La ley del olvido


La izquierda española lleva tantos años tratando de convencer a propios y extraños de que el camino más corto entre dos puntos es la marcha atrás, que al final ha terminado por creerse su extravagante teoría geométrica. Fue su particular caramelo mental para tragar la amarga píldora de una transición política vendida como modélica y va camino de convertirse en una especia de argumento pitagórico con el que deleitar los oídos ante la mal llamada Ley de la Memoria Histórica.

En realidad no podía ser de otra forma, pues una ley que se reclama de la memoria sólo puede aspirar a la litúrgica regulación del olvido. Así ha sido desde el principio de los tiempos, desde que el poeta Simónides de Ceos inventó el arte de la memoria: esa selección de cosas y hechos a recordar, ordenados en arquitectónicas imágenes mentales que las protegen del olvido. Porque, en última instancia, toda selección no es más que una elección, o lo que lo mismo, la marginación definitiva de aquellos elementos que condenamos de partida a la tiranía de la amnesia.
Por eso, cualquier intento de regular legalmente la memoria ha de asentarse sobre la renuncia, práctica, por otro lado, en la que parece sentirse especialmente cómoda la progresía institucional de este país. Y, por eso, era inevitable la balbuceante alusión que la recién aprobada ley hace de la figura del maquis, esos guerrilleros cuya indómita rebeldía, paradojas de la vida, ha terminado siendo más incómoda para la pusilánime democracia que para el franquismo. Pero sobre todo, esto explica por qué los legisladores se contentaron con proclamar la injusticia –ya sabida por todos- de unos juicios sumarísimos que en ningún momento se plantearon anular: desautorizar aquellas sentencias hubiera sido deslegitimar plenamente a quién las dictó, a quien firmó tantas condenas de muerte, a quien designó a su sucesor, a quien restableció la monarquía que hoy, nos repiten, a todos nos cobija.

Anular los juicios suponía, pues, desenterrar demasiados muertos y excesivas preguntas. ¿Qué fue de aquellos obreros muertos en Vitoria? ¿Por qué Manuel Fraga se convirtió en prohombre de la patria en lugar de pasar al banquillo de los acusados? ¿Cómo pudo ser posible que cuarenta años de ignominia asesina se saldaran con el estribillo ingenuo de una libertad sin ira?

Simónides utilizó por primera vez ante testigos su arte de la memoria en Tesalia, para poder identificar los cuerpos sin vida del noble Scopas y su hijo destrozados por un derrumbe. Sin embargo, la memoria de Estado lejos de devolver el rostro a los fallecidos, siempre termina guardando algún cadáver en los rincones del olvido. La memoria de antaño o la de hoy. La que aspira a poner punto final cuanto antes al renovado afán por desenterrar el recuerdo de tanta fosa común perdida. O el silencio que evita pronunciar el nombre de Angel Berrueta, el panadero asesinado en Iruñea, cuando nos evoca toda la tragedia del 11-M. Y es que algunas muertes son menos que nada. Simplemente pasan.

Imagen: “Punto de retorno” (2000), de Jorge Ignacio Nazaval

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