La sombra de la soga vista bajo la mesa


El 9 de enero de 2002 tuve la oportunidad de participar en Bagdad en un encuentro en con el vicepresidente Taha Yasín Ramadán. Fue en el hotel Al-Mansur, lujoso edificio a orillas del Tigris, en otro tiempo perteneciente al grupo Melià y, ya por entonces, aquejado de falta de pintura y exceso de sinsabores.

Las baterías antiaéreas instaladas en las azoteas de los edificios colindantes, presagiaban la destrucción que se avecinaba sólo unos meses más tarde. Sin embargo, Bagdad, con su fealdad de cemento y edificios sin acabar, todavía era capaz de envolverte en su embrujo de cuento; en la aventura de buscar una cerveza por algún local del barrio cristiano caldeo; en las curiosas miradas que te escudriñaban por las calles del zoco de Al Rashid, en el desaparecido centro histórico otomano; en la surrealista escena de unos destartalados trompetistas ensayando el Cielito lindo cobijados junto al puente Al-Anrar.

La entrada de Ramadán en la sala del hotel no dejaba indiferente. Paso firme, de estricto uniforme, rodeado de asistentes y guardaespaldas. Su mirada era dura, fiera, reforzando con los ojos la contundencia de sus palabras de verde oliva. Entonces, este kurdo de 69 años mostró su confianza en que la guerra no estallaría e insistió, una y otra vez, en que su país había cumplido las imposiciones de una comunidad internacional que, se lamentaba, no buscaba armas de destrucción masiva por otras latitudes próximas como Israel. Por ello fue tajante al afirmar: “Iraq ha cumplido, ahora le toca a Naciones Unidas”.

Esta semana,Taha Yasín Ramadán ha sido ahorcado en nombre de la democracia. Las gestiones realizadas por Naciones Unidas para evitar su ejecución han sido inútiles. En realidad, el secretario general Ban-Ki-moon apenas pudo hacer poco más que esconderse bajo la mesa cuando las primeras bombas de la resistencia cayeron en la zona verde de máxima seguridad. A su lado el primer ministro Nuri al Maliki mantiene la compostura, consciente de la mirada atenta de las tropas norteamericanas.

La misma compostura que, hace unas horas, ha tenido que mantener su vicepresidente, Salam al Zobaie, cuando desde la ventanilla de su auto contempló cómo todo saltaba por los aires.
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