Los neutrinos no pasarán por Palestina


Estos días el mundo científico anda revolucionado, o al menos así se encargan de subrayarlo los medios de comunicación ávidos de cualquier noticia que no sea el desplome bursátil. La responsabilidad la tienen unas extravagantes partículas denominadas neutrinos cuya principal virtud parece residir en su capacidad de superar en unos nanosegundos a los fotones y su velocidad de la luz, según la aparentemente absurda carrera a la que ambos elementos son sometidos en unos laboratorios ubicados en el subsuelo de los Apeninos. Este experimento, aseguran los científicos, podría llegar a cuestionar las tesis de Einstein, como si a estas alturas aún necesitáramos saber que todas las teorías en esta vida son relativas, incluidas incluso la de la relatividad.

En cualquier caso, esta obsesión del hombre por la relación entre el movimiento y el tiempo no es nueva. Su antigüedad ya quedó reflejada en ese viejo aforismo español empeñado en relacionar la velocidad y el tocino con el que la sabiduría popular supo reflejar el sinsentido de algunas comparaciones. Menos vistosos que los grandes descubrimientos científicos de bata blanca y fórmula matemática, pero básicos para comprender el mundo que nos rodea, fueron en este sentido los planteamientos del historiador Fernand Braudel sobre las distintas duraciones del tiempo histórico, ese que se empeña en ir compaginando las frecuencias más fugaces con aquellos otros ritmos geológicos de exasperante lentitud.

En última instancia, la experiencia nos demuestra que las velocidades, sobre todo aquellas que determinan el devenir de las sociedades, tienen poco que ver con la ciencia de la física y más con los saberes de la química, esa química que determina los antojos pasionales de los amantes tanto como prefigura los caprichos inescrutables del poder. La pasada semana hemos sido testigos de cómo en muchas ocasiones el tiempo parece asumir esa cadencia desesperadamente lenta que rige en el magma oculto tras la corteza terrestre, por mucho que en ocasiones la vistosidad de los volcanes nos engañe con su espejismo de aceleración. Ha sido a propósito de la petición de Mahmoud Abbas reclamando ante Naciones Unidas el reconocimiento oficial de un Estado palestino. La sola mención de la idea ha sido suficiente para que Barak Obama haga suyo el insoportable vértigo que parece sentir Benjamin Netanyahu ante la supuesta velocidad inadmisible de la demanda. Y ello a pesar de que en este conflicto los palestinos no han conseguido avanzar apenas un milímetro en sus legítimas aspiraciones desde 1948. Un dato que no parece haber inmutado a una Europa cada vez más caduca, cuyos gobernantes han vuelto a reclamar paciencia a un pueblo inmaduro, a su juicio, como muestran sus actuales ”prisas” y su cansancio tras décadas interminables marcadas por la muerte, el exilio, la ignominia y la ocupación.

Para ellos, como para los saharauis, los yemeníes, los sirios, los somalíes y tantos otros, la inmediatez de los neutrinos no será más que una noticia olvidada en unos periódicos que nunca leyeron. Estos nuevos adelantos de la ciencia quedarán reservados para otros menesteres más nobles. Así es posible que acaben agilizando aún más las transacciones internacionales para incrementar la agilidad con que los buitres financieros caen sobre su presa, sea esta la carroña del Estado griego, los bonos italianos o españoles, o los mercados de futuro de la producción de alimentos. Movimientos rápidos según marcan las necesidades del mercado, lo suficientemente sorpresivos como para que la víctima permanezca aturdida el tiempo preciso para sufrir su martirio y despedazamiento.

No, esos tiempos que superan la velocidad de la luz no suelen ser el cronómetro que marca la solución de las angustias de los pueblos. Ellos quedan condenados a las antiguas teorías inmovilistas del presocrático Zenón. Aquellas cuyos principios racionales acaban convirtiendo a una perezosa tortuga en una presa inalcanzable para Aquiles, el de los pies ligeros. Solo que en nuestros días, a la hora de convertir la justicia social en un galápago al que nunca se puede dar caza, priman más los acuerdos del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, los decretos de los consejos de ministros o las decisiones de los consejos de administración, que el recurso siempre sospechoso a la razón.

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