Seguid el ejemplo del camarada Li Jianhua


Resulta extraña esa inclinación que los chinos parecen tener por la muerte. Ignoro si tiene alguna explicación antropológica, histórica o endocrinológica, pero lo cierto es que se trata de una particularidad que suele manifestarse cuando menos te lo esperas. Viendo el fútbol, por ejemplo. Al menos así lo recogieron los medios cuando a los pocos días de comenzar la actual Copa del Mundo ya contabilizaba el número de óbitos chinos provocados por las interminables horas de insomnio que estos aficionados acumulaban en su afán por ver todos los partidos a pesar de la gran –y letal, visto lo visto- diferencia horaria que le separa de las tierras brasileñas.

Este vértigo hacia la muerte atraídos por la perseverancia ciega hacía algo mostrado por los chino no es, pese a lo que se pueda creer, un fenómeno puntual. Al contrario, la tendencia hace tiempo que se consolidó como un elemento clave en el engranaje de su modelo de crecimiento económico que tanta admiración provoca entre los neocons más viscerales, pase a esas estéticas comunistas tan inofensivas como las arregladas barbas de un hipster. Así al menos se desprende de los últimos datos publicados por el China Young Daily. Y es que, al parecer, cada día 1.600 chinos se toman tan a pecho eso de matarse a trabajar que lo consiguen.

En cualquier caso, lejos de mostrar alguna preocupación por las estadísticas, el estado chino ha optado por enaltecer este tipo de comportamientos y ponerlo como ejemplo a seguir. Es lo que pasó con el bueno del camarada Li Jianhua que llevado por su afán de acabar un informe antes de que saliera el sol forzó tanto la maquinaria que al final su corazón no pudo más y optó por plantearle a sus 48 años una huelga indefinida de sístoles y diástoles caídos, no sé si antes o después de que pudiera acabar su trabajo. Ahora, la entidad bancaria para la que trabajaba el abnegado contable no ha dudado en ponerle como ejemplo a seguir para el resto de sus compañeros, esos que llevados por el egoísmo siguen empeñados en seguir viviendo.

En cualquier caso, se equivocan quienes piensen que detrás de todo esto puede haber una cuestión racial. Más bien se trata de un fenómeno que parece propagarse como una epidemia, aunque aparentemente quede descartado un supuesto origen bacteriano. Lo cierto es que se expande con una rapidez inusitada. De hecho, hace tan solo un año conocíamos como Moritz Erhardt, un joven becario de 21 años en la sucursal londinense del Bank of América, caía físicamente reventado en la ducha tras haber trabajado ininterrumpidamente durante 72 horas. El 14 de diciembre pasado el rastro de su difusión nos llegó desde Yakarta. Allí, a las 2:47 horas de la madrugada, Mirta Diran solo tuvo las fuerzas justas para escribir en Twitter que seguía con fuerzas tras 30 horas de trabajo. Tras teclear esos últimos caracteres de entre los 142 posibles, la simpática publicista indonesia de 24 años entraba en coma y fallecía unas horas más tarde.

Tal vez sea en esto en lo que pensaba Juan Roig cuando hace algún tiempo animaba a los españoles a trabajar como chinos. O María Dolores de Cospedal cuando firmó el pasado año como secretaria general del PP un convenio de colaboración con el partido comunista chino. No lo sé, pero teniendo en cuenta que la reactivación económica a base de esta devaluación social que venimos acumulando no da muchas alegrías, no es de extrañar que Mariano Rajoy incluya la medida en su programa reformista. Al fin y al cabo, si se mete en la cárcel a los sindicalistas, si se saca de las listas del INEM al millón de “amas y amos de casa” chupópteros de los que alertaba Juan Rosell y, además, conseguimos que los trabajadores españoles se maten como chinos a una media de 600.000 al año, si logramos todo esto tenemos el pleno empleo asegurado en dos patadas. Así que ya sabéis: ¡españoles, cuando vayáis al tajo (quien lo tenga) recordad el ejemplo del camarada Li Jianhua!

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