Los gitanos, Fabra y la tierra quemada


Desde que Carl von Clausewitz puso de manifiesto que la guerra es la continuación de la política por otros medios, no son pocos los que se han empeñado en demostrar todo lo contrario: que la política no es más que la otra cara de la guerra. De ellos surge ese afán desesperado por encontrar el enemigo ideal que acomode al ciudadano a sobrellevar la más leve duda social, política y hasta psicoanalítica como si de una guerra de trincheras se tratara. O la empecinada inclinación por convertir la táctica de tierra quemada en la mejor estrategia de supervivencia.
La turbamulta que la pasada semana arrasó los poblados chabolistas y expulsó de Nápoles a un millar de gitanos llega para recordarnos lo cerca que estamos de esa tierra quemada. Estos justicieros del vespino dejan constancia de que la bestia se despereza entre susurros de Roberto Maroni. Pero sobre todo aparecen en el momento preciso para convencer al progresismo sensato de la inevitable necesidad de una nueva vuelta de tuerca a esas miles de personas que deberán pagar con internamiento y expulsión sus carencias burocráticas y nuestros miedos.
La Directiva de Retorno que estos días se debate en Bruselas se presenta de este modo como el antídoto eficaz contra los ladridos italianos y el espectro de la tierra quemada. Su asimilación confirma así la rebeldía del acomodo, la indignada indiferencia de una bienintencionada izquierda del siglo XXI que supo cambiar a tiempo las trasnochadas lecturas del Manifiesto Comunista por la hipermodernidad de las hipotecas. No es extraño pues que hasta la propia oposición italiana, que hace poco reivindicara a José Luis Rodríguez Zapatero como el Lula del Mediterráneo, acabe legitimando los desmanes de Schengen frente a los despropósitos de Berlusconi. Al menos hasta que la próxima encuesta aconseje al Walter Veltroni o al Celestino Corbacho de turno la necesidad de meter en vereda a tanto joven extranjero por las calles.
Pero la inclinación hacia la tierra quemada no es monopolio de la frustración italiana. Tampoco faltan por estos lares quienes se decanten por la huida hacia adelante y el suelo arrasado. Lo estamos viendo estas semanas en las filas del PP donde algunos dirigentes optan por azuzar la antorcha a los pies de Mariano Rajoy, temerosos de quedarse fuera de juego en una renovación que busca subir unas décimas la intención de voto en ese espacio ectoplásmico que es el centro. Así lo ha venido haciendo Esperanza Aguirre, así lo ha escenificado María San Gil y así se desmarca ahora quien sería la envidia de Corleone en Castellón de la Plana, Carlos Fabra.
Este último es, posiblemente, quien mejor encarne el espíritu de la tierra quemada. Y también quien mejor ponga al descubierto esa extraña lógica que acaba reduciendo a cenizas una chabola en Nápoles o un despacho en Génova. Al fin y al cabo, si el incendiario Fabra hace temblar los pasillos de la sede popular por unas cuantas urbanizaciones con campo de golf, el aprendiz de camicia nera se limita a preparar el terreno para que las excavadoras urbanísticas de la Camorra hagan su negocio en el barrio de Ponticelli.
En última instancia, ya se sabe: transformar la política en la guerra por otros medios es tan fácil como convertirla en la especulación inmobiliaria por otros atajos. O si no que le pregunten a David Taguas.
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2 comentarios sobre “Los gitanos, Fabra y la tierra quemada

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  1. Hola de nuevo Jose Manuel, leyéndote tengo una sensación frustrante, la de querer que todo el mundo te lea. Es como esa canción que te gusta tanto que se la pones a todos tus conocidos. En este caso la canción se llama “La fiera nunca duerme” de Koma.

    Mi lista de correo está “harta” de que reenvie tus entradas, pero son dignas de ser leidas por mucha gente.
    un saludo y a seguir así.
    moncadista

  2. Yo te leo y asumo como propias tus palabras, mejor dicho expresas a la perfección lo que pienso y no sé por mis limitaciones, de idioma entre otras,expresar.
    Estamos asistiendo además a una clara llamada a los instintos más bajos del ser humano, el miedo al “otro” al “diferente” con patente de corso para acorralar, expulsar, quemar…
    Dan miedo, mucho miedo los racismos, las xenofobias, el fascismo, hasta ahora disfrazados aúnque siempre presentes, pero ahora con el descaro y la impunidad más absoluta …

    No sé si me he explicado bien…

    Un beso José Manuel.

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