos a violar a nuestras mujeres. Claro que si su certeza es tan firme, habría que pedirles que afronten con crudeza todas las preguntas, abiertamente, sin tapujos políticamente correctos: ¿Cuántas agresiones sexuales se han evitado gracias a los 3.771 aspirantes a refugiado que se tragó el Mediterráneo el pasado año? ¿Cuántas violaciones se han impedido con los tres primeros niños ahogados de este año? Por desgracia, me aterra pensar que algunos ya lo están calculando.

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