Del “nunca máis” al “outra máis”


El "Prestige" se ha convertido en la gran metáfora de España.
El “Prestige” se ha convertido en la gran metáfora de España.

La sentencia del Prestige ha terminado por convertir aquel desesperado grito de nunca máis en un nuevo lamento frente a outra máis, en esta España castigada por el suma y sigue de despropósitos. Si todavía no se ha podido superar el sonrojo de ver archivado cualquier intento de investigar los crímenes del franquismo y aún resuena la decisión de dejar sin condena el accidente del metro de Valencia que acabó con la vida de 43 personas, ahora el mazo de la justicia vuelve a golpear nuestro ánimo al dejar inmune también la mayor catástrofe ambiental registrada en la historia de este país.

Con todo, la sentencia de la Audiencia Provincial de A Coruña tiene la virtud de ponernos ante el espejo. Porque el fallo, consigue representar con total nitidez el panorama al que deben enfrentarse los españoles: el de un país transformado en un gastado barco a la deriva, cuyo hundimiento nos impregna a todos con el fétido chapapote de la indignidad y la corrupción. Es la crónica de un naufragio colectivo anunciado del que, claro está, nadie es culpable: ni el capitán que dirige la nave, ni de los responsables del gobierno que presidía José María Aznar, el mismo prohombre, por cierto, que estos días nos recordaba con sus memorias el eterno agradecimiento que le debemos por haber sido ungido para sentarse a la derecha de Bush en las Azores y empujarnos a todos en aquella gran tragedia que fue –y sigue siendo para los iraquíes- Iraq.

Si Larra nos mostraba cómo los españoles hemos vivido con sumisión la burocrática maldición del “vuelva usted mañana”, no menos implacable es nuestra condena a esa otra frase que nos martillea con su rotundidad más implacable: “aquí nunca pasa nada”. Porque, en efecto, aquí nunca pasa nada. Además, tampoco faltará quien a propósito de todo esto nos recuerde todas las veces que sean necesarias, como en el caso del Prestige o en el del metro de Valencia, se han seguido escrupulosamente las más estrictas formas procesales. Y ya se sabe, la democracia si por algo se caracteriza es por ser, en última instancia, una cuestión de formas, de gestos, de maneras.

Perder las formas, resultar tosco y poco elegante se convierte así en el mayor pecado que se pueda cometer en nuestras comedidas sociedades democráticas. Por eso la guardia civil persigue a Juan Manuel Sánchez Gordillo y Diego Cañamero, tan ordinariamente empeñados en una milenarista justicia social. O por eso todos los estamentos biempensantes del país se han rasgado las vestiduras por las descalificaciones y amenazas vertidas, zapato en mano, por el diputado de la Candidatura d’Unitat Popular, David Fernàndez, contra el ex ministro Rodrigo Rato, responsable de capitanear el no menos espectacular hundimiento de Bankia. Grosera conducta la del político catalán la de llamar gánster al gánster, propia de ese radicalismo infantil de izquierdas incapaz de asimilar que las amenazas reales no se hacen con sandalias baratas, sino con selectos zapatos de John Loob esgrimidos con graciosa distinción desde elegantes despachos.

Aunque es posible que, en cierto modo, tenga razón el fallo sobre el Prestige y resulte que la clave del asunto esté simplemente en que el barco utilizado no sirviera más que para chatarra. En ese caso, bien haremos en desconfiar del capitán que nos dirige, en amarrarnos al palo mayor como Ulises para no dejarnos tentar por los cantos de sirena de nuestros gobernantes, y en conducir la nave lo más rápido posible al desguace. Nuestra única esperanza está en construir un barco nuevo. Mientras tanto tendremos que seguir soportando este naufragio perpetuo y el chapapote maloliente y pringoso de la vergüenza.

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