Josep Ramoneda: “El equilibrio entre capitalismo y democracia es extremadamente precario”

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Josep Ramoneda visitó recientemente Valencia fue para hablar en la Universitat sobre la cultura en el mundo digital y de su experiencia al frente del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona entre 2002 y 2011. Pero por encima de todo, Ramoneda es un perspicaz analista de cuanto nos rodea.

¿Qué papel juega la cultura en el mundo actual?

Hay dos cosas a tener en cuenta. Primero, la cultura es fundamental para dar entidad a la experiencia vital de las personas. Pero con la advertencia de que no es garantía de nada pues el hilo que separa cultura y barbarie es muy fino: en Auschwitz se tocaba música clásica.  Segundo, vivimos sometidos a corrientes contrarias a los valores humanistas. La obsesión por la cuenta de resultados, la evaluación estadística de todo, la dependencia de los datos macroeconómicos, como si el mundo fuera cifras y no personas. Y sobre todo una ligada a la tecnología de la información, la aceleración: por multiplicación permanente de mensajes que nos ha dejado sin tiempos de pausa, silencio o, incluso, aburrimiento, necesarios para tomar distancia. Por eso, reivindico la cultura humanística como perspectiva, como distancia para entender las cosas.

¿Tiene sentido ser filósofo en el tiempo de la posverdad?

La posverdad es una categoría idiota. Definirla, como hace el diccionario de Oxford, como que la dimensión sentimental y pasional pasa por encima de la racional en la vida política y colectiva, ¿lo descubrimos ahora? Si me dijeran: “hay una viralización de la mentira que la convierte por repetición en verdad”; tampoco es nuevo, ya lo dijeron los nazis, pero de acuerdo a nivel de viralización exponencial que ahora hace más difícil poner en evidencia las mentiras. Pero ¡descubrir ahora que la pasión y los sentimientos guían los comportamientos! Es como “populismo”o “antisistema”. ¡Decir que Trump es antisistema! Por favor, hagan un minuto de silencio y seguro que no lo seguirán diciendo.

¿No parece que la democracia está bajo sospecha porque la gente no vota lo que debería, por ejemplo el Brexit?

Los poderosos son partidarios de cualquier sistema mientras sirve a sus intereses. El referéndum era magnífico mientras legitimaba lo que el poder quería legitimar. Pero cuando la gente se rebela resulta que es maligno. El problema es esta deriva hacia una especie de aristocracia de los expertos, un autoritarismo democrático. Me preocupa que cada vez haya más gente diciendo que la ciudadanía sí, pero con cuidado porque los problemas son complejos y son los expertos quienes deben decidir. Así la democracia desaparece rápido.

¿Por eso se incide cada vez más en gobernanza, algo más difuso que gobierno que sí implicaría una voluntad popular?

El gobierno democrático implica una atención a la ciudadanía. Pero la pregunta no es por qué ahora la gente vota por determinados fenómenos que no se contaban con ellos, sino qué han hecho los partidos y los gobernantes tradicionales para que ocurra. Porque son ellos los que no han sabido empatizar con la ciudadanía ni atender sus problemas y necesidades.

El sistema parece incluso legitimarse frente a estos fenómenos. Pienso en Francia, por ejemplo, con un ultraneoliberal Fillón legitimado democráticamente frente a Le Pen.

La responsabilidad es de una izquierda incapaz de construir un proyecto alternativo, mimetizándose con la derecha. Y evidentemente la gente la ha abandonado, unos por su izquierda y otros por su derecha. La mayoría de estos movimientos nuevos, sea en versión Trump o Le Pen, no tienen nada de nuevo. Son el plan B del sistema, el autoritarismo supremacista, por si los partidos actuales son insuficientes para encuadrar a la ciudadanía.

En España, sin embargo, la crisis creó un proyecto progresista como Podemos, ¿cómo ves este hecho y su actual crisis interna?

El acierto de Podemos fue convertir los movimientos sociales en proyecto político dispuesto a disputar el poder institucional. Nadie lo esperaba. Los movimientos sociales eran un elemento decorativo para demostrar pluralidad, y si se pasaban estaba la policía. Su salto institucional desconcertó mucho, incluso a ellos mismos porque eran muy vulnerables organizativamente. Ahora unos, como Pablo Iglesias, consideran que son un partido surgido de la excepcionalidad y solo puede vivir en ella como partido de protesta y otros, como Errejón, piensan que los ciudadanos deben asumirlo como un partido de gobierno. Es un conflicto clásico que antes se hubiese llamado revolucionarios y reformistas. En este conflicto Podemos se juega ser un partido testimonial o aspirar a ser el reemplazo de la socialdemocracia. Lo cierto es que, como me decía un empresario catalán, en este país ha pasado algo singular: es el único que ha logrado que los antisistema ya estén en el sistema.

El otro gran relato alternativo en el panorama español es el independentismo catalán, ¿cómo valoras la situación?

Hay un equilibrio de fuerzas difícil de romper. Tenemos tres cosas aparentemente contradictorias: una propagandística Operación Diálogo del gobierno español, los procesos judiciales contra el soberanismo y la permanente gesticulación independentista. Como me decía un dirigente de Junts pel Sí: “yo formo parte de los tres bloques: busco la negociación, estoy procesado y hago propaganda”. Me parece una magnífica metáfora. Lo evidente es que el independentismo es el primer proyecto político en Cataluña, pero sin un soporte suficiente para conseguir una secesión unilateral. Y también que el gobierno español correría un gran riesgo si dinamitara el proceso por la vía judicial y la suspensión de la autonomía.

Hasta ahora el gobierno español se ha limitado a dejar pasar el tiempo, ¿es sostenible esta postura?

Rajoy confiaba en que así el independentismo se debilitaría solo. Pero eso no es evidente y dejar pasar el tiempo puede hacer que el problema se complique. Durante un tiempo hubo un interés mutuo en mantener el empate. Pero puede que este interés mutuo genere un conflicto grave. Ahora circula el rumor de unas elecciones anticipadas en Cataluña que aplacen el referéndum. Pero salvo sorpresa el que salga de esas elecciones volverá a plantearlo. Es una situación imprevisible que solo tendría solución si las partes hicieran un reconocimiento del otro: que el gobierno español reconozca que el independentismo es el primer proyecto político de Cataluña y debe hablar con él, y que los independentistas reconozcan que no tienen fuerza para una secesión unilateral.

¿Si Yugoslavia simbolizó el fin de una época, la guerra en Siria encarna el inicio de otra?

Será el icono del final de un periodo, el que se abrió con la disolución de la URSS y trajo la fantasía del fin de la historia. Algunos incluso dijeron que se acababa la política y entrábamos en la estricta administración de las cosas. La utopía de la economía sin política. Esto estaba moribundo desde la crisis de 2008 pero simbólicamente muere ahora. EEUU y Europa han claudicado y están apareciendo la figura de Putin y el poder chino. Empieza una época nueva.

¿La democracia ha sido la gran perdedora de esta historia?

El equilibrio entre capitalismo y democracia es extremadamente precario. Hay ejemplos más que sobrados de que el capitalismo se las arregla perfectamente en regímenes nada democráticos. Sin remontarnos a momentos obvios, el capitalismo chino funciona maravillosamente. Y el capitalismo ruso más o menos también, hasta el punto de que el nuevo secretario de estado americano se enriqueció en Rusia.

(Entrevista publicada en Cartelera Turia, enero 2017)

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