La androide que me amó

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El pasado viernes, Zheng Jiajia se sintió la persona más feliz de los más de 9 millones de habitantes de la ciudad china de Hangzhou. Y no era para menos pues se trataba del día de su boda. No es que fuese muy mayor, pero con 31 años a Zheng ya comenzaban a pesarle los continuos comentarios maliciosos de amigos y familiares que le auguraban una larga vejez de soltería, especialmente después de sus últimos desengaños amorosos. Se sabía retraído y no especialmente agraciado, así que la perspectiva de una vida en soledad era una obsesión que comenzaba a perseguirle en sus no menos solitarias noches. Por eso el viernes estaba exultante observando de reojo la felicidad de su madre o la alegría de sus amigos al ver desmentidas sus tristes predicciones. Y también, claro, gozoso de ver a su lado a la pequeña Yingying. Tan frágil, tan bella, cubierta por el pañuelo rojo que marca la tradición, tan decidida a pronunciar aquel definitivo sí quiero, como si aquellas dos palabras fueran las que dieran sentido a su vida. Cuando las escuchó Zheng se sintió el centro de aquella moderna urbe a orillas del río Qiantang. Más aún, el centro del mundo entero.

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Cañizares y el silencio

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El cardenal Cañizares, arzobispo de Valencia.

En su última película, Scorsese nos presenta el conflicto interior de un joven jesuita portugués ante el silencio de Dios frente a la cruenta persecución religiosa en el Japón del siglo XVII. Una tormentosa vivencia de la fe que el protagonista experimenta en una realidad que le resulta extraña y le supera, una lucha íntima por la redención que acabará conduciéndole a la apostasía. Filme honestamente cristiano, Silencio reivindica la humildad de una búsqueda personal de la transcendencia que cuestiona la intransigencia religiosa tanto como la soberbia fanática de una fe inquebrantable. Sigue leyendo

De Simone de Beauvoir a la identidad española

Estos días anda revolucionada la caverna brasileña a propósito de un examen para estudiantes en el que se citaba la célebre frase de Simone de Beauvoir: “no se nace mujer: llega una a serlo”. Esta idea, con la que se defiende la identidad femenina como un proceso de construcción social ajena a determinismos biológicos, desató la furibunda reacción de los sectores más casposos que la vieron como la confirmación de una conspiración marxista-feminista para inculcar en las inocentes mentes de los jóvenes las perversas ideas de la perspectiva de género.

Paradójicamente, estas virulentas reacciones más que cuestionar acaban confirmando lo que recusan. Y es que del mismo modo que las teorías darwinistas se vieron reforzadas por los simiescos argumentos con que algunos se rasgaban las vestiduras negando venir del mono, hoy escuchando a quienes despotrican contra la perspectiva de género, solo podemos admitirlos en la categoría de animales racionales si aceptamos que no se nace biológicamente “homo sapiens” sino que se llega a serlo.

 Por lo demás, la anécdota vuelve a poner de relieve la importancia que el tema de las identidades tiene en nuestras sociedades. También las controversias y pasiones que despierta cada vez que se pone sobre la mesa. Y no son pocas las ocasiones para ello, dado el desesperado afán de las personas por intentar saber quiénes son, por ubicarse en un mundo que lleva tiempo atrapado en lo que, parafraseando a Eric Hobsbawm, podríamos definir como la Era de los Desconciertos.

Esa búsqueda de identidades claras tiene especial predicamento entre los sectores más conservadores, siempre interesados en identificar y fichar al personal. Por ello lo primero que hicieron al crear el estado moderno fue instaurar el Documento Nacional de Identidad oportunamente gestionado por la policía. Y lo que aplicamos a los individuos, podemos también dedicarlo al ámbito social, claro. Porque si fijamos claramente qué significa ser, pongamos por caso, español o socio del CD Alcoyano, todo resulta más sencillo para identificar quiénes somos nosotros, quiénes vosotros o incluso quienes son ellos.

A veces hacer esa distinción no resulta tan sencillo. Pensemos en la polémica en torno al independentismo catalán que ha convertido a Mariano Rajoy, Albert Rivera y Pedro Sánchez en una especia de tres mosqueteros defensores de la unidad de España frente a las pérfidas conspiraciones de un Richelieu catalanista. En principio, la única forma de concebir de forma realista la unidad de España sería a partir de una pluralidad de piezas reunidas por la historia, que es tanto como decir que está artificialmente construida por los hombres y no siempre de forma voluntaria. Pero, por desgracia, no es así.

Los conservadores prefieren presentar España como una piedra, como una roca firme que ni la erosión del viento consigue alterarla. En consecuencia, es un otro, extraño ajeno, el que amenaza con romper lo que se presenta como un todo inquebrantable e inmutable. Franco ya defendió estos argumentos cuando afirmó que prefería una España roja a una España rota. Y en efecto consiguió instaurar su España una, grande y libre a fuerza de teñir de rojo el país con la sangre derramada de quienes bautizó como la anti-España.

Hoy, por fortuna, estamos lejos de aquello, pero sigue imperando entre los conservadores –y no solo- la misma visión monolítica de España. Por eso, les gusta tanto fijar por escrito qué debemos entender por identidad española, como en esos exámenes que tienen que pasar los aspirantes a tener la nacionalidad nacidos en otras tierras. Pruebas con las que se intenta impedir que entre alguno sin saber quién es Jesulín e instaure un Estado Islámico en Calahorra. La derecha valenciana adoptaría el mismo modelo al implantar una ley que regulara en qué consiste nuestra idiosincrasia y cuál es la receta de la auténtica paella, al menos hasta que llegó Rajoy y le añadió garbanzos provocando una profunda crisis de identidad.

Saber quién somos para diferenciarnos del otro. Lo explicó con maestría el presidente húngaro Viktor Orban cuando fue jaleado en Madrid durante la cumbre del Partido Popular Europeo y explicó su postura frente al drama de los refugiados. Por suerte , identificar al otro es mucho más fácil. Porque si es cierto que no sabemos muy bien quiénes son, al menos podemos saber lo que no es, como cristianamente nos advirtió el cardenal Cañizares: el otro no es trigo limpio. Y eso se puede aplicar a cualquier otro que se estime oportuno: un niño sirio empujado por las olas, un incendiario independentista del Ampurdà o la musical presencia de Raimon en Xàtiva.

Este reduccionismo monolítico tampoco falta, por supuesto, entre los defensores a ultranza de otras pretendidas identidades eternas, aunque para ellos ese otro sea, por ejemplo, el español. Por eso, para evitar dramatismos innecesarios en la vida personal, política y social, no estaría mal aplicarnos más a menudo las reflexiones que pensadoras como Simone de Beauvoir o Judith Butler han hecho sobre la identidad. Y recordar que, al fin y al cabo, antes de que nadie hablara de las teorías Queer, Cervantes y su Quijote ya nos dijeron que saber quién es uno mismo es tanto como saber que se puede ser lo que uno quiera. Hasta “los Doce Pares de Francia, y aun todos los nueve de la Fama…”

Artículo publicado en Eldiario.es

Las cosas que se callan

Lo peor de las cosas que se dicen es que siempre, irremediablemente, dejan entrever las que se piensan sin nombrar. Cuando un periodista como Juancho Amas Marcelo es capaz de escribir sin sonrojarse que los catalanes mataron a Jesucristo por el supuesto RH tarraconense de Poncio Pilatos, uno puede llegar a espantarse solo con imaginar qué cosas pueden llegar a pasar por una mente como la suya con tal de alegrar a la caverna y a la cuenta de resultados de Pedro J. Ramírez. Es cierto que en este caso nos encontramos con la atenuante del encargo laboral. Y es que, tal y como está el patio periodístico, hoy más que nunca encontramos no pocos plumillas dispuestos a decir lo contrario de lo que piensan con tal de no salir escaldados en la siguiente tanda de despidos. Al fin de cuentas, tampoco resulta tan grave ataviar con barretina al cónsul de las manos limpias si con ello conseguimos seguir pagando las facturas del Mercadona.

Más grave resultan aquellos casos en los que el autor del comentario descabellado no necesita tragarse los sapos del sonrojo para llegar a fin de mes. Es lo que ha ocurrido con la campechana  ocurrencia de José Manuel Castelao Bragaña quien en su intervención ante el Consejo General de la Ciudadanía Española en el Exterior, entidad que presidía a propuesta del PP, no dudó al afirmar que las leyes, como las mujeres, están hechas para violarlas. A sus 71 años, este viejo amigo de Fraga, ya no precisaba contentar a nadie aunque, eso sí, como buen político, cabe pensar que con las elecciones gallegas en puertas, lo último que desearía era abochornar con un escándalo a su no también amigo Alberto Núñez Feijoo. Por ello, si Castelao articuló su frase con tanta tranquilidad fue por la seguridad que da pensar en lo inofensivo, concebir las palabras como un guiño simpático a partir de una idea compartida como natural. Y ahí, de nuevo, aparece lo terrorífico. Porque si para alguien violar mujeres (y leyes, como bien han demostrado sus compatriotas gallegos al frente de las alcaldías de Ourense y Boqueixón) se concibe como algo natural, ¿qué será de aquellas otras ideas que el pudor obliga a decapitar ante el público aplicándoles esa guillotina que es morderse la lengua?

En cualquier caso, los deslices relativos a la mujer no son exclusivos del político gallego. Por desgracia, se trata de una materia abonado para que los hombres tengan este tipo de lapsus anclados en los abismos del psicoanálisis y el machismo. Lo pudimos ver hace unos meses cuando el candidato republicano al Senado por Misuri, Todd Akin, expuso su extravagante teoría según la cual algunas violaciones a mujeres son legítimas o, lo que suena todavía más normativamente espeluznante, reglamentarias. A su juicio, cuando se trata de una violación legítima el cuerpo de la mujer sabe cerrarse con el hermetismo de la dignidad que impida el embarazo, haciendo de este modo innecesario el aborto. Por el contrario, la mujer que queda embarazada por su violador, solo pondría de evidencia su flaqueza frente al agresor, al permitir (y quien sabe si gozar) que sus envestidas accedan al final. Presupuestos aterradores que dejan pocas dudas sobre cual es la opinión real que el Akin o Castelao de turno, tienen de la mujer.

Queda así de manifiesto que las palabras, con lo que dicen, dejan entreabierta la puerta por la que se cuela la presencia de las opiniones y deseos más íntimos. Por eso, algunos como Mariano Rajoy opten por el silencio para mantener a buen recaudo sus últimas intenciones. Porque lo que más desasosiego despierta del presidente del gobierno no es el incumplimiento de sus promesas. Lo realmente terrorífico es su mutismo, su determinación por cerrar a cal y canto la nebulosidad de sus intenciones.

(Ilustración: Evelio Gómez, para Revista R@ambla)