Amor de padre


Las relaciones entre padres e hijos han sido conflictivas desde los más remotos tiempos. Se cuenta que Cronos no tenía el menor empacho en comerse a sus propios vástagos, hasta que un buen día Zeus, salvado por su madre, decidió poner fin a aquel banquete. Más recientemente, el satánico Keith Richards tampoco tuvo reparos durante una noche de juerga en esnifarse las cenizas de su progenitor recién incinerado.
No menos atormentadas fueron las desventuras del triángulo formado, allá en la lejana Tebas, por Edipo, su padre Layo y la pobre Yocasta, cuyo desenlace dejó convertido en un juego de niños los inocentes acertijos de la Esfinge. O los también incestuosos avatares del bueno de Lot con sus hijas, que de haberlos conocido habrían dejado de piedra a su esposa, si la curiosidad no la hubiera dejado antes salada a las puertas de Sodoma.
Pero donde la complejidad de estas relaciones paterno-filiales adquiere su giro más retorcido es, sin duda, entre Jesús y su Padre eterno, cuya enfermiza concepción de la paternidad ya dejó evidenciada en sus antojadizas pruebas a Abraham. Y es que esa peculiar condición de uno y trino, logra aunar sadismo y masoquismo, con esta peculiar concepción de un hijo sin otro propósito que el de entregarlo a la tortura. Si a ello le sumamos el desgraciado de San José y el colombino Espíritu Santo, la relación se retuerce hasta extremos barrocos al añadírsele así estos toques de indisimulado adulterio y zoofilia.
Con semejantes precedentes no es de extrañar la deriva mental en que se hallan sumergidos los Santos Padres de Roma en eso de los lazos con sus hijos espirituales. Cierto es que ya han pasado los tiempos en que no se dudaba en aplicar potro y brasa al descarriado que dejaba el camino de Dios. Pero esto no quita para que el Papa no encuentre la menor oportunidad para mostrarse estricto con la oveja negra del rebaño divino.
Vease si no lo a pecho que se ha tomado Benedicto XVI la irrespetuosa rebeldía de Jon Sobrino, al igual que en su día, el hoy ya en olor de santidad, Juan Pablo II, no dudó en arremeter contra la irreverente boina de Ernesto Cardenal. Y con estas enseñanzas, ¿cómo no entender la inflexible y paternal autoridad de Rouco Varela con los feligreses de la parroquia de San Carlos Borromeo de Vallecas?.
Claro que, al fin y al cabo, a ningún padre le gusta ver a sus hijos en compañía de muertos de hambre y drogadictos.
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