Donald Trump se despide del IVAM

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Varias propuestas del artista brasileño Cildo Meireles en la exposición Fake del IVAM

Resulta tentador imaginar que las ocurrentes declaraciones de Kellyanne Conway se idearon en Valencia. Y no me atrevería a afirmar que no fue así. Porque la calificación como “hechos alternativos” que la asesora de Donald Trump aplicó a la versión manipulada que el portavoz de la Casa Blanca, Sean Spicer, dio sobre el número de asistentes a la toma de posesión de su jefe, son sin duda el colofón perfecto a la exposición Fake que esta semana será clausurada en el IVAM. La muestra nos plantea una seductora reflexión sobre las relaciones siempre ambiguas entre lo verdadero y lo falso, sobre las traicioneras intenciones de la verosimilitud, sobre la verdad como construcción social. En última instancia, como destaca Jorge Luis Marzo en el catálogo, nos interroga sobre nuestra propia inclinación al autoengaño.

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El payaso de McDonals’s o el entierro de la democracia

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Florencia no quiere que el payaso de McDonald’s se pasee por la Piazza del Duomo. Y es que el gigante de la comida rápida desentona con sus colores rojizos de kétchup junto a la majestuosidad renacentista de su catedral, de modo que su alcalde, Dario Nardello, ha decidido denegar la autorización para instalar uno de estos populares establecimientos en plena joya urbanística, arquitectónica y turística de la capital toscana. El ayuntamiento justifica la medida con una normativa que impide la apertura de locales que no ofrezcan a sus clientes productos típicos de la región. Un argumento que no parece haber convencido demasiado a la multinacional norteamericana que, según informa el diario británico The Independent, ha respondido con  un contencioso reclamando 20 millones de dólares a la ciudad por los perjuicios estimados.

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Conocer al enemigo

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“Balance (Equilibrio)”, de la serie “The American Way of Life” (1959) de Josep Renau

Cuando en 1929 el terremoto de la crisis convulsionaba la economía internacional y el fascismo comenzaba a presagiar funestos desenlaces, Ortega y Gasset iniciaba una serie de artículos en las páginas del diario El Sol que con el tiempo terminarían dando forma a su célebre obra La rebelión de las masas. Hoy, paradójicamente, cuando las réplicas de la Gran Recesión no cesan de precarizar nuestras cotidianidades y mientras sentimos en Europa los signos de que un nuevo huevo de la serpiente parece estar a punto de eclosionar, los ciudadanos asisten atónitos e impotentes a un nuevo fenómeno: la rebelión de las élites.

De ello nos habla La secesión de los ricos, editado por Galaxia Gutemberg, un libro con vocación radical, incluso antisistema, pero formas académicas, que el pasado martes presentaron en la Universitat de Valencia sus dos autores, los catedráticos de Sociología, Antonio Ariño, y de Geografía Humana, Joan Romero. Un estudio necesario para una sociedad desorientada, desconcertada por una realidad asfixiante, marcada por la desigualdad creciente y la precarización de la vida, que a duras penas consiguen orientarse.

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Seguid el ejemplo del camarada Li Jianhua

Resulta extraña esa inclinación que los chinos parecen tener por la muerte. Ignoro si tiene alguna explicación antropológica, histórica o endocrinológica, pero lo cierto es que se trata de una particularidad que suele manifestarse cuando menos te lo esperas. Viendo el fútbol, por ejemplo. Al menos así lo recogieron los medios cuando a los pocos días de comenzar la actual Copa del Mundo ya contabilizaba el número de óbitos chinos provocados por las interminables horas de insomnio que estos aficionados acumulaban en su afán por ver todos los partidos a pesar de la gran –y letal, visto lo visto- diferencia horaria que le separa de las tierras brasileñas.

Este vértigo hacia la muerte atraídos por la perseverancia ciega hacía algo mostrado por los chino no es, pese a lo que se pueda creer, un fenómeno puntual. Al contrario, la tendencia hace tiempo que se consolidó como un elemento clave en el engranaje de su modelo de crecimiento económico que tanta admiración provoca entre los neocons más viscerales, pase a esas estéticas comunistas tan inofensivas como las arregladas barbas de un hipster. Así al menos se desprende de los últimos datos publicados por el China Young Daily. Y es que, al parecer, cada día 1.600 chinos se toman tan a pecho eso de matarse a trabajar que lo consiguen.

En cualquier caso, lejos de mostrar alguna preocupación por las estadísticas, el estado chino ha optado por enaltecer este tipo de comportamientos y ponerlo como ejemplo a seguir. Es lo que pasó con el bueno del camarada Li Jianhua que llevado por su afán de acabar un informe antes de que saliera el sol forzó tanto la maquinaria que al final su corazón no pudo más y optó por plantearle a sus 48 años una huelga indefinida de sístoles y diástoles caídos, no sé si antes o después de que pudiera acabar su trabajo. Ahora, la entidad bancaria para la que trabajaba el abnegado contable no ha dudado en ponerle como ejemplo a seguir para el resto de sus compañeros, esos que llevados por el egoísmo siguen empeñados en seguir viviendo.

En cualquier caso, se equivocan quienes piensen que detrás de todo esto puede haber una cuestión racial. Más bien se trata de un fenómeno que parece propagarse como una epidemia, aunque aparentemente quede descartado un supuesto origen bacteriano. Lo cierto es que se expande con una rapidez inusitada. De hecho, hace tan solo un año conocíamos como Moritz Erhardt, un joven becario de 21 años en la sucursal londinense del Bank of América, caía físicamente reventado en la ducha tras haber trabajado ininterrumpidamente durante 72 horas. El 14 de diciembre pasado el rastro de su difusión nos llegó desde Yakarta. Allí, a las 2:47 horas de la madrugada, Mirta Diran solo tuvo las fuerzas justas para escribir en Twitter que seguía con fuerzas tras 30 horas de trabajo. Tras teclear esos últimos caracteres de entre los 142 posibles, la simpática publicista indonesia de 24 años entraba en coma y fallecía unas horas más tarde.

Tal vez sea en esto en lo que pensaba Juan Roig cuando hace algún tiempo animaba a los españoles a trabajar como chinos. O María Dolores de Cospedal cuando firmó el pasado año como secretaria general del PP un convenio de colaboración con el partido comunista chino. No lo sé, pero teniendo en cuenta que la reactivación económica a base de esta devaluación social que venimos acumulando no da muchas alegrías, no es de extrañar que Mariano Rajoy incluya la medida en su programa reformista. Al fin y al cabo, si se mete en la cárcel a los sindicalistas, si se saca de las listas del INEM al millón de “amas y amos de casa” chupópteros de los que alertaba Juan Rosell y, además, conseguimos que los trabajadores españoles se maten como chinos a una media de 600.000 al año, si logramos todo esto tenemos el pleno empleo asegurado en dos patadas. Así que ya sabéis: ¡españoles, cuando vayáis al tajo (quien lo tenga) recordad el ejemplo del camarada Li Jianhua!

En España nunca se pone el sol… del pesimismo

"La rendición de Torrejón" (1970), Equipo Crónica
“La rendición de Torrejón” (1970), Equipo Crónica

Dicen que hubo un tiempo en que en España no se ponía el sol. Eran tiempos imperiales, cuando los galeones llegaban a Sevilla con sus bodegas repletas de oro y plata para, con la  facilidad con que arribaban, volver a zarpar para llenar con ese mismo cargamento las arcas de Jacob Fugger y del resto de banqueros alemanes, flamencos o genoveses, encantados con el chollo financiero de las bancarrotas de los Austria. Eran, sin duda, otros tiempos. Hoy, por el contrario, si algo no se pone en estas tierras es el pesimismo.

Porque los españoles, como la princesa de Rubén Darío, están tristes, desmoralizados, melancólicos. Lo confirma una vez más la última encuesta del CIS que vuelve a poner de manifiesto el pesimismo pertinaz en que están sumidos los ciudadanos de estas tierras, condenados a oscilar abruptamente en el imaginario colectivo de los tópicos, entre la fiesta y el sentimiento trágico de la vida. El último barómetro sociológico deja, en este sentido, poco margen para interpretaciones edulcoradas: cerca del 87% de los españoles considera que, pese a la mediación de Santa Teresa, tan alabada por el ministro Fernández Díaz, o al reparto de medallas oficiales a las vírgenes, seguimos estando jodidos. Incluso muy jodidos. Tanto o más que el año pasado, en opinión del 90% de los consultados que sigue tomando a broma el fin de la crisis publicado por Mariano Rajoy en el BOE.

Y no parece que la cosa vaya a cambiar. Al menos así lo piensa la gran mayoría dado que no llegan a tres de cada diez encuestados los que creen que el año próximo la economía irá algo mejor. Aunque, sin pretender ser un aguafiestas, bien podría suceder que los datos fueran y que esos tres escasos optimistas no sean más que Amancio OrtegaRafael del Pino o Juan Roig. Ellos o alguno de los brokers patrios que andan estos días vendiendo a precio de saldo acciones a Georges Soros, Bill Gates, Carlos Slim o Warren Buffet, magantes globalizados encantados con el margen de beneficios que les deja en su cartera el desguace económico y social al que ha sido sometido en los últimos años este país.

Porque junto a la tristeza, la melancolía y el pesimismo, otra cosa que no parece ponerse nunca en la España actual son las ruedas de molino del ajuste. Los representantes de la troika no dejan recordárnoslo a cada instante mientras, conteniendo a duras penas la risa, Olli Rehn le da palmaditas a Rajoy o Lagarde se contorsiona para mantener el equilibrio sorprendida por la imposible genuflexión de De Guindos. Así pues, los españoles deben ir preparándose para una nueva vuelta de tuerca a la rebaja de sus salarios o una nueva reforma laboral que contemple desgravaciones para los empresarios que inviertan en argollas, cadenas, cepos y látigos para sus empleados.

Sacrificios de hoy por el bien de un mañana. Un mañana indeterminado, eso sí. El más cercano, el previsto para el próximo año mantiene los mismos niveles de desempleo y precariedad social, aunque los tecnócratas de turno saquen las castañuelas de la alegría estadística a cada centésima en el repunte económico. Por lo pronto, los talibanes del neoliberalismo que pueblan Bruselas ya nos advierten de que el déficit público sigue descontrolado y que, si la economía no experimenta un súbito milagro de los peces y los panes, los españoles deberían ir haciéndose a la idea de próximos recortes adicionales por valor de 20.000 millones de euros.

En cualquier caso, llevado por el ambiente carnavalesco, el gobierno prefiere optar por la broma y la chirigota. Así, nos reclama pleitesía electoral por habernos sacado de la crisis, sino que en su benevolencia sin límites anuncia rebajas tributarias que nos obligarán a nuevos recortes o nuevos préstamos. Sin duda, los herederos de Fugger deben andar frotándose las manos. Al fin y al cabo, pocas cosas hay tan propicias para sus contabilidades como la estupidez malevolente e interesada de nuestros gobernantes. Y esa peculiaridad, como el lejano sol imperial, tampoco parece ponerse en estas tierras de Españas cada vez más sombrías.

El abismo, fase superior del capitalismo

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Cautivo y desarmado el más inocente recuerdo del estado social, la crisis ha terminado. Este podría ser el parte final de esta última fase de unas hostilidades iniciadas oficialmente en septiembre de 2008, tras la voladura de ese Maine simbólico que fue la quiebra de Lehman Brothers. Hoy todos se llenan la boca con la consolidada recuperación de la economía, con los buenos resultados de los índices bursátiles y las previsiones macroeconómicas para 2014, aunque todos admitan también que el crecimiento será insuficiente para generar empleo, que la desigualdad y la pobreza son ya el nuevo fantasma que recorre Europa y que la reactivación es tan tímida que amenaza con agotarse al menor catarro de los BRIC, o ante la más ligera recaída reumática de Alemania o Francia. Puede que por ello, previsor como pocos, Mariano Rajoy haya optado por cerrar 2013 con la adquisición de camiones con cañones de agua, no vaya a ser que las endebles perspectivas de optimismo obliguen a aplacar imprevistos focos de resistencia.

En cualquier caso, lo que esta superación de la crisis, legitimada por los editoriales del grupo Prisa, pone definitivamente de manifiesto es la superación de las teorías leninistas que consideraban el imperialismo como la fase superior del capitalismo. Hoy sabemos que el contradictorio desarrollo de las relaciones de producción y las fuerzas productivas que diría la vieja terminología marxista hoy en recuperación, no ha concluido en el modelo monopolístico teorizado por el dirigente bolchevique en plena Gran Guerra cuyo centenario se conmemora precisamente este año. Por el contrario, el sistema económico ha demostrado su disposición a adentrarse con paso firme por los senderos de aquella barbarie anunciada por Rosa Luxemburgo.

Por lo pronto, el casino financiero internacional, en cuya ruleta se dirime desde hace años la deriva de la economía mundial, ya no confía en el vigor de las antiguas potencias occidentales e incluso recela de las fuerzas reales de esos países emergentes tan alabados hasta hace bien poco. Ahora la bolita que gira en su azaroso discurrir entre el rojo y el negro, centra todo el interés de las apuestas en lo que, según la terminología acuñada por el economista Farida Khambata, se ha venido en llamar “mercados fronteras”, integrados por territorios tan heterogéneos como Kenia, Argentina, Pakistán, los Emiratos Árabes o Vietnam. Países en vías de emerger a un incógnito desarrollo, que en conjunto representan demográficamente un apetecible mercado, acumulan buena parte de las reservas energéticas, cobijan una mano de obra en proceso de saldo y, lo que es más importante para los cálculos de riesgo, presentan unos índices de crecimiento bursátil sin competencia posible en otras latitudes.

Es así como el capitalismo está logrando invertir su viejo ideario de progreso, manteniendo intacta la misma canción. Si las esperanzas económicas pasaron primero del agotado centro a la segunda esfera en la periferia, hoy se centran en ese horizonte más lejano de los países frontera, en un dantesco peregrinar que conduce inevitablemente al círculo último en los abismos. Por ello no resulta sorprendente la decisión de la multinacional sueca H&M de trasladar su producción a Etiopía, donde los 45 euros al mes que allí cobra un trabajador les permiten márgenes de beneficio mucho más atractivos que los 300 euros que hoy tienen que pagar a sus abusivos empleados chinos.

Y en medio de este panorama, la troika, con la aquiescencia del gobierno, insiste en que España debe profundizar su reforma laboral. Para echarse a temblar… O al monte.