Donald Trump se despide del IVAM

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Varias propuestas del artista brasileño Cildo Meireles en la exposición Fake del IVAM

Resulta tentador imaginar que las ocurrentes declaraciones de Kellyanne Conway se idearon en Valencia. Y no me atrevería a afirmar que no fue así. Porque la calificación como “hechos alternativos” que la asesora de Donald Trump aplicó a la versión manipulada que el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, dio sobre el número de asistentes a la toma de posesión de su jefe, son sin duda el colofón perfecto a la exposición Fake que esta semana será clausurada en el IVAM. La muestra nos plantea una seductora reflexión sobre las relaciones siempre ambiguas entre lo verdadero y lo falso, sobre las traicioneras intenciones de la verosimilitud, sobre la verdad como construcción social. En última instancia, como destaca Jorge Luis Marzo en el catálogo, nos interroga sobre nuestra propia inclinación al autoengaño.

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Pecados de Navidad

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La Navidad, como toda fiesta religiosa que se precie, es tiempo propicio para el pecado. Pecado bienintencionado, por supuesto. Ahí están, por ejemplo, esos 90.000 euros pagados por el Hospital Provincial de Castelló a las empresas de la trama Gürtel para montar el belén de nada menos que 800 piezas. Una cifra sin duda anecdótica dentro de los casi 33 millones de euros que se embolsaron del centro hospitalario las empresas investigadas, e insignificante para el conjunto de la mordida gestionada por los chicos de Correa. Pero en cualquier caso un detalle nada menor que viene a recordarnos que la Navidad es ese tiempo de ilusiones en el que la sonrisa de un niño no tiene precio.

Como tampoco lo tiene alcanzar esa tranquilidad de conciencia que da poner un pobre en la mesa durante estas fechas tan señaladas que ya están a la vuelta de la esquina. Nos lo enseñó el maestro Berlanga con su Plácido y hoy la globalización realmente existente se encarga de mantener vigente su espíritu gracias a su incansable democratización de la pobreza. Porque si la santificada Teresa de Calcuta nos advertía que la pobreza es una bendición de Dios, deberemos admitir, aunque le pese a nuestro agnóstico escepticismo, que el mundo en el que vivimos está más bendecido que nunca.

Por suerte, la escala de las penurias y las desigualdades ha alcanzado niveles tan elevados que ha sido posible transformar a los pobres en estadística. De este modo, los ricos de hoy en día pueden promover su caridad con criterios macroeconómicos, sin la necesidad de pasar el mal trago de tener que rozarse con el harapo. Es ese filantrocapitalismo, que tan bien retratan Antonio Ariño y Joan Romero en su libro La secesión de los ricos, consistente en desmantelar en estado del bienestar, eludir impuestos, reconvertir los paraísos perdidos de Milton en paraísos fiscales y declarar caduca cualquier pretensión de justicia social, al tiempo que se crean fundaciones desde las que instaurar la ley suprema de la caridad globalizada.

En esto Bill Gates es un aventajado. Pero no está solo. Mark Zuckerberg también nos iluminaba hace poco desde la cumbre Asia Pacífico celebrada en Lima, sobre la tan necesaria sensibilidad social. Para el mediático multimillonario solo existe una solución para acabar con las desigualdades en el mundo: la conectividad. Y es que para el todopoderoso fundador de Facebook los problemas sociales del planeta no se superan con anticuadas políticas redistributivas, sino con propuestas cuya sencillez es tan extrema que no habíamos reparado en ellas. Como abrirse un perfil en Facebook, por ejemplo, que permita a todos los pobres sentirse integrados junto a los 2.700 millones de personas que ya forman parte de su red social, mientras aumentan la cuenta de beneficios de Zuckerberg y, de paso, se sienten protagonistas compartiendo en el ciberespacio fotografías de ese entrañable gatito que luego podrán comerse tan ricamente si no encuentran nada mejor que llevarse a la boca.

En fin, que se acerca la Navidad y por unos días somos un poco mejores. Hasta en nuestros pecados. O pecadillos. Como cuando tomamos esa copa de más durante la inevitable cena de empresa en la que nos sentimos mucho más unidos a nuestros compañeros sin la necesidad de pagar la trasnochada y engorrosa cuota de un sindicato. Supongo que esa camaradería fraternal es la que perseguía Víctor Sahuquillo cuando cargaba algún que otro gin tonic a la contabilidad de Divalterra, la empresa de la diputación de Valencia heredera de la inolvidable Imelsa.  Un calor humano sin cabida en esas normativas de las que el directivo asegura haber sido ignorante y que ahora le obligan a retornar el coste de aquellas inocentes copas cuya repercusión mediática ha terminado provocándole mayores dolores de cabeza que una mala resaca. Repercusión, por cierto, que no tuvieron en algunos de esos medios la sangría de épocas pasadas. El olvido editorial parece ser otro de los pecadillos que traen las luces navideñas.

Como consuelo a su desafortunado desliz, puede que Sahuquillo se encuentre en la próxima cena con la fugaz sorpresa de algún regalo inesperado. Uno de esos presentes baratos que acostumbran a ofrecer esos amigos invisibles cuyo anonimato nos libra de la obligación de saludar al día siguiente al entrar al trabajo. Es una de las ventajas que tienen estas familiares fiestas de amigos incorpóreos, pecados disimulados y pobreza estadística. Aunque por desgracia no faltará tampoco la tradición de aquel sabiondo de turno que a la segunda copa se empeñe en fastidiarnos el turrón y los villancicos con la moralina de la hipocresía del mundo. Aguafiestas de consigna fácil: miserables de todos los países, uníos… en Facebook.

Artículo publicado en eldiario.es

Conocer al enemigo

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“Balance (Equilibrio)”, de la serie “The American Way of Life” (1959) de Josep Renau

Cuando en 1929 el terremoto de la crisis convulsionaba la economía internacional y el fascismo comenzaba a presagiar funestos desenlaces, Ortega y Gasset iniciaba una serie de artículos en las páginas del diario El Sol que con el tiempo terminarían dando forma a su célebre obra La rebelión de las masas. Hoy, paradójicamente, cuando las réplicas de la Gran Recesión no cesan de precarizar nuestras cotidianidades y mientras sentimos en Europa los signos de que un nuevo huevo de la serpiente parece estar a punto de eclosionar, los ciudadanos asisten atónitos e impotentes a un nuevo fenómeno: la rebelión de las élites.

De ello nos habla La secesión de los ricos, editado por Galaxia Gutemberg, un libro con vocación radical, incluso antisistema, pero formas académicas, que el pasado martes presentaron en la Universitat de Valencia sus dos autores, los catedráticos de Sociología, Antonio Ariño, y de Geografía Humana, Joan Romero. Un estudio necesario para una sociedad desorientada, desconcertada por una realidad asfixiante, marcada por la desigualdad creciente y la precarización de la vida, que a duras penas consiguen orientarse.

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El miedo de los perros y los lobos

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Claude Rains en una sesión de maquillaje durante la filmación de El hombre lobo (1941)

Dicen que los lobos huelen el miedo. Pero no solo el miedo presente, también el miedo presentido. De ello ha hecho virtud el magnate Georges Soros, experto en el arte de predecir las catástrofes mucho antes de que comiencen a intuirse. El viejo lobo de Wall Street abre bien sus aletas nasales, inspira con fuerza y pone toda la atención de su pituitaria en descubrir la más leve fragancia del miedo. Su rastro le permite ser el primer en detectar esa próxima crisis financiera, ese cercano hundimiento bursátil, esa calamidad económica que desata todos los temores con solo imaginarla. Entonces, sabedor de lo que los demás prefieren ignorar, Soros reorganiza sus inversiones. Y espera. Solo es cuestión de tiempo, porque cuando llegue el momento será el mejor situado para hacerse con el despojo del siguiente desastre económico, con la misma tranquilidad con que los profanadores de tumbas aguardan a las puertas de los cementerios.

Estos días el aparato olfativo de Soros está a pleno rendimiento. El magnate está agitado, nervioso, con esa excitación de las fieras cuando saben que su presa anda confiada a la simple distancia de un zarpazo. Está tan seguro de la ceguera ajena que no le importa gritar a los cuatro vientos que siente las mismas sensaciones que precedieron a la interminable crisis de 2008. Por lo pronto, según nos cuenta The Wall Street Journal, el rey de los especuladores ya se ha puesto manos a la obra y anda vendiendo parte de sus acciones a precios de saldo para comprar oro. Así que mientras el resto de animales de la selva capitalista se mantienen ignorantes del miedo que se les avecina, el viejo lobo ya se relame ante su próximo bocado. Sigue leyendo

La privatización del espíritu olímpico

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Carteles de las olimpiadas en la Alemania nazi patrocinados por Coca Cola

Lo importante en las olimpiadas no es ganar sino participar. La idea no es _como erróneamente se le ha atribuido­_ del barón de Coubertin, fundador de las olimpiadas modernas, sino que éste la parafraseó de un sermón del obispo norteamericano Ethelbert Talbot, pronunciado en 1908 durante su estancia en Londres con motivo de un encuentro de la iglesia anglicana que vino a coincidir con los Juegos Olímpicos. No hay duda de que el barón, hombre bienintencionado, asumió con sinceridad aquel planteamiento humanista y generoso, sin embargo, los responsables de administrar su legado fueron cada vez más explícitos a la hora de evidenciar su desgana con tan idealista herencia.

Hoy aquel viejo sueño olímpico apenas se mantiene como recuerdo o sarcasmo. De hecho, hace tiempo que los administradores de los juegos invirtieron el orden de los conceptos para dejarnos claro que en estos nuevos tiempos de globalización financiera y paraísos fiscales, lo importante no es participar, sino ganar… dinero, por supuesto. Y si no que se lo pregunten a Rodrigo Ferrari, propietario de la librería Folha Seca de Rio de Janeiro. Ferrari regenta su establecimiento en la bulliciosa y bohemia rua do Ouvidor donde cada sábado se congregan religiosa o paganamente en las terrazas de sus bares, cientos de animosos parroquianos para disfrutar de la perfecta combinación de las cervezas y las musicales rodas de samba.

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No habrá bolsos Gucci en el paraíso

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Venta de réplicas en papel para ofrendas funerarias en un estableimiento de Hong Kong

El paraíso fue hasta ahora el último consuelo de los desgraciados. La cotidianidad existencial resultaba tan triste, miserable, desdichada, mediocre, infeliz o desesperada para ellos que sólo en el otro barrio post mortem podían encontrar alguna esperanza. Hoy, sin embargo, inmersos en la actual fase líquida y precaria del capitalismo, ni siquiera podemos reconfortarnos pensando en ese Más Allá donde el descanso y la liberación venga a superar nuestra penas. Y ello no se debe al supuesto avance del materialismo impío que tanto alarma a yihadistas, evangélicos o incorruptas casposidades católicas, sino a la cruda certeza de que los mismos que en esta vida nos niegan el menor atisbo de felicidad, tampoco están dispuestos a permitirnos en la otra ni el más inocente de los caprichos.

La última prueba de esta intransigencia nos llega de Hong Kong donde los intereses de una gran empresa amenazan el futuro de una antigua costumbre funeraria. Se trata de la tradición de honrar a los difuntos mediante la quema de réplicas en papel de aquellos productos que en vida proporcionaron algún tipo de felicidad al finado. Fue así como al calor de esta práctica fue configurándose un variopinto catálogo de mundanas satisfacciones hechas en papel que podían abarcar desde una dentadura postiza a un coche, de un teléfono móvil a un bolso de diseño. Y en paralelo a este culto funerario fue surgiendo toda una red de establecimientos especializados en la venta de estas reproducciones destinadas a consumirse en las llamas para que su humo lleve consuelo a los espíritus en su eterno descanso.

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