De la moción de censura a la loción de ternura

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Es bien conocida la afición que Zeus tenía por el transformismo a la hora de dar rienda suelta a sus inclinaciones calenturientas. Ignoramos si Ángela Merkel fue la última encarnación de la máxima autoridad del Olimpo, pero es sabido que la divinidad griega ya logró en una ocasión secuestrar a Europa convertido en un toro. Del mismo modo, la hermosa Leda fue sorprendida por el sicalíptico dios transformado en cisne y aunque no sabemos muchos detalles de aquel inesperado encuentro a orillas del río Eurotas, la buena muchacha salió de aquel incidente poniendo algún que otro huevo.

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Los magos y el fisco

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El mago Aleister Crowley

Gracias a los móviles de última generación con acceso a internet que distribuyó Papá Noel la pasada Navidad, hoy son pocos los niños que no saben que los Reyes son los padres. Otra cosa es que finjan ignorarlo para no quebrar la ilusión de sus progenitores y abuelos, conscientes de que, además, esas pocas horas de inocencia simulada les serán convenientemente retribuidas con nuevas dádivas en la lógica de amor y consumismo compulsivos que impera en estas fechas tan entrañables en las que recordamos el nacimiento del Mesías de los pobres.

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Pecados de Navidad

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La Navidad, como toda fiesta religiosa que se precie, es tiempo propicio para el pecado. Pecado bienintencionado, por supuesto. Ahí están, por ejemplo, esos 90.000 euros pagados por el Hospital Provincial de Castelló a las empresas de la trama Gürtel para montar el belén de nada menos que 800 piezas. Una cifra sin duda anecdótica dentro de los casi 33 millones de euros que se embolsaron del centro hospitalario las empresas investigadas, e insignificante para el conjunto de la mordida gestionada por los chicos de Correa. Pero en cualquier caso un detalle nada menor que viene a recordarnos que la Navidad es ese tiempo de ilusiones en el que la sonrisa de un niño no tiene precio.

Como tampoco lo tiene alcanzar esa tranquilidad de conciencia que da poner un pobre en la mesa durante estas fechas tan señaladas que ya están a la vuelta de la esquina. Nos lo enseñó el maestro Berlanga con su Plácido y hoy la globalización realmente existente se encarga de mantener vigente su espíritu gracias a su incansable democratización de la pobreza. Porque si la santificada Teresa de Calcuta nos advertía que la pobreza es una bendición de Dios, deberemos admitir, aunque le pese a nuestro agnóstico escepticismo, que el mundo en el que vivimos está más bendecido que nunca.

Por suerte, la escala de las penurias y las desigualdades ha alcanzado niveles tan elevados que ha sido posible transformar a los pobres en estadística. De este modo, los ricos de hoy en día pueden promover su caridad con criterios macroeconómicos, sin la necesidad de pasar el mal trago de tener que rozarse con el harapo. Es ese filantrocapitalismo, que tan bien retratan Antonio Ariño y Joan Romero en su libro La secesión de los ricos, consistente en desmantelar en estado del bienestar, eludir impuestos, reconvertir los paraísos perdidos de Milton en paraísos fiscales y declarar caduca cualquier pretensión de justicia social, al tiempo que se crean fundaciones desde las que instaurar la ley suprema de la caridad globalizada.

En esto Bill Gates es un aventajado. Pero no está solo. Mark Zuckerberg también nos iluminaba hace poco desde la cumbre Asia Pacífico celebrada en Lima, sobre la tan necesaria sensibilidad social. Para el mediático multimillonario solo existe una solución para acabar con las desigualdades en el mundo: la conectividad. Y es que para el todopoderoso fundador de Facebook los problemas sociales del planeta no se superan con anticuadas políticas redistributivas, sino con propuestas cuya sencillez es tan extrema que no habíamos reparado en ellas. Como abrirse un perfil en Facebook, por ejemplo, que permita a todos los pobres sentirse integrados junto a los 2.700 millones de personas que ya forman parte de su red social, mientras aumentan la cuenta de beneficios de Zuckerberg y, de paso, se sienten protagonistas compartiendo en el ciberespacio fotografías de ese entrañable gatito que luego podrán comerse tan ricamente si no encuentran nada mejor que llevarse a la boca.

En fin, que se acerca la Navidad y por unos días somos un poco mejores. Hasta en nuestros pecados. O pecadillos. Como cuando tomamos esa copa de más durante la inevitable cena de empresa en la que nos sentimos mucho más unidos a nuestros compañeros sin la necesidad de pagar la trasnochada y engorrosa cuota de un sindicato. Supongo que esa camaradería fraternal es la que perseguía Víctor Sahuquillo cuando cargaba algún que otro gin tonic a la contabilidad de Divalterra, la empresa de la diputación de Valencia heredera de la inolvidable Imelsa.  Un calor humano sin cabida en esas normativas de las que el directivo asegura haber sido ignorante y que ahora le obligan a retornar el coste de aquellas inocentes copas cuya repercusión mediática ha terminado provocándole mayores dolores de cabeza que una mala resaca. Repercusión, por cierto, que no tuvieron en algunos de esos medios la sangría de épocas pasadas. El olvido editorial parece ser otro de los pecadillos que traen las luces navideñas.

Como consuelo a su desafortunado desliz, puede que Sahuquillo se encuentre en la próxima cena con la fugaz sorpresa de algún regalo inesperado. Uno de esos presentes baratos que acostumbran a ofrecer esos amigos invisibles cuyo anonimato nos libra de la obligación de saludar al día siguiente al entrar al trabajo. Es una de las ventajas que tienen estas familiares fiestas de amigos incorpóreos, pecados disimulados y pobreza estadística. Aunque por desgracia no faltará tampoco la tradición de aquel sabiondo de turno que a la segunda copa se empeñe en fastidiarnos el turrón y los villancicos con la moralina de la hipocresía del mundo. Aguafiestas de consigna fácil: miserables de todos los países, uníos… en Facebook.

Artículo publicado en eldiario.es

Patrimonio de la Humanidad

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Valencia, como París, fue una fiesta. Y no era para menos. La noticia llegaba de Addis Abeba y corría por el Cap i Casal con más fuerza que la riuà del 57: la Unesco declaraba a las Fallas todo un Patrimonio Inmaterial de la Humanidad. Así que, por fin, nuestra atávica fiesta del fuego alcanzaba la misma categoría que la cerveza belga, el merengue dominicano, la cultura charra mexicana o la rumba cubana, de luto esta última por la muerte de Fidel e imposibilitada por ello de dar rienda suelta a la alegría como en las calles valencianas. O si se prefiere, a la altura del Misterio de Elx, el Tribunal de las Aguas o la Mare de Deu de la Salut de Algemesí, patrimonios patrios anteriormente admitido que, en cualquier caso, difícilmente están tan arraigados en el ADN de esta tierra de las flores, de la luz y del amor como la algarabía que envuelve a nuestras fiestas de Sant Josep.

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La fallera monárquica y los protocolos

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Ilustración de Esther Méndez para el libro “La fallera calavera” de Enric Aguilar

Los disgustos, como los problemas, nunca llegan solos. Hace unos días nos despertábamos sobresaltados al conocer que los norteamericanos son racistas. Es verdad que día sí y día también nos desayunábamos con la noticia de algún policía de aquel país que decidía freír a tiros a alguno de sus compatriotas negros (o afrodescendiente, como dicen los políticamente correctos que ignoran que todo el género humano procede de África). Pero, bueno, achacábamos el caso a un exceso de celo profesional del agente ante la sospechosa actitud del ciudadano en cuestión de situarse delante del cañón de su pistola ignorante de que el tiro al blanco sí distingue colores. Hizo falta que eligieran a Trump para sacarnos de nuestro error. Qué disgusto.

Pero, como ya he dicho, estas decepciones nunca llegan solas. Así que ahora, justo cuando la Unesco tiene que decidir si reconoce a las Fallas como Patrimonio de la Humanidad, nos sorprenden unas recomendaciones de la Junta Central Fallera a las Falleras Mayores y su corte de honor que parecen más redactadas por el jefe de protocolo de Boko Haram que por una entidad cívica de un país democrático. Las fallas son machistas, qué disgusto. Sigue leyendo

Operación Flotador

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A todos los niños les gusta jugar al veo-veo. Y las adivinanzas. Bueno, a los niños y a los mayores. Porque desentrañar aquello que se presenta oculto es un ejercicio mucho más tentador que el pilates. Así ha sido desde aquellos tiempos inmemoriales cuando Edipo se cruzó con la enigmática Esfinge, o cuando el tozudo Champollion se empeñó en descifrar los jeroglíficos dándole vueltas a la piedra Rosetta. Por no hablar, por supuesto, de las inolvidables invitaciones que Agatha Christie y Conan Doyle nos hacían desde sus novelas para descubrir qué estaba haciendo el mayordomo en el momento del crimen.

Pero como pasa en esta vida, todo tiene su revés y el mismo trabajo que muchos invierten en tratar de desvelar lo opaco, lo ocupan otros en dificultarlo. Es así como a lo largo de la historia han surgido los redactores de la Cábala o manuscritos tan herméticos como aquel famoso de Voynech escrito en una lengua más extravagante y secreta que los élficos idiomas de Tolkien. Y de ello han hecho oficio los concienzudos criptógrafos de los más variados servicios secretos del mundo, celosos con que sus mensajes en clave permanezcan a salvo de las indiscreciones del Wikileaks de turno.