La Turia, medio siglo de disidencia golfa


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La cultura siempre ha tenido una indisimulada inclinación hacia el poder. Así ha sido desde el mismo instante en que el homo en perpetuo proceso de llegar a ser sapiens se tropezó con esa cosa con plumas que, según la definiría algunos milenios más tarde Woody Allen, es la cultura. En las sociedades más primitivas, la cultura empezó mostrando su sumisión y reverencia a los poderes desconocidos de la naturaleza. Luego, conforme la sociedad comenzó a complicarse y estratificarse, la cultura supo amoldarse con soltura a las nuevas circunstancias marcadas por eso que se ha venido en llamar “los de arriba”. Fue así como el cultureta de turno paso de pintar bisontes en Altamira a erigir palacios en Babilonia, pirámides en Egipto, coliseos romanos, catedrales góticas, óperas y teatros para burgueses o monumentos épicos de pretendido realismo socialista.

Esta propensión lameculesca de la cultura se ha mantenido hasta hoy, aunque en los últimos tiempos el capitalismo ha restado protagonismo al simbolismo absolutista de los poderes político y religioso, en beneficio del pragmatismo glamouroso del poder económico. De este emodo, podemos rastrear el fenómeno en manifestaciones tan dispares como las subvenciones de la Fundación Rockefeller, el nuevo Louvre en Abu Dabi, o las subastas millonarios para magnates más sensibles con el arte que desgrava impuestos que con las condiciones laborales de sus trabajadores deslocalizados. Cultura, en fin, con vocación oficialista que por nuestras latitudes ha dejado ejemplos tan inolvidables como los versillos de Pemán, el Valle de los Caídos o las chapuzas de Calatrava.

Por fortuna, frente a estos planteamientos acomodatícios, no han faltado aquellos otros que han hecho de la burla al poder el principal objetivo de sus artes. Es así como, también desde sus orígenes, el poder vio surgir un espíritu carnavalesco empeñado en cuestionar las extrañas fuerzas que elevaban a unos al paraíso de “los de arriba” mientras condenaba a los más a las incomodidades y suplicios de “los de abajo”. Podemos seguir su presencia en las comedias de Aristófanes, en la rebeldía del maestro pedrero capaz de esculpir gárgolas grotescas o sensuales en católicos templos, en los sicalípticos relatos de Sade, en los aromas a hachís y vino de Baudelaire, en los textos de Marx, o en las provocaciones del Cabaret Voltaire, Breton, Buñuel o Arrabal. Es una cultura irreverente, vitalista, amiga del goce, aunque en ocasiones sustituya el antifaz de mascarada por la seriedad subversiva del intelectual con gafas gramcianas o con mirada torcida de Sartre. Aunque también, en no pocas ocasiones, le hayan obligado a renunciar al goce de la vida a golpes de tortura y de cárcel.

Hoy, cuando el pseudohedonismo consumista se ha convertido en un arma de control más implacable que la amenaza del infierno desde el púlpito, esta cultura crítica y golfa se encuentra tan acorralada como nuestros derechos sociales y civiles o nuestros servicios públicos. Por eso saber que por estas tierras sigue resistiendo la Cartelera Turia es una pequeña alegría en estos tiempos de renuncia. Más aún, comprobar como esta pequeña publicación abanderada del descaro disidente es capaz de cumplir el medio siglo de existencia, debería ser motivo de satisfacción colectiva en este Levante Felizmente Maltratado.

En todos estos años, la Turia ha sido para muchos el oráculo que nos orientaba en la elección de esa sala donde íbamos a hundirnos en ese juego de luces y las sombras que nos iba a permitir comprender mejor o simplemente escapar por unas horas de aquellos otros claroscuros de la vida. Sus puntuaciones nos han ido conduciendo durante todo este tiempo por un laberinto de fotogramas que nos ha llevado del clasicismo de Ford, al barroquismo de Greenaway, pasando sin pudor hasta las tentaciones que nos aguardaban entre las sombras de la calle Cuenca donde nos estaba esperando nada menos que El diablo en la señorita Jones.

La Turia nos transformó así en miembros de una logia masónica, una sociedad secreta cuyos miembros nos reconocíamos por el bulto de su pequeño formato en el bolsillo de la chaqueta mientras hacíamos cola en el teatro para conocer la última propuesta de Moma Teatre, Carles Alberola o Paco Zarzoso. La Turia nos ha estado aguardando todos estos años en los quioscos con la sorpresa de algún testigo de cargo, la impertinencia de un locuaz y bocazas Huevo de Colón, o la controvertida puntuación de la última película de Almodovar.

Un pequeño oasis que no hubiera sido posible sin el equipo que durante cuarenta años dirigió José Vanaclocha y en los últimos tiempos Vicente Vergara. Gracias a ellos hemos podido comprobar cada semana cómo todavía es posible encontrar historias aguardándonos detrás de sencillos fotogramas, o cómo la elección de una película, un espectáculo o una pequeña idea puede convertirse en primer gesto de resistencia. Seguro que a Marilyn Monroe le hubiese gustado cantar el happy birthday en los próximos premios de la Turia. Aunque tal vez no le importe a la mítica rubia ceder el puesto para la ocasión a un coro formado por Xavi Castillo y el halcón maltés.

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